LA MASIFICACIÓN DE LA CULTURA EN LA REPÚBLICA DE JOSÉ MARTÍ
Carlos Rodríguez Almaguer.
“...ordenar la revolución del decoro, el sacrificio y la cultura de modo que no quede el decoro de un solo hombre lastimado, ni el sacrificio parezca inútil a un solo cubano, ni la revolución inferior a la cultura del país, no a la extranjeriza y desautorizada cultura que se enajena el respeto de los hombres viriles por la ineficacia de sus resultados y el contraste lastimoso entre la poquedad real y la arrogancia de sus estériles poseedores, sino al profundo conocimiento de la labor del hombre en el rescate y sostén de su dignidad: -esos son los deberes, y los intentos de la revolución.”
Carlos Rodríguez Almaguer.
“...ordenar la revolución del decoro, el sacrificio y la cultura de modo que no quede el decoro de un solo hombre lastimado, ni el sacrificio parezca inútil a un solo cubano, ni la revolución inferior a la cultura del país, no a la extranjeriza y desautorizada cultura que se enajena el respeto de los hombres viriles por la ineficacia de sus resultados y el contraste lastimoso entre la poquedad real y la arrogancia de sus estériles poseedores, sino al profundo conocimiento de la labor del hombre en el rescate y sostén de su dignidad: -esos son los deberes, y los intentos de la revolución.”
José Martí y Máximo Gómez.
(Manifiesto de Montecristi, 25 de marzo de 1895)
Cuando el Comandante en jefe Fidel Castro proclamó ante el mundo a Cuba Territorio Libre de Analfabetismo, no hacía sino iniciarse una ardua y necesaria labor para fortalecer lo que sería, a la vuelta de 48 años, el principal escudo y la más filosa espada de la nación: la cultura.
No fue casual que se escogiera el más grande monumento erigido al más monumental de los cubanos para desde su base lanzar esta feliz victoria. José Martí durante toda su vida proclamó como una necesidad insoslayable, no sólo de Cuba, sino de todos los pueblos que ansiaran su verdadera libertad, la educación de los hombres y mujeres que en ellos habitan; porque “un pueblo de hombres educados será siempre un pueblo de hombres libres.”
Fidel, desde la prisión sufrida después del asalto al cuartel Moncada, comienza la labor de educar a sus compañeros de lucha de manera que pudieran estar mejor preparados para las futuras batallas. Ya en el exilio mexicano prosigue su tenaz misión de educador y guía. Luego en las zonas liberadas por el ejército rebelde, se crearon escuelas para enseñar a los campesinos y sus familias, porque “la educación es el único modo de salvarse de la esclavitud.”
El Primero de Enero de 1959, triunfa la Revolución del decoro, el sacrificio y la cultura, que Martí reflejara en el Manifiesto de Montecristi, y de inmediato se acomete con ímpetu la tarea de elevar el nivel cultural del pueblo, "porque un concepto más completo de la educación pondría, acaso, rieles a esa máquina encendida y humeante que ya venía rugiendo por las selvas, porque traía en sus entrañas los dolores reales, innecesarios e injustos, de millones de hombres".
En los primeros años de la Revolución, por disímiles vías, comenzó una ofensiva contra el analfabetismo y la ignorancia. Siguiendo el legado martiano que rezaba: “no dudes, hombre joven. No niegues, hombre terco. Estudia y luego cree.”, Fidel expresa el nuevo espíritu de la educación: “nosotros no le decimos al pueblo: cree; le decimos: lee.”
Con la Campaña de Alfabetización que se libró en todos los rincones de la Isla, se le propinó una batida a la incultura, y aquellos jóvenes y niños que vadearon ríos, vivieron en los montes y subieron montañas con la cartilla y el manual, no eran otros que los maestros ambulantes de Martí; los cruzados contra la ignominia, y los misioneros de la cultura.
