lunes, 29 de junio de 2009

LA AMÉRICA NUEVA

“Los malos no triunfan sino allí
donde los buenos son indiferentes.”
José Martí
Por Carlos Rodríguez Almaguer.


“Honduras es un pueblo generoso y simpático, en que se debe tener fe”, escribía José Martí, en las páginas de La América, de Nueva York, en junio de 1884. Y tal parece que, también en junio pero de 2009, esta sentencia se haya escrita en el cielo hondureño desde que hace unos días comenzó a gestarse la tormenta que en la madrugada de ayer desencadenó los truenos vergonzosos de la asonada golpista contra el presidente escogido libre y democráticamente por el pueblo de Honduras, José Manuel Zelaya.

Y en el pueblo hondureño han creído y junto a él se han alineado, sin demora, los pueblos de Nuestra América. Acaso antes de que muchos de los propios hondureños, víctimas de un silencio mediático y una manipulación criminal de la opinión pública, se dieran cuenta de lo que en verdad sucedía en su capital y en su país, ya muchos pueblos, por vía de sus presidentes y de sus cancilleres, protestaban contra el atropello de la libertad hondureña y condenaban el asalto vandálico y el asesinato de la Constitución de esa República americana.

Dichosa empieza a ser, sin duda, en estos tiempos nuevos, nuestra Madre América luego de tantos siglos de humillaciones y de enfrentamientos violentos contra quienes han querido siempre conculcar el derecho de sus hijos a disfrutar la libertad a que les llama una naturaleza inigualablemente hermosa, cuya impronta va impresa en su carácter: acogedores y hospitalarios con los que en paz y amistad pisan sus playas, y terribles e impenetrables para quienes en son de guerra y de conquista hoyan el suelo vendito en que nacieron.

Dichosa empieza a ser esta América Nueva, porque el tiempo en que la voz y el sentimiento de los pueblos que la conforman están en esencia y previsoramente puestos en la voz y el sentimiento de quienes los representan, es un tiempo dichoso. Venezuela, Cuba, Nicaragua, Ecuador, Bolivia, Argentina, Brasil… tantos otros que no han vacilado en condenar este artero atentado, que no es solo contra la constitucionalidad hondureña, sino contra los nuevos tiempos que se abren para nuestro “pequeño género humano”, como nos llamó Bolívar, para esta “raza original, fiera y artística”, como nos llamó José Martí.

La posición de los presidentes Chávez, Daniel, Correa, Evo, de Raúl y Fidel, apoyando el derecho del pueblo hondureño, y el valor y el patriotismo del presidente Zelaya y de su canciller, es una lección magistral de la altísima ética humanista y del compromiso que mueve a la práctica política contemporánea en Nuestra América. La claridad meridiana de sus planteamientos unido a la capacidad movilizadora de la opinión pública nacional e internacional, han constituido un elemento definitorio de la situación que vive el hermano país. Al atardecer del propio día del golpe, ya los gorilas estaban moral y políticamente derrotados por la opinión pública internacional. Nadie ha estado dispuesto a apoyar semejante retroceso a las brutalidades cavernarias de otros tiempos. La efectividad de los mecanismos de integración regionales está enfrentando con éxito visible la dura prueba que le han impuesto con su arbitrariedad los “Gorilettis” trasnochados que, acostumbrados a la impunidad de que han gozado por generaciones al amparo de sus amos rubios, no creyeron siquiera necesario, antes de cometer este “error suicida” —como lo llamó certeramente Fidel— informarse de la realidad que los circunda y que los ha petrificado como fósiles vivientes, energúmenos que se creen capaces todavía de inventar la rueda y, por ello mismo, tampoco pudieron darse cuenta de que ya el amo no tiene ni tendrá jamás sobre nuestros pueblos y sus dirigentes el efecto hipnótico ni el reflejo condicionado de otrora.

