viernes, 29 de junio de 2007

Por qué luchamos

El próximo 13 de agosto se cumplirán 50 años del vil asesinato de dos valiosos jóvenes cubanos: Luis y Sergio Saíz Montes de Oca, conocidos en Cuba como "Los hermanos Saíz", y cuyo nombre lleva la Asociación que agrupa a los jóvenes artistas e intelectuales de la isla. Luis tenía 18 años y Sergio 17 en el momento en que fueron asesinados por la tiranía sangrienta de Fulgencio Batista. Pero su pensamiento político había madurado mucho en medio del estado de calamidad y muerte en que vivía el país.

Hoy les presento un documento considerado su testamento político, pues fue redactado en mayo de 1957, apenas tres meses antes de su muerte. Se llama:

Por qué luchamos



Ningún momento mejor para dejar fijado muy claro el pensamiento que nos lleva a la lucha, que este, cuando la hora de llevar a hechos las palabras suenan cerca.
No luchamos sin un porqué, o por el mero afán de aventura o como escape de ímpetus juveniles. Tenemos conciencia plena de la razón motriz y consideramos que son motivos inevitables los que nos señalan como único medio de vivir dignamente la vía revolucionaria, demostrando con esta que nada se puede esperar de politiqueros ambiciosos e inescrupulosos. ¡Además tenemos la firme creencia del cometido generacional nuestro, ya que el destino nos obliga a cumplir –cueste lo que cueste- la gran revolución que Cuba espera desde hace siglos!
Bien lo dijo José Martí –guía de nuestra lucha- al definir a Cuba «como un país hambriento de justicia verdadera», porque esta tierra nuestra espera una gran cura de costumbres, una inmensa labor de sanidad pública, donde pueda decirse hombre «honrado» sin que suene falsa la frase, y donde la dignidad humana no sea puro mito, sin existencia verdadera. Hambre de justicia hay en este pueblo que tiene trunca su gran revolución desde el 19 de mayo de 1895, pues cuando en Dos Ríos la tierra se mojó con sangre de mártir del Apóstol, junto con ella quedó la revolución justa, necesaria, grande, que él preconizaba y que los llamados seguidores, traicionaron, sin que quepa excepción alguna. Y no es exageración. Veamos si no; qué se hizo del pensamiento racial de Martí («No hay raza, sino hombres»; «dígase hombre y ya se dicen todos los derechos»; «Negro, hermano negro»), quien dejó muy claro su intención de barrer con toda línea de división o cualquier signo de discriminación si todos sabemos que el problema racial es una llaga viva en Cuba, y los gobernantes refugiados en los aristocráticos «yachts Clubs» les cierran todas las oportunidades para el progreso; si todos vemos como son los llamados líderes los que primero vetan al negro en cualquier intento de mejoramiento y únicamente le reservan trabajos de mala paga, escaso futuro y condiciones denigrantes. La Revolución Cubana, pronta a estallar arrolladoramente, no podrá permitir esos males, y ha de barrer con todos los odiadotes de oficio, con los aristócratas de pacotilla que vedan el mar al hombre negro, con los comerciantes que no les dan trabajo, con todos los que discriminan en la tierra de Maceo a los hombres oscuros. La lucha contra la desigualdad (no meras leyes, frías y burladas) será objetivo básico de la Revolución y tiene que lograr eliminar para siempre tanto pujo de pureza racial, yanta demagogia con el problema negro y lograr la verdadera unión, ya que sólo podrá haber distinciones en la Cuba Revolucionaria entre cubanos dignos y cubanos indignos y repetimos con fiera convicción las frases de José Martí: «Peca contra la humanidad el que fomente y propague la oposición y el odio a las razas.»
El problema de la educación en un pueblo libre es otro aspecto que preocupa a la juventud revolucionaria de hoy en día, ya que se hace necesario una gran limpieza de métodos anticuados y conceptos arcaicos sobre lo que es y debe ser la educación en un pueblo sin amos.
Creemos que solamente en una Escuela Pública Cubana, debidamente dotada en muebles, edificios y maestros idóneos es donde debe prepararse a la niñez en los primeros momentos y en la raíz democrática del aula ir formando futuros ciudadanos que no llevan ideas exclusivistas ni discriminatorias. Por eso la Educación será función y cometido únicamente del Estado, y no de castas o grupos religiosos de clase alguna, ya que estos colegios religiosos son factores disolventes dentro de la nacionalidad y tienden con sus puertas exclusivas y las interpretaciones sectarias de las ciencias y de la historia, creando mentes reaccionarias que nunca han conocido más que los lugares exclusivistas y las ideas retrógradas. Escuela Estatal como única forma de cultura libre en una República Socialista. Por supuesto que esto lleva consigo la estructuración de un plan educativo para que se formen escuelas de acuerdo con los últimos sistemas pedagógicos modernos, donde los deportes tengan lugar para crear el cuerpo sano en la mente sana, de que hablaban los romanos; así como edificios con todos los medios modernos de educación donde todo el material sea abundante, donde el alumno tenga las mejores condiciones para su educación y con maestros capacitados y bien remunerados que hagan de su profesión un verdadero magisterio de lucha.
La función vital que tiene la enseñanza no podemos desconocerla ya que es en la formación de niños donde se empieza a incubar el futuro ciudadano y en los métodos actuales de libertinaje, desorganización y miseria, la enseñanza no puede formar mentes aptas para que continúen la labor que la Nación espera de nosotros y de las futuras generaciones. Luego, Escuela Cubana del Estado para la educación de los futuros miembros del Estado.
Además la intensificación de la lucha contra la incultura y el analfabetismo irá trayendo como consecuencia ver hecho realidad aquel pensamiento martiano: «Saber leer es saber andar. Saber escribir es saber ascender.» «Pies, brazos, alas, todo esto ponen al hombre los primeros humildísimos libros de la Escuela.» Y como es Cuba, un país agrícola ha de tener función primordial la educación de campesinos duchos en todos los progresos técnicos para la labranza (por supuesto en una tierra sin latifundios ni dueños explotadores, en una tierra colectiva y estatal), así como la creación de escuelas técnicas, industriales y como hondo sentido realista del medio, para ir formando, no retóricos y leguleyos, sino hombres de provecho, útiles y cultos, para la Patria. Pues la Revolución Cubana socialista y justiciera, cree firmemente que faltan hombres dignos y cultos y solamente la Escuela digna y cubana, puede formarlos (Ojo – Universidades).
El pensamiento agrario nuestro es bien claro. Entendemos que la Revolución actual ha de movilizar primordialmente el sistema agrario de Cuba, que tiene el moho de 400 años atrás; ya que es necesario, imprescindible digamos, llevar a cabo la justa reforma agraria que dé la tierra al campesino y que con la creación de granjas agrícolas colectivas se repartan las riquezas de las cosechas entre los que la hicieron y así se eliminan los ladrones y geófagos que roban el sudor a otros. La Reforma Agraria ha de ser el renglón primero de la Revolución Cubana. Decía Martí: «La tierra es la gran madre de la fortuna. Salvarla es ir directamente a ella», y por eso tenemos que salvarla de los señores feudales modernos que explotan al hombre de campo año tras año; y salvarla para todos y para el Estado, que luchará por la diversificación agrícola, pues el aferramiento al monocultivo nos lleva al comprador único, quien es con este resorte económico culpable de gran parte de los males nuestros en la política de hombres fuertes. Al tener un suelo cultivado con toda clase de productos agrícolas eliminamos la compra a otros países y con la fertilidad de Cuba se podrían exportar y añadir nuevos renglones al comercio internacional que hay de ser con todos los países, ya que estar sometidos a un solo comprador y vendedor es sencillamente esclavitud. Además la creación de una Marina Mercante para llevar nuestros productos y comerciar con todo el mundo, es otro paso necesario, ya que así nos liberamos de los barcos mercantes extranjeros que con los fletes prohibitivos a veces, encarecen los productos en detrimento del pueblo consumidor, y las vías de comunicación recorrerán toda Cuba para llevar hasta el más alejado rincón la voz del progreso ya que sirva asimismo para llevar los productos del suelo a mercados mejores y de provecho.
El problema militar es imprescindible que tenga una solución justa y que sirva para evitar los ejércitos mercenarios al mando de caudillos y no seguros y fieles sostenes de la República. Consideramos que la creación del Servicio Militar Obligatorio, donde cada joven al llegar a los 18 años tenga que servir sus años en las Fuerzas Armadas y luego reintegrarse a la vida civil, y no se haga del Ejército una profesión, será un paso primordial, ya que además de evitar los soldados inútiles y ociosos en los cuarteles, haciendo de eso una forma de vida, habrá la seguridad de que todo ciudadano sabe empuñar un rifle y está dispuesto a tomarlo cuando peligre la nación, ya sea por los traidores del interior o por alguna potencia extranjera. Además se reducirá en lo más mínimo el cuerpo de oficiales permanentes y serán todos graduados de Academias, donde se enseñe el respeto a la Nación y a las instituciones democráticas, y los miles de soldados que como bien dice Germán Arciniegas: «hoy ocupan sus propios países» serán eliminados, ya que esos brazos se necesitan en las labores del progreso y en un país pacífico y amante de la civilización, sin deseos belicosos, están de más. Sabemos que no todos los militares tienen culpa en este régimen que abochorna a todos. Sabemos que el soldado humilde vive cansado y lleno de dolor, pues es humano y es cubano, ante esta situación de odio que, por culpa de unos ambiciosos, se vive hoy en Cuba. Lo sabemos y esos no serán molestados por la Revolución. Sólo los asesinos, los que roban, los que manchan el uniforme que la República les da para que la protejan, esos, tendrán que cumplir sus condenas de justicia popular, para que se acaben en ellos los futuros dictadores, ya que la albor del hombre de armas es bien distinta a la que algunos realizan hoy, saqueando, asesinando e hiriendo en las más hondas fibras humanas a los ciudadano de Cuba.