Crear una infraestructura que permitiera desarrollar un amplio sistema educacional fue una tarea inmediata. Cientos de escuelas nacieron en plazo breve en las ciudades y en los campos, aún en los territorios más apartados. La bandera de la Estrella Solitaria, y la imagen del Maestro florecieron en las sierras y los llanos anunciando el futuro de Cuba: “Hombres recogerá quien siembra escuelas.”
La previsión tremenda del Apóstol orienta y sostiene toda la armazón de la enseñanza revolucionaria:
“El pueblo más feliz es el que tenga mejor educados a sus hijos, en la instrucción del pensamiento y en la dirección de los sentimientos. Un pueblo instruido ama el trabajo y sabe sacar provecho de él. Un pueblo virtuoso vivirá más feliz y más rico que otro lleno de vicios, y se defenderá mejor de todo ataque.”
Nuevas campañas se realizaron para elevar cada vez más el nivel cultural del pueblo; nuevas leyes laborales se adoptaron para exigir mayor calificación, mientras otras ofrecían todas las posibilidades para alcanzarlas; el hecho de convertir la superación en una cuestión de honor, junto a la toma de conciencia sobre la necesidad del estudio para comprender mejor las condiciones en que nuestra Revolución tenía que luchar contra su enemigo histórico, influyeron decisivamente en la incorporación masiva de ciudadanos a los distintos tipos de enseñanzas del Sistema nacional de educación.
La guerra ideológica de los estados unidos contra Cuba, reforzada por el bloqueo económico y salpicada con sangre inocente por los asesinatos, sabotajes, ataques de terroristas de la calaña de Luis Posada Carriles, y las pandillas de facinerosos a sueldo, fue el escenario donde tuvo que desarrollarse la nueva escuela cubana y su nueva cultura.
El pueblo que aprendía en los libros de Martí la naturaleza cruel y deshumanizada del imperialismo y lo confirmaba en la práctica, fue incorporando a su razón de ser, a su identidad común, a su cultura, un sentimiento de condena a semejantes actos. Aquí está también presente el apotegma martiano: “la mente humana, artística y aristocrática de suyo, rechaza a la larga y sin gran demora, a poco que se la cultive, cuanta reforma contiene elementos brutales e injustos.”
De todas estas luchas ha salido cada vez más fortalecida la cultura cubana. Por no permitir en nosotros la injusticia , no la permitimos en los demás. La idiosincrasia, rescatada de la oscura noche de la ignorancia, se revela contra los procederes del imperio no sólo hacia nuestro país, sino hacia cualquier otro.
Mientras las plumas cubanas arremetían contra las absurdas tesis de los oligarcas, las guitarras entonaban himnos inmortales al Che Guevara, a Salvador Allende, a Víctor Jara; el teatro reproducía épicos momentos como La Emboscada; el cine hacía otro tanto en El Brigadista y El Hombre de Maisinicú; la poesía restallaba sus cantos y sus trenos en Tengo, Che Comandante…; mientras, los fusiles frenaban el avance del apartheid en África y combatían por la libertad y el decoro del hombre en otras tierras.
Más que internacional, nuestra cultura se hizo internacionalista. Nutriéndose en el afán de aportar, depura y suma elementos afines a su génesis; injerta en sí gajos heterogéneos que le dan nueva fuerza, pero mantiene intactos el tronco y las raíces.
En tiempos en que abundan las pseudo culturas, las meta culturas, las subculturas, las anticultura, y sobre todo las inculturas, que alientan todo tipo de desarraigos, enajenaciones, nihilismos y traiciones, apelando a un discurso homogenizante, vertical y autoritario, que fomenta la súper especialización y fragmenta la percepción integral del mundo –lastrando en consecuencia la capacidad de análisis y de acción sobre estos males-, la cultura se ha convertido en el escudo y la espada de la República de Martí en tiempos de Fidel; en el arma más eficaz contra la globalización de la banalidad y la injusticia que propugnan hoy los nuevos colonizadores culturales.
