miércoles, 29 de agosto de 2007

José Martí ante la expansión norteamericana

La obra de José Martí ante las apetencias expansionistas del entonces naciente imperialismo norteamericano es vastísima y ocupa múltiples aristas.

Mucho se ha hablado de tres de los momentos cumbres, pudiéramos decir, de esta oposición martiana a la rapacidad del Norte: a saber, la Conferencia Internacional Americana, más conocida como el Congreso de Washington, celebrada entre diciembre de 1889 y enero de 1890; y la Conferencia Monetaria Internacional, que tuvo lugar en 1891. El tercer momento a que hacemos referencia es la carta que dirigió el Apóstol a su amigo mexicano Manuel Mercado, considerada su Testamento Político, el 18 de mayo de 1895, un día antes de su caída en combate en los campos de Dos Ríos.

Sin embargo, cuando nos adentramos en el universo martiano, nos llama poderosamente la atención ver cómo desde los más diversos frentes y utilizando tanto los medios directos, como el periodismo en la época de las Conferencias señaladas, hasta los más sutiles, como La Edad de Oro, Martí desarrolla una intensa y extensa campaña antimperialista –no antinorteamericana—y en la que podemos definir al menos tres vertientes principales:

* El afán porque en los países de lo que él llamó Nuestra América se conocieran, junto a las virtudes que debíamos aprovechar de los Estados Unidos, los horrores morales y las ambiciones voraces que persistían en aquella sociedad y de los que debíamos cuidarnos; las oscuridades que reinaban detrás de las lujosas vitrinas donde, ya entonces, se nos pretendía vender un modelo de vida.

* La necesidad de que en los Estados Unidos se conocieran, no sólo las riquezas naturales, sino –y sobre todo—la historia heroica, las virtudes, los sentimientos, la capacidad de los que habitamos al sur del Río Grande. Veía Martí en esto un factor de primer orden para frenar las ansias expansionistas ganando el respeto del vecino ambicioso al que el desconocimiento de nuestras realidades, dolores y esperanzas lo llevaba a experimentar menosprecio en lugar de la admiración, y lo hacía creernos presa fácil.

* El esfuerzo titánico, continuo y constante por elevar el nivel cultural de los habitantes de nuestros pueblos, a través de una instrucción adecuada a las características de estos países y tomando lo mejor de la cultura universal. La preocupación porque el hijo de Hispanoamérica se sintiera orgulloso de su origen y no se subestimara con relación al anglosajón; y la utilidad de dar a conocer unas a otras las naciones de Nuestra América, porque los que van a pelear juntos deben darse prisa en conocerse, y sólo este conocimiento haría posible la unidad Latinoamericana, baluarte mayor contra el expansionismo imperialista.

Resultan significativas sus tempranas premoniciones respecto al destino de aquella gran nación. Así, en el Cuaderno de Apuntes número 1, escrito durante su primer destierro y cuando apenas tenía 18 años, encontramos este profundo examen sobre las diferencias culturales entre la América Hispana y la América Anglosajona:

“Los norteamericanos posponen a la utilidad el sentimiento.—Nosotros posponemos al sentimiento la utilidad.
Y si hay esta diferencia de organización, de vida, de ser, si ellos vendían mientras nosotros llorábamos, si nosotros reemplazamos su cabeza fría y calculadora por nuestra cabeza imaginativa, y su corazón de algodón y de buques por un corazón tan especial, tan sensible, tan nuevo que sólo puede llamarse corazón cubano, ¿cómo queréis que nosotros nos legislemos por las mismas leyes con que ellos se legislan?
Imitemos. ¡No!—Copiemos. ¡No!—Es bueno, nos dicen. Es americano, decimos.—Creemos porque tenemos necesidad de creer. Nuestra vida no se asemeja a la suya, ni debiera en muchos puntos asemejarse. La sensibilidad entre nosotros es muy vehemente. La inteligencia es menos positiva, las costumbres son más puras, ¿cómo con leyes iguales vamos a regir dos pueblos diferentes?
Las leyes americanas han dado al Norte alto grado de prosperidad, y lo han elevado también al más alto grado de corrupción. Lo han metalificado para hacerlo próspero. ¡Maldita sea la prosperidad a tanta costa!

Más adelante, en otro de estos apuntes señala:

“Nunca fue Roma más ilustrada que cuando la mató su vileza.—Nunca estaba Francia más civilizada que cuando entregó cobardemente su libertad.—No se me oculta que va acercándose más a Dios la civilización americana.—Pero yo preveo que morirá sin llegar a él, porque comienza a debilitarse en su principio.—No es Mesalina, como Roma. No es sierva de sus vicios como Francia;--pero tiene algo de romana, y esto la conducirá a morir aún como francesa.”

Estas proféticas palabras nos llevan a pensar que desde los días de alumno del Colegio San Pablo y las tertulias en casa de su maestro Rafael María de Mendive, donde participaban numerosos revolucionarios para analizar la situación del país y del mundo, el joven Martí mostró interés por el desarrollo de la poderosa nación del norte y por su historia. Recordemos que en esta época, junto a otros condiscípulos y a su maestro, llevó al brazo, durante una semana y a pesar del gobierno colonial de España, la banda negra que significaba el luto por el asesinato del leñador bueno, del Presidente Abraham Lincoln.

Una etapa fundamental dentro del proceso de maduración del pensamiento político, revolucionario y antimperialista de José Martí fue durante su estancia en México. El conocer la realidad mexicana de cerca, a través de los círculos intelectuales donde lo introdujo su amigo Manuel Mercado, muy vinculado al gobierno del Presidente Sebastián Lerdo de Tejada, contribuyó a que el cubano comprobara en la práctica la voracidad de la nación del Norte.

Los conflictos que constantemente se sucedían en la frontera entre México y los Estados Unidos, azuzados en su mayoría por los periódicos norteamericanos al servicio de grandes intereses económicos, fueron analizados por Martí, quien a través de sus boletines alertaba del peligro latente y proponía los modos de contrarrestarlo. Al respecto escribiría razones como estas:

“La prensa norteamericana se ocupa incesantemente de los acontecimientos de la frontera: unos periódicos excitan a sus compatriotas contra México: otros, los más escasos, acusan al gobierno de proteger los sucesos de las tierras fronterizas para crear reclamaciones graves con motivo de ellos.
Los que halagan las pasiones pueden más que los que las contienen: el número de los periódicos que excita es mucho mayor que el de los que ven con calma la cuestión.
No se contentan los diarios americanos con comentar hostilmente los hechos, abultados como en la prensa del país vecino es costumbre y especulación: ya piden represalias, ya hay quien haya propuesto la invasión y anexión del territorio.”

Es sorprendente cómo Martí es capaz de desentrañar las sutiles maniobras de los políticos para lograr sus fines, cuestión esta que no era sólo válida para su tiempo, sino que está muy vigente en la actual política norteamericana, recordemos el discurso oficial a raíz de los atentados terroristas del 11 de septiembre del 2001, donde se invocaba, en nombre del patriotismo, la guerra contra Afganistán. Evidenciando la manipulación a la que era sometido el pueblo estadounidense, Martí señala en este mismo escrito:

“la suspicacia es un enemigo terrible, porque no se ve la mano con que ataca: en los Estados Unidos, el pueblo es el dueño, por eso se excita y se conmueve al pueblo: se halagan sus pasiones, para aprovecharse de la situación política que crean sus pasiones excitadas.
...
“¿Se puede pensar sin dolor que un país que nos tiende la mano desde sus puertos, y nos dice que quiere estrechar sus relaciones con nosotros, con la otra mano azuce la guerra en nuestras fronteras, y diariamente inserte en sus periódicos noticias sordas y repetidas que han de alzar a su pueblo contra el pueblo amigo? ¿No es locura imaginar que un pueblo demócrata piense en conquistar y en invadir?
...
“Debe evitarse lo que luego no se podría reprimir: obre la diplomacia contra la diplomacia: así no se encienden rencores: así no se alimentan deseos extraños: así se salva de un peligro probable a la nación.”