«No se sabe de ningún edificio construido sobre bayonetas»: dice Martí, espíritu civilista a toda prueba, y es verdad que no tenemos odios cobardes para el militar por este solo hecho, lo podemos decir y podemos llamar hermanos a los que no han sabido mancharse, y a los que se han rebelado contra la barbarie.
La extensión territorial de neutro país no ha sido debidamente utilizada y sin existir crisis de super población (como en Puerto Rico, por ejemplo) vemos como años tras años miles de cubanos emigran al norte porque en Cuba ya no se puede vivir.
Pero no es por falta de espacio, es porque no hay trabajo y tienen que ir a países extraños en busca del pan que en su tierra no pueden encontrar. Esa emigración de brazos útiles hay que acabarla. Porque no se puede decir grande un País que tenga un millón de desocupados y donde solo varios meses al año se tenga trabajo. Con la diversificación agrícola, en las fuentes industriales de minería, de marina mercante, etc., ese problema será resuelto. Y habrá entonces trabajo para todos en una Nación que no puede seguir siendo gobernada por minorías que disfrutan de todos los bienes y riquezas. La Revolución creará fuentes de trabajo para que todos los cubanos puedan vivir y laborar en su patria sin necesidad de probar los aires del exilio.
La caña no sólo da azúcar y eso lo saben los señores hacendados, pero no quieren crear fuentes de productos derivados, como celulosas, papel, etc., que se obtiene de la caña: No quieren crear trabajo porque el trabajo elimina el hambre y ellos viven del hambre popular.
Iremos lentamente a la industrialización, pero creando primeramente en el campo condiciones de vida dignas y agotando todos los productos que puedan obtenerse de la agricultura, que hará dar fuentes de trabajo, que es pan y libertad.
El trabajo, sin depender de los politiqueros (para cuando triunfe la revolución estarán en las cárceles, por ladrones de esperanza popular y de otras cosas materiales) y solamente tendrán que vivir honradamente, condición esta que es importantísima, ya que frente a la podredumbre moral existente en el sistema caduco actual tiene que lucharse con la más pulcra honradez; en todos los aspectos, desde la Administración Pública (aquí principalmente y con rigor absoluto) hasta las más insignificantes relaciones entre humanos.
La honradez en los hombres que la implanten ha de ser condición sin la cual nada puede llevarse a cabo: Ha de ser la Revolución de los honrados. Y como dijera Martí, en la frase que se ha manchado tantas veces en bocas de los grandes inmorales: «la honradez ha de ponerse de moda; y fuera de moda la deshonestidad.»
La Revolución por su contenido martiano y socialista es enemiga de toda clase de yugo a los valores éticos del individuo y condena cualquier tipo de régimen político donde no se respete el derecho a pensar con libertad. Por eso no se puede aceptar ningún tipo de imperialismo, palabra que desde los más remotos tiempos es sinónimo de opresión de hombres por hombres y condena tanto al que se cubre bajo las formas de un capitalismo draconiano explotador como ocurre en los Estados Unidos de Norte América, como a los falsos “paraísos del trabajador”, como en la Rusia soviética, no comunista, que es otra cosa muy distinta.
Por eso, su posición internacional tiene que ser netamente antiimperialista; ya vengan del Tío Sam o del “Padrecito de Moscú”. Además, no encajan en nuestra idiosincrasia de pueblo distinta, producto de otros fenómenos, otras culturas y otras razas, los sistemas que sirven en los Estados Unidos de Norteamérica o en Rusia. La América nuestra, del Río Bravo a la Patagonia, tiene otro origen, pues el elemento español al unirse con las razas autóctonas y los negros africanos han formado una raza cósmica, distinta, con rasgos propios, con sabor de llano venezolano, monte criollo, hembra azteca y canto lucumí.
¡Y qué distinta es nuestra idiosincrasia de pueblo joven a los europeos centrales, llenos de otros rumbos, de otras razas y de otras culturas! Los Estados Unidos de Norteamérica son el producto netamente nórdico, sajón, teutón, eslavo, etc., y no español; y aunque Estados Unidos es un pueblo mezcla de razas, son razas diferentes a las que nos dieron su carne, diferente en cultura, tradiciones y modos de pensar.
Como pueblos amantes de la raza, no podemos soportar yugos imperialistas de ninguna clase o etiqueta, llámese ésta Rusia o Estados Unidos de Norteamérica. Tenemos rasgos distintos y destinos diferentes, y solo nos interesa vivir en la ruta del progreso, sin intentos imperialistas y luchando por llevar a cabo en nuestro pueblo la revolución que responda a nuestra verdadera raíz y formación, sin que pueda compararse con el momento histórico de ningún pueblo extraño en idiosincrasia y tradiciones. No queremos ser ni dominados ni dominadores, solo amantes de la paz y del progreso y de la efectiva cordialidad internacional propia de los pueblos civilizados no imperialistas.
Los cuáqueros decían: «ni Rey sobre mí, ni siervo bajo mí»; y eso aspiramos con la Revolución Socialista de Cuba, a vivir sin amos y sin siervos ya que el adjetivo mayor que puede adjudicarse a un hombre es el de «hombre libre».
Ahora bien, la América, que Haya de la Torre llamó «Indo América», la que tiene igual origen y por consiguiente idéntica formación, no ha encontrado aún su destino y a veces lo quieren desconocer, sirviendo de comparsa al vecino yanqui, que como amigo es querido, pero de amo no, o, perdiéndose en luchas estériles entre hermanos, va creando odios inútiles que luego dificulten su gran labor de amor, necesaria a la de unión que tienen en el futuro, porque si es igual el origen y la formación idéntica, lo que tiene que ser el destino.
América lucha sola. Sola vencerá, dijo Martí, reafirmando una vez más su hondo credo americanista, no logrado aún. Y en esa lucha que unirá en iguales fines e idéntica meta a todos los pueblos dolorosos que se desesperan del Río Bravo al Sur, la Revolución Cubana tendrá un lugar prominente, ya que al ir eliminándose definitivamente los tiranos nacionales (lacayos de extraños y déspotas de propios) se va avanzando hacia la unión americana que al fundir riquezas, hombres y recursos saldrá de la condición miserable en que vive, como factoría, país semi-desarrollado y campo fácil para la opresión y presa codiciada de toda clase de imperialismo económico (europeo y americano).
Las dispersas Republicas americanas unidas en haz fortísimo, con conciencia de destino común, es una labor que debemos emprender tan pronto liberemos a Cuba de la tiranía. Y esto ha de empezar con la intervención decidida en los pueblos que padecen dictaduras cobardes y que hoy, desgraciadamente, son bastantes. La República Dominicana con sus 20 años de Trujillismo ramplón y asesino; Venezuela y su «chanchito» Pérez Jiménez, que es un escarnio en la tierra de Bolívar y Andrés Eloy Blanco; Colombia, paraíso de escapularios y militarotes, bajo el mando del «Pacificador» Rojas Pinilla; Nicaragua, dolida patria del inmenso líder Sandino, que ya es algo así como una «Monarquía Somocista»; Paraguay, poco alejada de los tiempos lúgubres de Francia con el espadón Stroessner; Argentina, convulsa y quizás demasiado propicia a caer bajo el «Che-Dictador Perón», tan mala calaña tiene este Perón como cualquier otro espécimen de bestia con espada de la América, aunque algún otro «oposicionista cubano» (hay que ponerlo entre comillas, pues es risible), lo quiera negar; Guatemala, con el empleado del State-Department, Mr. Castillo Armas; Honduras y El Salvador, nido de militarotes y escasas ambas de efectiva libertad. En fin, donde quiera que la libertad no exista y los humildes padezcan condiciones denigrantes de opresión y miseria, allí ha de producirse la Revolución Socialista que precederá a la gran unión americana (idea de Bolívar, Martí, Juárez, Haya de la Torre) fuerte valladar frente a todo género de imperialismo y opresión.
Por supuesto que América no puede seguir soportando los puñales europeos que aún tiene en su vientre. Las Guayanas, Belice, Las Bahamas, Jamaica, Trinidad y las demás colonias europeas serán eliminadas al incorporarlas al seno americano como pueblos libres, ya que sería irónico hablar de libertad soportando dominaciones coloniales de otros pueblos extraños. América para los americanos ha de ser lema y bandera.
Las explotaciones mineras, tan grandes reservas como tiene Cuba, se regirán bajo la condición previa de que el subsuelo pertenece al Estado y éste únicamente hace concesiones para su aprovechamiento, y así como en Méjico se nacionalizó el petróleo, Cuba tendrá que nacionalizar toda su minería y al incrementarla dejar bien aclarado que el subsuelo pertenecerá siempre al Estado y por consiguiente al pueblo.
Los servicios públicos, hoy consorcios extranjeros y absentistas, será una de las primeras nacionalizaciones de la Revolución, ya que debido a la función netamente de interés social y la honda importancia que tienen hoy en día los servicios públicos no pueden permanecer en manos de los explotadores extranjeros, y deberán pasar al Estado quien delegará en los obreros su administración y funcionamiento. Los teléfonos, compañías de gas, electricidad, agua y hielo, serán nacionalizadas y puestas en las manos de la Revolución, que podrá pagar en bonos a largo plazo los daños a los accionistas (a un precio razonable y acorde con los tiempos) o sencillamente pasarán al estado por necesidad social. Aunque este último sistema traería como consecuencia serios problemas diplomáticos y acaso se podría intentar repetir la «Operación Guatemala»; si la Revolución está bien adentrada al pueblo, como lo estará, puede lograrse los fines sin más contratiempos; pasada de moda como está ya, la política convincente de los «marines». Asimismo como la propiedad tendrá una función social se crearán viviendas campesinas higiénicas que eliminarán completamente los bohíos misérrimos y los barrios obreros (para obreros de verdad) se alzarán en toda Cuba, elevando el standard de vida de los proletarios y que, al no ser un regalo ya que pagarán al Estado las casas con módicas mensualidades, irán poco a poco creándose pueblos higiénicos y modernos donde los hombres vivan acorde con los tiempos civilizados.
