lunes, 29 de junio de 2009

LA AMÉRICA NUEVA

“Los malos no triunfan sino allí
donde los buenos son indiferentes.”
José Martí
Por Carlos Rodríguez Almaguer.


“Honduras es un pueblo generoso y simpático, en que se debe tener fe”, escribía José Martí, en las páginas de La América, de Nueva York, en junio de 1884. Y tal parece que, también en junio pero de 2009, esta sentencia se haya escrita en el cielo hondureño desde que hace unos días comenzó a gestarse la tormenta que en la madrugada de ayer desencadenó los truenos vergonzosos de la asonada golpista contra el presidente escogido libre y democráticamente por el pueblo de Honduras, José Manuel Zelaya.

Y en el pueblo hondureño han creído y junto a él se han alineado, sin demora, los pueblos de Nuestra América. Acaso antes de que muchos de los propios hondureños, víctimas de un silencio mediático y una manipulación criminal de la opinión pública, se dieran cuenta de lo que en verdad sucedía en su capital y en su país, ya muchos pueblos, por vía de sus presidentes y de sus cancilleres, protestaban contra el atropello de la libertad hondureña y condenaban el asalto vandálico y el asesinato de la Constitución de esa República americana.

Dichosa empieza a ser, sin duda, en estos tiempos nuevos, nuestra Madre América luego de tantos siglos de humillaciones y de enfrentamientos violentos contra quienes han querido siempre conculcar el derecho de sus hijos a disfrutar la libertad a que les llama una naturaleza inigualablemente hermosa, cuya impronta va impresa en su carácter: acogedores y hospitalarios con los que en paz y amistad pisan sus playas, y terribles e impenetrables para quienes en son de guerra y de conquista hoyan el suelo vendito en que nacieron.

Dichosa empieza a ser esta América Nueva, porque el tiempo en que la voz y el sentimiento de los pueblos que la conforman están en esencia y previsoramente puestos en la voz y el sentimiento de quienes los representan, es un tiempo dichoso. Venezuela, Cuba, Nicaragua, Ecuador, Bolivia, Argentina, Brasil… tantos otros que no han vacilado en condenar este artero atentado, que no es solo contra la constitucionalidad hondureña, sino contra los nuevos tiempos que se abren para nuestro “pequeño género humano”, como nos llamó Bolívar, para esta “raza original, fiera y artística”, como nos llamó José Martí.

La posición de los presidentes Chávez, Daniel, Correa, Evo, de Raúl y Fidel, apoyando el derecho del pueblo hondureño, y el valor y el patriotismo del presidente Zelaya y de su canciller, es una lección magistral de la altísima ética humanista y del compromiso que mueve a la práctica política contemporánea en Nuestra América. La claridad meridiana de sus planteamientos unido a la capacidad movilizadora de la opinión pública nacional e internacional, han constituido un elemento definitorio de la situación que vive el hermano país. Al atardecer del propio día del golpe, ya los gorilas estaban moral y políticamente derrotados por la opinión pública internacional. Nadie ha estado dispuesto a apoyar semejante retroceso a las brutalidades cavernarias de otros tiempos. La efectividad de los mecanismos de integración regionales está enfrentando con éxito visible la dura prueba que le han impuesto con su arbitrariedad los “Gorilettis” trasnochados que, acostumbrados a la impunidad de que han gozado por generaciones al amparo de sus amos rubios, no creyeron siquiera necesario, antes de cometer este “error suicida” —como lo llamó certeramente Fidel— informarse de la realidad que los circunda y que los ha petrificado como fósiles vivientes, energúmenos que se creen capaces todavía de inventar la rueda y, por ello mismo, tampoco pudieron darse cuenta de que ya el amo no tiene ni tendrá jamás sobre nuestros pueblos y sus dirigentes el efecto hipnótico ni el reflejo condicionado de otrora.

Tampoco son los mismos tiempos para el amo del norte, que en su actual postura frente a los tristes hechos de estos días ha marcado un importante hito en la historia de sus relaciones con nuestros pueblos en los últimos doscientos años. Sea por una casi increíble honestidad política, o por una más probable y astuta conveniencia, la actitud del gobierno de los Estados Unidos frente al golpe de estado en Honduras es un hilo de luz en la larga y tenebrosa noche de su ejercicio político y de su diplomacia, especialmente en este hemisferio, y ojalá signifique el inicio de un rescate sincero de los mejores valores éticos que hicieron nacer a esa gran nación y la convirtieron en su momento en el símbolo de la libertad y la admiración de los pueblos. “Un gran país como éste, —diría en su momento Pablo Neruda— despojado de su prepotencia política y económica, sería un regalo para el mundo”. Por eso también es grande el significado de la actual realidad que viven nuestras repúblicas americanas, pues, como advirtió a tiempo—con un siglo de tiempo—José Martí, la independencia y la dignidad de nuestras naciones no solo es buena para nosotros sus hijos, sino que será también una tabla de salvación para el honor duramente lastimado, y ya dudoso, de la gran república del norte, que en el desarrollo de su territorio alcanzaría más segura grandeza que en la innoble conquista de sus vecinos menores, y en la pelea inhumana que con la posesión de ellas abriría contra las potencias del orbe por el predominio del mundo.

En este contexto, la reacción del pueblo hondureño es otro ejemplo para todos los pueblos y un motivo más de orgullo para los que no solo nacimos en nuestra América, sino que nos preciamos de ser hijos de esta tierra dolorosa y sublime. Y como en su momento el heroico pueblo venezolano, y luego el boliviano y el ecuatoriano, los hondureños tampoco han podido ser anulados por la abulia y la estolidez promovidas desde el norte y enfatizadas por las oligarquías a través de sus medios masivos de enajenación, y han salido a defender a los representantes electos libremente por ellos, como la manera más eficaz e inmediata de hacer respetar sus derechos individuales.

Ya los tiempos de los pueblos sumisos e indolentes compuestos por masas informes sin conciencia de sí, de su poder y de su historia, han quedado atrás. Ningún hombre ni mujer americano, una vez iluminada la conciencia y vivida intensamente la gloria de estos tiempos, volverá a bajar la cabeza otra vez ante la prepotencia y la ambición. Se acabó la impunidad en nuestra Madre América. Nadie volverá a golpear el rostro de un indio, de un negro, de un mestizo, de un americano de Nuestra América, ni de quienes sean elegidos como sus representantes, sin que se levanten espontáneamente al cielo, potentes y justicieros, millones de voces acusadoras y de puños reivindicadores.

