Los tiempos que corren traen consigo la confirmación de aquel peligro que José Martí veía en el hecho en apariencias sutil de procurarles a los hombres cada vez mayor instrucción, sin atender con igual interés, y aún con interés mayor, a la necesidad perenne e inaplazable de forjarles en las relaciones cotidianas con sus semejantes, los sentimientos humanistas que los salvan de ser en el mundo apenas una criatura biológica de superior capacidad intelectual; aquellos elementos esenciales cuya forja exigen de recia voluntad individual y colectiva y que al cabo constituyen su cultura, es decir, el medio natural donde únicamente puede alcanzar la biología primigenia del hombre su condición humana.
Los frutos de la inteligencia de los hombres, acumulados a través de los siglos al precio de inenarrables sacrificios, dolores y privaciones, y también de sublimes recompensas, han dado a nuestra época convulsa y enajenada posibilidades casi infinitas para concretar, al fin, la hermosa y antiquísima utopía de un mundo pacífico y venturoso donde puedan realizarse a plenitud las potentísimas y aún no aprovechadas facultades humanas.
Sin embargo, en lugar de la ventura y la tranquilidad, la angustia y la zozobra son los signos de estos tiempos “inteligentes”. ¿Por qué? Porque, como alertó Martí, la razón humana sin la virtud que la guíe y la espiritualidad que la enaltezca no es sino una aberración de la naturaleza. La ciencia sin conciencia es un crimen de lesa humanidad. Si no, cómo hubiera sido posible que los conocimientos físicos y de otras ramas de la ciencia alcanzados por el hombre tras siglos de duro trabajo, se hubiesen invertido en fabricar algo tan abominable como la bomba atómica, y luego otras paradójicamente llamadas “inteligentes”. Desde la inteligencia, era posible crear semejante engendro; desde la ética era un crimen hacerlo. Martí predicó que la inteligencia no es la facultad de imponerse, sino el deber de ser útil.
La educación contemporánea emplea los métodos más avanzados para lograr una mayor instrucción de los seres humanos en de-formación. Pero no se atiene para ello a las necesidades de la época, sino a las de intereses particulares de una minoría privilegiada, cuya más segura garantía de perpetuidad es la desmovilización de las facultades espirituales del hombre o al menos su mitificación.
Por una parte enajenados y por la otra, precipitados por la “civilización” hasta el estrés, la angustia suele ser nuestra inseparable compañera de la vida y el suicidio o la locura nuestras terribles salvadoras puertas de escape a tan perturbada existencia. Triste realidad.
“El mundo entero es hoy una inmensa pregunta”, decía José Martí. Y nosotros podemos afirmar otro tanto. Por una parte no podemos negar el desarrollo destruyendo las máquinas como los antiguos esclavos, y por la otra se nos va haciendo cada vez más difícil evitar que nuestras facultades humanas sucumban sin remedio ante la arremetida bárbara de los más sofisticados medios de enajenación individual y colectiva.
Nunca como ahora fue más necesaria una educación que instruya el pensamiento y dirija y afirme los sentimientos, como prescribe la pedagogía cubana desde los padres fundadores de nuestra nacionalidad. Nunca como en los tiempos que corren se impuso con más fuerza aquella reflexión martiana que afirmaba rotunda que “La educación ha de ir a donde va la vida. Es insensato que la educación ocupe el único tiempo de preparación que tiene el hombre, en no prepararlo. La educación ha de dar los medios de resolver los problemas que la vida ha de presentar. Los grandes problemas humanos son: la conservación de la existencia, --y el logro de los medios de hacerla grata y pacífica.” [1]
Nuestra época padece por el afán a veces excesivo de mera instrucción, y se nos viene abajo estrepitosamente a pesar de los conocimientos y las inteligencias por la falta de esa genuina espiritualidad que es la cultura, no del floripondeo hueco con el que en ocasiones quiere equipararse tan elevado concepto, sino de aquella cultura llana y esencial que únicamente puede ayudar al hombre a convivir en armonía y concordia consigo mismo, y a la vez con la sociedad en que nace y la naturaleza que le sostiene y alegra su existencia. Por eso han de verse y de asumirse siempre juntas, porque son un todo, aquellas dos verdades anunciadas por José Martí: “Ser bueno es el único modo de ser dichoso. Ser culto es el único modo de ser libre”.[2]
[1] José Martí, Obras Completas, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. Tomo 22, página 308.
[2] Ídem, t.8, p. 289
viernes, 6 de febrero de 2009
ISLA VERDE
Mi Isla es una loma
color esmeralda,
con tres framboyanes
y una hermosa palma.
Detrás de un mogote
se esconde mi casa,
con paredes blancas
y el techo de grana.
Cualquier caminante
que a su lado pasa,
se sienta a su sombra
para beber agua.
Dos mil tomeguines
rondan sus portales
antes de marcharse
para los pinares.
También los sinsontes
vienen con sus trinos
a alegrar las tardes
para mis amigos.
Y cuando en las noches
arrulla el palmar,
mi Isla Verde flota
sobre la ciudad.
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