Tampoco son los mismos tiempos para el amo del norte, que en su actual postura frente a los tristes hechos de estos días ha marcado un importante hito en la historia de sus relaciones con nuestros pueblos en los últimos doscientos años. Sea por una casi increíble honestidad política, o por una más probable y astuta conveniencia, la actitud del gobierno de los Estados Unidos frente al golpe de estado en Honduras es un hilo de luz en la larga y tenebrosa noche de su ejercicio político y de su diplomacia, especialmente en este hemisferio, y ojalá signifique el inicio de un rescate sincero de los mejores valores éticos que hicieron nacer a esa gran nación y la convirtieron en su momento en el símbolo de la libertad y la admiración de los pueblos. “Un gran país como éste, —diría en su momento Pablo Neruda— despojado de su prepotencia política y económica, sería un regalo para el mundo”. Por eso también es grande el significado de la actual realidad que viven nuestras repúblicas americanas, pues, como advirtió a tiempo—con un siglo de tiempo—José Martí, la independencia y la dignidad de nuestras naciones no solo es buena para nosotros sus hijos, sino que será también una tabla de salvación para el honor duramente lastimado, y ya dudoso, de la gran república del norte, que en el desarrollo de su territorio alcanzaría más segura grandeza que en la innoble conquista de sus vecinos menores, y en la pelea inhumana que con la posesión de ellas abriría contra las potencias del orbe por el predominio del mundo.

En este contexto, la reacción del pueblo hondureño es otro ejemplo para todos los pueblos y un motivo más de orgullo para los que no solo nacimos en nuestra América, sino que nos preciamos de ser hijos de esta tierra dolorosa y sublime. Y como en su momento el heroico pueblo venezolano, y luego el boliviano y el ecuatoriano, los hondureños tampoco han podido ser anulados por la abulia y la estolidez promovidas desde el norte y enfatizadas por las oligarquías a través de sus medios masivos de enajenación, y han salido a defender a los representantes electos libremente por ellos, como la manera más eficaz e inmediata de hacer respetar sus derechos individuales.

Ya los tiempos de los pueblos sumisos e indolentes compuestos por masas informes sin conciencia de sí, de su poder y de su historia, han quedado atrás. Ningún hombre ni mujer americano, una vez iluminada la conciencia y vivida intensamente la gloria de estos tiempos, volverá a bajar la cabeza otra vez ante la prepotencia y la ambición. Se acabó la impunidad en nuestra Madre América. Nadie volverá a golpear el rostro de un indio, de un negro, de un mestizo, de un americano de Nuestra América, ni de quienes sean elegidos como sus representantes, sin que se levanten espontáneamente al cielo, potentes y justicieros, millones de voces acusadoras y de puños reivindicadores.

A los golpistas de hoy y a los que puedan estar incubando ese virus nefasto ya en vías de erradicación; a los privilegiados parásitos de las oligarquías que han vejado durante siglos a nuestros pueblos, y a los oportunistas que cambian de color según cambia el ambiente, les decimos, mirándolos de frente y sin miedo, como diría en un verso inolvidable el Poeta Nacional de Cuba, Nicolás Guillén:
¡SE ACABÓ!


HONDURAS: AMANECIÓ DE GOLPE

“El único modo de vencer el imperialismo
en los pueblos mayores, y el militarismo en los menores,
es ser todos soldados.”
José Martí.
Por Carlos Rodríguez Almaguer.

Esta mañana ha sido de duro aprendizaje para el pueblo hondureño, y en general, para todos los pueblos latinoamericanos: el siglo XXI no es en sí mismo una panacea que abolirá para siempre las prácticas retrógradas de las oligarquías que durante siglos han detentado el poder en nuestro hemisferio, ni del imperialismo que lo ha utilizado y vapuleado a gusto y conveniencia como su patio trasero.

Cuando el 13 de abril de 2001 el pueblo venezolano, luego de dura lucha y al precio de numerosas vidas de sus mejores hijos, restituía a la vez a su presidente, Hugo Chávez Frías, y con él el orden constitucional en la patria de Bolívar, creíamos haber asistido a la última asonada golpista llevada a la práctica en nuestras repúblicas americanas, y que tales prácticas quedarían en la historia como una triste tendencia del siglo XX.