A los golpistas de hoy y a los que puedan estar incubando ese virus nefasto ya en vías de erradicación; a los privilegiados parásitos de las oligarquías que han vejado durante siglos a nuestros pueblos, y a los oportunistas que cambian de color según cambia el ambiente, les decimos, mirándolos de frente y sin miedo, como diría en un verso inolvidable el Poeta Nacional de Cuba, Nicolás Guillén:
¡SE ACABÓ!


HONDURAS: AMANECIÓ DE GOLPE

“El único modo de vencer el imperialismo
en los pueblos mayores, y el militarismo en los menores,
es ser todos soldados.”
José Martí.
Por Carlos Rodríguez Almaguer.

Esta mañana ha sido de duro aprendizaje para el pueblo hondureño, y en general, para todos los pueblos latinoamericanos: el siglo XXI no es en sí mismo una panacea que abolirá para siempre las prácticas retrógradas de las oligarquías que durante siglos han detentado el poder en nuestro hemisferio, ni del imperialismo que lo ha utilizado y vapuleado a gusto y conveniencia como su patio trasero.

Cuando el 13 de abril de 2001 el pueblo venezolano, luego de dura lucha y al precio de numerosas vidas de sus mejores hijos, restituía a la vez a su presidente, Hugo Chávez Frías, y con él el orden constitucional en la patria de Bolívar, creíamos haber asistido a la última asonada golpista llevada a la práctica en nuestras repúblicas americanas, y que tales prácticas quedarían en la historia como una triste tendencia del siglo XX.

A pesar de las reiteradas denuncias del propio presidente Chávez y más tarde, del presidente boliviano Evo Morales, sobre planes de reincidencias golpistas por parte de sectores oligárquicos de sus países, secundados por vetustas jerarquías militares, muchos no creían posible que tales planes se llevaran a efecto y aún otros tildaban de exageradas las declaraciones de ambos mandatarios, cuando no de ser un argumento o una “finta” política para mantener determinado estado psicológico en la población que resultara favorable para la implementación de las políticas de sus gobiernos.

Sin embargo, esta mañana hemos despertado en medio de una terrible lección, cuya didáctica aplastante no admite dudas: el golpismo es todavía una amenaza latente para los gobiernos que han llegado al poder, no como fruto de componendas y arreglos de camarillas, sino apoyados por los movimientos sociales que nuclean a las grandes mayorías de nuestros pueblos. Para quienes creían que habían quedado atrás los días de la teoría marxista como fundamento científico de los oprimidos de este mundo, vuelven a manifestarse con fuerza inexorable los fundamentos de la lucha de clases. Vuelve a manifestarse en su dura crudeza aquella verdad rotunda de que los poderosos no entregarán sus privilegios mansamente, sino que, aferrados a ellos serían capaces de masacrar no importa a cuántos de los que se les opongan.

Nuestros pueblos han debido aprender en el fragor de las batallas sociales y políticas de este tiempo que tampoco en el siglo XXI les será regalado ningún derecho por los que ostentan el poder económico; que cualquier demanda de justicia deberá ser defendida con valor y firmeza de forma sostenida, como lo hace en este momento el pueblo hondureño, porque la justicia no se defiende sola, ni las conquistas se sostienen per se una vez alcanzadas. La lucha infatigable, disciplinada y consciente, será la única garantía que tendremos siempre los pueblos para nuestros derechos.

Ante la faz del mundo se ha producido este nuevo atropello a la legalidad de una nación, y una vez más han sido sus propios hijos, vistiendo el uniforme militar, quienes han asestado el golpe artero contra el pecho de su patria. Cada golpe militar contra los poderes constitucionales de un Estado es una manifestación de las anomalías que padecen los sistemas educacionales de esos Estados. Es difícil que un ciudadano educado en el amor a su país y a su historia, que conozca el devenir del pueblo del que nace, no importa en cuál de sus estratos sociales, pueda volver los cañones de sus fusiles contra su propio pueblo.

Pero de todo esto muchas son las lecciones que se derivan. A saber, que la realidad de Nuestra América realmente ha cambiado a favor de las mayorías desposeídas; que los líderes latinoamericanos surgidos al calor de estos nuevos tiempos han sabido asumir certeramente y sin ingenuidades su papel, y que su evaluación de la realidad política del mundo es clara y objetiva; que esa nueva realidad americana ha condicionado también las posiciones públicas de gobiernos foráneos otrora impune y descaradamente aliados a este tipo de acciones; que por primera vez en la historia de este continente no solo los pueblos sino también los gobiernos se unen prontamente para enfrentar esta afrenta a una de las naciones hermanas, y que a nuestros pueblos ya no habrá quien vuelva a humillarlos y a vejarlos de nuevo, porque han descubierto por sí mismos esa verdad tremenda que viene repitiéndose generación tras generación: ES MEJOR MORIR DE PIE QUE VIVIR DE RODILLAS.

sábado, 11 de abril de 2009

El Partido en el pensamiento político de José Martí

“Los hombres van en dos bandos:
los que aman y fundan;
los que odian y deshacen.”
José Martí



El pensamiento político de José Martí mantuvo un franco proceso de maduración que abarcó desde las tertulias en el colegio del maestro Rafael María de Mendive, pasando por las trágicas experiencias del presidio político, el destierro en España, sus vivencias en México, Guatemala y Venezuela, hasta el análisis profundo y desprejuiciado de las fuerzas, vicios, inmoralidades y desórdenes que en los Estados Unidos de Norteamérica se escondían tras las bambalinas del progreso, y ya habían iniciado en el alma de aquella poderosa república su obra de destrucción.

Las permanentes lecturas, unidas a la observación y el análisis de cada realidad en que vivió, y al trato de los hombres y mujeres con los que de una u otra manera se relacionó, fueron básicamente las fuentes principales de las que se nutrió su vastísima cultura, en la que ocupa un lugar prominente su cultura política. No comprender su pensamiento político como un proceso, y asumir como única o definitiva la posición que adoptó en determinada fase del mismo, ha conllevado a recurrentes errores cuando no a tergiversaciones las más de las veces motivadas por la mala fe hacia el proceso revolucionario que triunfó en Cuba en enero de 1959.

