sábado, 11 de abril de 2009

El Partido en el pensamiento político de José Martí

“Los hombres van en dos bandos:
los que aman y fundan;
los que odian y deshacen.”
José Martí



El pensamiento político de José Martí mantuvo un franco proceso de maduración que abarcó desde las tertulias en el colegio del maestro Rafael María de Mendive, pasando por las trágicas experiencias del presidio político, el destierro en España, sus vivencias en México, Guatemala y Venezuela, hasta el análisis profundo y desprejuiciado de las fuerzas, vicios, inmoralidades y desórdenes que en los Estados Unidos de Norteamérica se escondían tras las bambalinas del progreso, y ya habían iniciado en el alma de aquella poderosa república su obra de destrucción.

Las permanentes lecturas, unidas a la observación y el análisis de cada realidad en que vivió, y al trato de los hombres y mujeres con los que de una u otra manera se relacionó, fueron básicamente las fuentes principales de las que se nutrió su vastísima cultura, en la que ocupa un lugar prominente su cultura política. No comprender su pensamiento político como un proceso, y asumir como única o definitiva la posición que adoptó en determinada fase del mismo, ha conllevado a recurrentes errores cuando no a tergiversaciones las más de las veces motivadas por la mala fe hacia el proceso revolucionario que triunfó en Cuba en enero de 1959.

Persiguiendo el mezquino objetivo de desacreditar la raíz martiana de la Revolución que lidera Fidel, los corifeos de la anti Cuba ha hecho énfasis en dos temas fundamentales, entre los muchos que han manejado. Uno de ellos es la supuesta oposición de Martí al ideal socialista y específicamente a la figura de Carlos Marx, basándose en la casi totalidad de los casos, en dos momentos de reflexión martiana en torno a ese asunto. A saber, la crítica que hace, en marzo de 1883, a los métodos violentos de lucha cuando escribe el elogio ante la muerte de Carlos Marx. En esta ocasión refiere que “espanta la tarea de echar a los hombres sobre los hombres”, y afirma además que el Prometeo de Tréveris fue “hombre comido del ansia de hacer bien. Él veía en todo lo que en sí propio llevaba: rebeldía, camino a lo alto, lucha.”[1] No obstante esta observación, la realidad política de Cuba lo llevaría casi una década después a convertirse en el principal organizador de una violenta guerra que él llamó “necesaria” y la proclamó “sin odio”. El otro momento objeto de manipulaciones es su análisis del libro titulado La futura esclavitud, escrito por Herbert Spencer y cuyo título gusta ser presentado por los manipuladores como una expresión de Martí acerca del socialismo. Sin embargo, nunca dicen nada respecto a que el mencionado análisis martiano concluye señalándole a Spencer su celo excesivo en criticar a ese determinado tipo de socialismo que se proponía por entonces en Inglaterra, y cuyo pecado capital consistía —según el autor del libro— en la sobre protección que dicho Estado socialista ejercería sobre los pobres. Así concluye el análisis martiano:

“Y en todo este estudio apunta Herbert Spencer las consecuencias posibles de la acumulación de funciones en el Estado, que vendrían a dar en esa dolorosa y menguada esclavitud; pero no señala con igual energía, al echar en cara a los páuperos su abandono e ignominia, los modos naturales de equilibrar la riqueza pública dividida con tal inhumanidad en Inglaterra, que ha de mantener naturalmente en ira, desconsuelo y desesperación a seres humanos que se roen los puños de hambre en las mismas calles por donde pasean hoscos y erguidos otros seres humanos que con las rentas de un año de sus propiedades pueden cubrir a toda Inglaterra de guineas.
Nosotros diríamos a la política: ¡yerra, pero consuela! Que el que consuela, nunca yerra.”[2]