“No hay igualdad social posible sin igualdad de cultura”, dijo Martí, y Fidel sostiene que “sin cultura no hay libertad posible”.
Al signo neoliberal globalizado la respuesta más integral que podemos darle es la masificación de la cultura porque: “ser culto es el único modo de ser libre.” La convocatoria a conocer para defender los elementos que forman nuestra identidad nacional, encierra en sí misma la lucha contra el desarraigo y el nihilismo, y la defensa de la historia como fuente mayor e inagotable de los valores de un pueblo; cuidándonos siempre de andar por los extremos: ni vanidad aldeana, ni falsa erudición.
Y porque “al mundo nuevo corresponde la universidad nueva”, surge nuestra Universidad para Todos en la época de los grande adelantos científicos y técnicos, porque ha de aprovechárseles en beneficio de las mejores causas, insuflándoles una ética que no les es intrínseca sino que ha de ponérseles.
Y como “el primer deber de un hombre es ser un hombre de su tiempo”, Fidel lo ha visto pronto y avanza a la cabeza de su pueblo y de su tiempo por el camino nuevo: contra neoliberalismo, humanismo; contra alineación, solidaridad; contra colonización cultural y pensamiento único, masificación de lo mejor de la cultura nacional y universal; contra el Superhéroe yanqui, el Homagno martiano, el Hombre Nuevo.
“Un pueblo no es un conjunto de ruedas; ni una carrera de caballos locos, sino un paso más dado hacia arriba por un concierto de verdaderos hombres”, y Martí vive hoy más cerca en el espíritu renovador y humanista de su pueblo; va en el puente de mando del Crucero del Mundo que avanza por mares encrespados hacia una época nueva con el timón firme en manos de su experimentado capitán, al que millones de compatriota acompañan y alientan cumpliendo aquel mandato del maestro:
“Sea la gratitud del pueblo que se educa árbol protector, en las tempestades y las lluvias, de los hombres que hoy le hacen tanto bien.”
Crear una infraestructura que permitiera desarrollar un amplio sistema educacional fue una tarea inmediata. Cientos de escuelas nacieron en plazo breve en las ciudades y en los campos, aún en los territorios más apartados. La bandera de la Estrella Solitaria, y la imagen del Maestro florecieron en las sierras y los llanos anunciando el futuro de Cuba: “Hombres recogerá quien siembra escuelas.”
La previsión tremenda del Apóstol orienta y sostiene toda la armazón de la enseñanza revolucionaria:
“El pueblo más feliz es el que tenga mejor educados a sus hijos, en la instrucción del pensamiento y en la dirección de los sentimientos. Un pueblo instruido ama el trabajo y sabe sacar provecho de él. Un pueblo virtuoso vivirá más feliz y más rico que otro lleno de vicios, y se defenderá mejor de todo ataque.”
Nuevas campañas se realizaron para elevar cada vez más el nivel cultural del pueblo; nuevas leyes laborales se adoptaron para exigir mayor calificación, mientras otras ofrecían todas las posibilidades para alcanzarlas; el hecho de convertir la superación en una cuestión de honor, junto a la toma de conciencia sobre la necesidad del estudio para comprender mejor las condiciones en que nuestra Revolución tenía que luchar contra su enemigo histórico, influyeron decisivamente en la incorporación masiva de ciudadanos a los distintos tipos de enseñanzas del Sistema nacional de educación.
La guerra ideológica de los estados unidos contra Cuba, reforzada por el bloqueo económico y salpicada con sangre inocente por los asesinatos, sabotajes, ataques de terroristas de la calaña de Luis Posada Carriles, y las pandillas de facinerosos a sueldo, fue el escenario donde tuvo que desarrollarse la nueva escuela cubana y su nueva cultura.
El pueblo que aprendía en los libros de Martí la naturaleza cruel y deshumanizada del imperialismo y lo confirmaba en la práctica, fue incorporando a su razón de ser, a su identidad común, a su cultura, un sentimiento de condena a semejantes actos. Aquí está también presente el apotegma martiano: “la mente humana, artística y aristocrática de suyo, rechaza a la larga y sin gran demora, a poco que se la cultive, cuanta reforma contiene elementos brutales e injustos.”