La Sanidad Pública es otra de las razones primigenias que nos llevan a la lucha. Nos duele ver tanta enfermedad, tantos niños parasitados y la más de las veces sin posible cura, cuando el hambre de un lado, la falta de recursos –otro eficaz aliado- y la ausencia de una medicina socialista de otro, minan el organismo de los ciudadanos de Cuba.
Hospitales dotados con los últimos instrumentos, bien provistos de medicina y personal idóneo; hospitales donde con la sola condición de ciudadanos se ingresen a los enfermos, sin que sea necesario el apoyo de un personaje influyente, y donde se atienda a los enfermos escasos de recursos hasta lograr su curación efectiva, esa tiene que ser labor de la Revolución, ya que un pueblo donde el índice de los enfermos sea tan asombroso como en Cuba bien poco puede avanzar, ya que en los cuerpos enfermos no puede haber afán de luchas sociales.
La medicina debe ser socializada. Entendiéndose por ello que la creación de numerosos hospitales modernos, todo ciudadano tiene derecho a recibir servicios de los más afamados médicos hasta los más humildes, por el solo hecho de pertenecer a una nación libre y socialista. Eso es, que no ocurran más los casos de enfermos que carecen de médicos porque no tienen medios para pagarlos y entonces o mueren o recurren a curanderos y farsantes, presas de la mayor desesperación. Cada hombre tiene derecho a que el Estado le garantice y proteja la salud, y para ello luchamos y moriremos si es necesario. Así como es necesaria la labor de Sanidad moral y social, para eliminar elementos corrompidos e inmorales, también la sanidad pública, la lucha contra las enfermedades sociales o venéreas, contra todo germen que mine el organismo humano y lo tenga débil para vivir en una sociedad, es función y razón de este movimiento nacional que ansía para Cuba, un futuro amplio y libre donde todos los hombres sean respetados, donde las ideas puedan exponerse con absoluta sinceridad, donde el «derecho al pan y el derecho al canto» sea patrimonio de todos y obligación del Estado.
La Revolución no puede pasar por alto la vergüenza actual que representa el juego y todo el vicio organizado, donde se nutren tantos señores del régimen dictatorial y asesinos de hoy.
«El juego, decía José Martí, es la forma inculta de la esperanza»; y es, podemos añadir humildemente, la lacra más propicia a minar voluntades, a destruir hombres, a formar harapos humanos incapaces de obrar como seres dignos, ya que son esclavos del vicio; por eso lo mantienen, lo propagan y lo agrandan, estos regímenes oprobiosos como el cubano, ya que de ese modo se va minando la conciencia humana, y además se enriquecen los dichosos detentadores del poder, sin pensar que la condición humana se envilece y relaja, y la virtud se pierde cuando el vicio del juego domina, y en el lugar de ciudadanos conscientes del deber para con su tierra, se vuelven esclavos sumisos del azar, de los casinos y por ende de todo lo que representa la opresión, esclavitud y cadenas de esta Cuba dolida de hoy. El régimen dictatorial necesita el juego, confiado como está en su política cobarde de vilezas; el régimen necesita que el vicio domine a muchos hombres para que así, en vez de luchar con altura y dignidad se conviertan en lacayos y seres sin principios; el régimen dictatorial crea, ayuda y vive del juego, porque de ahí han surgido numerosas fortunas (yates, casas de apartamentos, autos, fincas, «queridas en los repartos» y de ahí se nutre el más abyecto de los cuerpos represivos: los confidentes; y por eso hoy Cuba es un inmenso garito, donde el manto verde de la tierra cultivado con el trabajo honrado, se ha trocado en tapete verde que es campo de tahúres, viciosos y jugadores incautos y, por eso mismo, estafado una y mil veces; la Revolución no puede consentir ese estado de cosas cuando la hora del sol llegue, y con la furia que nos da el amor al trabajo honrado y a la vida sin vicios, tendremos que arrasar de un todo con el juego, pero no solamente en los grupos humildes, sino que hay que partir desde los grandes «clubs» donde explotadores y reaccionarios juegan impunemente, a los casinos lujosos y aristócratas para que así podamos hacer ver al pueblo (que juega hastiado y como «una forma de esperanza») la necesidad que tiene de acabar con el juego, ya que este es y ha sido siempre un eslabón denigrante de las cadenas opresoras.
Del tráfico cobarde y traidor que hay hoy en drogas, es necesario hablar, ya que es tan repulsivo como el juego, o en realidad más. La Revolución tiene que acabar con los traficantes y explotadores radicalmente, ya que a estos envenenadores de hombre no puede dárseles cuartel ni tener compasión. La justicia popular del rifle digno es el castigo merecido, ya que estos explotadores van pervirtiendo voluntades y hombres que Cuba necesita sanos y enteros. Para los viciosos se habrán de crear centros especializados donde se combata el vicio y se domine, y de ese modo salvar cientos de jóvenes cubanos para la gran obra en que estamos empeñados.
La Revolución, si no quiere traicionar a sus muertos y manchar su memoria tiene que erradicar sin tregua el juego, el tráfico de drogas y toda forma de vicio, que mine y atente contra la moral y la seguridad del Estado. La llamada «Lotería Nacional» (antro de ratas, prebendas y de «botelleros») tiene que ser eliminada totalmente, pues aunque se diga que realiza labor social es más el vicio que causa y el mal que produce al propagar el juego. El estado con una administración honesta y dirigida por hombres íntegros no necesita de la ayuda corrompida que representa la lotería, para realizar una función de ayuda social. Para eso han de bastarse los presupuestos nacionales. Además, el espectáculo bochornoso de los billeteros, no puede permitirse, y estos hombres, si quieren trabajar, la Revolución les dará trabajo en cualquiera de las obras que anteriormente hemos esbozado, lo que no permitirá es que continúen como agentes activos del vicio.
La burocracia se formará de acuerdo con las aptitudes técnicas y con los conocimientos del individuo, terminando de ese modo la injerencia politiquera de los caciques y «señorones» en las labores estatales y así se evita que el empleado crea deber fidelidad y respeto al político y no a la República. Con la inmovilidad de todos los empleados, sin excepción alguna, y con un buen sistema de ascenso en reconocimiento de méritos, y años de servicios, y por supuesto, con sueldos decorosos, que permitan vivir con independencia, se podrá extirpar la actual influencia del régimen de turno y de sus personeros en las cosas que son vitales para el Estado.
Los Ministerios de Agricultura, Trabajo y Educación, que al igual que los demás no cumplen en modo alguno con los deberes tan importantes que deben representar en una nación socialista, han de ser los que con mayor esmero y eficacia funcionen; ya que la Agricultura, la educación y las relaciones que surgen al calor del trabajo son cuestiones vitales en la Cuba nueva.
También el Servicio Exterior, hoy malamente pagado y reducto para escritores venales, pseudo-intelectuales con cerviz doblegada y nido de egoísmo, ha de ser organizado como el medio idóneo para estrechar las relaciones con otros pueblos y desde el auge comercial hasta los intercambios culturales toda función útil a la República en el exterior ha de encontrar en los miembros de la diplomacia cubana tenaces defensores y seguros representantes de un pueblo libre; ya convencidos como estamos de la función importantísima que tienen las relaciones amistosas entre los pueblos de todo el mundo.
Cuba es un país que a pesar de tener cosas utilizables en toda su extensión, vive de espaldas al mar, desconociendo una de las mayores fuentes de riqueza y trabajo existentes. La industria pesquera en manos cubanas, ha de ser preocupación de la Revolución triunfante, ya que así se podrá dar trabajo a cientos de hombres y se va creando la diversificación industrial que necesitamos para romper los yugos económicos. La Bandera cubana en barcos mercantes ha de pasearse orgullosa en todos los mares, como una prueba de la pujanza de un pueblo que busca su destino.
No podemos seguir divorciados del mar, ya que otros pueblos como el nuestro obtienen grandes riquezas de la pesca y no le vuelven las espaldas, sino que lanzan barcos y más barcos en afán de progreso y para aprovechar las interminables riquezas que da el mar, cuyos productos envasados crean industrias de conservas (bonito, langostas, sardinas, calamares) y con sus residuos orgánicos se crean abonos minerales, productos médicos, etc.
Además de la Marina Mercante que lleve nuestras mercancías a todo el mundo, la Revolución lucha por una gran flota pesquera que obtenga del mar, pan y trabajo para muchos.
Cuando trazamos brevemente el ideal educacional de la Revolución dejamos para tópico aparte y con mayor amplitud el problema de las Universidades, ya que son éstas los máximos centros de cultura y el último eslabón que tiene el Estado para asegurarse de la buena fructificación en el ciudadano del ideal revolucionario. Las Universidades no podrán ser fábricas de títulos, ya que atendiendo al hondo historial de rebeldía, que tiene el alumnado universitario de Cuba hacer de los templos máximos de la cultura cuerpos fríos y aislados, ajenos a toda palpitación social y con sabor a pueblo sería traicionar los huesos sagrados de todos los héroes universitarios, desde los ocho estudiantes de 1871, hasta los más recientes como José A. Echeverría, Fructuoso Rodríguez, José Westbrook, Rubén Batista, y sin olvidar las figuras limpias de Julio Antonio Mella, de Gabriel Barceló, Rubén Martínez Villena, Tony Guiteras, Pablo de la Torriente Brau y toda la hornada valiosa que ha cobijado las ideas revolucionarias en el Alma Mater.
