martes, 19 de febrero de 2008

SIEMPRE SERÁS EL COMANDANTE EN JEFE


“Sé desaparecer, pero no

desaparecería mi pensamiento…”

José Martí


Medio mundo, o acaso el mundo entero, estará repitiendo con honestidad algunos y manipulada y miserablemente otros, el Mensaje del Comandante en Jefe aparecido esta mañana en los medios de prensa de nuestra amada Cuba: Fidel, próximo ya el día en que deberá constituirse nuestra nueva Asamblea Nacional y elegirse su Consejo de Estado, después de un transparente, masivo y democrático proceso eleccionario, nos dice que no aspirará ni aceptará los cargos de Presidente del Consejo de Estado ni de Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Los que hemos amanecido bajo la luz del sol esta mañana recordaremos siempre este día. Lección suprema es esta a la que habrá que sacarle todas sus enseñanzas cuando más tarde, lejos de los sentimientos que hoy nos entorpecen la posibilidad de evaluarla con justicia, volvamos los ojos a la historia presente.

Fidel continuará escribiendo y enseñando, como ha hecho hasta hoy durante más de 50 años, solo que esta vez será con sus tan necesarias Reflexiones. Nos brinda una vez más la posibilidad que no tuvimos cuando nos faltó Martí en los días vergonzosos de la ocupación yanqui, o cuando nos faltaron Mella, Guiteras y Chibás en los años oscuros de la neocolonia viciosa y corrompida que impuso el imperio norteamericano.

Sinceramente se veía venir una decisión de este tipo, el propio Fidel, como deja claro en su mensaje de hoy, nos venía preparando para ello. Cuando se estudian en junto las experiencias de procesos acontecidos en otras latitudes y lo difícil del momento en que la generación que ha conducido esos acontecimientos históricos ha comenzado a transmitir a sus continuadores las responsabilidades de llevarlo adelante, era de esperar, conociendo la inteligencia y el desprendimiento de Fidel, que algo así sucediera. Sin embargo, no deja de ser impactante y trascendente la decisión, porque revela en la realidad concreta lo que muchos enemigos y tal vez también amigos pusieron en duda: la capacidad de Fidel de renunciar a cargos que en verdad no necesita porque su conducta cotidiana, durante más de medio siglo de combate frontal contra un enemigo inconmensurablemente más poderoso económica y militarmente, le aseguran la autoridad moral suficiente como para que su voz sea escuchada.

Contar con la experiencia, el extraordinario tacto político, el magisterio insuperable de Fidel para la formación de los cuadros que tienen en sus manos el poder de decidir y llevar a la práctica los destinos del país, es un tesoro que los cubanos debemos evaluar en su justo e incalculable valor. Nos alegra saber que su recuperación continúa, y que se preserva para lo más útil, que es transmitir sus ideas.

Consecuente con su propia política, desde los combates en la Sierra Maestra contra la tiranía de Fulgencio Batista, de preservar a los cuadros más importantes, Fidel valora, sin envanecimientos que no es necesario esclarecer aquí, pues es conocida su proverbial modestia, la importancia de que su propia experiencia y su capacidad de análisis estén presentes para nuestro pueblo en este momento crítico de la humanidad, en que las guerras preventivas, la falta de capacidad de muchos en el mundo para comprender las amenazas que con el daño a la naturaleza le sobreviene a nuestra especie, y la ausencia del coraje suficiente como para poner freno de una vez a los desmanes del imperio, pueden llevar al mundo al desastre definitivo.

Cuando el próximo 24 de febrero, fecha en que conmemoraremos el 115 aniversario del inicio de la Guerra Necesaria, organizada y dirigida por José Martí, se constituya nuestra Asamblea Nacional y se elija al Consejo de Estado y a su nuevo Presidente, el pueblo de Cuba rendirá agradecido homenaje al hijo excepcional que ha sabido afrontar durante más de medio siglo de lucha incesante, todos los peligros y los desafíos para mantener limpio y en alto nuestro decoro de hombres y mujeres libres, en medio de un mundo donde imperan la opresión criminal y el sometimiento humillante.