Persiguiendo el mezquino objetivo de desacreditar la raíz martiana de la Revolución que lidera Fidel, los corifeos de la anti Cuba ha hecho énfasis en dos temas fundamentales, entre los muchos que han manejado. Uno de ellos es la supuesta oposición de Martí al ideal socialista y específicamente a la figura de Carlos Marx, basándose en la casi totalidad de los casos, en dos momentos de reflexión martiana en torno a ese asunto. A saber, la crítica que hace, en marzo de 1883, a los métodos violentos de lucha cuando escribe el elogio ante la muerte de Carlos Marx. En esta ocasión refiere que “espanta la tarea de echar a los hombres sobre los hombres”, y afirma además que el Prometeo de Tréveris fue “hombre comido del ansia de hacer bien. Él veía en todo lo que en sí propio llevaba: rebeldía, camino a lo alto, lucha.”[1] No obstante esta observación, la realidad política de Cuba lo llevaría casi una década después a convertirse en el principal organizador de una violenta guerra que él llamó “necesaria” y la proclamó “sin odio”. El otro momento objeto de manipulaciones es su análisis del libro titulado La futura esclavitud, escrito por Herbert Spencer y cuyo título gusta ser presentado por los manipuladores como una expresión de Martí acerca del socialismo. Sin embargo, nunca dicen nada respecto a que el mencionado análisis martiano concluye señalándole a Spencer su celo excesivo en criticar a ese determinado tipo de socialismo que se proponía por entonces en Inglaterra, y cuyo pecado capital consistía —según el autor del libro— en la sobre protección que dicho Estado socialista ejercería sobre los pobres. Así concluye el análisis martiano:

“Y en todo este estudio apunta Herbert Spencer las consecuencias posibles de la acumulación de funciones en el Estado, que vendrían a dar en esa dolorosa y menguada esclavitud; pero no señala con igual energía, al echar en cara a los páuperos su abandono e ignominia, los modos naturales de equilibrar la riqueza pública dividida con tal inhumanidad en Inglaterra, que ha de mantener naturalmente en ira, desconsuelo y desesperación a seres humanos que se roen los puños de hambre en las mismas calles por donde pasean hoscos y erguidos otros seres humanos que con las rentas de un año de sus propiedades pueden cubrir a toda Inglaterra de guineas.
Nosotros diríamos a la política: ¡yerra, pero consuela! Que el que consuela, nunca yerra.”[2]

El otro tema objeto especial de manipulación es el referido al partido único. Cabe señalar que desde su enfrentamiento en la metrópoli a la hipocresía republicana que exigiendo ese derecho para España, lo negaba a los cubanos que cada día morían en la manigua como expresión máxima de su vocación republicana y su deseo de independencia, Martí fue decepcionado por los conceptos de partido. Así, durante su estancia en México, Guatemala y Venezuela, tiene una nueva visión de lo que podían ser los partidos políticos manipulados por los caudillos victoriosos de las continuas guerras civiles en que, desangrándose, las repúblicas nacidas del proceso iniciado en 1810 purgaban los vicios heredados de tres siglos de dominación colonial. Y es precisamente refiriéndose al caso mexicano, luego del golpe de Estado perpetrado por el general Porfirio Díaz, que derribó al gobierno del presidente Sebastián Lerdo de Tejada, sucesor del Benemérito Benito Juárez, que Martí, habiendo abandonado el país azteca por estar en desacuerdo con tal procedimiento, visita La Habana, camino a Guatemala, para preparar el regreso de sus padres, y desde allí, en carta del 11 de marzo de 1877 dirigida a su amigo mexicano Manuel Mercado, desmiente las versiones que en aquel país corrían de que el derrocado presidente Lerdo de Tejada estuviera en La Habana, y comenta sobre la situación de aquella república: “Veo a México en camino de una reacción conservadora; ni es nueva para U. mi añeja certidumbre de que así había de suceder.- ¡Quién sabe si el partido liberal-(siempre es desgracia para la libertad que la libertad sea un partido)-tiene el derecho de sentirlo!”[3]

Esta expresión entre paréntesis, refiriéndose a la denominación de un partido político, ha sido manipulada hasta la saciedad por los enemigos de la Revolución. Dicha así, fuera de contexto, pareciera que no compartía Martí la idea de un solo partido. Sin embargo, cinco años después de este comentario, y diez antes de fundar el Partido Revolucionario Cubano, le escribe al general Máximo Gómez, el 20 de julio de 1882, una carta de la que cito solamente dos párrafos, para que sea el propio Martí quien explique impelido por qué peligros llegó al convencimiento del partido único como solución definitiva al problema cubano. En ella le dice el Apóstol al Generalísimo:

“Y aún hay otro peligro mayor, mayor tal vez que todos los demás peligros. En Cuba ha habido siempre un grupo importante de hombres cautelosos, bastante soberbios para abominar la dominación española, pero bastante tímidos para no exponer su bienestar personal en combatirla. Esta clase de hombres, ayudados por los que quisieran gozar de los beneficios de la libertad sin pagarlos en su sangriento precio, favorecen vehementemente la anexión de Cuba a los Estados Unidos. Todos los tímidos, todos los irresolutos, todos los observadores ligeros, todos los apegados a la riqueza, tienen tentaciones marcadas de apoyar esta solución, que creen poco costosa y fácil. Así halagan su conciencia de patriotas, y su miedo de serlo verdaderamente. Pero como ésa es la naturaleza humana, no hemos de ver con desdén estoico sus tentaciones, sino de atajarlas.

¿A quién se vuelve Cuba, en el instante definitivo, y ya cercano, de que pierda todas las nuevas esperanzas que el término de la guerra, las promesas de España, y la política de los liberales le han hecho concebir? Se vuelve a todos los que le hablan de una solución fuera de España. Pero si no está en pie, elocuente y erguido, moderado, profundo, un partido revolucionario que inspire, por la cohesión y modestia de sus hombres, y la sensatez de sus propósitos, una confianza suficiente para acallar el anhelo del país --¿a quién ha de volverse, sino a los hombres del partido anexionista que surgirán entonces? ¿Cómo evitar que se vayan tras ellos todos los aficionados a una libertad cómoda, que creen que con esa solución salvan a la par su fortuna y su conciencia? Ese es el riesgo grave. Por eso es llegada la hora de ponemos en pie.”[4]Como vemos, no surge la idea del partido único solo ante la triste realidad de la colonia, sino y sobre todo, por el peligro tremendo de la anexión a los Estados Unidos.