De todas estas luchas ha salido cada vez más fortalecida la cultura cubana. Por no permitir en nosotros la injusticia , no la permitimos en los demás. La idiosincrasia, rescatada de la oscura noche de la ignorancia, se revela contra los procederes del imperio no sólo hacia nuestro país, sino hacia cualquier otro.
Mientras las plumas cubanas arremetían contra las absurdas tesis de los oligarcas, las guitarras entonaban himnos inmortales al Che Guevara, a Salvador Allende, a Víctor Jara; el teatro reproducía épicos momentos como La Emboscada; el cine hacía otro tanto en El Brigadista y El Hombre de Maisinicú; la poesía restallaba sus cantos y sus trenos en Tengo, Che Comandante…; mientras, los fusiles frenaban el avance del apartheid en África y combatían por la libertad y el decoro del hombre en otras tierras.
Más que internacional, nuestra cultura se hizo internacionalista. Nutriéndose en el afán de aportar, depura y suma elementos afines a su génesis; injerta en sí gajos heterogéneos que le dan nueva fuerza, pero mantiene intactos el tronco y las raíces.
En tiempos en que abundan las pseudo culturas, las meta culturas, las subculturas, las anticultura, y sobre todo las inculturas, que alientan todo tipo de desarraigos, enajenaciones, nihilismos y traiciones, apelando a un discurso homogenizante, vertical y autoritario, que fomenta la súper especialización y fragmenta la percepción integral del mundo –lastrando en consecuencia la capacidad de análisis y de acción sobre estos males-, la cultura se ha convertido en el escudo y la espada de la República de Martí en tiempos de Fidel; en el arma más eficaz contra la globalización de la banalidad y la injusticia que propugnan hoy los nuevos colonizadores culturales.
“No hay igualdad social posible sin igualdad de cultura”, dijo Martí, y Fidel sostiene que “sin cultura no hay libertad posible”.
Al signo neoliberal globalizado la respuesta más integral que podemos darle es la masificación de la cultura porque: “ser culto es el único modo de ser libre.” La convocatoria a conocer para defender los elementos que forman nuestra identidad nacional, encierra en sí misma la lucha contra el desarraigo y el nihilismo, y la defensa de la historia como fuente mayor e inagotable de los valores de un pueblo; cuidándonos siempre de andar por los extremos: ni vanidad aldeana, ni falsa erudición.
Y porque “al mundo nuevo corresponde la universidad nueva”, surge nuestra Universidad para Todos en la época de los grande adelantos científicos y técnicos, porque ha de aprovechárseles en beneficio de las mejores causas, insuflándoles una ética que no les es intrínseca sino que ha de ponérseles.
Y como “el primer deber de un hombre es ser un hombre de su tiempo”, Fidel lo ha visto pronto y avanza a la cabeza de su pueblo y de su tiempo por el camino nuevo: contra neoliberalismo, humanismo; contra alineación, solidaridad; contra colonización cultural y pensamiento único, masificación de lo mejor de la cultura nacional y universal; contra el Superhéroe yanqui, el Homagno martiano, el Hombre Nuevo.
“Un pueblo no es un conjunto de ruedas; ni una carrera de caballos locos, sino un paso más dado hacia arriba por un concierto de verdaderos hombres”, y Martí vive hoy más cerca en el espíritu renovador y humanista de su pueblo; va en el puente de mando del Crucero del Mundo que avanza por mares encrespados hacia una época nueva con el timón firme en manos de su experimentado capitán, al que millones de compatriota acompañan y alientan cumpliendo aquel mandato del maestro:
“Sea la gratitud del pueblo que se educa árbol protector, en las tempestades y las lluvias, de los hombres que hoy le hacen tanto bien.”
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