En otro de sus Boletines, por esta misma época de litigios fronterizos entre la patria de Juárez y la tierra de Walker, Martí profundiza aún más en sus razones en cuanto al peligro real que representaban las ambiciones de los gobernantes del Norte:

“Vienen acumulándose sucesos, vienen dándose opiniones, vienen presentándose dictámenes en la misma Cámara de Representantes de los Estados Unidos, que están creando en la vecina república una atmósfera que nos es perjudicial, por cuanto quiere llevarse a la opinión pública, norma allí del gobierno, el convencimiento de que es justo, necesario y útil la invasión de una parte del territorio mexicano.”

Y véanse estas conclusiones:

“La cuestión de México, como la cuestión de Cuba, depende en gran parte en los Estados Unidos de la imponente voluntad de un número no pequeño ni despreciable de afortunados agiotistas, que son los dueños naturales de un país en que todo se sacrifica al logro de una riqueza material.”

Hay un pasaje más dentro de estos escritos de Martí, que nos demuestra la utilidad que los días charros aportaron a la evolución política de su pensamiento. Es el siguiente:

“La prensa norteamericana pretende hacernos daño: conviértase al inglés la prensa de México, y vayamos a decir la verdad en su mismo país, para que la opinión vacile y estudie, y no sin detenido examen, se pronuncie en contra nuestra.
Esto urge: hay en los Estados Unidos Mexicanos sobrado patriotas, sobrados inteligentes para hacer esta obra precisa, con toda la prontitud, y el vigor y la actividad que para impedir un mal ya adelantado son ahora de todo punto necesarias.
El mal principia a hacerse: se comienza a creer allí que una invasión a México es justa; se explota el sentimiento de honor patrio, y se aprovecha la exquisita sensibilidad mercantil del pueblo americano: se lleva ya a la Cámara este mal pensamiento, y se lleva engañándola, precisamente en el raciocinio capital en que descansa el dictamen cuya aprobación se pretende. Es fuerza acudir al remedio, con la misma energía, con la misma rapidez, con el mismo ardor con que se hace en la república vecina la propaganda contraria.”
Años después, al destaparse el conflicto del Cayo con los emigrados cubanos, Martí comentaría en una carta la necesidad de dirigirse inmediatamente allá, a decirles a los patronos gringos, en su inglés, las razones que pudieran frenar tal villanía.

No cabe duda de que es en México donde Martí comienza a formarse una visión más objetiva de la realidad latinoamericana. Allí madura, podríamos decir, su sentimiento latinoamericanista. Al marcharse de aquel país hermano, luego del derrocamiento de Lerdo de Tejada y el triunfo del General Porfirio Díaz, el joven cubano dejará para la historia, en breves apuntes, el desgarramiento interior que le produce su partida y el conocimiento de los peligros que amenazan a esta parte de América:

“¡Oh México querido! ¡Oh México adorado, ve los peligros que te cercan! ¡Oye el clamor de un hijo tuyo que no nació de ti! Por el Norte un vecino avieso se cuaja: por el Sur &.&. Tú te ordenarás; tú entenderás; tú te guiarás; yo habré muerto, oh México, por defenderte y amarte, pero si tus manos flaqueasen, y no fueras digno de tu deber continental, yo lloraría, debajo de la tierra, con lágrimas que serían luego vetas de hierro para lanzas,--como un hijo clavado a su ataúd que ve que un gusano le come a la madre las entrañas.”

De México parte Martí hacia Guatemala, donde desarrolla una intensa labor propagandística en función de dar a conocer en ella lo que de bueno y útil se producía en el mundo, principalmente en las demás repúblicas de América, y al mismo tiempo resaltar –él que venía precedido por la fama de orador y literato—las virtudes de esta tierra que debían ser motivo de orgullo para sus hijos. Con este objetivo prepara el proyecto de una Revista Guatemalteca que nunca verá la luz por su pronta salida de aquel país causada por las discrepancias con los procederes del Presidente Justo Rufino Barrios.

No obstante, en su libro Guatemala, Martí expone ideas que demuestran las intenciones vindicadoras de que hemos hablado:

“Estudiaré a la falda de la eminencia histórica del Carmen, en medio de las ruinas de la Antigua, a la ribera de la laguna Amatitlán, las causas de nuestro estado mísero, los medios de renacer y de asombrar. Derribaré el cacaxte de los indios, el huacal ominoso, y pondré en sus manos el arado, y en su seno dormido la conciencia.”

Muestra su intención de hacer conocer en México “cuánto es bella y notable, y fraternal y próspera, la tierra guatemalteca, donde el trabajo es hábito, naturaleza la virtud, tradición el cariño, azul el cielo, fértil la tierra, hermosa la mujer, y bueno el hombre.
Amar y agradecer.

“Allá, en horas perdidas, buscan los curiosos, periódicos de Sur y Centroamérica, por saber quién manda y quién dejó de mandar, y no se sabe en la una República lo que hay de fértil, de aprovechable y de grandioso en la otra.”

La causa de este desconocimiento –obstáculo mayor para la realización del gran sueño de Bolívar—la sitúa en la génesis misma del sistema colonial de España. En tal sentido abunda con reflexiones precisas:

“Pero ¿qué haremos, indiferentes, hostiles, desunidos? ¿Qué haremos para dar todos más color a las alas dormidas del insecto? ¡Por primera vez me parece buena una cadena para atar dentro de un cerco mismo a todos los pueblos de mi América!
Pizarro conquistó al Perú cuando Atahualpa guerreaba con Huáscar; Cortés venció a Cauhtémoc porque Xicontencatl lo ayudó en la empresa; entró Alvarado en Guatemala porque los quichés rodeaban a los zutujiles. Puesto que la desunión fue nuestra muerte ¿qué vulgar entendimiento, ni corazón mezquino ha menester que se le diga que de la unión depende nuestra vida? Idea que todos repiten, para la que no se buscan soluciones prácticas.”

Una de las barreras más sólidas que Martí trata de oponerle al peligro de la civilización anglosajona está en la gran campaña cultural que pretende lanzar sobre los pueblos hispanoamericanos. Ésta se percibe en sus diversos proyectos editoriales, la mayoría truncos, como esta Revista Guatemalteca o distintos periódicos que nunca llegaron a materializarse; otros como La Revista Venezolana y La Edad de Oro, fue inevitable suspenderlos ante determinados condicionamientos de tipo éticos con los que Martí no comulgaba. De todos estos proyectos, sólo el periódico Patria se mantuvo el tiempo necesario para ver morir a su creador y dedicarle un postrer homenaje.

Todos coincidimos en que el período más fecundo en la labor antiexpansionista martiana se enmarca en los 15 años que vivió en las entrañas del monstruo, desde el 3 de enero de 1880 –con una breve estancia de 6 meses en Venezuela en 1881—hasta 1895, que sale de Nueva York para venir a ocupar su lugar en la Guerra Necesaria que había hecho estallar el 24 de febrero de ese propio año y de la que no regresaría más.

En los escritos norteamericanos del Apóstol, encontramos un hecho evidente: nunca niega Martí las virtudes de la gran república del Norte, al contrario, es el primero en reconocerlas, obsérvese si no sus Impresiones de Américas, escritas bajo el seudónimo de Un Español muy fresco; sin embargo, el desarrollo alcanzado por este país no llega a deslumbrarlo al punto de no reconocer sus males, los que yacían muy hondo, en el subsuelo –como decía él.