El otro tema objeto especial de manipulación es el referido al partido único. Cabe señalar que desde su enfrentamiento en la metrópoli a la hipocresía republicana que exigiendo ese derecho para España, lo negaba a los cubanos que cada día morían en la manigua como expresión máxima de su vocación republicana y su deseo de independencia, Martí fue decepcionado por los conceptos de partido. Así, durante su estancia en México, Guatemala y Venezuela, tiene una nueva visión de lo que podían ser los partidos políticos manipulados por los caudillos victoriosos de las continuas guerras civiles en que, desangrándose, las repúblicas nacidas del proceso iniciado en 1810 purgaban los vicios heredados de tres siglos de dominación colonial. Y es precisamente refiriéndose al caso mexicano, luego del golpe de Estado perpetrado por el general Porfirio Díaz, que derribó al gobierno del presidente Sebastián Lerdo de Tejada, sucesor del Benemérito Benito Juárez, que Martí, habiendo abandonado el país azteca por estar en desacuerdo con tal procedimiento, visita La Habana, camino a Guatemala, para preparar el regreso de sus padres, y desde allí, en carta del 11 de marzo de 1877 dirigida a su amigo mexicano Manuel Mercado, desmiente las versiones que en aquel país corrían de que el derrocado presidente Lerdo de Tejada estuviera en La Habana, y comenta sobre la situación de aquella república: “Veo a México en camino de una reacción conservadora; ni es nueva para U. mi añeja certidumbre de que así había de suceder.- ¡Quién sabe si el partido liberal-(siempre es desgracia para la libertad que la libertad sea un partido)-tiene el derecho de sentirlo!”[3]

Esta expresión entre paréntesis, refiriéndose a la denominación de un partido político, ha sido manipulada hasta la saciedad por los enemigos de la Revolución. Dicha así, fuera de contexto, pareciera que no compartía Martí la idea de un solo partido. Sin embargo, cinco años después de este comentario, y diez antes de fundar el Partido Revolucionario Cubano, le escribe al general Máximo Gómez, el 20 de julio de 1882, una carta de la que cito solamente dos párrafos, para que sea el propio Martí quien explique impelido por qué peligros llegó al convencimiento del partido único como solución definitiva al problema cubano. En ella le dice el Apóstol al Generalísimo:

“Y aún hay otro peligro mayor, mayor tal vez que todos los demás peligros. En Cuba ha habido siempre un grupo importante de hombres cautelosos, bastante soberbios para abominar la dominación española, pero bastante tímidos para no exponer su bienestar personal en combatirla. Esta clase de hombres, ayudados por los que quisieran gozar de los beneficios de la libertad sin pagarlos en su sangriento precio, favorecen vehementemente la anexión de Cuba a los Estados Unidos. Todos los tímidos, todos los irresolutos, todos los observadores ligeros, todos los apegados a la riqueza, tienen tentaciones marcadas de apoyar esta solución, que creen poco costosa y fácil. Así halagan su conciencia de patriotas, y su miedo de serlo verdaderamente. Pero como ésa es la naturaleza humana, no hemos de ver con desdén estoico sus tentaciones, sino de atajarlas.

¿A quién se vuelve Cuba, en el instante definitivo, y ya cercano, de que pierda todas las nuevas esperanzas que el término de la guerra, las promesas de España, y la política de los liberales le han hecho concebir? Se vuelve a todos los que le hablan de una solución fuera de España. Pero si no está en pie, elocuente y erguido, moderado, profundo, un partido revolucionario que inspire, por la cohesión y modestia de sus hombres, y la sensatez de sus propósitos, una confianza suficiente para acallar el anhelo del país --¿a quién ha de volverse, sino a los hombres del partido anexionista que surgirán entonces? ¿Cómo evitar que se vayan tras ellos todos los aficionados a una libertad cómoda, que creen que con esa solución salvan a la par su fortuna y su conciencia? Ese es el riesgo grave. Por eso es llegada la hora de ponemos en pie.”[4]Como vemos, no surge la idea del partido único solo ante la triste realidad de la colonia, sino y sobre todo, por el peligro tremendo de la anexión a los Estados Unidos.