Una semana antes de la constitución del Partido Revolucionario Cubano, escribe en Patria, el 3 de abril de 1892: “Puede ser un partido mera hoja de papel, que la fe escribe, y con sus manos invisibles borra el desamor. Puede ser la obra ardiente y precipitada de un veedor que en el ansia confusa del peligro patrio, congrega las huestes juradas, en su corazón flojo, al estéril cansancio. Pero el Partido Revolucionario Cubano, nacido con responsabilidades sumas en los instantes de descomposición del país, no surgió de la vehemencia pasajera, ni del deseo vociferador e incapaz, ni de la ambición temible; sino del empuje de un pueblo aleccionado, que por el mismo Partido proclama, antes de la república, su redención de los vicios que afean al nacer la vida republicana. Nació uno, de todas partes a la vez. Y erraría, de afuera o de adentro, quien lo creyese extinguible o deleznable. Lo que un grupo ambiciona, cae. Perdura, lo que un pueblo quiere. El Partido Revolucionario Cubano, es el pueblo cubano.”[5]

Esta concepción de la unidad de lo mejor y más valioso de nuestro pueblo en una sola organización, es la cumbre del pensamiento político cubano a lo largo de sus dos siglos de forja y combate. Cuando en el nacimiento de la parodia de república que nos permitieron los nuevos amos disimulados, nuestra política pretendió reproducir la pésima representación teatral en que suele convertirse el pluripartidismo de las “democracias occidentales”, degeneró hasta la corrupción, la tiranía y la infamia.
Por eso ante cada peligro o ataque que hemos padecido en estos últimos 50 años, y en los que en el futuro podamos enfrentar, la unidad de los mejores hijos de esta tierra, por su patriotismo, por su desinterés, por su humanismo, en torno al Partido heredero del que fundó Martí, ha sido y seguirá siendo la única garantía de continuar disfrutando de la soberanía, la identidad, la nacionalidad que tantos sacrificios ha costado. Cuba estará a salvo mientras podamos repetir con honor esta verdad martiana: “el Partido existe, seguro de su razón, como el alma visible de Cuba.”[6]

[1] José Martí, Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. t. 9, p. 388
[2] ídem. t. 15, p. 392
[3] Ídem, t. 20, p. 25
[4] Ídem, t. 1, p. 169
[5] Ídem, t. 1, p. 366
[6] Ídem, t. 2, p. 341

La inmortalidad de los pueblos

“Sólo la moralidad de los individuos
conserva el esplendor de las naciones.”
José Martí




El pasado 19 de marzo se cumplieron 161 años de una luminosa carta nacida de la pluma cubanísima de José Antonio Saco, ya por entonces condenado al destierro por el Capitán General Miguel Tacón. Dirigida al camagüeyano Gaspar Betancourt Cisneros, El Lugareño, partidario de la anexión de Cuba a los Estados Unidos de Norteamérica, el documento constituye un ejemplo de nuestras luchas contra los disímiles rostros que ha ido asumiendo en cada época histórica la idea nefasta de la unión de la Isla al gigante del norte.

Como hará años más tarde desde las propias entrañas del monstruo, José Martí, José Antonio Saco pudo comprender el peligro que para la isla antillana representaba la anexión a los Estados Unidos, y procuró el modo de divulgarlo entre sus contemporáneos como vía necesaria para combatirlo.

A pesar de las presumibles ventajas que en el plano económico hubiera podido traerle a la burguesía criolla la unión con el poderoso vecino, a Saco le preocupaba algo más grande que toda riqueza posible, y se lo revela a Cisneros en esta carta de 1848: “la pérdida de nuestra nacionalidad, de la nacionalidad cubana.” Ante el hecho real de que la población blanca de la isla rondara un poco más de 400 mil miembros, y sin embargo tuviera esta la capacidad para alimentar algunos millones de personas más, dice Saco, “Reunidos al Norte-América, la emigración de éste a Cuba sería muy abundante, y dentro de pocos años, los yanquees serían más numerosos que nosotros, y en último resultado no habría reunión o anexión sino absorción de Cuba por los Estados Unidos.”

No veía el cubano, desterrado e incomprendido aún por sus propios compatriotas, la solución al problema de Cuba, ni su desarrollo como entidad independiente y merecedora por sí misma de un lugar en el concierto de los pueblos libres, en la unión indecorosa y humillante con los Estados Unidos. Expresa su convicción de que solo mediante el esfuerzo de sus hijos, el amor por su tierra, la dignidad con que se asume lo que se es, en medio de la diversidad de que se compone el mundo, “Cuba, nuestra Cuba adorada, será Cuba algún día”. Y dejará sentado su más profundo anhelo de que “Cuba no solo fuese rica, ilustrada, moral y poderosa, sino que fuese también Cuba cubana y no anglo-sajona.”

De las ideas expresadas por Saco en la carta que ahora comentamos, podemos sacar los que vivimos el siglo XXI enseñanzas muy claras, puesto que la Historia, según Martí, “es un examen y un juicio, no una propaganda ni una excitación”.

En el mundo globalizado en que vivimos, uno de los grandes peligros a que se enfrentan las naciones es a la pretendida y por todas las vías posibles propugnada homogenización cultural. Como ningún pueblo, ex profeso, permitiría sin resistencia que se le anulara su memoria histórica, han tratado al menos de moldearla en las últimas décadas, conocedores de lo olvidadiza que suele ser la naturaleza humana, y del descuido y trastorno, cuando no criminal abandono a que está sometida en estos tiempos decadentes, la educación de los individuos y de los pueblos.

Desde los grandes centros de poder aumentan cada vez más, con nuevos y más sofisticados medios, las presiones de las pseudoculturas fabricadas en los laboratorios del gran capital transnacionalizado. Empleando deliberadamente resortes culturales seleccionados y probados, se busca cada vez con mayor celeridad el sometimiento cultural de los individuos y de los pueblos como paso imprescindible para un posterior sometimiento económico, político, militar, científico y de todo tipo. De esta agresión despiadada no solo son objeto los pueblos de las naciones económicamente más atrasadas sino también, y diríamos que principalmente, los de las mismas potencias mundiales engendradoras de ese opio cultural cuya dramática manifestación es el desenfrenado e irracional consumismo a que el ser humano de este tiempo es arrastrado, y al que sacrifica su propia condición humana. En los palacios del egoísmo son necesarias también la abulia y la apatía, la ignorancia y la vanidad para mantener al hombre adormecido y desconocedor de las descomunales fuerzas de su espíritu. Sin embargo, empiezan a despertar del letargo cada vez en mayor número.

A su favor tienen los poderosos, en primer lugar, la propia biología de que está compuesta la criatura humana, propensa inexorablemente al vicio, guiada por los instintos, tan vulnerable en lo físico como en lo moral, y solo fuerte, y en verdad superior y hermosa, cuando ha hecho suyo un ideal noble y a la consecución de ese ideal dedica sus todavía inexploradas potencialidades. Tienen además la ventaja de una educación que cuando funciona, suele beneficiar la instrucción en detrimento de los valores éticos, únicos capaces de dirigir al individuo con su arsenal de conocimientos en bien de todos los seres humanos. Y tienen también a su favor la vertiginosidad con que transcurre la existencia lamentable y tumultuosa de una humanidad sin verdadera conciencia de sí ni de su destino.

Solo tienen en contra la voluble, pero una vez descubierta indestructible, dignidad humana. Palabra que han tratado de borrar, reconceptualizar o desprestigiar sin conseguirlo.