Las Escenas de Nueva York, su correspondencia con diversos diarios hispanoamericanos como La Nación, de Buenos Aires, o La Opinión Nacional, de Caracas, o los discursos patrióticos que pronunció en su campaña de preparación del Partido Revolucionario Cubano y la Guerra Necesaria, revelan un estudio minucioso de las esencias de aquel país, de las fuerzas que en él se movían y los factores que lo componían. Con estos estudios se confirman atisbos como este:

“Los pueblos inmorales tienen todavía una salvación: el arte. El arte es la forma de lo divino, la revelación de lo extraordinario; la venganza que el hombre tomó al cielo por haberlo hecho hombre, arrebatándole los sonidos de su arpa, desentrañando con luz de oro el seno de colores de sus nubes. El ritmo de la poesía, el eco de la música, el éxtasis beatífico que produce en el ánimo la contemplación de un cuadro bello, la suave melancolía que se adueña del espíritu después de esos contactos sobrehumanos, son vestimientos místicos, y apacibles augurios de un tiempo que será todo claridad. ¡Ay, que esta luz de siglos le ha sido negada al pueblo de la América del Norte! El tamaño es la única grandeza de esta tierra. ¡Qué mucho, si nunca mayor nube de ambiciones cayó sobre mayor extensión de tierra virgen! Se acabarán las fuentes, se secarán los ríos, se cerrarán los mercados, ¿qué quedará después al mundo de esta colosal grandeza pasajera?..”

En 1891 verá la luz su ensayo mayor: Nuestra América. En él Martí hace un análisis de las causas y factores que intervienen en el atraso en que se encuentran nuestros pueblos. Revela los elementos que los frenan, los que los hacen vulnerables y los que los amenazan:

“Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea, y con tal que él quede de alcalde, o le mortifiquen al rival que le quitó la novia, o le crezcan en la alcancía los ahorros ya da por bueno el orden universal, sin saber de los gigantes que llevan siete leguas en las botas, y le pueden poner la bota encima, ni de la pelea de los cometas en el cielo, que van por el aire dormidos engullendo mundos. Lo que quede de aldea en América ha de despertar.”

Y otro de los temas en los que ha venido haciendo énfasis desde años atrás:

“El gobierno ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser el del país. La forma del gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país. El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país.
Por eso el libro importado ha sido vencido en América por el hombre natural. Los hombres naturales han vencido a los letrados artificiales. El mestizo autóctono ha vencido al criollo exótico. No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza.”

Sin remilgos ya, Martí deja sentado cuál es el peligro mayor de los pueblos americanos:

“De todos sus peligros se va salvando América. Sobre algunas repúblicas, está durmiendo el pulpo. Otras, por la ley del equilibrio, se echan a pie a la mar, a recobrar, con prisa loca y sublime, los siglos perdidos. Otras, olvidando que Juárez paseaba en un coche de mulas, ponen coche de viento, y de cochero a una bomba de jabón: el lujo venenoso, enemigo de la libertad, pudre al hombre liviano, y abre la puerta al extranjero. Otras acendran, con el espíritu épico de la independencia amenazada, el carácter viril. Otras crían, en la guerra rapaz contra el vecino, la soldadesca que puede devorarlas. Pero otro peligro corre, acaso, nuestra América, que no le viene de sí, sino de la diferencia de orígenes, métodos e intereses entre los dos factores continentales, y es la hora próxima en que se le acerque, demandando relaciones íntimas, un pueblo emprendedor y pujante que la desconoce y la desdeña. Y como los pueblos viriles, que se han hecho de sí propios, con la escopeta y la ley, aman, y sólo aman, a los pueblos viriles;--como la hora del desenfreno y la ambición, de que acaso se libre, por el predominio de lo más puro de su sangre, la América del Norte, o en que pudieran lanzarla sus masas vengativas y sórdidas, la tradición de conquista y el interés de un caudillo hábil, no está tan cercana aún a los ojos del más espantadizo, que no dé tiempo a la prueba de altivez, continua y discreta, con que se la pudiera encarar y desviarla;--como su decoro de república pone a la América del Norte, ante los pueblos atentos del Universo, un freno que no le ha de quitar la provocación pueril o la arrogancia ostentosa, o la discordia parricida de nuestra América,--el deber urgente de nuestra América es enseñarse como es, una en alma e intento, vencedora veloz de un pasado sofocante, manchada sólo con la sangre de abono que arranca a las manos la pelea con las ruinas,--y la de las venas que nos dejaron picadas nuestros dueños. El desdén del vecino formidable que no la conoce es el peligro mayor de nuestra América; y urge, porque el día de la visita está próximo, que el vecino la conozca, la conozca pronto, para que no la desdeñe. Por ignorancia llegaría, tal vez, a poner en ella la codicia. Por el respeto, luego que la conociese, sacaría de ella las manos.”

Dentro del hondo análisis que se realiza, Martí continuamente resalta los valores de nuestros pueblos. En dos momentos, dentro del mismo ensayo, escribe casi textualmente lo mismo,--¿podría acusársele de descuido, a él que dominaba la lengua como un clásico? ¡No! La intensión evidente es resaltar la valía de nuestras tierras:

“¿Ni en qué patria puede tener un hombre más orgullo que en nuestras repúblicas dolorosas de América, levantadas entre las masas mudas de indios, al ruido de la pelea del libro con el cirial, sobre los brazos sangrientos de un centenar de apóstoles?”

Más adelante escribiría:

“La universidad europea ha de ceder a la universidad americana. La historia de América, de los incas a acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria. Los políticos nacionales han de reemplazar a los políticos exóticos. Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas. Y calle el pedante vencido; que no hay patria en que pueda tener el hombre más orgullo que en nuestras dolorosas repúblicas americanas.”

Al producirse la publicación del artículo ¿Queremos a Cuba? en el diario The Manufacturer, de Filadelfia, Martí riposta de forma contundente dando a conocer las virtudes del pueblo cubano, ante el ataque directo e irrespetuoso que nos hace el articulista:

“...porque nuestros mestizos y nuestros jóvenes de ciudad son generalmente de cuerpo delicado, locuaces y corteses, ocultando bajo el guante que pule el verso, la mano que derriba al enemigo, ¿se nos ha de llamar como The Manufacturer nos llama, un pueblo “afeminado”? Esos jóvenes de ciudad y mestizos de poco cuerpo supieron levantarse un día contra un gobierno cruel, pagar su pasaje al sitio de la guerra con el producto de su reloj y de sus dijes, vivir de su trabajo mientras retenía sus buques el país de los libres en el interés de los enemigos de la libertad, obedecer como soldados, dormir en el fango, comer raíces, pelear diez años sin paga, vencer al enemigo con una rama de árbol, morir—estos hombres de diez y ocho años, estos herederos de casas poderosas, estos jovenzuelos de color de aceituna—de una muerte de la que nadie debe hablar sino con la cabeza descubierta; murieron esos otros hombres nuestros que saben, de un golpe de machete, hacer volar una cabeza o de una vuelta de la mano, arrodillar a un toro. Estos cubanos “afeminados” tuvieron una vez valor bastante para llevar al brazo una semana, cara a cara de un gobierno despótico, el luto de Lincoln.”

Y para concluir su respuesta escribe:
“Y es la verdad triste que nuestros esfuerzos se habrían, en toda probabilidad, renovado con éxito, a no haber sido, en algunos de nosotros, por la esperanza poco viril de los anexionistas, de obtener la libertad sin pagarla a su precio, y por el temor justo de otros, de que nuestros muertos, nuestras memorias sagradas, nuestras ruinas empapadas en sangre, no vinieran a ser más que el abono del suelo para el crecimiento de una planta extranjera, o la ocasión de una burla para The Manufacturer de Filadelfia.”

En Patria, Martí crea una sección que se llama Apuntes sobre los Estados Unidos, en ella quería dar a conocer la verdad sobre ese país y la necesidad de que nuestros pueblos tuvieran en cuenta estos elementos, y revelar “las dos verdades útiles a nuestra América:--el carácter crudo, desigual y decadente de los Estados Unidos,--y la existencia en ellos continua, de todas las violencias, discordias, inmoralidades y desórdenes de que se culpa a los pueblos hispanoamericanos.”