Una semana antes de la constitución del Partido Revolucionario Cubano, escribe en Patria, el 3 de abril de 1892: “Puede ser un partido mera hoja de papel, que la fe escribe, y con sus manos invisibles borra el desamor. Puede ser la obra ardiente y precipitada de un veedor que en el ansia confusa del peligro patrio, congrega las huestes juradas, en su corazón flojo, al estéril cansancio. Pero el Partido Revolucionario Cubano, nacido con responsabilidades sumas en los instantes de descomposición del país, no surgió de la vehemencia pasajera, ni del deseo vociferador e incapaz, ni de la ambición temible; sino del empuje de un pueblo aleccionado, que por el mismo Partido proclama, antes de la república, su redención de los vicios que afean al nacer la vida republicana. Nació uno, de todas partes a la vez. Y erraría, de afuera o de adentro, quien lo creyese extinguible o deleznable. Lo que un grupo ambiciona, cae. Perdura, lo que un pueblo quiere. El Partido Revolucionario Cubano, es el pueblo cubano.”[5]

Esta concepción de la unidad de lo mejor y más valioso de nuestro pueblo en una sola organización, es la cumbre del pensamiento político cubano a lo largo de sus dos siglos de forja y combate. Cuando en el nacimiento de la parodia de república que nos permitieron los nuevos amos disimulados, nuestra política pretendió reproducir la pésima representación teatral en que suele convertirse el pluripartidismo de las “democracias occidentales”, degeneró hasta la corrupción, la tiranía y la infamia.
Por eso ante cada peligro o ataque que hemos padecido en estos últimos 50 años, y en los que en el futuro podamos enfrentar, la unidad de los mejores hijos de esta tierra, por su patriotismo, por su desinterés, por su humanismo, en torno al Partido heredero del que fundó Martí, ha sido y seguirá siendo la única garantía de continuar disfrutando de la soberanía, la identidad, la nacionalidad que tantos sacrificios ha costado. Cuba estará a salvo mientras podamos repetir con honor esta verdad martiana: “el Partido existe, seguro de su razón, como el alma visible de Cuba.”[6]

[1] José Martí, Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975. t. 9, p. 388
[2] ídem. t. 15, p. 392
[3] Ídem, t. 20, p. 25
[4] Ídem, t. 1, p. 169
[5] Ídem, t. 1, p. 366
[6] Ídem, t. 2, p. 341

La inmortalidad de los pueblos

“Sólo la moralidad de los individuos
conserva el esplendor de las naciones.”
José Martí




El pasado 19 de marzo se cumplieron 161 años de una luminosa carta nacida de la pluma cubanísima de José Antonio Saco, ya por entonces condenado al destierro por el Capitán General Miguel Tacón. Dirigida al camagüeyano Gaspar Betancourt Cisneros, El Lugareño, partidario de la anexión de Cuba a los Estados Unidos de Norteamérica, el documento constituye un ejemplo de nuestras luchas contra los disímiles rostros que ha ido asumiendo en cada época histórica la idea nefasta de la unión de la Isla al gigante del norte.

Como hará años más tarde desde las propias entrañas del monstruo, José Martí, José Antonio Saco pudo comprender el peligro que para la isla antillana representaba la anexión a los Estados Unidos, y procuró el modo de divulgarlo entre sus contemporáneos como vía necesaria para combatirlo.

A pesar de las presumibles ventajas que en el plano económico hubiera podido traerle a la burguesía criolla la unión con el poderoso vecino, a Saco le preocupaba algo más grande que toda riqueza posible, y se lo revela a Cisneros en esta carta de 1848: “la pérdida de nuestra nacionalidad, de la nacionalidad cubana.” Ante el hecho real de que la población blanca de la isla rondara un poco más de 400 mil miembros, y sin embargo tuviera esta la capacidad para alimentar algunos millones de personas más, dice Saco, “Reunidos al Norte-América, la emigración de éste a Cuba sería muy abundante, y dentro de pocos años, los yanquees serían más numerosos que nosotros, y en último resultado no habría reunión o anexión sino absorción de Cuba por los Estados Unidos.”