A pesar de las reiteradas denuncias del propio presidente Chávez y más tarde, del presidente boliviano Evo Morales, sobre planes de reincidencias golpistas por parte de sectores oligárquicos de sus países, secundados por vetustas jerarquías militares, muchos no creían posible que tales planes se llevaran a efecto y aún otros tildaban de exageradas las declaraciones de ambos mandatarios, cuando no de ser un argumento o una “finta” política para mantener determinado estado psicológico en la población que resultara favorable para la implementación de las políticas de sus gobiernos.

Sin embargo, esta mañana hemos despertado en medio de una terrible lección, cuya didáctica aplastante no admite dudas: el golpismo es todavía una amenaza latente para los gobiernos que han llegado al poder, no como fruto de componendas y arreglos de camarillas, sino apoyados por los movimientos sociales que nuclean a las grandes mayorías de nuestros pueblos. Para quienes creían que habían quedado atrás los días de la teoría marxista como fundamento científico de los oprimidos de este mundo, vuelven a manifestarse con fuerza inexorable los fundamentos de la lucha de clases. Vuelve a manifestarse en su dura crudeza aquella verdad rotunda de que los poderosos no entregarán sus privilegios mansamente, sino que, aferrados a ellos serían capaces de masacrar no importa a cuántos de los que se les opongan.

Nuestros pueblos han debido aprender en el fragor de las batallas sociales y políticas de este tiempo que tampoco en el siglo XXI les será regalado ningún derecho por los que ostentan el poder económico; que cualquier demanda de justicia deberá ser defendida con valor y firmeza de forma sostenida, como lo hace en este momento el pueblo hondureño, porque la justicia no se defiende sola, ni las conquistas se sostienen per se una vez alcanzadas. La lucha infatigable, disciplinada y consciente, será la única garantía que tendremos siempre los pueblos para nuestros derechos.

Ante la faz del mundo se ha producido este nuevo atropello a la legalidad de una nación, y una vez más han sido sus propios hijos, vistiendo el uniforme militar, quienes han asestado el golpe artero contra el pecho de su patria. Cada golpe militar contra los poderes constitucionales de un Estado es una manifestación de las anomalías que padecen los sistemas educacionales de esos Estados. Es difícil que un ciudadano educado en el amor a su país y a su historia, que conozca el devenir del pueblo del que nace, no importa en cuál de sus estratos sociales, pueda volver los cañones de sus fusiles contra su propio pueblo.

Pero de todo esto muchas son las lecciones que se derivan. A saber, que la realidad de Nuestra América realmente ha cambiado a favor de las mayorías desposeídas; que los líderes latinoamericanos surgidos al calor de estos nuevos tiempos han sabido asumir certeramente y sin ingenuidades su papel, y que su evaluación de la realidad política del mundo es clara y objetiva; que esa nueva realidad americana ha condicionado también las posiciones públicas de gobiernos foráneos otrora impune y descaradamente aliados a este tipo de acciones; que por primera vez en la historia de este continente no solo los pueblos sino también los gobiernos se unen prontamente para enfrentar esta afrenta a una de las naciones hermanas, y que a nuestros pueblos ya no habrá quien vuelva a humillarlos y a vejarlos de nuevo, porque han descubierto por sí mismos esa verdad tremenda que viene repitiéndose generación tras generación: ES MEJOR MORIR DE PIE QUE VIVIR DE RODILLAS.

sábado, 11 de abril de 2009

El Partido en el pensamiento político de José Martí

“Los hombres van en dos bandos:
los que aman y fundan;
los que odian y deshacen.”
José Martí



El pensamiento político de José Martí mantuvo un franco proceso de maduración que abarcó desde las tertulias en el colegio del maestro Rafael María de Mendive, pasando por las trágicas experiencias del presidio político, el destierro en España, sus vivencias en México, Guatemala y Venezuela, hasta el análisis profundo y desprejuiciado de las fuerzas, vicios, inmoralidades y desórdenes que en los Estados Unidos de Norteamérica se escondían tras las bambalinas del progreso, y ya habían iniciado en el alma de aquella poderosa república su obra de destrucción.