En Cuba hemos sabido cultivarla con toda la voluntad, el sacrificio y las contrariedades que ello entraña. También hemos podido apelar a ella cuando se ha considerado amenazada nuestra sobrevivencia como nación, como identidad particular. Han sido dos siglos de fecunda siembra. Por eso rindo homenaje a aquel que en el ya lejano 1848 supo decir en la carta que hemos referido esta verdad tremenda: “La idea de la inmortalidad es sublime, porque prolonga la existencia de los individuos más allá del sepulcro, y la nacionalidad es la inmortalidad de los pueblos, y el origen más puro del patriotismo.”

viernes, 6 de febrero de 2009

Instrucción vs. Cultura: un dilema planteado por José Martí

Los tiempos que corren traen consigo la confirmación de aquel peligro que José Martí veía en el hecho en apariencias sutil de procurarles a los hombres cada vez mayor instrucción, sin atender con igual interés, y aún con interés mayor, a la necesidad perenne e inaplazable de forjarles en las relaciones cotidianas con sus semejantes, los sentimientos humanistas que los salvan de ser en el mundo apenas una criatura biológica de superior capacidad intelectual; aquellos elementos esenciales cuya forja exigen de recia voluntad individual y colectiva y que al cabo constituyen su cultura, es decir, el medio natural donde únicamente puede alcanzar la biología primigenia del hombre su condición humana.

Los frutos de la inteligencia de los hombres, acumulados a través de los siglos al precio de inenarrables sacrificios, dolores y privaciones, y también de sublimes recompensas, han dado a nuestra época convulsa y enajenada posibilidades casi infinitas para concretar, al fin, la hermosa y antiquísima utopía de un mundo pacífico y venturoso donde puedan realizarse a plenitud las potentísimas y aún no aprovechadas facultades humanas.

Sin embargo, en lugar de la ventura y la tranquilidad, la angustia y la zozobra son los signos de estos tiempos “inteligentes”. ¿Por qué? Porque, como alertó Martí, la razón humana sin la virtud que la guíe y la espiritualidad que la enaltezca no es sino una aberración de la naturaleza. La ciencia sin conciencia es un crimen de lesa humanidad. Si no, cómo hubiera sido posible que los conocimientos físicos y de otras ramas de la ciencia alcanzados por el hombre tras siglos de duro trabajo, se hubiesen invertido en fabricar algo tan abominable como la bomba atómica, y luego otras paradójicamente llamadas “inteligentes”. Desde la inteligencia, era posible crear semejante engendro; desde la ética era un crimen hacerlo. Martí predicó que la inteligencia no es la facultad de imponerse, sino el deber de ser útil.

La educación contemporánea emplea los métodos más avanzados para lograr una mayor instrucción de los seres humanos en de-formación. Pero no se atiene para ello a las necesidades de la época, sino a las de intereses particulares de una minoría privilegiada, cuya más segura garantía de perpetuidad es la desmovilización de las facultades espirituales del hombre o al menos su mitificación.

Por una parte enajenados y por la otra, precipitados por la “civilización” hasta el estrés, la angustia suele ser nuestra inseparable compañera de la vida y el suicidio o la locura nuestras terribles salvadoras puertas de escape a tan perturbada existencia. Triste realidad.

“El mundo entero es hoy una inmensa pregunta”, decía José Martí. Y nosotros podemos afirmar otro tanto. Por una parte no podemos negar el desarrollo destruyendo las máquinas como los antiguos esclavos, y por la otra se nos va haciendo cada vez más difícil evitar que nuestras facultades humanas sucumban sin remedio ante la arremetida bárbara de los más sofisticados medios de enajenación individual y colectiva.

Nunca como ahora fue más necesaria una educación que instruya el pensamiento y dirija y afirme los sentimientos, como prescribe la pedagogía cubana desde los padres fundadores de nuestra nacionalidad. Nunca como en los tiempos que corren se impuso con más fuerza aquella reflexión martiana que afirmaba rotunda que “La educación ha de ir a donde va la vida. Es insensato que la educación ocupe el único tiempo de preparación que tiene el hombre, en no prepararlo. La educación ha de dar los medios de resolver los problemas que la vida ha de presentar. Los grandes problemas humanos son: la conservación de la existencia, --y el logro de los medios de hacerla grata y pacífica.” [1]

Nuestra época padece por el afán a veces excesivo de mera instrucción, y se nos viene abajo estrepitosamente a pesar de los conocimientos y las inteligencias por la falta de esa genuina espiritualidad que es la cultura, no del floripondeo hueco con el que en ocasiones quiere equipararse tan elevado concepto, sino de aquella cultura llana y esencial que únicamente puede ayudar al hombre a convivir en armonía y concordia consigo mismo, y a la vez con la sociedad en que nace y la naturaleza que le sostiene y alegra su existencia. Por eso han de verse y de asumirse siempre juntas, porque son un todo, aquellas dos verdades anunciadas por José Martí: “Ser bueno es el único modo de ser dichoso. Ser culto es el único modo de ser libre”.[2]


[1] José Martí, Obras Completas, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. Tomo 22, página 308.
[2] Ídem, t.8, p. 289

ISLA VERDE


Mi Isla es una loma
color esmeralda,
con tres framboyanes
y una hermosa palma.

Detrás de un mogote
se esconde mi casa,
con paredes blancas
y el techo de grana.

Cualquier caminante
que a su lado pasa,
se sienta a su sombra
para beber agua.

Dos mil tomeguines
rondan sus portales
antes de marcharse
para los pinares.

También los sinsontes
vienen con sus trinos
a alegrar las tardes
para mis amigos.

Y cuando en las noches
arrulla el palmar,
mi Isla Verde flota
sobre la ciudad.

viernes, 12 de septiembre de 2008

EL REGALO DE NERUDA

“De que los poetas sean oídos, y se acerquen,
y trabajen a la par, vendrá la paz humana.”
José Martí


Treinta y cinco años se cumplen este 23 de septiembre del hasta luego triste que Pablo Neruda nos dijo solo 12 días después del criminal golpe de estado que arrebató a Chile su libertad y la vida del presidente Salvador Allende.

El Poeta, diplomático, senador, malacólogo, pertinaz aficionado a la arquitectura, amante incorregible de la vida, fue un indoblegable defensor de las causas más nobles de su tiempo. Sin embargo, como es de suponer, suele recordársele fundamentalmente por su obra lírica de la cual se han escrito, aún en vida del vate, innumerables y luminosas páginas.
En este aniversario, observando el panorama mundial que nos ofrece nuestro tiempo, y entreviendo el oscuro porvenir, todavía evitable, que depara a la especie humana, quiero recordar al Neruda esencial, a ese que desde el poema oral o escrito, en verso o en su vívida prosa que era también poesía, nos legó con sus actos y su vida un ejemplo de obligación moral de los intelectuales y los hombres y mujeres de buena voluntad, hacia las luchas cotidianas en aras de alcanzar un poco más de felicidad y de alegría para todos.