Por esto estamos opuestos a la creación de Universidades que sean viva negación de todo un espíritu de lucha y de una tradición gloriosa de rebeldía; no puede la Revolución Cubana permitir que determinado grupo religioso o secta, sea cual fuere, forme universidades exclusivistas y sectarias, representantes de una clase determinada y factores de desintegración nacional al convertir sus aulas en talleres de títulos, de donde saldrán profesionales y no ciudadanos dignos, ya que han vivido siempre alejados, y casi siempre como factores reacios, al progreso socialista de la Nación. Actualmente, cuando la Colina Universitaria vive uno de sus momentos más difíciles, y como dice el Himno Universitario: «en sus muros se refugia el fantasma de la libertad», ciertas Universidades, religiosas unas y falsamente laicas otras, permanecen sordas al llamado revolucionario que recorre toda Cuba, y enquistadas en una cobarde neutralidad como si fuese el problema cubano pugna de grupos y no de lucha de pueblo oprimido contra opresores asesinos, dando así un ejemplo servil de esclavitud y poca altura. La Revolución creará Universidades Cubanas, como complemento a la Escuela Primaria y a los Centros Secundarios Cubanos, y tendrá muy en cuenta la formación de facultades técnicas donde puedan estudiarse carreras que formen técnicos expertos para la gran obra de reconstrucción que Cuba necesita.
No queremos universidades que pertenezcan a capillas ni a clases exclusivas, queremos centros de cultura y de conciencia donde se incremente el saber y donde se realcen los más puros valores éticos del individuo formando una fuerte conciencia de ciudadanía, y ayudando de ese modo a la Revolución socialista que ha de salvar, nuestra patria para un destino mejor. Cada provincia tendrá su Universidad, formada por Facultades que respondan a las necesidades de cada región y debidamente dotadas y con una profesorado idóneo y digno, serán fuertes centros de formación ciudadana, además de impartir cultura a todos los hombres dispuestos a recibirla. Decía José Martí – siempre su voz como guía, ya que es la labor revolucionaria de su vida la que inspira y sirve de bandera a nuestra generación- que «La Universidad europea o extranjera ha de ceder a la Universidad americana», ya que ha de ser con los fermentos propios de una nación, con sus caracteres y sus defectos, con los que es posible para contar para después gobernar esa Nación y llevarla hacia el progreso; por eso no pueden educarse los jóvenes cubanos en universidades extranjeras donde no se siente la inminencia de la tragedia propia y donde no se luche momento a momento por remedios que pongan fin a la agonía de los pueblos americanos.
Hoy, como lo fue ayer y lo será mañana, ser universitario es tener contraído un doble compromiso: con Cuba y con la Universidad, con Cuba que es y será siempre lo primero en el pensamiento de nuestra generación, y en la Universidad – luz más alta en la noche- por su historia de rebeldía y su actual afán de combate y todo el que ultraje a una, ultraja a la otra; quien sea traidor a la Colina, lo es también para Cuba. Y quien abandone temeroso a la Colina y su cruzada moral y revolucionaria, abandona a Cuba y a la Revolución de los humildes, de los sin pan y sin techo, que ya está marcha.
La prensa, por no variar en el abismo de inmoralidad, doblez y podredumbre que agobia a Cuba, no cumple con su deber. Y será labor de la Revolución, formar una prensa que sea vehículo de penetración en el pueblo y de propaganda efectiva para la función revolucionaria, ya que consideramos una ofensa a los que sufren el estado actual de meras empresas mercantiles que son los periódicos, la radio y la televisión, en lugar de ser centinelas, vigías siempre alertas, martillos para señalar errores y exigir justicia. El Cuarto Poder no habrá de ser órgano servil en manos de los intereses mercantiles de unos cuantos señores; no podrá seguir alejado del calor popular, convirtiéndose en portavoz de las causas más reaccionarias e injustas, eco de la alta sociedad (¡podredumbre y vicio de exploradores!), la burguesía rica, los elementos clericales, y de toda la caterva de seres reaccionarios y enemigos del pueblo que existen; y contra los cuales luchamos, aunque sabemos que lucha ha de ser larga y tenaz.
La prensa revolucionaria ha de ser trinchera decidida de las causas populares, órgano de denuncia contra todos sus explotadores, eco de la calle, del bohío y del taller, testigo siempre en alto para castigar a los traidores y a los enemigos del pueblo. Ni más empresa mercantil, ni más falsa neutralidad, ni más órgano de explotadores, la prensa tiene que cumplir su cometido de poder orientador y vigía insobornable. Al acabar con los hombres venales hemos de extirpar a los periodistas vendibles, a los mercaderes de la pluma que son deshonra para el sagrado ejercicio que es orientar y encauzar la ciudadanía por medio de la Prensa. No queremos más periódicos donde los «saraos» y bacanales de los privilegiados tengan primacía al dolor de tierra adentro, al hambre obrera, al clamor de justicia que se rompe en la calle.
¡Prensa Revolucionaria para la Cuba Nueva!
Contra los culpables del abismo en que ha caído Cuba, contra toda esa caterva de políticos ambiciosos, de mercaderes de los deseos ciudadanos, farsantes hoy, ayer y siempre; contra los asaltantes del Tesoro Nacional, los corruptores de la Administración Pública, donde nada prospera sino es a base del soborno, del negocio sucio y de la más denigrante bajeza moral; contra los explotadores de toda clase, enemigos eternos del pueblo, lucha la juventud revolucionaria; porque hay mucha sangre caliente sobre la tierra y muchas lágrimas de madres por el hijo inmolado o son demasiados los hombres y mujeres que sufren y padecen en el exilio digno y pobre (no el de aire acondicionado, drogas y fiestas); y los que llevan oscura vida en la clandestinidad, perseguidos y acorralados por las fuerzas represivas; y porque hay hombres rifle en mano y otros los tenemos muy cerca del corazón, esperando el instante preciso para cumplir el deber contraído con Cuba y nuestra conciencia.
Por todo eso, y por la raíz netamente honesta y renovadora de la Revolución, no podemos permitir, los que lo han dado ya todo y los que estamos alegres en el cambio provechoso, que los políticos traidores sigan medrando a costa del pueblo explotado, y que sean ellos los que nuevamente defrauden las esperanzas de esta Nación cansada de apóstatas. No podrán estos traidores –los que nos engañaron ayer, los que hoy denigran y vejan, o los que esperan como lobos hambrientos el momento de la rapiña- seguir su carrera cobarde y entreguista en una Cuba revolucionaria, pues el mismo rifle que destrozó la dictadura ha de apartar como cosa podrida a toda la jauría de aprovechados politiqueros, que esperan como rameras en la sombra.
¡No queremos más «muñidores electorales», ni sargentos políticos, ni asambleas compradas, ni carnets robados, ni falsas promesas en boca de los traidores eternos! El rifle y la cárcel será el premio a sus mentiras, a sus robos, a sus pillajes, a sus estafas. Pues no se está derramando sangre joven y rebelde para que los fósiles de la política ramplona, para que los mercaderes y doctores sin escrúpulos, recojan una cosecha abonada con la más pura ofrenda que hace la generación actual. La Revolución o acaba con todos los vicios corrompidos de la politiquería al uso, colonial, arcaica y bajuna, o la Revolución habrá sido inútil, habrá sido una farsa sangrienta.
Entendemos como política, la ciencia o el arte –pues puede ser ambas cosas- de hacer felices a los pueblos, de realizar justicia social al hambriento, al escarnecido y al explotado.
Creemos firmemente que sólo cuando se plasmen los intereses populares, de los humildes, de los menesterosos, se habrá cumplido en buena forma con la conciencia. No queremos ni más hombres explotados, ni más hombres explotadores. Sólo un régimen de genuina justicia social, donde se recuerde a José Martí con la frente alta, satisfechos de no ser infieles; donde se diga justicia, y no nos salgan a la cara sonrojos hipócritas; donde el hombre libre pueda vivir como ser humano, como gente civilizada en aras del progreso.
Las Revoluciones, se ha dicho con razón, son las parteras de la Historia, ya que únicamente se obtiene algo positivo cuando se ataca con firmeza y pronto. Por esto toda una generación consciente ha escogido ese camino, en un afán desesperado para salvar nuestra nacionalidad del fango en que la han sumido otros hombres y distintas generaciones.
Sabemos que no es obra de días lo que planteamos, pues la magnitud, la grandeza de la misma, llevará años de brega firme y resuelta, para realizar gran parte de lo que ansiamos; los sabemos, pero por eso ni vacilamos, ni nos tendemos en tierra con la esperanza muerta y la decisión perdida. Estamos empeñados en una lucha a muerte contra todo lo malo, lo indigno, reprobable y lacrado; es la fuerza pujante de una nueva era, distinta radicalmente, métodos, hombres, ideas y metas; es el sol que rompe, con los rayos de vida, sobre la noche de un mundo liquidado. Por eso no tememos. Llevamos la tenaz fe de quienes se dan sin menguas, en la confianza de la obra justa, y del deber irrenunciable. Tenemos la fuerza inmensa de los ideales más indestructibles, de la sed grande de justicia social verdadera.
Lo que hemos expuesto en estas breves líneas, hechas entre el fragor de una lucha vecina, con la intranquilidad de vernos pronto cumpliendo con nuestra conciencia y nuestros ideales, quieren humildemente plasmar parte –lo más inmediato- de la ideología generacional. Es el «por qué» de la lucha, la razón de nuestras fatigas y la meta única de nuestra existencia.
No tenemos más que nuestras vidas avaladas con la honradez de un pensamiento justo y de una obra inmensa a realizar y como ofrenda de devoción y desprendimiento hemos depositado en los brazos de la Revolución cubana –justa, grande, renovadora, honrada, socialista- sin más esperanza que ver algún día cumplidos estos sueños que hoy en plena juventud y calor de la lucha, llevamos a estas cuartillas.
La lucha que nos espera; la obra que tenemos por delante, y el recuerdo imborrable de los hermanos caídos, abrazados a este mismo ideal que sentimos, no permitirá que quede trunco o incumplido. Y la obra revolucionaria será algún día orgullo de todos, pues hoy es dolor de todos, pensamiento, razón y motivo de todos los hombres dignos y honestos de Cuba.