En esta sección escribe:

“Lo que ha de observar el hombre honrado, es precisamente, que no sólo no han podido fundirse, en tres siglos de vida común, o uno de ocupación política, los elementos de origen y tendencia diversos con que se crearon los Estados Unidos, sino que la comunidad forzosa exacerba y acentúa sus diferencias primarias, y convierte la federación innatural en un estado, áspero, de violenta conquista. Es de gente menor, y de la envidia incapaz y roedora, el picar puntos a la grandeza patente y negarla en redondo, por uno u otro lunar, o empinársele de agorero, como quien quita una mota al sol. Pero no augura, sino certifica, el que observa cómo en los Estados Unidos, en vez de apretarse las causas de unión, se aflojan; en vez de resolverse los problemas de la humanidad, se reproducen; en vez de amalgamarse en la política nacional las localidades, las dividen y enconan; en vez de robustecerse la democracia y salvarse del odio y miseria de las monarquías, se corrompe y aminora la democracia, y renacen, amenazantes, el odio y la miseria. Y no cumple con su deber quien lo calla, sino quien lo dice. Ni con el deber de hombre cumple, de conocer la verdad y esparcirla; ni con el deber de buen americano, que sólo ve seguras la gloria y paz del continente en el desarrollo franco y libre de sus distintas entidades naturales; ni con su deber de hijo de nuestra América, para que por ignorancia, o deslumbramiento o impaciencia no caigan los pueblos de casta española, al consejo de la toga remilgada y el interés asustadizo, en la servidumbre inmoral y enervante de una civilización dañada y ajena. Es preciso que se sepa en nuestra América la verdad de los Estados Unidos.
Lo malo se ha de aborrecer, aunque sea nuestro;--y aun cuando no lo sea. Lo bueno no se ha de desamar sólo porque no sea nuestro.”

También el antillanismo martiano está signado por la necesidad de frenar el empuje que ejercen los Estados Unidos sobre los pueblos libres de la América Hispana, oponiéndoles unas Antillas libres e integradas a la gran patria común.

Al cumplirse el Tercer Año del Partido Revolucionario Cubano, Martí hace explícita esta intención:

“en el fiel de América están las Antillas, que serían, si esclavas, mero pontón de la guerra de una república imperial contra el mundo celoso y superior que se prepara ya a negarle el poder,--mero fortín de la Roma americana;--y si libres—y dignas de serlo por el orden de la libertad equitativa y trabajadora—serían en el continente la garantía del equilibrio, la de la independencia para la América española aún amenazada y la del honor para la gran república del Norte, que en el desarrollo de su territorio –por desdicha, feudal ya, y repartido en secciones hostiles—hallará más segura grandeza que en la innoble conquista de sus vecinos menores, y en la pelea inhumana que con la posesión de ellas abriría contra las potencias del orbe por el predominio del mundo.”

Y en carta a Federico Henríquez y Carvajal, expresa:

“Para mí, ya es hora. Pero aún puedo servir a este único corazón de nuestras repúblicas. Las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra América, y el honor ya dudoso y lastimado de la América inglesa, y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio del mundo.”

El 18 de mayo de 1895, un día antes de caer en combate en los campos de Cuba Libre, Martí expresa la estrategia mayor de su lucha en carta al amigo mexicano Manuel Mercado:
“Mi hermano queridísimo: Ya puedo escribir, ya puedo decirle con qué ternura y agradecimiento y respeto lo quiero, y a esa casa que es mía y mi orgullo y obligación; ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber—puesto que lo entiendo y tengo ánimos con qué realizarlo—de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso. En silencio ha tenido que ser y como indirectamente, porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas, y de proclamarse en lo que son levantarían dificultades demasiado recias para alcanzar sobre ellas el fin. Las mismas obligaciones menores y públicas de los pueblos—como ese de Vd. y mío,--más vitalmente interesados en impedir que en Cuba se abra, por la anexión de los imperialistas de allá y los españoles, el camino, que se ha de cegar, y con nuestra sangre estamos cegando, de la anexión de los pueblos de nuestra América, al Norte revuelto y brutal que los desprecia,--les habían impedido la adhesión ostensible y ayuda patente a este sacrificio, que se hace en bien inmediato de ellos. Viví en el monstruo, y le conozco las entrañas:--y mi honda es la de David.”

Todo lo dicho es sólo un acercamiento al tema que se ha tratado, pero el mensaje queda claro para las nuevas generaciones hispanoamericanas: “Las manos que han surgido de una tierra virgen no han debido ser hechas para aplaudir las postrimerías de una tierra cansada y moribunda.”

viernes, 24 de agosto de 2007

MADRE AMÉRICA

-A Pablo Neruda

“Patria, mi patria
toda rodeada de agua combatiente (…)
sola, en la inmensidad de América dormida.”

Pablo Neruda
Canto General de Chile
Patria, mi patria,
América infinita que despiertas
tras cien años de crueles pesadillas;
tierra de aromas nuevos y encendidas entrañas,
¡Cuánta sangre tan pura se ha sembrado en tu suelo!

Hay un alba perenne amaneciendo
detrás de los insomnios;
¡Cuánta semilla tierna ha germinado
regada solo a llanto y aguacero
de balas,
Sola, en la inmensidad de América dormida!

Patria, mi patria,
digna te levantas
sacudiéndote el polvo de los huesos,
para arrimar tus hijos a esos brazos
de hierro y cobre, y sobre el pecho fuerte,
el profundo latir de tu estructura,
toda rodeada de agua combatiente.


***

La Habana, 23 de agosto de 2007

domingo, 19 de agosto de 2007

OTROS APUNTES EN TORNO A LAS IDEAS SOCIALES DE JOSÉ MARTÍ Y A LA CULTURA DEL DEBATE

En el cuarto número de la revista La Edad de Oro, publicada por José Martí para los niños de América, en 1889, inicia el Maestro con un trabajo excepcional titulado “Un paseo por la tierra de los anamitas”, que ha sido calificado como uno de los mejores estudios realizados en occidente sobre la religión budista. En ese trabajo Martí cuenta que cuatro ciegos iban camino de la tienda del rajá para saber cómo era un elefante, y luego de algunas peripecias, cuando llegaron delante del elefante que estaba comiendo sus tortas de arroz y de maíz “uno se le abrazó por una pata: el otro se le prendió de la trompa, y subía en el aire y bajaba, sin quererla soltar: el otro le sujetaba la cola: otro tenía agarrada un asa de fuente del arroz y el maíz. “Ya sé”, decía el de la pata: “el elefante es alto y redondo, como una torre que se mueve.” “¡No es verdad!”, decía el de la trompa: “el elefante es largo, y acaba en pico, como un embudo de carne.” “¡Falso y muy falso”, decía el de la cola: “el elefante es como un badajo de campana!” “Todos se equivocan, todos; el elefante es de figura de anillo, y no se mueve”, decía el del asa de la fuente. Y así son los hombres, que cada uno cree que sólo lo que él piensa y ve es la verdad, y dice en verso y en prosa que no se debe creer sino lo que él cree, lo mismo que los cuatro ciegos del elefante, cuando lo que se ha de hacer es estudiar con cariño lo que los hombres han pensado y hecho, y eso da un gusto grande, que es ver que todos los hombres tienen las mismas penas, y la historia igual, y el mismo amor, y que el mundo es un templo hermoso donde caben en paz los hombres todos de la tierra, porque todos han querido conocer la verdad, y han escrito en sus libros que es útil ser bueno, y han padecido y peleado por ser libres, libres en su tierra, libres en el pensamiento.”