Las permanentes lecturas, unidas a la observación y el análisis de cada realidad en que vivió, y al trato de los hombres y mujeres con los que de una u otra manera se relacionó, fueron básicamente las fuentes principales de las que se nutrió su vastísima cultura, en la que ocupa un lugar prominente su cultura política. No comprender su pensamiento político como un proceso, y asumir como única o definitiva la posición que adoptó en determinada fase del mismo, ha conllevado a recurrentes errores cuando no a tergiversaciones las más de las veces motivadas por la mala fe hacia el proceso revolucionario que triunfó en Cuba en enero de 1959.

Persiguiendo el mezquino objetivo de desacreditar la raíz martiana de la Revolución que lidera Fidel, los corifeos de la anti Cuba ha hecho énfasis en dos temas fundamentales, entre los muchos que han manejado. Uno de ellos es la supuesta oposición de Martí al ideal socialista y específicamente a la figura de Carlos Marx, basándose en la casi totalidad de los casos, en dos momentos de reflexión martiana en torno a ese asunto. A saber, la crítica que hace, en marzo de 1883, a los métodos violentos de lucha cuando escribe el elogio ante la muerte de Carlos Marx. En esta ocasión refiere que “espanta la tarea de echar a los hombres sobre los hombres”, y afirma además que el Prometeo de Tréveris fue “hombre comido del ansia de hacer bien. Él veía en todo lo que en sí propio llevaba: rebeldía, camino a lo alto, lucha.”[1] No obstante esta observación, la realidad política de Cuba lo llevaría casi una década después a convertirse en el principal organizador de una violenta guerra que él llamó “necesaria” y la proclamó “sin odio”. El otro momento objeto de manipulaciones es su análisis del libro titulado La futura esclavitud, escrito por Herbert Spencer y cuyo título gusta ser presentado por los manipuladores como una expresión de Martí acerca del socialismo. Sin embargo, nunca dicen nada respecto a que el mencionado análisis martiano concluye señalándole a Spencer su celo excesivo en criticar a ese determinado tipo de socialismo que se proponía por entonces en Inglaterra, y cuyo pecado capital consistía —según el autor del libro— en la sobre protección que dicho Estado socialista ejercería sobre los pobres. Así concluye el análisis martiano:

“Y en todo este estudio apunta Herbert Spencer las consecuencias posibles de la acumulación de funciones en el Estado, que vendrían a dar en esa dolorosa y menguada esclavitud; pero no señala con igual energía, al echar en cara a los páuperos su abandono e ignominia, los modos naturales de equilibrar la riqueza pública dividida con tal inhumanidad en Inglaterra, que ha de mantener naturalmente en ira, desconsuelo y desesperación a seres humanos que se roen los puños de hambre en las mismas calles por donde pasean hoscos y erguidos otros seres humanos que con las rentas de un año de sus propiedades pueden cubrir a toda Inglaterra de guineas.
Nosotros diríamos a la política: ¡yerra, pero consuela! Que el que consuela, nunca yerra.”[2]

El otro tema objeto especial de manipulación es el referido al partido único. Cabe señalar que desde su enfrentamiento en la metrópoli a la hipocresía republicana que exigiendo ese derecho para España, lo negaba a los cubanos que cada día morían en la manigua como expresión máxima de su vocación republicana y su deseo de independencia, Martí fue decepcionado por los conceptos de partido. Así, durante su estancia en México, Guatemala y Venezuela, tiene una nueva visión de lo que podían ser los partidos políticos manipulados por los caudillos victoriosos de las continuas guerras civiles en que, desangrándose, las repúblicas nacidas del proceso iniciado en 1810 purgaban los vicios heredados de tres siglos de dominación colonial. Y es precisamente refiriéndose al caso mexicano, luego del golpe de Estado perpetrado por el general Porfirio Díaz, que derribó al gobierno del presidente Sebastián Lerdo de Tejada, sucesor del Benemérito Benito Juárez, que Martí, habiendo abandonado el país azteca por estar en desacuerdo con tal procedimiento, visita La Habana, camino a Guatemala, para preparar el regreso de sus padres, y desde allí, en carta del 11 de marzo de 1877 dirigida a su amigo mexicano Manuel Mercado, desmiente las versiones que en aquel país corrían de que el derrocado presidente Lerdo de Tejada estuviera en La Habana, y comenta sobre la situación de aquella república: “Veo a México en camino de una reacción conservadora; ni es nueva para U. mi añeja certidumbre de que así había de suceder.- ¡Quién sabe si el partido liberal-(siempre es desgracia para la libertad que la libertad sea un partido)-tiene el derecho de sentirlo!”[3]