Mayo de 1957
Luis Saíz Montes de Oca

jueves, 28 de junio de 2007

Bush y su "Buen Dios"

Lamentable y patético resulta escuchar al "amo del mundo" confesar públicamente su absoluta impotencia para enfrentarse, con todo y su poderío, a un solo hombre digno.

El diario El País reproduce hoy una información de la agencia EFE, fechada en Washington 29.06.2007, donde el Emperador-profeta durante un discurso en la Academia de la Marina de Guerra de Newport, Rhode Island, responde a la pregunta de un estudiante colombiano sobre la situación latinoamericana, que el único país antidemocrático "en nuestra vecindad" es Cuba, y que "un día el buen Dios se llevará a Fidel Castro".

Aunque las estadísticas de encuestas recientes ubican a Bush como el segundo presidente más repudiado de la hisoria norteamericana, el señor W no abandona el empeño de querer aparecer como el enviado divino para traer la felicidad entre los hombres. Cosa que ponen en duda sus matanzas diarias en el medio oriente, las torceduras de brazos a amigos y súbditos, y la inseguridad creciente en su propio país. La pax romana del presidente norteamericano cubre de espanto, dolor y lágrimas buena parte del mundo, y sin embargo él confía en que su "buen Dios" lo ayude a deshacerse de un adversario que envía médicos a salvar vidas en lugar de soldados a sembrar muerte.

