jueves, 25 de octubre de 2007

¿Libertad? ¡No bromees!

Carta abierta al Presidente de los Estados Unidos


¡Conmovedor el discursito, Señor Emperador! ¡Eres tremendo tipo! ¡Qué chévere!

¿En qué mundo crees que vives, Míster? De verdad piensas que te vamos a creer el chistecito de que “no queremos nada de ustedes”. Compadre, en la escuela nos enseñaron que, había una vez, a finales del siglo XIX, en que un documento de tu país llamado Joint Resolution decía más o menos lo mismo: “El pueblo de Cuba es y de derecho debe ser libre e independiente”. ¡Y mira lo que pasó, viejo! Tus marines se limpiaron… las botas con el papelito y nadie más habló de él. Lo único que les ponían delante era la zanahoria letánica de “Remember the Maine”, para que trataran de encontrar algún asidero a sus desmanes que iban, desde izar su bandera en lugar de la nuestra, hasta ultrajar el monumento construido por el pueblo de Cuba a José Martí en el Parque Central de La Habana.

Tu discurso es como para morirse de la risa si no fuera porque sabemos de sobra que precisamente esa rancia ignorancia que te caracteriza, ha sido la base de toda la política interior y exterior de tu gobierno. Y aunque nos riamos de tus burradas cotidianas como aquella de que Sadam Hussein mató a Nelson Mandela y a todos los Mandelas, no podemos sino conmovernos hasta lo más profundo mirando como masacras al pueblo iraquí sin contemplaciones ni remordimientos, y luego digas que ha sido un mandato “di vino”. Sabemos que obedeciendo el mandato “del vino” también has llevado a la muerte a varios miles de jóvenes norteamericanos que soñaban “con un futuro lleno de esperanza” y tenían el optimismo “para hacer realidad esos sueños”.

Hablas de que “si Cuba ha de entrar en una nueva era, debe encontrar la manera de reconciliarse y perdonar a quienes han sido parte del sistema”, ¿y la licencia de tres días para matar revolucionarios, militantes comunistas y simpatizantes, que te pidieron tus socios de Miami, se te olvidó? No vayas a creer que eso solo se conoce en los documentos que tus servicios de inteligencia desclasificarán cualquier día de los años futuros y pueda ya hasta pedirse disculpas por cualquier “equivocación”. Pero ya lo sabemos, viejo, no te esfuerces en ocultarlo.

Y el colmo del analfabetismo histórico es que identifiques a tu “nueva Cuba” con la proliferación de partidos políticos y elecciones “libres y competitivas” como las que te llevaron a la Casa Blanca dos veces, burlándote descaradamente de los propios principios en nombre de los cuales le has caído a bombazos a medio mundo. Esa era la “vieja Cuba”, compadre, la de la chambelona, prostíbulos y garitos, en la que mandaban el sargento Fulgencio y sus amiguitos que ahora nostalgian en Miami.

La política cubana encontró desde el siglo XIX, con José Martí (a quien parece que finalmente desististe de citar) y el peligro anexionista que tu gobierno representaba ya entonces, lo más alto que ha producido en dos siglos de pensamiento y combate por la libertad, la independencia y la soberanía nacional: juntar a todos los cubanos de buena voluntad en un solo partido, que guiara a nuestro pueblo en la construcción de una sociedad lo más humana posible, y perseverar en ella hasta alcanzar “toda la justicia”.

Pero seguramente, así como ni Lula pudo convencerte de que en Brasil también hay negros, ahora tú crees que eso de un solo partido es un invento de Fidel y de los comunistas. Y entre tus asesores nostálgicos y tus carencias culturales te han armado tal embrollo en la mollera, que conviertes una ley de la segunda mitad del siglo XIX dictada por el general Blas Villate, Conde de Balmaceda, que prohibía que más de tres cubanos se reunieran, en una ley aún vigente en Cuba. ¡Le zumba el merequetén escucharte decir que no podemos mudarnos de casa ni cambiar de trabajo!

Desbarras de nuestra economía y vas desde los viejos autos de las décadas del 40 y 50 que circulan todavía, hasta una presunta versión comunista del apartheid (tal parece como si criticaras a ese régimen segregacionista que tu gobierno ayudó a sostener durante tanto tiempo y que no se vino abajo hasta que las tropas cubanas, agolanas, mozambicanas y los heroicos combatientes de la resistencia sudafricana lo derribaron) pero cuando hablas del criminal bloqueo que tu gobierno arrecia cada vez más contra nuestro país, lo llamas eufemísticamente “embargo”, anuncias con pose de cowboy de Hollywood que se mantendrá hasta tenernos con la lengua afuera, y todavía dices que los líderes cubanos lo usan “como chivo expiatorio para las miserias de Cuba”.

Ah, pero a nosotros, compadre, que sufrimos el recrudecimiento alevoso y oportunista de tu “embargo”, que “pasamos el Niágara en bicicleta” todos esos años de período especial luego del derrumbe del socialismo europeo y el desplome soviético; a nosotros que aprendimos a inventar instrumentos musicales con la voz, hacer andar una guagua con el motor de un tractor, fabricar un taxi “limosina” con dos Ladas empatados para que cupieran más pasajeros, lavar la ropa con hojas del monte y comer picadillo de cáscara de plátano, a nosotros tú no nos engañas. Tu discursito da lástima realmente. Demuestra una ignorancia supina por la historia de este pueblo, que según tú mismo, ha constituido para los gobiernos de tu país uno de los problemas más largos y difíciles a los que se ha enfrentado. Debían conocernos mejor. Pero se dejan llevar por las versiones distorsionadas que representan los asistentes a tu show de ayer en la Casa Blanca.

Como soy profesor, me permitiré invertir unas líneas en ilustrarte históricamente sobre los efectos que causan en el pueblo cubano las privaciones y los ensañamientos de sus enemigos. Voy a regalarte estos párrafos escritos por un humilde soldado dominicano-cubano que fue General en Jefe de nuestro Ejército Libertador en las luchas contra el colonialismo español en el siglo XIX, Máximo Gómez, (te digo el nombre para que no vayas a confundirte y decir mañana que fue Willy Chirino).

Escribe el general Máximo Gómez sobre su experiencia de diez años en la manigua cubana:

“Del acosamiento y la persecución sin descanso, de la matanza sin piedad, de las terribles y constantes privaciones, de todo eso, grande y feroz, resultó otra cosa más poderosa e incontrastable y sublime: la necesidad. Ésa es una madre severa, pero buena. España no supo lo que hizo. Nos enseñó a pelear de firme. Llegando a los extremos, nos hicimos seriamente cargo de nuestra situación, y la aceptamos. Hubo más, la amamos. ¡Qué amor tan grande! El combatiente amó la montaña, el matorral, la sabana; amó las palmas, el arroyo, la vereda tortuosa para la emboscada; amó la noche oscura, lóbrega, para el descanso suyo y para el asalto al descuidado o vigilado fuerte enemigo.

Amó más aún la lluvia que obstruía el paso al enemigo y denunciaba su huella; amó el tronco en que hacía fuego a cubierto, y certero; amó el rifle, idolatró al caballo y al machete. Y cuando tal amor fue correspondido y supo acomodarlo a sus miras y propósitos, entonces el combatiente se sintió gigante y se rió de España. España estaba perdida.”