Esta expresión entre paréntesis, refiriéndose a la denominación de un partido político, ha sido manipulada hasta la saciedad por los enemigos de la Revolución. Dicha así, fuera de contexto, pareciera que no compartía Martí la idea de un solo partido. Sin embargo, cinco años después de este comentario, y diez antes de fundar el Partido Revolucionario Cubano, le escribe al general Máximo Gómez, el 20 de julio de 1882, una carta de la que cito solamente dos párrafos, para que sea el propio Martí quien explique impelido por qué peligros llegó al convencimiento del partido único como solución definitiva al problema cubano. En ella le dice el Apóstol al Generalísimo:

“Y aún hay otro peligro mayor, mayor tal vez que todos los demás peligros. En Cuba ha habido siempre un grupo importante de hombres cautelosos, bastante soberbios para abominar la dominación española, pero bastante tímidos para no exponer su bienestar personal en combatirla. Esta clase de hombres, ayudados por los que quisieran gozar de los beneficios de la libertad sin pagarlos en su sangriento precio, favorecen vehementemente la anexión de Cuba a los Estados Unidos. Todos los tímidos, todos los irresolutos, todos los observadores ligeros, todos los apegados a la riqueza, tienen tentaciones marcadas de apoyar esta solución, que creen poco costosa y fácil. Así halagan su conciencia de patriotas, y su miedo de serlo verdaderamente. Pero como ésa es la naturaleza humana, no hemos de ver con desdén estoico sus tentaciones, sino de atajarlas.

¿A quién se vuelve Cuba, en el instante definitivo, y ya cercano, de que pierda todas las nuevas esperanzas que el término de la guerra, las promesas de España, y la política de los liberales le han hecho concebir? Se vuelve a todos los que le hablan de una solución fuera de España. Pero si no está en pie, elocuente y erguido, moderado, profundo, un partido revolucionario que inspire, por la cohesión y modestia de sus hombres, y la sensatez de sus propósitos, una confianza suficiente para acallar el anhelo del país --¿a quién ha de volverse, sino a los hombres del partido anexionista que surgirán entonces? ¿Cómo evitar que se vayan tras ellos todos los aficionados a una libertad cómoda, que creen que con esa solución salvan a la par su fortuna y su conciencia? Ese es el riesgo grave. Por eso es llegada la hora de ponemos en pie.”[4]Como vemos, no surge la idea del partido único solo ante la triste realidad de la colonia, sino y sobre todo, por el peligro tremendo de la anexión a los Estados Unidos.

Una semana antes de la constitución del Partido Revolucionario Cubano, escribe en Patria, el 3 de abril de 1892: “Puede ser un partido mera hoja de papel, que la fe escribe, y con sus manos invisibles borra el desamor. Puede ser la obra ardiente y precipitada de un veedor que en el ansia confusa del peligro patrio, congrega las huestes juradas, en su corazón flojo, al estéril cansancio. Pero el Partido Revolucionario Cubano, nacido con responsabilidades sumas en los instantes de descomposición del país, no surgió de la vehemencia pasajera, ni del deseo vociferador e incapaz, ni de la ambición temible; sino del empuje de un pueblo aleccionado, que por el mismo Partido proclama, antes de la república, su redención de los vicios que afean al nacer la vida republicana. Nació uno, de todas partes a la vez. Y erraría, de afuera o de adentro, quien lo creyese extinguible o deleznable. Lo que un grupo ambiciona, cae. Perdura, lo que un pueblo quiere. El Partido Revolucionario Cubano, es el pueblo cubano.”[5]