El señor de la guerra no admite que una pequeña islita le sostenga la mirada y le frene la brida a sus desmadres imperiales, sobre todo cuando buena parte del mundo menea la cola cuando a él le entra la perreta porque no le alcanza el petróleo para sus consorcios o los votos para mañosamente acusar a Cuba o a Venezuela.

De cualquier forma no le ha quedado más remedio que esperar a lo que su apresurado vocero, ante la pregunta sobre si su presidente deseaba la muerte de Fidel, calificó como "un hecho inevitable", es decir la muerte natural del presidente cubano.

Todo está en que el "buen Dios" al que se refería el terrorista que es Bush, no sea el mismo que se ha llevado a cientos de miles de afganos e iraquíes, y deja morir a los pies de barro del gigante imperial millones de seres humanos, sin el menor recato, sin peso en la conciencia.

miércoles, 27 de junio de 2007

EL IMPERIALISMO HEGEMÓNICO, FASE FINAL DEL CAPITALISMO Y CATALIZADOR DEL SOCIALISMO DEL SIGLO XXI




Cuando en la primavera de 1916, hace casi 90 años, Lenin escribía en Zurich su folleto El imperialismo, fase superior del capitalismo, apuntaba:

“El imperialismo surgió como desarrollo y continuación directa de las propiedades fundamentales del capitalismo en general. Pero el capitalismo se trocó en imperialismo capitalista únicamente al llegar a un grado determinado, muy alto, de su desarrollo, cuando algunas de las características fundamentales del capitalismo comenzaron a convertirse en sus antítesis, cuando tomaron cuerpo y se manifestaron en toda la línea los rasgos de la época de transición del capitalismo a una estructura económica y social más elevada”. (1)

Y resaltaba como lo fundamental de este proceso, la sustitución de la libre concurrencia, como característica esencial del capitalismo y de la producción mercantil en general, por la formación de los monopolios que eran todo lo contrario. Sin embargo, hay un punto de su estudio en el que nos detendremos para las reflexiones que queremos hacer respecto al imperialismo hegemónico como enemigo y exterminador del capital que no ha logrado entrar a formar parte de las mega fusiones contemporáneas, es aquel en el que refiere que “los monopolios, que se derivan de la libre competencia, no la eliminan, sino que existen por encima de ella y al lado de ella, engendrando así contradicciones, rozamientos y conflictos particularmente agudos y bruscos”(2)

El imperialismo norteamericano se erigió como la única superpotencia mundial, luego del derrumbe del campo socialista y la desintegración de las URSS a causa de los errores de aplicación de la teoría marxista desde un enfoque reduccionista que la convirtió en dogma, y como consecuencia también del divorcio de la cultura y las traiciones de los oportunistas.

Sin un poder real que contrarrestara sus hasta entonces mal reprimidos instintos expansionistas y dominadores, el imperialismo hegemónico concentró en sus manos un poder inconmensurable, ejercido a través de mecanismos económicos, militares y financieros internacionales dominados por ellos, como la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM), la Organización Mundial de Comercio (OMC), y especialmente de las Empresas Transnacionales, enemigas declaradas del pequeño y mediano capital privado a los que persiguen y absorben sin contemplaciones en aras de una centralización sin fronteras definidas, ni escrúpulos de ninguna clase. Son verdaderos colosos donde se reúnen todas las connivencias y complicidades tejidas a lo largo de dos siglos, y amasadas con la sangre y el lodo que no han dejado de chorrear durante ese tiempo. Nacidas de la acumulación del capital obtenido gracias a la explotación de la fuerza de trabajo, y las especulaciones financieras y de todo tipo, durante la etapa de la libre concurrencia, se vuelven contra ella y la aniquilan sin miramientos con su descomunal poderío.

Así, en las postrimerías del siglo XX, estaban ya creadas las condiciones políticas, militares, económicas y sociales para el inicio del proceso de globalización, que como consecuencia del desarrollo alcanzado por la ciencia y la tecnología, sobre todo en las ramas de la electrónica, la cibernética y las comunicaciones, se abrió paso aceleradamente bajo el signo de un nuevo orden mundial gestado en el seno de los países imperialistas y ensayado total o parcialmente en algunos países del Tercer Mundo: el neoliberalismo.

El neoliberalismo como doctrina del nuevo orden mundial, si bien se basa en un proyecto económico que exige, en lo fundamental, la libre circulación del capital, la propiedad privada como la panacea del desarrollo, y la no intervención del Estado en la economía, significa además un proyecto cultural que reducía la cultura universal a una vulgar caricatura diseñada para desmontar cualquier actividad intelectual dirigida a movilizar la fuerzas capaces de frenar su avance,
somete a un proceso de desnaturalización las identidades nacionales y establece como patrones culturales la banalidad y el american way of life, representado en la McDonals y la Coca Cola. Todo esto apoyado por los grandes medios de comunicación de que disponen y a través de los cuales fabrican un tipo de mentalidad subordinada, una especie de colonizado cultural, sin iniciativa propia ni capacidad para desligarse del encantamiento producido por una sociedad de consumo vendida en revistas, periódicos, libros, y fundamentalmente a través de la pantalla de los televisores, vías por las que se construyen estereotipos de hombres y mujeres de éxito, triunfadores felices, y por donde jamás se ve la cara triste del desamparo, la pobreza y la muerte que asedia a millones cada día en todas partes. La realidad del mundo, por primera vez queda reducida, paradójicamente en la era de las comunicaciones, a un reportaje de la CNN.

El nuevo orden trae consigo además, un proyecto político encargado de reducir al mínimo la intervención de los Estados nacionales en la orientación de las actividades económicas de aquellos países penetrados por el capital de las grandes empresas transnacionales, las cuales ejercen un poder supranacional sobre sus entidades sin importar el país en que se encuentren, ni las disposiciones de sus instituciones y sus leyes. Sin embargo, por otra parte, no sólo acepta sino que exige la intervención total del Estado cuando se trata de defender los intereses de estas mega empresas, ante cualquier intento organizado por sus víctimas, es decir, por los trabajadores o los desempleados. Quedaba instituido de esa manera el tipo de Estado que necesitaba el nuevo orden: el estado gendarme.

Resulta significativo en todo el entramado neoliberal el hecho de que este modelo es solo “aplicable” a aquellos países destinados a mantener, a costa de sus recursos, de la felicidad de sus ciudadanos con las consecuentes revueltas y represiones, el “estado de bienestar” y la creciente opulencia—entiéndase disipaciones, vicios y despilfarros—de la clase dominante en las grandes potencias de donde procedían estas empresas transnacionales. En el seno de esas naciones desarrolladas, resplandecientes e injustas, continúa inmutable aquella gran verdad expresada por Carlos Marx y Federico Engels, hace ciento sesenta años en El manifiesto comunista: “El gobierno del Estado moderno no es más que una junta que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa.”(3)

En este sentido vale la pena un breve repaso de la situación actual. Casi un 48% de las mayores compañías y bancos del mundo pertenecen a los Estados Unidos, el 30% son de la Unión Europea, y solo el 10% son japoneses. Es decir, el 90% de las mayores corporaciones que dominan la industria, la banca y los negocios, son estadounidenses, europeas o japonesas. El poder económico del mundo está en esas tres unidades geográfico económicas, no en conceptos sin sentido como “imperio” sin imperialismo o corporaciones multinacionales “desterritorializadas”. (4) Y si analizáramos el interior de este sistema imperial encontraríamos el poder dominante de los Estados Unidos a quien pertenece el 90% de las diez principales compañías del mundo. Al respecto, el académico norteamericano James Petras, en su libro Imperio vs. Resistencia, refiere que: “Son estadounidenses, cinco de los diez principales bancos, seis de las diez principales compañías farmacéuticas y/o biotecnológicas, cuatro de las principales compañías de petróleo y gas, nueve de las diez principales compañías de software, cuatro de las diez principales compañías de seguros y nueve de las diez compañías de comercio minorista”.(5)

Al mismo tiempo, toda esta endiablada maquinaria puesta en marcha por el imperialismo en su fase hegemónica, está sustentada en un proyecto filosófico que enmascarado de “neoeclecticismo”, cayó en lo más profundo del reduccionismo al apresurarse a establecer la “superación de la modernidad”, reemplazándola por un postmodernismo frankesteineano, que bajo el disfraz de “pensamiento único” no ha hecho sino mostrar que de lo que realmente se trata es de una ausencia total de pensamiento. Bajo este condicionamiento postizo surgen las más insostenibles “teorías”, pregonadas por los heraldos del Apocalipsis. Un connotado “ideólogo” proclamó “el fin de las ideologías”; en la moderna Francia se revivió el cadáver olvidado de “la condición posmoderna” (al momento de escribir estas reflexiones, la “iluminación trascendente” de Francia no la dan precisamente las ideas de los enciclopedistas, sino las llamaradas de la insurrección que, en respuesta a constantes e imperdonables olvidos, estalló en los suburbios de París y que hoy se extiende por 211 ciudades de la patria de Víctor Hugo); un representante de la reacción más conservadora alabó a la inevitable “sociedad tecnotrónica”, y un mal negociante devenido en oráculo decretó sin miramientos “el fin de la historia”.