Los medios de prensa reflejarán las Reflexiones del compañero Fidel, que continuará enseñándonos como hasta ahora a ver allí donde nuestra vista no alcanza, para salvarnos de viejos y nuevos peligros externos o internos, del enemigo o del peor enemigo que somos nosotros mismos. Pero acaso sucederá otra vez lo que en julio de 1873 aconteció en los potreros del Camagüey legendario en los tiempos de nuestra primera guerra: cuentan que luego de la caída en combate del Mayor General Ignacio Agramonte en los potreros de Jimaguayú, el 11 de mayo de ese año, el entonces Teniente Coronel Henry Reeve, joven norteamericano que se sumó a nuestras luchas independentistas alcanzando el grado de Brigadier y los más altos honores hasta su caída gloriosa en Yaguaramas, esperaba la llegada del Mayor General Máximo Gómez, dominicano que llegaría a ser General en Jefe de nuestro Ejército Libertador, y que a la sazón había sido designado por el presidente de la República en Armas, Carlos Manuel de Céspedes, para sustituir al Mayor, como llamaban cariñosamente sus soldados al General Ignacio Agramonte, y al acercarse una fuerza al campamento de Reeve, un soldado se le acercó corriendo y luego, parado en firme, lo saluda y le dice: “Ahí viene el Mayor”, a lo que Reeve riposta: “¿El Mayor? ¿Qué Mayor es ese?”, el soldado informa otra vez: “el Mayor Máximo Gómez, nombrado Jefe del Departamento”; tranquilizado Reeve vuelve a responder: “¡Ah! El General Máximo Gómez; y no diga usted el Mayor, porque el Mayor fue uno y murió en Jimaguayú.”

Alguna vez creo haber escuchado a Raúl decir que Comandante en Jefe había uno, y que tal vez no hubiera ningún otro. No estoy seguro pero bien pudo ser conociendo la modestia de Raúl y su cariño y respeto por Fidel. Eso podrá ocurrir, o podrá ocurrir también que se mantenga el nombre del cargo para el nuevo compañero que deba desempeñarlo, y como las virtudes de todos los que pudieran ser elegidos por la Asamblea Nacional están a prueba sin discusión ni dudas de ninguna clase por los años de entrega al servicio de la Revolución, será recibido con beneplácito y respeto, y la cooperación de todos estará garantizada de antemano por la unidad del pueblo, su educación y su elevada cultura política, pero es evidente que así como tenemos un Apóstol, un Padre de la Patria, un Titán de Bronce, un Generalísimo, un Guerrillero Heroico y un Señor de la Vanguardia, Fidel Castro será siempre, bajo el cielo infinito de la patria cubana, el Comandante en Jefe.

martes, 12 de febrero de 2008

EL LLANTO DE PROMETEO: JOSÉ MARTÍ Y LA CONDICIÓN HUMANA EN EL NUEVO MILENIO

“Trágicamente, el hombre está perdiendo el diálogo con los demás y el reconocimiento del resto del mundo que lo rodea, siendo que es allí donde se dan el encuentro, la posibilidad del amor, los gestos supremos de la vida” . Así expresa el filósofo argentino Ernesto Sábato su visión de los hombres al despuntar el nuevo milenio.

José Martí confesó que el libro que hubiera querido escribir como legado al devenir humano llevaría por título El concepto de la vida. Sería un libro de esencias, donde revelaría “a la caediza y venal naturaleza humana” ese “cúmulo de verdades esenciales que caben en el ala de un colibrí, y son, sin embargo, la clave de la paz pública, la elevación espiritual y la grandeza patria.” Entre esas verdades esenciales estarían sin dudas las que revelarían al hombre su propia naturaleza, el sentido trascendente de su existencia, y la posibilidad infinita del mejoramiento humano, basado fundamentalmente en la utilidad de la virtud.