No veía el cubano, desterrado e incomprendido aún por sus propios compatriotas, la solución al problema de Cuba, ni su desarrollo como entidad independiente y merecedora por sí misma de un lugar en el concierto de los pueblos libres, en la unión indecorosa y humillante con los Estados Unidos. Expresa su convicción de que solo mediante el esfuerzo de sus hijos, el amor por su tierra, la dignidad con que se asume lo que se es, en medio de la diversidad de que se compone el mundo, “Cuba, nuestra Cuba adorada, será Cuba algún día”. Y dejará sentado su más profundo anhelo de que “Cuba no solo fuese rica, ilustrada, moral y poderosa, sino que fuese también Cuba cubana y no anglo-sajona.”

De las ideas expresadas por Saco en la carta que ahora comentamos, podemos sacar los que vivimos el siglo XXI enseñanzas muy claras, puesto que la Historia, según Martí, “es un examen y un juicio, no una propaganda ni una excitación”.

En el mundo globalizado en que vivimos, uno de los grandes peligros a que se enfrentan las naciones es a la pretendida y por todas las vías posibles propugnada homogenización cultural. Como ningún pueblo, ex profeso, permitiría sin resistencia que se le anulara su memoria histórica, han tratado al menos de moldearla en las últimas décadas, conocedores de lo olvidadiza que suele ser la naturaleza humana, y del descuido y trastorno, cuando no criminal abandono a que está sometida en estos tiempos decadentes, la educación de los individuos y de los pueblos.

Desde los grandes centros de poder aumentan cada vez más, con nuevos y más sofisticados medios, las presiones de las pseudoculturas fabricadas en los laboratorios del gran capital transnacionalizado. Empleando deliberadamente resortes culturales seleccionados y probados, se busca cada vez con mayor celeridad el sometimiento cultural de los individuos y de los pueblos como paso imprescindible para un posterior sometimiento económico, político, militar, científico y de todo tipo. De esta agresión despiadada no solo son objeto los pueblos de las naciones económicamente más atrasadas sino también, y diríamos que principalmente, los de las mismas potencias mundiales engendradoras de ese opio cultural cuya dramática manifestación es el desenfrenado e irracional consumismo a que el ser humano de este tiempo es arrastrado, y al que sacrifica su propia condición humana. En los palacios del egoísmo son necesarias también la abulia y la apatía, la ignorancia y la vanidad para mantener al hombre adormecido y desconocedor de las descomunales fuerzas de su espíritu. Sin embargo, empiezan a despertar del letargo cada vez en mayor número.

A su favor tienen los poderosos, en primer lugar, la propia biología de que está compuesta la criatura humana, propensa inexorablemente al vicio, guiada por los instintos, tan vulnerable en lo físico como en lo moral, y solo fuerte, y en verdad superior y hermosa, cuando ha hecho suyo un ideal noble y a la consecución de ese ideal dedica sus todavía inexploradas potencialidades. Tienen además la ventaja de una educación que cuando funciona, suele beneficiar la instrucción en detrimento de los valores éticos, únicos capaces de dirigir al individuo con su arsenal de conocimientos en bien de todos los seres humanos. Y tienen también a su favor la vertiginosidad con que transcurre la existencia lamentable y tumultuosa de una humanidad sin verdadera conciencia de sí ni de su destino.

Solo tienen en contra la voluble, pero una vez descubierta indestructible, dignidad humana. Palabra que han tratado de borrar, reconceptualizar o desprestigiar sin conseguirlo.

En Cuba hemos sabido cultivarla con toda la voluntad, el sacrificio y las contrariedades que ello entraña. También hemos podido apelar a ella cuando se ha considerado amenazada nuestra sobrevivencia como nación, como identidad particular. Han sido dos siglos de fecunda siembra. Por eso rindo homenaje a aquel que en el ya lejano 1848 supo decir en la carta que hemos referido esta verdad tremenda: “La idea de la inmortalidad es sublime, porque prolonga la existencia de los individuos más allá del sepulcro, y la nacionalidad es la inmortalidad de los pueblos, y el origen más puro del patriotismo.”