Partiendo de esos presupuestos, es imposible creer que alguien pueda a estas alturas empinarse de agorero de los asuntos de un país, como para tener verdades absolutas. Sin embargo todos tenemos nuestros puntos de vista. Yo puedo no estar de acuerdo con lo que diga otro, pero defiendo su derecho a decirlo. Entendiendo martianamente que el derecho de un hombre termina donde empieza el derecho del otro, y el derecho de un individuo es respetable solo si no pone en peligro el derecho de una comunidad. De lo contrario habría que permitirle al asesino asesinar sin trabas, o a Bush bombardear sin contemplaciones porque según su “filosofía”, está defendiendo el derecho de los poderosos a seguir explotando a todo el que le muestre un lado flaco, o le estorbe un interés.

No podrá encontrarse en mi anterior artículo sobre Martí y el socialismo una sola ofensa a persona alguna, me respeto demasiado a mí mismo y a los dos siglos de pensamiento cubano que me preceden. Hace ya mucho tiempo que sé por Martí que “es el estigma de la pequeñez propia el suponer la pequeñez ajena.” Cada uno es libre de entender lo que estime conveniente. Solo me detendré a dejar sentado, por un elemental sentido del deber, para quienes a pesar de la claridad de mi escrito, al punto que algunos se ofendieron por ello, no entendieron al servicio de quien estaban aquellas páginas. Mi respuesta es sencilla: ese escrito y todos los demás están al servicio de “los que aman y fundan”, no de “los que odian y deshacen”, que para mí no hay más división entre los hombres. Un hombre honrado será honrado en todas partes y en todas las épocas, no importa del color que sea ni en qué religión crea, no importa su filosofía ni su filiación política. “Hay un cúmulo de verdades esenciales que caben en el ala de un colibrí y son, sin embargo, la clave de la paz pública, la elevación espiritual y la grandeza patria”, decía Martí. Hay un número de normas éticas universales, escritas o no, sobre lo que es correcto e incorrecto en el comportamiento humano. En la mayoría de los pueblos de occidente esas normas tienen su basamento en los preceptos fundamentales de la religión de los esclavos de Roma: el cristianismo. Y sobre esos preceptos se han levantado la inmensa mayoría de sus instituciones. Ya sabemos por Martí que todas ellas, puestas una al lado de la otra, no se llevan un cabo ni una punta. Todas han nacido por las mismas necesidades, se han desarrollado por las mismas virtudes y se han corrompido por los mismos males. Hombres malos y buenos hay en toda agrupación humana: “Yo, decía Martí, pienso para los de mente alta, y siento para los de alma grande, no cuido de los otros.” El odio no sirve para nada bueno, ni el rencor, ni la frustración, ni la envidia.

Cada uno da de lo que tiene, porque no puede darse lo que no se posee. Y es lamentable que en tiempos de tanto desarrollo tecnológico la cultura del hombre que ha de convivir con esa tecnología no esté a su altura. Sobre todo porque, como confirmaba el Apóstol, un hombre no es más, cuando más es, que una fiera educada. De ahí que al faltarle la educación y la cultura, solo quede la fiera.

Aclarado el asunto de para quién escribo, y definido que escribo para la verdad en la creo, a la que he dedicado sin tiempo ni remilgos estos años mejores que son los de la juventud, y que esa verdad es la que sostiene a la Revolución que me educó y me hizo hombre; y aclarado también que jamás dejaré de decir donde debo, a quienes debo y en la forma en que debo, las verdades que a mi juicio puedan mejorar la obra que tanto ha costado a varias generaciones de cubanos, pero que jamás andaré lanzando piedras a la luna para congraciarme con unos o con otros, porque Martí también nos enseñó que “es preferible dejarse morir de las heridas que permitir que las vea el enemigo”, cumplo con la promesa de poner en manos de los lectores algunos escritos de Martí en relación con los Estados Unidos. Apunto solamente que en todos estos años de combate frontal contra los gobiernos del imperio, si bien hemos heredado y fomentado un sentimiento antiimperialista, jamás, de Martí hasta Fidel, se ha tratado de despertar en los cubanos un sentimiento antinorteamericano. Ahí están los turistas que vienen, en ningún país tendrán mayores garantías a su seguridad, y también su sede diplomática ante la que hemos marchado por millones durante tanto tiempo, con sobrada indignación cada vez, sin que jamás se le haya lanzado un zapato a aquellos cristales oscuros que esconden intenciones más oscuras aún. Eso hace un pueblo culto.

LA VERDAD SOBRE LOS ESTADOS UNIDOS

Por José Martí

Es preciso que se sepa en nuestra América la verdad de los Estados Unidos. Ni se debe exagerar sus faltas de propósito, por el purito de negarles toda virtud, ni se ha de esconder sus faltas, o pregonarlas como virtudes. No hay razas: no hay más que modificaciones diversas del hombre, en los detalles de hábito y formas que no les cambian lo idéntico y esencial, según las condiciones de clima e historia en que viva. Es de hombres de prólogo y superficie, -que no hayan hundido los brazos en las entrañas humanas, que no vean desde la altura imparcial hervir en igual horno las naciones, que en el huevo y tejido de todas ellas no hallen el mismo permanente duelo del desinterés constructor y el odio inicuo,-el entretenimiento de hallar variedad sustancial entre el egoísta sajón y el egoísta latino, el sajón generoso o el latino generoso, el latino burómano o el burómano sajón: de virtudes y defectos son capaces por igual latinos y sajones. Lo que varía es la consecuencia peculiar de la distinta agrupación histórica: en un pueblo de ingleses y holandeses y alemanes afines, cualesquiera que sean los disturbios, mortales tal vez, que le acarree el divorcio original del señorío y la llaneza que a un tiempo lo fundaron, y la hostilidad inevitable, y en la especie humana indígena, de la codicia y vanidad que crean las aristocracias contra el derecho y la abnegación que se les revelan, no puede producirse la confusión de hábitos políticos y la revuelta hornalla de los pueblos en que la necesidad del conquistador dejó viva la población natural, espantada y diversa a quien aún cierra el paso con parricida ceguedad la casta privilegiada que engendró en ella el europeo. Una nación de mocetones del Norte, hechos de siglos atrás al mar y a la nieve; y a la hombría favorecida por la perenne defensa de las libertades locales, no puede ser como una isla del trópico, fácil y sonriente, donde trabajan por su ajuste, bajo un gobierno que es como piratería política, la excrescencia famélica de un pueblo europeo, soldadesco y retrasado, los descendientes de esta tribu áspera e inculta, divididos por el odio de la docilidad acomodaticia a la virtud rebelde, y los africanos pujantes y sencillos, o envilecidos y rencorosos, que de una espantable esclavitud y una sublime guerra han entrado a la conciudadana con los que los compraron y los vendieron, y, gracias a los muertos de la guerra sublime, saludan hoy como a igual al que hacían ayer bailar a latigazos. En lo que se ha de ver si sajones y latinos son distintos, y en lo que únicamente se les puede comparar, es en aquello en que les hayan rodeado condiciones comunes: y es un hecho que en los Estados del Sur de la Unión Americana, donde hubo esclavos negros, el carácter dominante es tan soberbio, tan perezoso, tan inclemente, tan desvalido, como pudiera ser, en consecuencia de la esclavitud, el de los hijos de Cuba. Es de supina ignorancia, y de ligereza infantil y punible, hablar de los Estados Unidos y de las conquistas reales o aparentes de una comarca suya o grupo de ellas, como de una nación total e igual, de libertad unánime y de conquistas definitivas; semejantes Estados Unidos son una ilusión o una superchería. De las covachas de Dakota, y la nación que por allá va alzándose, bárbara y viril, hay todo un mundo a las ciudades del Este, arrellanadas, privilegiadas, encastadas, sensuales, injustas. Hay un mundo, con sus casas de cantería y libertad señorial, del norte de Schenectady a la estación zancuda y lúgubre del sur de Petersburg,-del pueblo limpio e interesado del Norte, a la tienda de holgazanes, sentados en el coro de barriles, de los pueblos coléricos, paupérrimos, descascarados, agrios, grises del Sur. Lo que ha de observar el hombre honrado, es precisamente, que no sólo no han podido fundirse, en tres siglos de vida común, o uno de ocupación política, los elementos de origen
y tendencia diversos con que se crearon los Estados Unidos, sino que fa comunidad forzosa exacerba y acentúa sus diferencias primarias, y convierte la federación innatural en un estado, áspero, de violenta conquista. Es de gente menor, y de fa envidia incapaz y roedora, el picar puntos a la grandeza patente y negarla en redondo, por uno u otro lunar, o empinársele de agorero, como quien quita una mota al sol. Pero no augura, sino certifica, el que observa cómo en los Estados Unidos, en vez de apretarse las causas de unión, se aflojan; en vez de resolverse los problemas de la humanidad, se reproducen; en vez de amalgamarse en fa política nacional las localidades, la dividen y la enconan; en vez de robustecerse la democracia y salvarse del odio y miseria de las monarquías, se corrompe y aminora la democracia, y renacen, amenazantes, el odio y la miseria. Y no cumple con su deber quien lo calla, sino quien lo dice. Ni con el deber de hombre cumple, de conocer la verdad y esparcirla; ni con el deber de buen americano, que sólo ve seguras la gloria y paz del continente en el desarrollo franco y libre de sus distintas entidades naturales; ni con su deber de hijo de nuestra América, para que por ignorancia, o deslumbramiento o impaciencia no caigan los pueblos de casta española, al consejo de la toga remilgada y el interés asustadizo, en la servidumbre inmoral y enervante de una civilización dañada y ajena. Es preciso que se sepa en nuestra América la verdad de los Estados Unidos.