A 155 años del nacimiento de aquel “Hombre más puro de la raza”, como lo definiera Gabriela Mistral, el mensaje martiano conserva la frescura de lo cotidiano, como si hubiera sido escrito, acaso con más razón, para estos turbulentos días que corren. Y digo corren en el sentido literal del término. Corriendo existimos y con la misma prisa nos vamos de este mundo sin apenas vivir. Y he aquí lo que a mi juicio constituye uno de los principales mensajes de José Martí, que no está estrictamente señalado en un lugar determinado de su obra, sino en el conjunto de su propia vida: existir no es vivir. Por ello Marinello nos dirá que la del Apóstol, más que una vida, fue un hecho moral.

Alguien dijo, con gran acierto, que la mayoría de la gente existe, simplemente. Y así es, en efecto. Solo que en nuestros días se existe a una velocidad vertiginosa, sin tiempo siquiera para hacernos aquellas preguntas primigenias que dieron origen a la Filosofía, no a la filosofía cultiparlista y vocinglera que busca mostrar la presunta sapiencia del ponente más que contribuir a la ilustración del auditorio, sino aquella a la que se refería Don José de la Luz y Caballero cuando afirmaba que filosofía era el arte de explicar, con palabras sencillas, problemas muy complejos. Eran simples preguntas que buscaban aclarar nuestro objetivo en el mundo, nuestras semejanzas y diferencias con los objetos y los animales. Hoy parecería cosa de locos hacer tales preguntas. Parecen tan obvias las respuestas. Sin embargo, ahí están las claves del desastre que nos amenaza por los cuatro costados: la ignorancia y la apatía.
Lanzados al ruedo de la existencia, somos adiestrados –que no educados— por seres más apresurados que nosotros, y en el atolondramiento provocado por un cúmulo incesante de acontecimientos, no disponemos siquiera del tiempo imprescindible para pensar en nuestra propia vida. Y vivir requiere su tiempo, que va desde el descubrimiento de la vida hasta el disfrute de ella con todos los sentidos.

Confundimos la condición biológica de humanos, con la condición de ser humanos. “No basta nacer,--es preciso hacerse”, decía Martí. El hombre no nace hecho, hay que construirlo sobre la criatura biológica que viene al mundo, y ese proceso de construcción se inicia al nacer y no acaba sino con la muerte.

De seres regidos por los instintos, debemos elevarnos a la categoría de seres regidos por la cultura, en la que la razón y la imaginación se fecundan para hacer germinar las virtudes que se constituyen en el único freno posible a nuestra naturaleza. Martí nos dirá sin medias tintas que todo hombre lleva en sí una fiera dormida, pero el hombre es una fiera admirable, porque le es dado llevar las riendas de sí mismo. A la biología natural ha de cultivársele la razón y con ella el espíritu. Y hacia ahí deberá dirigirse la educación de los hombres si queremos levantar la especie humana y salvarla del estado de miseria moral y material al que la han llevado el goce excesivo, y por tanto pernicioso, de los instintos, y la falta de fe en la posibilidad de una vida superior basada en los placeres del conocimiento, que afianzan la conciencia de sí y hacen más fecunda y alegre la vida.

En tal sentido, la misión que el Maestro ve en la enseñanza es que “la educación ha de ir a donde va la vida. Es insensato que la educación ocupe el único tiempo de preparación que tiene el hombre, en no prepararlo. La educación ha de dar los medios de resolver los problemas que la vida ha de presentar. Los grandes problemas humanos son: la conservación de la existencia,--y el logro de los medios de hacerla grata y pacífica.”