Esta concepción de la unidad de lo mejor y más valioso de nuestro pueblo en una sola organización, es la cumbre del pensamiento político cubano a lo largo de sus dos siglos de forja y combate. Cuando en el nacimiento de la parodia de república que nos permitieron los nuevos amos disimulados, nuestra política pretendió reproducir la pésima representación teatral en que suele convertirse el pluripartidismo de las “democracias occidentales”, degeneró hasta la corrupción, la tiranía y la infamia.
Por eso ante cada peligro o ataque que hemos padecido en estos últimos 50 años, y en los que en el futuro podamos enfrentar, la unidad de los mejores hijos de esta tierra, por su patriotismo, por su desinterés, por su humanismo, en torno al Partido heredero del que fundó Martí, ha sido y seguirá siendo la única garantía de continuar disfrutando de la soberanía, la identidad, la nacionalidad que tantos sacrificios ha costado. Cuba estará a salvo mientras podamos repetir con honor esta verdad martiana: “el Partido existe, seguro de su razón, como el alma visible de Cuba.”[6]

[1] José Martí, Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. t. 9, p. 388
[2] ídem. t. 15, p. 392
[3] Ídem, t. 20, p. 25
[4] Ídem, t. 1, p. 169
[5] Ídem, t. 1, p. 366
[6] Ídem, t. 2, p. 341

La inmortalidad de los pueblos

“Sólo la moralidad de los individuos
conserva el esplendor de las naciones.”
José Martí




El pasado 19 de marzo se cumplieron 161 años de una luminosa carta nacida de la pluma cubanísima de José Antonio Saco, ya por entonces condenado al destierro por el Capitán General Miguel Tacón. Dirigida al camagüeyano Gaspar Betancourt Cisneros, El Lugareño, partidario de la anexión de Cuba a los Estados Unidos de Norteamérica, el documento constituye un ejemplo de nuestras luchas contra los disímiles rostros que ha ido asumiendo en cada época histórica la idea nefasta de la unión de la Isla al gigante del norte.

Como hará años más tarde desde las propias entrañas del monstruo, José Martí, José Antonio Saco pudo comprender el peligro que para la isla antillana representaba la anexión a los Estados Unidos, y procuró el modo de divulgarlo entre sus contemporáneos como vía necesaria para combatirlo.

A pesar de las presumibles ventajas que en el plano económico hubiera podido traerle a la burguesía criolla la unión con el poderoso vecino, a Saco le preocupaba algo más grande que toda riqueza posible, y se lo revela a Cisneros en esta carta de 1848: “la pérdida de nuestra nacionalidad, de la nacionalidad cubana.” Ante el hecho real de que la población blanca de la isla rondara un poco más de 400 mil miembros, y sin embargo tuviera esta la capacidad para alimentar algunos millones de personas más, dice Saco, “Reunidos al Norte-América, la emigración de éste a Cuba sería muy abundante, y dentro de pocos años, los yanquees serían más numerosos que nosotros, y en último resultado no habría reunión o anexión sino absorción de Cuba por los Estados Unidos.”

No veía el cubano, desterrado e incomprendido aún por sus propios compatriotas, la solución al problema de Cuba, ni su desarrollo como entidad independiente y merecedora por sí misma de un lugar en el concierto de los pueblos libres, en la unión indecorosa y humillante con los Estados Unidos. Expresa su convicción de que solo mediante el esfuerzo de sus hijos, el amor por su tierra, la dignidad con que se asume lo que se es, en medio de la diversidad de que se compone el mundo, “Cuba, nuestra Cuba adorada, será Cuba algún día”. Y dejará sentado su más profundo anhelo de que “Cuba no solo fuese rica, ilustrada, moral y poderosa, sino que fuese también Cuba cubana y no anglo-sajona.”

De las ideas expresadas por Saco en la carta que ahora comentamos, podemos sacar los que vivimos el siglo XXI enseñanzas muy claras, puesto que la Historia, según Martí, “es un examen y un juicio, no una propaganda ni una excitación”.