Lo malo se ha de aborrecer, aunque sea nuestro;-y aun cuando no lo sea. Lo bueno no se ha de desamar sólo porque no sea nuestro. Pero es aspiración irracional y nula, cobarde aspiración de gente segundona e ineficaz, la de llegar a la firmeza de un pueblo extraño por vías distintas de las que llevaron a la seguridad y al orden al pueblo envidiado. .-por el esfuerzo propio y por la adaptación de la libertad humana a las formas requeridas por la constitución peculiar del país. En unos es el excesivo amor al Norte la expresión, explicable e imprudente, de un deseo de progreso tan vivaz y fogozo, que no ve que las ideas, como los árboles, han de venir de larga raíz, y de ser de suelo afín, para que prendan y prosperen, y que al recién nacido no se fe da la sazón de la madurez porque se le cuelguen al rostro blando los bigotes y patillas de la edad mayor: Monstruos se crean así, y no pueblos: hay que vivir de sí y sudar fa calentura. En otros la yanquimanía es inocente fruto de uno u otro saltito de placer, como quien juzga de las entrañas de una casa, y de las almas que en ella ruegan o fallecen,
por la sonrisa y lujo del salón de recibir, o por la champaña y el clavel de la mesa del convite; padézcase; carézcase; trabájese; ámese, y en vano; estúdiese, con el valor y libertad de sí; vélese, con los pobres; llórese, con los miserables; ódiese, la brutalidad de la riqueza; vívase, en el palacio y en la ciudadela, en el salón de la escuela y en sus zaguanes, en el palco del teatro, de jaspes y oro, y en los bastidores, fríos y desnudos; y así se podrá opinar, con asomos de razón, sobre la república autoritaria y codiciosa, y la sensualidad creciente, de los Estados Unidos. En otros póstumos enclenques del dandismo literario del segundo imperio, o escépticos postizos bajo cuya máscara de indiferencia suele latir un corazón de oro, fa moda es el desdén, y más, de lo nativo; y no les parece que haya elegancia mayor que la de beberle al extranjero los pantalones y las ideas, e ir por el mundo erguido, como el faldero acariciado, el pompón de la cola. En otro es como sutil aristocracia, con la que, amando en público lo rubio como propio y natural, intentan encubrir el origen que tienen por mestizo y humilde, sin ver que fue siempre entre hombres señal de bastardía el andar tildando de ella a los demás, y no hay denuncia más segura del pecado de una mujer que el alardear de desprecio a las pecadoras. Sea la causa cualquiera,- impaciencia de la libertad o miedo de ella, pereza moral o aristocracia risible, idealismo político o ingenuidad recién llegada,-es cierto que conviene, y aun urge, poner delante de nuestra América fa verdad toda americana, de lo sajón como de lo latino, a fin de que la fe excesiva en la virtud ajena no nos debilite, en nuestra época de fundación, con la desconfianza inmotivada y funesta de lo propio. En una sola guerra, en la de secesión, que fue más para disputarse entre Norte y Sur el predominio en la República que para abolir la esclavitud, perdieron los Estados Unidos, hijos de la práctica republicana de tres siglos en un país de elementos menos hostiles que otro alguno, más hombres que los que en tiempo igual, y con igual número de habitantes, han perdido juntas todas las repúblicas españolas de América, en la obra naturalmente lenta, y de México a Chile vencedora, de poner a flor del mundo nuevo, sin más empuje que el apostolado retórico de una gloriosa minoría y el instinto popular, los pueblos remotos de núcleos distantes y de razas adversas, donde dejo el mando de España toda la rabia e hipocresía de la teocracia, y la desidia y el recelo de una prolongada servidumbre. Y es de justicia, y de legítima ciencia social, reconocer que, en relación con las facilidades del uno y los obstáculos del otro, el carácter norteamericano ha descendido desde la independencia, y es hoy menos humano y viril, mientras que el hispanoamericano, a todas luces, es superior hoy, a pesar de sus confusiones y fatigas, a lo que era cuando empezó a surgir de la masa revuelta de clérigos logreros, imperitos ideólogos e ignorantes o silvestres indios.-Y para ayudar al conocimiento de la realidad política de América, y acompañar a corregir, con la fuerza serena del hecho, el encomio inconsulto,-y, en lo excesivo, pernicioso--de la vida política y el carácter norteamericanos, Patria inaugura, en el número de hoy una sección permanente de Apuntes sobre los Estados Unidos, donde, estrictamente traducidos de los primeros diarios del país, y sin comentario ni mudanza de la redacción, se publiquen aquellos sucesos por donde se revelen, no el crimen o la falta accidental-y en todos los pueblos posibles en que sólo el espíritu mezquino halla cebo y contento, sino aquellas calidades de constitución que, por su constancia y autoridad, demuestren las dos verdades útiles a nuestra América:-el carácter crudo, desigual y decadente de los Estados Unidos,-y la existencia, en ellos continua, de todas las violencias, discordias, inmoralidades y desórdenes de que se culpa a los pueblos hispanoamericanos.

Patria, Nueva York, 23 de marzo de 1894

sábado, 18 de agosto de 2007

ALGUNAS IDEAS EN TORNO A JOSÉ MARTÍ Y EL SOCIALISMO

Vuelve a salir a la palestra pública el debate respecto a José Martí y sus ideas sobre el socialismo. Ya en los años que sucedieron a la declaración del carácter socialista de la Revolución, con énfasis marcado en los inmediatos posteriores a la caída del llamado socialismo real, a inicios de los 90, tuvimos en periódicos y revistas cubanas y extranjeras un gran debate sobre el tema.

Los enemigos de la Revolución Cubana, luego de perder la pelea en sus intentos por enfrentar el pensamiento martiano al proceso iniciado en enero de 1959, después del triunfo de la guerra revolucionaria contra el asesino Fulgencio Batista y su amo yanqui, acudiendo a descontextualizaciones, tergiversaciones y falsificaciones que se estrellaron contra la realidad profundamente martiana de la isla, pasó a una segunda etapa. La emprendieron entonces contra el socialismo y el marxismo, esgrimiendo un presunto rechazo martiano a esa doctrina. Por esa época dos textos del Apóstol, descontextualizados por supuesto, sirvieron de frágil apoyo a aquellos ataques: La futura esclavitud, título que le da Herber Spencer a un libro suyo sobre un tipo de socialismo que se aspiraba implantar en Inglaterra, y los apuntes que publica Martí a raíz de la muerte de Carlos Marx, en 1883.