Para la tradición pedagógica cubana, educar es cultivar el corazón además de la inteligencia. Hoy es mucho más difícil esta obra de amor en medio de tantas motivaciones a los instintos naturales de la criatura humana. Es más fácil, sin embargo, instruir, que como dijera Don Pepe, eso lo puede cualquiera, a diferencia de educar. Porque la instrucción permite al hombre dominar los descubrimientos de su inteligencia, un avión o una computadora, en cambio la educación es la que le permite dominarse a sí mismo, que es lo más difícil.

De esta manera para Martí la cultura de una persona no está definida por la cantidad de conocimientos que posea, sino por la capacidad de dominarse a sí mismo en beneficio de la convivencia armónica con sus semejantes. A tal efecto podemos comprobar la existencia entre nosotros de personas muy bien instruidas y sin embargo, tremendamente incultas, y también viceversa, como diría Benedetti. En el Manifiesto de Montecristi, el Maestro define que considera como verdadera cultura: “la profunda labor del hombre en el rescate y sostén de su dignidad”. La otra es la “extranjeriza y desautorizada cultura” exhibida por sus “estériles poseedores”.

El devenir del hombre está marcado por la tendencia acelerada a la especialización en detrimento de la integralidad del saber. Si hasta el renacimiento era ostensible aún la voluntad de procurarse disímiles saberes provenientes de las más variadas ciencias, la modernidad propició la separación de estos y la llamada postmodernidad los consagró en compartimientos estancos. Las ciencias naturales buscan, saltando en una pierna, lo que saltando en la otra buscan las ciencias sociales, sin encontrar al cabo ninguna de las dos más que medias verdades y sofismas.

En nuestro mundo ya no se forman hombres, se configuran consumidores. Raras veces se educa, se instruye apenas. Y es una realidad palpable y dolorosa, que en la sociedad cubana de estos días esos gérmenes simplificadores y enajenantes se hacen cada vez más visibles. Aunque hayan avanzado los medios de la instrucción, es ostensible, sin embargo, que la educación en tanto formación integral de un ser humano, ha declinado.

Según Martí, “educar es depositar en cada hombre toda la obra humana que le ha antecedido: es hacer a cada hombre resumen del mundo viviente, hasta el día en que vive: es ponerlo a nivel de su tiempo, para que flote sobre él, y no dejarlo debajo de su tiempo, con lo que no podrá salir a flote; es preparar al hombre para la vida.” De aquí que es evidente el papel que en la educación de ese hombre desempeña el conocimiento de la historia del mundo y sobre todo de su país. Sin conocer la historia no puede ser un hombre resumen de nada, porque en lugar de continuar el camino humano a partir del punto en que nació, está parado sobre la línea de partida de la especie. La historia es la memoria de los pueblos y de los hombres. Un pueblo o un hombre sin memoria es como un árbol sin raíces, que cualquier vientecillo lo echa a tierra. Fácil es manipular o variar el destino de un hombre o de un pueblo cuando ha perdido el sentido de la orientación, y éste está dado por la certeza que tengamos del punto de partida. Si no sabes de dónde vienes no sabrás donde estás ni tampoco hacia donde ir.

Así como el célebre ejemplo del pastel que Marx citaba no se componía solamente de la suma de los ingredientes que al cabo lo integraban, la historia de la humanidad tampoco está formada por una fría cronología de hechos, sazonada con unos cuantos nombres ilustres. Bastante se ha estudiado la historia de los hechos, al punto que en no pocos lugares las calificaciones de los exámenes están dadas por la capacidad memorística de precisar y ubicar fechas y hechos, a la antigua usanza escolástica que tanto combatieron el Padre Varela y los primeros fundadores de la nación cubana. No así con la historia de los hombres que impulsados por las ideas de que eran portadores y en muchos casos encarnación viva, convirtieron a los lugares donde las defendieron, en sitios históricos, el día en que las defendieron, en una fecha histórica y la porfía en que las defendieron en hechos históricos. No es costumbre de los tiempos que corren estudiar o escribir biografías.
Las obras literarias se conocen, fundamentalmente, a través de las versiones cinematográficas, con lo que el ingenuo o indolente espectador concede a otro la capacidad de imaginar y pensar por él. De tal manera no solo nos enfrentamos a la sistemática e inescrupulosa guerra que hacen los medios imperiales globalizados para dominar la mente de los hombres, pues sabemos que es allí donde se libran hoy las principales batallas, sino que también tendremos que vencer un obstáculo mayor: la abulia que mantiene a las personas en estado hipnótico frente a las pantallas de los televisores sometidos a lo que Ignacio Ramonet llamó un delicioso despotismo, o enajenados en el mundo alucinógeno de los modernos reproductores de sonido.