En el mundo globalizado en que vivimos, uno de los grandes peligros a que se enfrentan las naciones es a la pretendida y por todas las vías posibles propugnada homogenización cultural. Como ningún pueblo, ex profeso, permitiría sin resistencia que se le anulara su memoria histórica, han tratado al menos de moldearla en las últimas décadas, conocedores de lo olvidadiza que suele ser la naturaleza humana, y del descuido y trastorno, cuando no criminal abandono a que está sometida en estos tiempos decadentes, la educación de los individuos y de los pueblos.

Desde los grandes centros de poder aumentan cada vez más, con nuevos y más sofisticados medios, las presiones de las pseudoculturas fabricadas en los laboratorios del gran capital transnacionalizado. Empleando deliberadamente resortes culturales seleccionados y probados, se busca cada vez con mayor celeridad el sometimiento cultural de los individuos y de los pueblos como paso imprescindible para un posterior sometimiento económico, político, militar, científico y de todo tipo. De esta agresión despiadada no solo son objeto los pueblos de las naciones económicamente más atrasadas sino también, y diríamos que principalmente, los de las mismas potencias mundiales engendradoras de ese opio cultural cuya dramática manifestación es el desenfrenado e irracional consumismo a que el ser humano de este tiempo es arrastrado, y al que sacrifica su propia condición humana. En los palacios del egoísmo son necesarias también la abulia y la apatía, la ignorancia y la vanidad para mantener al hombre adormecido y desconocedor de las descomunales fuerzas de su espíritu. Sin embargo, empiezan a despertar del letargo cada vez en mayor número.

A su favor tienen los poderosos, en primer lugar, la propia biología de que está compuesta la criatura humana, propensa inexorablemente al vicio, guiada por los instintos, tan vulnerable en lo físico como en lo moral, y solo fuerte, y en verdad superior y hermosa, cuando ha hecho suyo un ideal noble y a la consecución de ese ideal dedica sus todavía inexploradas potencialidades. Tienen además la ventaja de una educación que cuando funciona, suele beneficiar la instrucción en detrimento de los valores éticos, únicos capaces de dirigir al individuo con su arsenal de conocimientos en bien de todos los seres humanos. Y tienen también a su favor la vertiginosidad con que transcurre la existencia lamentable y tumultuosa de una humanidad sin verdadera conciencia de sí ni de su destino.

Solo tienen en contra la voluble, pero una vez descubierta indestructible, dignidad humana. Palabra que han tratado de borrar, reconceptualizar o desprestigiar sin conseguirlo.

En Cuba hemos sabido cultivarla con toda la voluntad, el sacrificio y las contrariedades que ello entraña. También hemos podido apelar a ella cuando se ha considerado amenazada nuestra sobrevivencia como nación, como identidad particular. Han sido dos siglos de fecunda siembra. Por eso rindo homenaje a aquel que en el ya lejano 1848 supo decir en la carta que hemos referido esta verdad tremenda: “La idea de la inmortalidad es sublime, porque prolonga la existencia de los individuos más allá del sepulcro, y la nacionalidad es la inmortalidad de los pueblos, y el origen más puro del patriotismo.”

viernes, 6 de febrero de 2009

Instrucción vs. Cultura: un dilema planteado por José Martí

Los tiempos que corren traen consigo la confirmación de aquel peligro que José Martí veía en el hecho en apariencias sutil de procurarles a los hombres cada vez mayor instrucción, sin atender con igual interés, y aún con interés mayor, a la necesidad perenne e inaplazable de forjarles en las relaciones cotidianas con sus semejantes, los sentimientos humanistas que los salvan de ser en el mundo apenas una criatura biológica de superior capacidad intelectual; aquellos elementos esenciales cuya forja exigen de recia voluntad individual y colectiva y que al cabo constituyen su cultura, es decir, el medio natural donde únicamente puede alcanzar la biología primigenia del hombre su condición humana.

Los frutos de la inteligencia de los hombres, acumulados a través de los siglos al precio de inenarrables sacrificios, dolores y privaciones, y también de sublimes recompensas, han dado a nuestra época convulsa y enajenada posibilidades casi infinitas para concretar, al fin, la hermosa y antiquísima utopía de un mundo pacífico y venturoso donde puedan realizarse a plenitud las potentísimas y aún no aprovechadas facultades humanas.