Para no entrar en un análisis detallado del texto en cuestión, me refiero al primero de los dos que he citado, más propio para un ensayo que para un artículo, me limito por lo tanto a plantear la manera martiana de analizar un asunto. Todo el que ha estudiado al Maestro sabe que solía comenzar comentando de manera general el tema que quería tratar. Sin afirmarlo ni rebatirlo (de ahí que se hayan dado por suyas muchas opiniones con las que finalmente estuvo en desacuerdo). Luego empleando la mayéutica socrática, la duda metódica, iba desglosando las partes, yendo a la raíz de cada aspecto (porque “hombre es eso, el que va a la raíz, lo otro es rebaño”-dice él) hasta que arribaba, junto con el lector, en una suerte de parto de la razón a las conclusiones finales. Con lo que, se comprenderá, su posición final respecto al asunto tratado es lo que concluye y queda revoloteando en la conciencia de sus lectores.

Desde esta perspectiva veamos brevemente su análisis del texto de Spencer, y lo que sobre el autor, nos dice el Maestro puesto que nunca analizó una obra (ni literaria, ni plástica ni filosófica) sin relacionarla estrechamente con su creador. Después de poner en manos del lector varias opiniones de Spencer (a quien por cierto admiró) respecto a los peligros que acarrearía para Inglaterra aquel tipo de socialismo, y comentar algunas de ellas, Martí lo emplaza al final del artículo de esta manera, cuya parte fundamental subrayo:

Y en todo este estudio apunta Herbert Spencer las consecuencias posibles de la acumulación de funciones en el Estado, que vendrían a dar en esa dolorosa y menguada esclavitud; pero no señala con igual energía, al echar en cara a los páuperos su abandono e ignominia, los modos naturales de equilibrar la riqueza pública dividida con tal inhumanidad en Inglaterra, que ha de mantener naturalmente en ira, desconsuelo y desesperación a seres humanos que se roen los puños de hambre en las mismas calles por donde pasean hoscos y erguidos otros seres humanos que con las rentas de un año de sus propiedades pueden cubrir a toda Inglaterra de guineas.

Y termina lapidario:

Nosotros diríamos a la política: ¡Yerra, pero consuela! Que el que consuela, nunca yerra.

Es decir, para él, que había echado su suerte “con los pobres de la tierra”, era aún preferible aquel socialismo con imperfecciones, que el estado de cosas que prevalecían en aquella sociedad en ese momento.

Respecto al segundo texto martiano al que me referí, sus apuntes sobre el Prometeo de Tréveris, diré que han sido bochornosamente edulcorados en la mayoría de las veces a pesar de su brevedad, citados a medias, fuera del contexto general de la idea. Pondré una vez más en manos de los lectores esos párrafos que encierran una crítica del Maestro al fundador del marxismo y al mismo tiempo están cargados de admiración por él. Escribe Martí en 1883:

Ved esta gran sala, Karl Marx ha muerto. Como se puso del lado de los débiles, merece honor. Pero no hace bien el que señala el daño, y arde en ansias generosas de ponerle remedio, sino el que enseña remedio blando al daño. Espanta la tarea de echar a los hombres sobre los hombres. Indigna el forzoso abestiamiento de unos hombres en provecho de otros. Mas se ha de hallar salida a la indignación, de modo que la bestia cese, sin que se desborde, y espante. Ved esta sala: la preside, rodeado de hojas verdes, el retrato de aquel reformador ardiente, reunidor de hombres de diversos pueblos, y organizador incansable y pujante. La Internacional fue su obra: vienen a honrarlo hombres de todas las naciones. La multitud, que es de bravos braceros, cuya vista enternece y conforta, enseña más músculos que alhajas, y más caras honradas que paños sedosos. El trabajo embellece. Remoza ver a un labriego, a un herrador, o a un marinero. De manejar las fuerzas de la naturaleza, les viene ser hermosos como ellas.

New York va siendo a modo de vorágine: cuanto en el mundo hierve, en ella cae. Acá sonríen al que huye; allá, le hacen huir. De esta bondad le ha venido a este pueblo esta fuerza. Karl Marx estudió los modos de asentar al mundo sobre nuevas bases, y despertó a los dormidos, y les enseñó el modo de echar a tierra los puntales rotos. Pero anduvo de prisa, y un tanto en la sombra, sin ver que no nacen viables, ni de seno de pueblo en la historia, ni de seno de mujer en el hogar, los hijos que no han tenido gestación natural y laboriosa. Aquí están buenos amigos de Karl Marx, que no fue sólo movedor titánico de las cóleras de los trabajadores europeos, sino veedor profundo en la razón de las miserias humanas, y en los destinos de los hombres, y hombre comido del ansia de hacer bien. El veía en todo lo que en sí propio llevaba: rebeldía, camino a lo alto, lucha.

Hay que decir, en honor a la verdad, que Martí se estaba refiriendo a una manera extremista de interpretar el marxismo, el anarquismo, puesta en práctica en los Estados Unidos de la época por las fuertes olas de emigrados europeos, cosa que el propio Engels, en ese mismo tiempo, criticaba también desde Europa; pero a pesar de esto no excluye de su afán de justicia el ideal socialista, evidenciado en la existencia de socialistas entre los fundadores del Partido Revolucionario Cubano, el partido creado por él en 1892 para dirigir la Guerra Necesaria que estallaría en 1895, y organizar la república cordial, el mayor aporte del pensamiento político de Cuba, mucho antes de que Lenin hablara del partido de nuevo tipo. Ese partido, que surge en el pensamiento político martiano como fruto de su vasta cultura, su experiencia y conocimiento de las repúblicas de América, Europa y los Estados Unidos, y acicateado por el peligro de que fracasado el autonomismo surgiera, por los oportunistas de adentro y las ambiciones del imperio, el partido anexionista que se encubaba y era el temor mayor del Maestro.[1] Ese partido revolucionario, digo, debía caracterizarse según Martí, por la amplitud de sus ideas, donde cupieran todos los patriotas que querían la independencia de Cuba, y que fuera respetado por el pueblo no por el número de sus miembros sino por la altura moral y la entrega de sus militantes. Ahí están Carlos Baliño (fundador junto a Julio Antonio Mella del primer Partido Comunista de Cuba, en 1925), Diego Vicente Tejera (fundador del primer Partido Socialista cubano, en 1899, luego de que Tomás Estrada Palma disolviera para facilitarle el camino a sus amigos yanquis el partido de Martí) y el propio Fermín Valdés Domínguez, a quien escribiría desde Nueva York en 1894:

Una cosa te tengo que celebrar mucho, y es el cariño con que tratas; y tu respeto de hombre, a los cubanos que por ahí buscan sinceramente, con este nombre o aquél, un poco más de orden cordial, y de equilibrio indispensable, en la administración de las cosas de este mundo. Por lo noble se ha de juzgar una aspiración: y no por esta o aquella verruga que le ponga la pasión humana. Dos peligros tiene la idea socialista-como tantas otras:--el de las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas:--y el de la soberbia y rabia disimulada de los ambiciosos, que para ir levantándose en el mundo empiezan por fingirse, para tener hombros en que alzarse, frenéticos defensores de los desamparados.