Sobre esta sutil esclavitud, nos dice Sábato en su libro citado: “La televisión nos tantaliza, quedamos como prendados de ella. Este efecto entre mágico y maléfico es obra, creo, del exceso de la luz que con su intensidad nos toma. No puedo menos que recordar ese mismo efecto que produce en los insectos, y aun en los grandes animales. Y entonces, no sólo nos cuesta trabajo abandonarla, sino que también perdemos la capacidad de ver lo cotidiano.”

Martí, por su parte, se dolía de la enajenación a la que en aras de la acumulación material sucumbían los hombres. Con tristeza nos dirá que la mayor parte de los hombres ha pasado dormida sobre la tierra, comieron y bebieron, pero no supieron de sí, y que todavía son los hombres máquinas de comer y relicarios de preocupaciones, y era preciso hacer de cada hombre una antorcha. Y a ese estado de iluminación se llega solo a través de la conciencia de lo que se es y, sobre todo, de lo que se puede llegar a ser si logramos ubicar como motor de nuestra vida la consecución de un ideal. Un hombre sin fe acabará siendo un hombre de mala fe.

El desarrollo científico y tecnológico de nuestros días parece haber convertido en cenizas las posibilidades de los hombres para perseguir un ideal que lo eleve a la superior condición humana. Sin embargo, el filósofo argentino, José Ingenieros, hace tiempo que se anticipó a tales creencias desafiando la racionalidad que excluía al espíritu, cuando dijo que “los ideales pueden no ser verdades; son creencias. Su fuerza estriba en sus elementos afectivos: influyen sobre nuestra conducta en la medida en que lo creemos. Por eso la representación abstracta de las variaciones futuras adquiere un valor moral: las más provechosas a la especie son concebidas como perfeccionamientos. Lo futuro se identifica con lo perfecto. Y los ideales, por ser visiones anticipadas de lo venidero, influyen sobre la conducta y son el instrumento natural de todo progreso humano.”

A la responsabilidad de la familia, la escuela y la sociedad, las cuales no habré más que apuntar en esta ocasión, se suma en grado determinante la responsabilidad del individuo. Si no logramos despertar en nuestros jóvenes y ciudadanos en general el afán de crecer como seres humanos, todo estará perdido, pues la educación no se impone. Y Martí apuntará que el mayor goce de un hombre es construirse a sí mismo desafiando a la casualidad indiferente.

De manera que al hablar de la ética martiana en los tiempos actuales, debemos decir que nunca fue tan necesaria a nuestra sociedad armarnos de sus elevados preceptos morales, profundamente humanistas, para impedir que el desastre que amenaza a la humanidad nos aniquile como especie.

Para Cuba es urgente propiciar que la mera instrucción no ahogue a la educación, y que no se olvide el cultivo de los corazones en aras de cultivar inteligencias, porque siempre será una verdad irrebatible aquel viejo proverbio de que “la inteligencia camina más a prisa, pero el corazón llega más lejos.”

viernes, 1 de febrero de 2008

Foro Juvenil Interancional El Hombre Nuevo para el Mundo Nuevo

En el Palacio de Convenciones de La Habana, del 28 al 30 de enero se desarrolló la II Confrencia Internacional José Martí Por el equilibrio del mundo. En ese espacio tuvo lugar el Segundo Foro Juvenil Internacional El Hombre Nuevo para el Mundo Nuevo, que contó con la participación de 150 jóvenes de 31 países.