Junto al golpe anonadador de los derrumbes que trajeron la unipolarización de fuerzas, las decepciones y deserciones de recientes devotos, la cobardía de otroras líderes intelectuales y políticos de la izquierda revolucionaria, ha estado siempre la reducción de los conceptos a simples palabras para sembrar más confusión. El meta relato prostituye, distorsiona y reemplaza conceptos, y los hace ver aparentemente superados por la realidad. Así, términos como democracia, derechos humanos, libertad, entre otros, que eran patrimonio de los revolucionarios y por los cuales hubieron de sufrir incontables prisiones, muertes y desapariciones, fueron reconceptualizados al no poderlos hacer desaparecer como a sus defensores, y hoy en nombre de estos conceptos se interviene en Haití y se secuestra a un presidente electo por su pueblo ante la indiferencia de un mundo a todas luces aún traumatizado; se arrojan bombas y metralla sobre Kosovo, Afganistán e Iraq; se destruyen invaluables e irrecuperables patrimonios de la cultura humana, huellas del devenir de nuestra especie, y se borran de un solo arranque de odio vidas inocentes que pudieron ser lumbreras orientadoras en el camino hacia un mundo mejor. Hoy a la invasión globalizadora de los cánones pseudoculturales de las grandes potencias, se le llama cándidamente intercambio intercultural; las más genuinas tradiciones nacionales son consideradas estereotipos; al mercantilismo de la educación se le llama reforma curricular; a la manipulación mediática se le llama construcción cultural; y la memoria popular es reducida a nostalgia simplona. Por no hablar de otras barbaridades como los “efectos colaterales”, las “guerras preventivas” y la “lucha contra el terrorismo”.

Si el concepto de “modernidad”, o de lo moderno, ha sido siempre sinónimo de contemporaneidad, y la contemporaneidad es siempre presente, entonces el llevado y traído “posmodernismo” es simplemente un absurdo o un nuevo eufemismo con que encubrir una etapa decadente de la cultura humana, signada por el destrozo de la tradición ética y jurídica alcanzada con enormes dolores y gasto de tiempo por el hombre en su devenir histórico. Solo bajo esta absurda lógica determinista tendrían sentido aquellas ideas del fin de las ideologías y de la historia. No es preciso ser un filósofo de oficio para comprender que cada época trae consigo una “modernidad” diferente, en tanto contemporaneidad o ajuste a las condiciones histórico concretas en que transcurre. Entonces cabría hablar a lo sumo de una “nueva etapa de la modernidad”, una especie de “segunda modernidad” que, gestada durante el proceso de decadencia del llamado “socialismo real”, llega hasta nuestros convulsos y definitorios días, en los que se siente hervir en el subsuelo de la sociedad, los gérmenes de libertad incubados durante estos años sin fe ni esperanzas por millones de personas que, sobreviviendo a la catástrofe invisible y silenciosa provocada por el hambre y la pobreza, y a las otras, muy visibles y escandalosas, causadas por las guerras, no olvidan sus dolores ni tampoco a los culpables.

La “tercera etapa de la modernidad” comenzará cuando, aniquilado por sus propias torpezas y maldades, cercado sin tregua por los movimiento sociales que al tomar cada vez mayor conciencia de sus fuerzas golpearán sin descanso los frágiles fundamentos en que está basado su enorme poderío, y la acción oportuna de las reservas morales que sin duda perviven comprimidas en su propio seno, el imperialismo hegemónico sea superado por un “humanismo práctico” que impedirá la extinción de la vida en la Tierra, y reestructurará un orden universal armonizando las distintas culturas con la preservación de la naturaleza, como única vía de alcanzar el equilibrio necesario del mundo. Este nuevo orden podrá llamarse o no socialismo, pero sin duda no podrá concretarse sin tomar en cuenta, junto a lo particular de cada escenario en que actúe, lo mejor de la experiencia y el pensamiento universal acumulado hasta nuestros días, en cuyo caso tendrá un espacio determinante la doctrina científica de Marx y de Engels.

En este nuevo orden humano, profundamente creador, democrático, revolucionario y justo, que pondrá al servicio de todos los habitantes del planeta el inmenso caudal de inteligencia genéticamente recibido y todo el acervo cultural, científico y tecnológico acumulado hasta nuestros días; que tendrá en la ética, en el derecho y en la cultura, factores decisivos para la perfección constate; que hará por fin de la política el arte de hacer felices a los hombres, como querían José Martí y Simón Bolívar, es en lo que pensamos cuando, convocados por el presidente Chávez, hablamos del Socialismo del Siglo XXI.

Y en ese nuevo socialismo estarán presentes, sin miedos ni remilgos culpables, fijados en el pensamiento y el recuerdo agradecido de los jóvenes que vivirán y transformarán este siglo que recién comienza, y junto a la memoria del pensador incansable que hizo realidad el primer estado socialista de la historia, la de aquel Prometeo de Tréveris, que un día, en el verano de 1835, cuando iba a graduarse de bachiller, sin sospechar siquiera en lo que llegaría a convertirse, escribió para la historia esta maravillosa profecía:

“Si hemos elegido la profesión en la que mejor podemos servir a la humanidad, no nos podrán doblegar las cargas, ya que sólo son sacrificios comunes; por tanto, no disfrutaremos de alegrías pobres, limitadas, egoístas, sino nuestra felicidad pertenecerá a millones, nuestras obras vivirán silenciosamente, pero para siempre, y nuestras cenizas serán bañadas con lágrimas ardientes de hombres íntegros: Carlos Marx.”(6)

Notas

1 V. I. Lenin. Obras Escogidas en tres tomos. Editorial Progreso, Moscú, 1961, t. 1, p. 764

2 íbidem.

3 C. Marx y F. Engels. El Manifiesto Comunista. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1971. p. 26

4 James Petras, Imperio vs. Resistencia. Casa Editora Abril, La Habana, 2004. p. 11

5 íbidem.

6 Paquita Armas Fonseca. Moro: el gran aguafiestas. Editorial Pablo de la Torriente, La Habana, 1989. p. 7

LA MASIFICACIÓN DE LA CULTURA EN LA REPÚBLICA DE JOSÉ MARTÍ

LA MASIFICACIÓN DE LA CULTURA EN LA REPÚBLICA DE JOSÉ MARTÍ


Carlos Rodríguez Almaguer.




“...ordenar la revolución del decoro, el sacrificio y la cultura de modo que no quede el decoro de un solo hombre lastimado, ni el sacrificio parezca inútil a un solo cubano, ni la revolución inferior a la cultura del país, no a la extranjeriza y desautorizada cultura que se enajena el respeto de los hombres viriles por la ineficacia de sus resultados y el contraste lastimoso entre la poquedad real y la arrogancia de sus estériles poseedores, sino al profundo conocimiento de la labor del hombre en el rescate y sostén de su dignidad: -esos son los deberes, y los intentos de la revolución.”
José Martí y Máximo Gómez.
(Manifiesto de Montecristi, 25 de marzo de 1895)


Cuando el Comandante en jefe Fidel Castro proclamó ante el mundo a Cuba Territorio Libre de Analfabetismo, no hacía sino iniciarse una ardua y necesaria labor para fortalecer lo que sería, a la vuelta de 48 años, el principal escudo y la más filosa espada de la nación: la cultura.

