¡Acaso no hay otro hombre que en grado semejante haya sometido
en horas de tumulto su autoridad natural a la de la patria!
José Martí
El 1 de julio de 1873 llega a los predios del Camagüey, designado por Carlos Manuel de Céspedes, Presidente de
El Mayor, como le llamaban sus subordinados, era todo un carácter. Así lo refleja desde las primeras anotaciones en su Diario de Campaña el general Gómez. “Pocos pueden cual yo apreciar la pérdida que ha sufrido
Era en sí mismo la encarnación del equilibrio que debía primar en la república por cuya conquista abandonó todo y arriesgó la vida cada día frente a las balas enemigas. Transparente en su conducta pública y privada, fue austero y refinado, humilde y altivo, sencillo y soberbio, soñador y práctico, apacible y fiero. Al descubrimiento de estos pares dialécticos en aquel carácter superior debemos la atrevida y exacta definición martiana de “diamante con alma de beso”. Pulcro aún en la pobreza a veces extrema del vestido, era el jefe, el amigo, el padre de quienes lo seguían. Recto en la disciplina militar y moral, supo ser tierno en corregir la conducta de los descarriados, y cuando hubo que aplicar sanciones definitivas no le tembló la mano.
La dureza de la contienda no anuló su sensibilidad. Supo, como pediría otro grande de nuestra época, endurecerse sin perder la ternura. Léanse sus órdenes militares, y vuélvanse los ojos a cualquiera de sus cartas a Amalia, la compañera de su corazón, su idolatrada esposa, madre de sus dos hijos. Si supo hacer de un espíritu civil como el suyo un guerrero admirado por los mayores estrategas militares que hemos tenido, no fue por amor a la carrera de las armas sino por servir mejor a Cuba en aquello que era impostergable, su independencia.
A su mano debemos la escritura de nuestra primera Constitución proclamada en Guáimaro, donde nacimos como República al concierto de los pueblos libres. Y en este punto también le debemos un ejemplo supremo de pureza de actos y alteza de miras. No aceptó disputarle a Céspedes su primacía en los destinos de
Ni siquiera sus enemigos osaron regatearle en la hora de su muerte el influjo tremendo que ejercía en los hombres de
Estas cualidades hicieron posible que aún en sus contemporáneos fuera venerada su memoria; que un hombre como José Martí llorara al sostener en sus manos, allá en el frío destierro de Nueva York, los dos pequeños frascos que contenían uno un mechón de cabello del Bayardo Camagüeyano, y el otro un puñado de tierra de Jimaguayú; o que Máximo Gómez enviara a Amalia Simoni, su viuda, entre los extractos de su Diario de Campaña donde habla de Agramonte, este párrafo desgarrador: “¡Ah! Cómo no nos unió el destino en el campo de batalla. Como nos hubiéramos completado quizás y quien sabe si yo lo hubiera hecho vivir para
A 135 años de su caída gloriosa en los potreros de Jimaguayú, la figura del joven Ignacio Agramonte emerge inmaculada desde lo hondo de la historia para recordarnos a los que vivimos estos tiempos, sobre qué sacrificios se erigió
Esos son, Cuba, tus verdaderos hijos. Aún se puede vivir puesto que aún se mantienen ante nuestros ojos ejemplos tales.