Al revolucionario que marchó junto a un numeroso grupo de escritores, artistas, hombres y mujeres de ciencia, a defender a la República Española, ese sueño truncado a la postre, y a cuya concreción entregó generosamente su juventud brillante y prometedora nuestro entrañable Pabro de la Torriente Brau. Al Neruda que después de haber escrito “los versos más tristes” inspirado en los tiernísimos sentimientos que despertaron en él las bellezas femeninas, supo construir, con restos de papel y viejos trapos donados por los soldados republicanos, la pulpa con que esos mismos soldados elaboraron el papel en que se imprimirían los poemas guerreros que formaron su libro España en el corazón. Al que, tras el descalabro de aquel sueño, cuando las hordas fascistas del Gran Caudillo se cebaron en la carne de los mantenedores de la utopía republicana y hasta los que se refugiaron en la culta Francia fueron hacinados en campos de concentración, intercedió ante su gobierno y fue designado por el presidente chileno cónsul especial para la inmigración española, con sede en París. Al que con ese título organizó, con habilidad de prestidigitador, la expedición del barco “Winnipeg”, donde cruzaron el Atlántico con destino a Chile más de dos mil españoles de diversas profesiones y oficios. Al Premio Nobel de Literatura que refiriéndose a esa hazaña llegó a decir que salvar esas vidas del dolor y la muerte, devolviéndoles otra vez la esperanza era el mejor poema que había escrito: “Que la crítica borre toda mi poesía, si le parece. Pero este poema, que hoy recuerdo, no podrá borrarlo nadie.”[1]

De ese hombre entrañable que siendo un trotamundos se sintió siempre en todas partes un hijo fiel de nuestra Madre América, del que cantó a la Revolución Cubana, a la Sierra Maestra y a Fidel, quiero recordar una singularísima respuesta dada a un periodista que le preguntó: “Si tuviera que concederle un regalo al mundo, ¿por cuál se decidiría?” a lo que el poeta respondió: “El mejor regalo sería la restauración de una verdadera democracia en los Estados Unidos. Es decir, la eliminación en ese país de las fuerzas regresivas que ensangrientan los territorios más distantes. Un gran país como éste, despojado de su prepotencia política y económica, sería un regalo para el mundo.”[2]

Tome nota en estos días de elecciones el país de Walt Whitman, a quien Neruda consideró su maestro.

[1] Volodia Teitelboim, Neruda, Editorial Arte y Literatura, La Habana, 2004, p. 236
[2] Ídem. p. 407

martes, 24 de junio de 2008

La condición humana

“Todo empuja, precipita, exaspera, exacerba, arrastra. Se tiene

miedo de quedarse atrás. Se quiere ir, por arrogancia humana y

por tener segura la subsistencia, al nivel de todo lo que se ve.(…)

La actividad es tremenda, el sueño inquieto, el ansia permanente.

Las fuerzas no se reparan en el grado en que se pierden.”

José Martí

Por todas partes y en todos los idiomas se escucha la gran preocupación que embarga a nuestra especie en los albores del siglo XXI: el temor a la autodestrucción colectiva y la conciencia clara de que no es una posibilidad sino una realidad que comenzó hace ya mucho tiempo y por varios caminos. La triste certidumbre de que es necesario frenar esta carrera vertiginosa hacia el abismo, y a la vez de que no tenemos voluntad ni comprensión suficiente para hacerlo, mantiene a unos pocos en un estado de permanente desasosiego, exacerbado por la indolencia y el cinismo de los principales causantes del desastre, y la apatía de las mayorías ocupadas únicamente en el aquí y el ahora.

Lo que nos exigen los tiempos no es solo la solución de un problema, sino la capacidad para armar el enorme rompecabezas que representan las múltiples aristas del asunto. Por un lado la destrucción ininterrumpida e inmisericorde del medio ambiente imprescindible a nuestra vida; por otro, la insistencia en un modo de vivir consumista y enajenado, que es capaz de mantener al ser humano en la angustia por no tener tal o más cual cosa, y a la vez le imposibilita comprender lo insustituible que es alimentarse correctamente, respirar bien, tener buena salud, vivir esa plenitud espiritual que es la verdadera y única felicidad posible.

De una parte las guerras imperiales que, apenas cubiertas con las hojitas de parra de cualquier desvergonzada excusa, buscan apropiarse de los recursos no renovables que se agotan apresuradamente luego de una explotación anárquica y brutal; de la otra, las guerras del odio motivadas por todos los tipos de fanatismos que los hombres hemos lanzado sobre la tierra en las formas más diversas. El panorama luce, bajo la lobreguez de la muerte y con los ribetes brillantes de las explosiones, inevitablemente apocalíptico.

Por un lado el hambre innecesaria e injustificable, con su boca insaciable y oscura, devorando millones de seres humanos cada día sin importarle raza, idioma ni sexo; por el otro las enfermedades prevenibles y curables en su mayoría, que arrebatan ante nuestros ojos su cuota de vidas, sin que hagamos otra cosa que levantar el puño de impotencia, virar la cara dura de la impiedad, o cerrar los ojos ciegos del egoísmo.

Por un lado la instrucción sin educación, que convierte a los seres humanos en máquinas inteligentes, calculadores sin más sentimientos que la búsqueda aberrante de placeres efímeros, recolectores de tarecos innecesarios, y psicóticos narcisistas; por el otro la ciencia sin conciencia, que utiliza el inmenso caudal de conocimientos alcanzados por la humanidad en su desarrollo para ponerlo al servicio de la acumulación excesiva de riquezas en manos de unos pocos; las máquinas que en lugar de disminuir el esfuerzo del trabajo del hombre para que pueda entregarse por más tiempo a su crecimiento espiritual, como único modo de alejarse de la bestia primigenia que somos al nacer cuando solo nos rigen los instintos biológicos, lo desplazan y desemplean relegándolo a los sitios oscuros de la miseria, la desesperación y la ferocidad que ellas engendran en todo lo que tocan. La ciencia ha logrado disminuir el costo de producción de los alimentos, sin embargo cada día el precio de éstos está más cerca del cielo que el espíritu mismo de los hombres. La ciencia sin conciencia ha convertido el duro bregar que personas esclarecidas han mantenido durante años para arrancarle a la naturaleza sus secretos y dominarlos, en armas eufemísticamente llamadas “inteligentes” para matar a más personas y a mayor distancia, sin que esa proclamada “inteligencia” sea capaz de distinguir a un genocida de un poeta.