Esta es la Declaración Final de ese Foro:



DECLARACIÓN FINAL FORO JUVENIL INTERNACIONAL “EL HOMBRE NUEVO PARA EL MUNDO NUEVO”


Los participantes en el Segundo Foro Juvenil Internacional, reunidos en el Palacio de las Convenciones de La Habana, como parte activa de la Segunda Conferencia Internacional Por el equilibrio del mundo, luego de compartir ideas, opiniones y esperanzas en torno al mundo que nos toca vivir y sobre todo, el mundo que espera a nuestros hijos, queremos dejar constancia de las conclusiones fundamentales a las que hemos llegado:
A saber, que el mundo nuevo y mejor al que aspiramos como legítimo y fundamental derecho humano, es realmente posible; que este no se producirá por generación espontánea, tenemos que construirlo con nuestras propias manos enfrentándonos resueltamente a cuantos elementos se opongan a esa noble aspiración; que ese empeño solo rendirá los frutos deseados si logramos juntar en esa causa a todas las personas de buena voluntad que estén dispuestas a asumir la responsabilidad histórica que las condiciones actuales nos indican, para la salvación de la especie humana y sus condiciones de vida; que entre todos los sistemas de organización social diseñados hasta el presente para regir la vida de las comunidades humanas, es el socialismo, despojado de dogmas excluyentes y reduccionistas, y ajustado a las condiciones específicas de cada país, especialmente a su cultura, el que ofrece mayores posibilidades de mejoramiento humano y de felicidad a los pueblos; que en las condiciones actuales en que nos encontramos los seres humanos, sometidos de forma permanente y despiadada a la enajenación promovida por los grandes medios de desinformación globalizados, es imprescindible y urgente desarrollar una campaña de ternura y de ciencia, como enseñó José Martí, para revelarle a los hombres su propia naturaleza, enseñándoles que la muerte no es fea, que la vida es un deber, y que nadie debe estar triste ni acobardarse mientras haya libros en las librerías y luz en el cielo, y amigos y madres; que mientras haya un bien que hacer, un derecho que defender, un libro sano y fuerte que leer, un rincón de monte, una mujer buena, un verdadero amigo, tendrá vigor el corazón sensible para amar y loar lo bello y ordenado de la vida, odiosa a veces por la brutal maldad con que suelen afearla la venganza y la codicia.
Los jóvenes somos conscientes de que solo la educación y la cultura pueden elevar a los seres humanos a un nivel que nos permita convivir armónicamente entre nosotros y en relación con la naturaleza de la que somos parte. Por ello habremos de promover en el lugar en que cada uno de nosotros actúe, los espacios de imprescindible intercambio entre aquellos a quienes interese contribuir a mejorar el mundo en que vivimos desde sus múltiples y complejas aristas y desde la cotidianidad, porque no habrá una conciencia cierta del mundo si no tenemos antes una conciencia cierta del barrio, de la comunidad, de esa porción de la humanidad que vemos más de cerca y en que nos tocó nacer, como dijera José Martí.
El hombre nuevo que hará posible el mundo nuevo no será un ser perfecto, no estará esperándonos en los próximos años, el hombre nuevo está aquí, con todas sus virtudes y todos sus defectos, dispuesto a dar su única, breve, hermosa e irrepetible vida en aras de la felicidad de todos; el hombre nuevo tendremos que ser nosotros mismos armados de la fe inextinguible en la posibilidad de mejoramiento humano, en la vida futura y en la utilidad de la virtud. Por eso hoy, lejos de concluir, dejamos abiertas las puertas hacia la construcción de un movimiento juvenil internacional que bajo la premisa del hombre nuevo que hará posible el mundo nuevo, trabaje sin descanso en cuanto esté a su alcance para HACER, que es la mejor manera de decir.