Sin embargo, en lugar de la ventura y la tranquilidad, la angustia y la zozobra son los signos de estos tiempos “inteligentes”. ¿Por qué? Porque, como alertó Martí, la razón humana sin la virtud que la guíe y la espiritualidad que la enaltezca no es sino una aberración de la naturaleza. La ciencia sin conciencia es un crimen de lesa humanidad. Si no, cómo hubiera sido posible que los conocimientos físicos y de otras ramas de la ciencia alcanzados por el hombre tras siglos de duro trabajo, se hubiesen invertido en fabricar algo tan abominable como la bomba atómica, y luego otras paradójicamente llamadas “inteligentes”. Desde la inteligencia, era posible crear semejante engendro; desde la ética era un crimen hacerlo. Martí predicó que la inteligencia no es la facultad de imponerse, sino el deber de ser útil.

La educación contemporánea emplea los métodos más avanzados para lograr una mayor instrucción de los seres humanos en de-formación. Pero no se atiene para ello a las necesidades de la época, sino a las de intereses particulares de una minoría privilegiada, cuya más segura garantía de perpetuidad es la desmovilización de las facultades espirituales del hombre o al menos su mitificación.

Por una parte enajenados y por la otra, precipitados por la “civilización” hasta el estrés, la angustia suele ser nuestra inseparable compañera de la vida y el suicidio o la locura nuestras terribles salvadoras puertas de escape a tan perturbada existencia. Triste realidad.

“El mundo entero es hoy una inmensa pregunta”, decía José Martí. Y nosotros podemos afirmar otro tanto. Por una parte no podemos negar el desarrollo destruyendo las máquinas como los antiguos esclavos, y por la otra se nos va haciendo cada vez más difícil evitar que nuestras facultades humanas sucumban sin remedio ante la arremetida bárbara de los más sofisticados medios de enajenación individual y colectiva.

Nunca como ahora fue más necesaria una educación que instruya el pensamiento y dirija y afirme los sentimientos, como prescribe la pedagogía cubana desde los padres fundadores de nuestra nacionalidad. Nunca como en los tiempos que corren se impuso con más fuerza aquella reflexión martiana que afirmaba rotunda que “La educación ha de ir a donde va la vida. Es insensato que la educación ocupe el único tiempo de preparación que tiene el hombre, en no prepararlo. La educación ha de dar los medios de resolver los problemas que la vida ha de presentar. Los grandes problemas humanos son: la conservación de la existencia, --y el logro de los medios de hacerla grata y pacífica.” [1]

Nuestra época padece por el afán a veces excesivo de mera instrucción, y se nos viene abajo estrepitosamente a pesar de los conocimientos y las inteligencias por la falta de esa genuina espiritualidad que es la cultura, no del floripondeo hueco con el que en ocasiones quiere equipararse tan elevado concepto, sino de aquella cultura llana y esencial que únicamente puede ayudar al hombre a convivir en armonía y concordia consigo mismo, y a la vez con la sociedad en que nace y la naturaleza que le sostiene y alegra su existencia. Por eso han de verse y de asumirse siempre juntas, porque son un todo, aquellas dos verdades anunciadas por José Martí: “Ser bueno es el único modo de ser dichoso. Ser culto es el único modo de ser libre”.[2]


[1] José Martí, Obras Completas, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. Tomo 22, página 308.
[2] Ídem, t.8, p. 289

ISLA VERDE


Mi Isla es una loma
color esmeralda,
con tres framboyanes
y una hermosa palma.

Detrás de un mogote
se esconde mi casa,
con paredes blancas
y el techo de grana.

Cualquier caminante
que a su lado pasa,
se sienta a su sombra
para beber agua.

Dos mil tomeguines
rondan sus portales
antes de marcharse
para los pinares.

También los sinsontes
vienen con sus trinos
a alegrar las tardes
para mis amigos.

Y cuando en las noches
arrulla el palmar,
mi Isla Verde flota
sobre la ciudad.