Por una parte la ininterrumpida desaparición de culturas e identidades que han formado durante miles de años parte del conglomerado humano y sin las cuales este no estará completo; por la otra el ataque permanente a esa institución básica de toda sociedad que es la familia, el hogar donde nace y crece el ser humano. La familia dinamitada de hoy no puede ni dispone de tiempo ni de método para formar en el alma de los niños los valores que le permitirán enfrentar con éxito y resistir con dignidad los embates de este mundo al revés.

Nadie tiene ni tendrá por sí solo todas las repuestas a estos e infinidad de otros problemas actuales a que los que estamos obligados a buscar solución. Solo la solidaridad en los métodos, la aplicación y la evaluación conjunta de los resultados, unida a la disposición de comenzar a hacer lo que esté a nuestro alcance en el lugar en que nos toque, podrá ayudarnos.

Hago mías estas palabras de Ernesto Sabato al inicio de su libro La resistencia: “Les pido que nos detengamos a pensar en la grandeza a la que todavía podemos aspirar si nos atrevemos a valorar la vida de otra manera. Nos pido ese coraje que nos sitúa en la verdadera dimensión del hombre. Todos, una y otra vez, nos doblegamos. Pero hay algo que no falla y es la convicción de que –únicamente- los valores del espíritu nos pueden salvar de este terremoto que amenaza la condición humana.”

jueves, 8 de mayo de 2008

IGNACIO AGRAMONTE: VIVIR PARA LA PATRIA

¡Acaso no hay otro hombre que en grado semejante haya sometido

en horas de tumulto su autoridad natural a la de la patria!

José Martí


El 1 de julio de 1873 llega a los predios del Camagüey, designado por Carlos Manuel de Céspedes, Presidente de la República de Cuba en Armas, el Mayor General Máximo Gómez, para hacerse cargo del mando de las tropas cubanas que operaban en aquellas comarcas. La encomienda recibida no hubiera representado para el bravo dominicano mayores contratiempos si no hubiera sido por las excepcionales circunstancias en que debió cumplirla. El 11 de mayo de ese año, apenas dos meses antes, había caído en combate frente a las tropas colonialistas españolas el Mayor General Ignacio Agramonte y Loynaz, en los potreros de Jimaguayú.

El Mayor, como le llamaban sus subordinados, era todo un carácter. Así lo refleja desde las primeras anotaciones en su Diario de Campaña el general Gómez. “Pocos pueden cual yo apreciar la pérdida que ha sufrido la Revolución con la muerte del General Agramonte. Es regla general que en el soldado se han de ver como de relieve marcadas las condiciones morales de su Jefe, y en estas tropas se notan el hábito de disciplina, moralidad y orden que eran sin duda una de las primeras cualidades de aquel carácter. Los españoles no saben una cosa y es que Agramonte inspirado en puro patriotismo dejó asegurada la Revolución en esta parte. Agramonte les hará tanto daño muerto como les hizo vivo.”

Era en sí mismo la encarnación del equilibrio que debía primar en la república por cuya conquista abandonó todo y arriesgó la vida cada día frente a las balas enemigas. Transparente en su conducta pública y privada, fue austero y refinado, humilde y altivo, sencillo y soberbio, soñador y práctico, apacible y fiero. Al descubrimiento de estos pares dialécticos en aquel carácter superior debemos la atrevida y exacta definición martiana de “diamante con alma de beso”. Pulcro aún en la pobreza a veces extrema del vestido, era el jefe, el amigo, el padre de quienes lo seguían. Recto en la disciplina militar y moral, supo ser tierno en corregir la conducta de los descarriados, y cuando hubo que aplicar sanciones definitivas no le tembló la mano.

La dureza de la contienda no anuló su sensibilidad. Supo, como pediría otro grande de nuestra época, endurecerse sin perder la ternura. Léanse sus órdenes militares, y vuélvanse los ojos a cualquiera de sus cartas a Amalia, la compañera de su corazón, su idolatrada esposa, madre de sus dos hijos. Si supo hacer de un espíritu civil como el suyo un guerrero admirado por los mayores estrategas militares que hemos tenido, no fue por amor a la carrera de las armas sino por servir mejor a Cuba en aquello que era impostergable, su independencia.

A su mano debemos la escritura de nuestra primera Constitución proclamada en Guáimaro, donde nacimos como República al concierto de los pueblos libres. Y en este punto también le debemos un ejemplo supremo de pureza de actos y alteza de miras. No aceptó disputarle a Céspedes su primacía en los destinos de la República incipiente e insegura, defendió con vehemencia la bandera de la estrella solitaria y respetó la bandera de Yara. No permitió jamás a sus subordinados que hablar mal en su presencia del presidente de la República.

Ni siquiera sus enemigos osaron regatearle en la hora de su muerte el influjo tremendo que ejercía en los hombres de la Revolución ni sus cualidades como jefe militar. Supo ser honorable en el combate y magnánimo con el vencido. En él, como diría Martí, fue enteramente digno el ser humano.

Estas cualidades hicieron posible que aún en sus contemporáneos fuera venerada su memoria; que un hombre como José Martí llorara al sostener en sus manos, allá en el frío destierro de Nueva York, los dos pequeños frascos que contenían uno un mechón de cabello del Bayardo Camagüeyano, y el otro un puñado de tierra de Jimaguayú; o que Máximo Gómez enviara a Amalia Simoni, su viuda, entre los extractos de su Diario de Campaña donde habla de Agramonte, este párrafo desgarrador: “¡Ah! Cómo no nos unió el destino en el campo de batalla. Como nos hubiéramos completado quizás y quien sabe si yo lo hubiera hecho vivir para la Patria antes que morir para la Gloria.”

A 135 años de su caída gloriosa en los potreros de Jimaguayú, la figura del joven Ignacio Agramonte emerge inmaculada desde lo hondo de la historia para recordarnos a los que vivimos estos tiempos, sobre qué sacrificios se erigió la Patria.

Esos son, Cuba, tus verdaderos hijos. Aún se puede vivir puesto que aún se mantienen ante nuestros ojos ejemplos tales.

jueves, 17 de abril de 2008

Mi raza

“Estamos juntos desde muy lejos,

jóvenes, viejos,

negros y blancos, todo mezclado.”

Nicolás Guillén

(Son número 6)

El 16 de abril de 1893 aparecía en Patria, salido de la pluma de fuego de Martí, el artículo “Mi raza”. Ciento quince años se cumplen de aquellas letras fundadoras en las que se mezclaban, por la ternura y las circunstancias del mensaje, la posición política y la convicción científica del Apóstol, expresada en atisbos visionarios.