No fue casual que se escogiera el más grande monumento erigido al más monumental de los cubanos para desde su base lanzar esta feliz victoria. José Martí durante toda su vida proclamó como una necesidad insoslayable, no sólo de Cuba, sino de todos los pueblos que ansiaran su verdadera libertad, la educación de los hombres y mujeres que en ellos habitan; porque “un pueblo de hombres educados será siempre un pueblo de hombres libres.”

Fidel, desde la prisión sufrida después del asalto al cuartel Moncada, comienza la labor de educar a sus compañeros de lucha de manera que pudieran estar mejor preparados para las futuras batallas. Ya en el exilio mexicano prosigue su tenaz misión de educador y guía. Luego en las zonas liberadas por el ejército rebelde, se crearon escuelas para enseñar a los campesinos y sus familias, porque “la educación es el único modo de salvarse de la esclavitud.”

El Primero de Enero de 1959, triunfa la Revolución del decoro, el sacrificio y la cultura, que Martí reflejara en el Manifiesto de Montecristi, y de inmediato se acomete con ímpetu la tarea de elevar el nivel cultural del pueblo, "porque un concepto más completo de la educación pondría, acaso, rieles a esa máquina encendida y humeante que ya venía rugiendo por las selvas, porque traía en sus entrañas los dolores reales, innecesarios e injustos, de millones de hombres".

En los primeros años de la Revolución, por disímiles vías, comenzó una ofensiva contra el analfabetismo y la ignorancia. Siguiendo el legado martiano que rezaba: “no dudes, hombre joven. No niegues, hombre terco. Estudia y luego cree.”, Fidel expresa el nuevo espíritu de la educación: “nosotros no le decimos al pueblo: cree; le decimos: lee.”
Con la Campaña de Alfabetización que se libró en todos los rincones de la Isla, se le propinó una batida a la incultura, y aquellos jóvenes y niños que vadearon ríos, vivieron en los montes y subieron montañas con la cartilla y el manual, no eran otros que los maestros ambulantes de Martí; los cruzados contra la ignominia, y los misioneros de la cultura.

Crear una infraestructura que permitiera desarrollar un amplio sistema educacional fue una tarea inmediata. Cientos de escuelas nacieron en plazo breve en las ciudades y en los campos, aún en los territorios más apartados. La bandera de la Estrella Solitaria, y la imagen del Maestro florecieron en las sierras y los llanos anunciando el futuro de Cuba: “Hombres recogerá quien siembra escuelas.”

La previsión tremenda del Apóstol orienta y sostiene toda la armazón de la enseñanza revolucionaria:

“El pueblo más feliz es el que tenga mejor educados a sus hijos, en la instrucción del pensamiento y en la dirección de los sentimientos. Un pueblo instruido ama el trabajo y sabe sacar provecho de él. Un pueblo virtuoso vivirá más feliz y más rico que otro lleno de vicios, y se defenderá mejor de todo ataque.”

Nuevas campañas se realizaron para elevar cada vez más el nivel cultural del pueblo; nuevas leyes laborales se adoptaron para exigir mayor calificación, mientras otras ofrecían todas las posibilidades para alcanzarlas; el hecho de convertir la superación en una cuestión de honor, junto a la toma de conciencia sobre la necesidad del estudio para comprender mejor las condiciones en que nuestra Revolución tenía que luchar contra su enemigo histórico, influyeron decisivamente en la incorporación masiva de ciudadanos a los distintos tipos de enseñanzas del Sistema nacional de educación.

La guerra ideológica de los estados unidos contra Cuba, reforzada por el bloqueo económico y salpicada con sangre inocente por los asesinatos, sabotajes, ataques de terroristas de la calaña de Luis Posada Carriles, y las pandillas de facinerosos a sueldo, fue el escenario donde tuvo que desarrollarse la nueva escuela cubana y su nueva cultura.

El pueblo que aprendía en los libros de Martí la naturaleza cruel y deshumanizada del imperialismo y lo confirmaba en la práctica, fue incorporando a su razón de ser, a su identidad común, a su cultura, un sentimiento de condena a semejantes actos. Aquí está también presente el apotegma martiano: “la mente humana, artística y aristocrática de suyo, rechaza a la larga y sin gran demora, a poco que se la cultive, cuanta reforma contiene elementos brutales e injustos.”

De todas estas luchas ha salido cada vez más fortalecida la cultura cubana. Por no permitir en nosotros la injusticia , no la permitimos en los demás. La idiosincrasia, rescatada de la oscura noche de la ignorancia, se revela contra los procederes del imperio no sólo hacia nuestro país, sino hacia cualquier otro.

Mientras las plumas cubanas arremetían contra las absurdas tesis de los oligarcas, las guitarras entonaban himnos inmortales al Che Guevara, a Salvador Allende, a Víctor Jara; el teatro reproducía épicos momentos como La Emboscada; el cine hacía otro tanto en El Brigadista y El Hombre de Maisinicú; la poesía restallaba sus cantos y sus trenos en Tengo, Che Comandante…; mientras, los fusiles frenaban el avance del apartheid en África y combatían por la libertad y el decoro del hombre en otras tierras.

Más que internacional, nuestra cultura se hizo internacionalista. Nutriéndose en el afán de aportar, depura y suma elementos afines a su génesis; injerta en sí gajos heterogéneos que le dan nueva fuerza, pero mantiene intactos el tronco y las raíces.

En tiempos en que abundan las pseudo culturas, las meta culturas, las subculturas, las anticultura, y sobre todo las inculturas, que alientan todo tipo de desarraigos, enajenaciones, nihilismos y traiciones, apelando a un discurso homogenizante, vertical y autoritario, que fomenta la súper especialización y fragmenta la percepción integral del mundo –lastrando en consecuencia la capacidad de análisis y de acción sobre estos males-, la cultura se ha convertido en el escudo y la espada de la República de Martí en tiempos de Fidel; en el arma más eficaz contra la globalización de la banalidad y la injusticia que propugnan hoy los nuevos colonizadores culturales.

“No hay igualdad social posible sin igualdad de cultura”, dijo Martí, y Fidel sostiene que “sin cultura no hay libertad posible”.

Al signo neoliberal globalizado la respuesta más integral que podemos darle es la masificación de la cultura porque: “ser culto es el único modo de ser libre.” La convocatoria a conocer para defender los elementos que forman nuestra identidad nacional, encierra en sí misma la lucha contra el desarraigo y el nihilismo, y la defensa de la historia como fuente mayor e inagotable de los valores de un pueblo; cuidándonos siempre de andar por los extremos: ni vanidad aldeana, ni falsa erudición.

Y porque “al mundo nuevo corresponde la universidad nueva”, surge nuestra Universidad para Todos en la época de los grande adelantos científicos y técnicos, porque ha de aprovechárseles en beneficio de las mejores causas, insuflándoles una ética que no les es intrínseca sino que ha de ponérseles.

Y como “el primer deber de un hombre es ser un hombre de su tiempo”, Fidel lo ha visto pronto y avanza a la cabeza de su pueblo y de su tiempo por el camino nuevo: contra neoliberalismo, humanismo; contra alineación, solidaridad; contra colonización cultural y pensamiento único, masificación de lo mejor de la cultura nacional y universal; contra el Superhéroe yanqui, el Homagno martiano, el Hombre Nuevo.

“Un pueblo no es un conjunto de ruedas; ni una carrera de caballos locos, sino un paso más dado hacia arriba por un concierto de verdaderos hombres”, y Martí vive hoy más cerca en el espíritu renovador y humanista de su pueblo; va en el puente de mando del Crucero del Mundo que avanza por mares encrespados hacia una época nueva con el timón firme en manos de su experimentado capitán, al que millones de compatriota acompañan y alientan cumpliendo aquel mandato del maestro:

“Sea la gratitud del pueblo que se educa árbol protector, en las tempestades y las lluvias, de los hombres que hoy le hacen tanto bien.”