Desde los sólidos principios en que basa su política unitaria y de justicia social para consolidar a la nación en ciernes, lo escuchamos decir que “El hombre no tiene ningún derecho especial porque pertenezca a una raza u otra: dígase hombre, y ya se dicen todos los derechos. El negro, por negro, no es inferior ni superior a ningún otro hombre: peca por redundante el blanco que dice: “mi raza”; peca por redundante el negro que dice: “mi raza”. Todo lo que divide a los hombres, todo lo que los especifica, aparta o acorrala, es un pecado contra la humanidad.”

Y desde los conocimientos adquiridos por diversas vías en sus perennes e interminables lecturas, entre las que sobresalían no pocas referidas a los avances de las ciencias, nos adelanta que “Los negros, como los blancos, se dividen por sus caracteres, tímidos o valerosos, abnegados o egoístas, en los partidos[1] diversos en que se agrupan los hombres.” Y añade que, “en suma, la semejanza de los caracteres, superior como factor de unión a las relaciones internas de un color de hombres graduado, y en sus grados a veces opuesto, decide e impera en la formación de los partidos. La afinidad de los caracteres es más poderosa entre los hombres que la afinidad del color.”

Subrayo especialmente esta idea martiana referida a “las relaciones internas” del color “graduado” de los individuos, y sobre todo cuando afirma que ese color es “en sus grados a veces opuesto”, recordando que hace unos meses, en el espacio de la Mesa Redonda de la televisión cubana, la doctora Beatriz Marcheco, directora del Centro Nacional de Genética Médica, hacia referencia al estudio que por primera vez se ha realizado en Cuba para investigar el comportamiento del mestizaje de nuestra población directamente en los genes de los individuos.

Confirmando la definición de Don Fernando Ortiz sobre el ajiaco que es nuestra cultura, y de la que forma parte fundamental también el mestizaje de las llamadas “razas”, los estudios revelaron el escaso valor del concepto de “raza” como sistema de clasificación biológica de los individuos en Cuba. La mezcla que da lugar a este mestizaje de hoy, ha ocurrido a lo largo de 7 generaciones, lo que ocupa un espacio en el tiempo de aproximadamente doscientos años, coincidiendo también con la fecha en que comenzaron a forjarse nuestros sentimientos como nación.

De este estudio se derivaron valiosas sugerencias a nuestra medicina, en especial para las investigaciones sobre enfermedades generalmente asociadas al color de la piel de las personas, pues pudo comprobarse que individuos con el color de la piel blanca, pueden tener más de un 70 % de información en sus genes de origen africano, y a la vez individuos con el color de la piel negra pueden tener más del 85 % de información en sus genes de origen europeo.

Desde el punto de vista cultural e histórico, explica Martí en su artículo, que para quienes asociaban la presunta inferioridad del negro a esa institución criminal y vergonzosa que fue la esclavitud, era bueno recordarles “que los galos blancos, de ojos azules y cabellos de oro, se vendieron como siervos, con la argolla al cuello, en los mercados de Roma.”

En el mundo de hoy, pese a los adelantos de las investigaciones científicas, la discriminación racial asume rasgos retrógrados que rayan en lo absurdo y arrancan de un tirón la hojita de parra con que procuran cubrir sus “pudores” las llamadas “civilizaciones”.

En Cuba, con el triunfo revolucionario de enero de 1959, quedaron hechas trizas legalmente las instituciones que mantenían, en la neocolonia yanqui que éramos hasta entonces, la discriminación del negro. La igualdad jurídica, sin embargo, siempre será más fácil de conseguir que la igualdad total en el seno de la sociedad, por cuanto la ley puede ser cambiada en un día, pero un sedimento cultural formado a lo largo de cinco siglos y basado en retorcidos conceptos acerca de la inferioridad social de un grupo determinado de individuos, no puede ser cambiado de igual manera. Este último cambio requiere no solo de tiempo sino de voluntad colectiva, de crecimiento cultural y espiritual de todos los grupos humanos que interactúan en la sociedad.

Al iniciarse la batalla de ideas y al calor de los diversos programas sociales que se generaron para alcanzar en nuestra tierra “toda la justicia”, como quería Martí, Fidel llamó la atención sobre la diferencia entre igualdad de oportunidades e igualdad de posibilidades, enfatizó en lo que llamó la reproducción de la cultura de la pobreza y de la marginalidad, y en tal sentido se generaron nuevos programas y medidas.

En el reciente VII Congreso de la UNEAC nuestros intelectuales y artistas volvieron al tema. Sobre la reaparición en nuestra sociedad de elementos del viejo racismo seudo republicano que parecían dejados atrás, y la necesidad de combatirlos desde todos los ángulos cualquiera que sea el signo que tengan: positivo o negativo. Ni discriminar a alguien porque sea negro o blanco, ni privilegiar a alguien por lo mismo. Eusebio habló de no ser un cubano “de cuota”, sino de valer por sí, por la obra que en la vida se haya construido, por el carácter singular que cada uno haya desarrollado, y por ser hijo legítimo de esta tierra.

En tal sentido Martí es categórico en el artículo referido cuando dice que “En Cuba no hay temor alguno a la guerra de razas. Hombre es más que blanco, más que mulato, más que negro. Cubano es más que blanco, más que mulato, más que negro. En los campos de batalla, muriendo por Cuba, han subido juntas por los aires las almas de los blancos y de los negros.”

De manera que si bien 50 años es un plazo muy breve para arrancar totalmente de la “venas”, el veneno de la discriminación racial que durante cuatro siglos y medio nos inocularon nuestros dueños, es una realidad que al calor de la construcción revolucionaria de un proyecto de país más humano, se han creado la instrucción y la cultura que en su constante crecimiento y ejercicio vencerán definitivamente esos vergonzosos prejuicios.

Y en esa batalla cotidiana contra las más variadas formas de división de un pueblo que sólo en la unidad monolítica de su relampagueante diversidad hallará seguridad y sosiego frente al gobierno codicioso del vecino acechante, estará con su prédica profundamente humana José Martí, que ya en 1891, en su ensayo Nuestra América, había alertado esta verdad que no conviene descuidar: “Los pensadores canijos, los pensadores de lámparas, enhebran y recalientan las razas de librería, que el viajero justo y el observador cordial buscan en vano en la justicia de la Naturaleza, donde resalta en el amor victorioso y el apetito turbulento, la identidad universal del hombre.“



[1] En este caso la palabra “partido” la emplea Martí como sinónimo de “grupo humano”, no precisamente como “partido político”, a los que se refiere directamente en ese artículo un poco después.