Unos van, de pedigüeños de la reina,--como fue Marat,-cuando el libro que le dedicó con pasta verde-a lisonja sangrienta, con su huevo de justicia, de Marat. Otros pasan de energúmenos a chambelanes, como aquellos de que cuenta Chateaubriand en sus “Memorias”. Pero en nuestro pueblo no es tanto el riesgo, como en sociedades más iracundas, y de menos claridad natural: explicar será nuestro trabajo, y liso y hondo, como tú lo sabrás hacer: el caso es no comprometer la excelsa justicia por los modos equivocados o excesivos de pedirla. Y siempre con la justicia, tú y yo, porque los errores de su forma no autorizan a las almas de buena cuna a desertar de su defensa. Muy bueno, pues, lo del 1º. de Mayo. Ya aguardo tu relato, ansioso.


Los peligros de las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas a que se refiere Martí, los revela cuando explica que al no disponer los trabajadores norteamericanos de una cultura adecuada y del dominio de los idiomas originales donde se escribían aquellas doctrinas, el alemán y el ruso fundamentalmente, tenían que conformarse con leer las malas traducciones y las interpretaciones que de ellas se hacían.

Mucho se ha especulado sobre si el Apóstol conoció o no la doctrina marxista. Yo, sin poder afirmarlo categóricamente, atendiendo a las circunstancias, la época y el entorno martiano, tengo mi propia tesis. Uno de los primeros norteamericanos que le tendió la mano a Martí a su llegada a Nueva York, el 3 de enero de 1880, para establecerse definitivamente hasta el momento de regresar a Cuba, con una estancia de seis meses en Venezuela entre enero y julio de 1881, fue Charles A. Dana, editor del periódico The New York Sun. La amistad de Dana con el cubano es conocida, al punto de que uno de los testimonios más sentidos escritos al momento de conocerse en los Estados Unidos la muerte del Apóstol en los campos de Dos Ríos, el 19 de mayo de 1895, es precisamente el de Charles Dana. Pues bien, Dana era el editor que Marx y Engels tenían en Nueva York, por lo tanto no es descabellado suponer que a través de él entró Martí en contacto con la obra de los creadores de la teoría científica del proletariado. Cómo si no, podría Martí referirse a Carlos Marx con conceptos tan claros y precisos sobre lo esencial de su esfuerzo científico, él, que se respetaba tanto y que no hablaba de lo que no tenía cabal conocimiento; él, que afirmaba que entre los deberes fundamentales del periodista estaba conocer “desde la nube hasta el microbio” para poder orientar y contribuir con las educación de la sociedad.

Como ya se está haciendo largo este artículo, prefiero, para no abusar de la bondad de los editores y la paciencia de los lectores, dejar para otra ocasión algunos aspectos que han quedado fuera de este análisis o que han sido apenas apuntados. Pero como ha causado sensación la publicación del texto martiano titulado La futura esclavitud y se le ha relacionado con el socialismo cubano de hoy, quisiera en bien de la honestidad de estos debates que involucran al Héroe Nacional de Cuba y guía espiritual de nuestro pueblo, publicar próximamente algunos textos suyos relacionados con la explotación capitalista y específicamente con los Estados Unidos, país que conoció a fondo, luego de vivir en él la tercera parte de su vida (entre enero de 1880 y enero de 1895) y que según criterio de expertos norteamericanos lo califican como uno de los más agudos estudiosos de esa sociedad en el siglo XIX.

En lo que toca a los errores del socialismo cubano de hoy, que no llegó en las esteras de los tanques del mil veces glorioso Ejército Rojo, sino que lo hicieron nuestros padres frente a todos los peligros y los escepticismos, considero que eso es algo que debemos discutir los que desandamos cada día los caminos de esta Isla Infinita en la que han encontrado apoyo espiritual todos los hombres y las mujeres de buena voluntad que lo han necesitado. Cada persona se considera en el derecho de decir y criticarle a su madre o a su hermana, en el marco familiar, lo que considere necesario, pero estoy seguro de que nadie honrado permitiría que vinieran a hablarle de ellas de otra parte y mucho menos se prestaría a andar de plañidero por el mundo quejándose de la propia familia. La queja, decía Martí, es la prostitución del carácter: “como la queja deshonra, yo no me quejo”, dejó escrito en sus versos.

Agradecemos siempre las muestras de solidaridad de los amigos, y hemos sabido respetar a los que no pensando como nosotros se han mostrado respetuosos hacia nuestra patria y hacia nuestra historia. Los cubanos hemos aprendido a vivir en los extremos, no andamos por el mundo buscando problemas gratuitamente, hemos ido sin pedir nada a cambio a dondequiera que nos han necesitado como constructores, como maestros, como médicos o como combatientes para destruir regímenes de oprobio como el apartheid en África, y en nuestras playas hemos recibido y recibiremos siempre a los libertadores y a los invasores: a cada uno como corresponde.


[1] En carta al general Máximo Gómez, del 20 de julio de 1882, diez años antes de fundar el PRC, dice Martí: “¡A quien se vuelve Cuba, en el instante definitivo, y ya cercano, de que pierda todas las nuevas esperanzas que el término de la guerra, las promesas de España, y la política de los liberales le han hecho concebir? Se vuelve a todos los que le hablan de una solución fuera de España. Pero si no está en pie, elocuente y erguido, moderado, profundo, un partido revolucionario que inspire, por la cohesión y modestia de sus hombres, y la sensatez de sus propósitos, una confianza suficiente para acallar el anhelo del país --¿a quién ha de volverse, sino a los hombres del partido anexionista que surgirán entonces? ¿Cómo evitar que se vayan tras ellos todos los aficionados a una libertad cómoda, que creen que con esa solución salvan a la par su fortuna y su conciencia? Ese es el riesgo grave. Por eso es llegada la hora de ponemos en pie.”

jueves, 16 de agosto de 2007

LA EXPULSIÓN DE RIGOBERTA MENCHÚ NO ES UN HECHO DEL MARTES SINO DE CINCO SIGLOS DE EXCLUSIÓN INDÍGENA EN AMÉRICA

Hoy publican los medios el “lamentable error” cometido por el personal de seguridad del hotel Coral Beach, de Cancún, al expulsar por la fuerza a la Premio Nobel de la Paz y candidata presidencial guatemalteca Rigoberta Menchú, de la sala de recepción de este hotel de cinco estrellas.

La también líder indígena asistía como invitada especial del presidente mexicano, Felipe Calderón, a la asamblea de la Asociación Nacional de Agua Potable y Saneamiento, inaugurada por el propio mandatario en el Centro de Convenciones de esa ciudad balneario.

Dicen los medios que la seguridad del hotel “la confundió con una vendedora ambulante” por llevar la vestimenta que la caracteriza, típica de su cultura Maya, una de las tres grandes civilizaciones que florecían en América a la llegada de los europeos.

El hecho no puede verse con la candidez de un “lamentable error”, sino como una práctica discriminatoria habitual en nuestros países americanos, para hablar solo de esta parte del mundo. El suceso no es nuevo. Desde hace quinientos años los habitantes originales de estos pueblos han sido condenados a la desatención y la miseria. Esa “raza original, fiera y artística “de la que habló José Martí, no ha sentido sobre su vida cotidiana los efectos de los cambios políticos que se han sucedido desde el proceso independentista iniciado en 1810 por nuestros libertadores. Para ellos la discriminación de la colonia no era peor que la discriminación de la república, y el avance criminal de la modernidad ha endurecido su existencia.

La “confusión” con Rigoberta no es sino el sempiterno sentimiento de rechazo a ese ser natural, tan común en nuestras calles americanas, que vestido de Maya o de Wayuu, de Aymara o Quechua, desanda estos tiempos echándonos en cara cada día con su sola presencia, nuestra culpa mayúscula por su sufrimiento. Ver un crimen en silencio es cometerlo, no protestar por estas discriminaciones abominables es hacerse cómplice de los discriminadores.

En 1891, José Martí hablaba de los efectos nefastos que traería para esta repúblicas de indios, el desprecio al indio. “del mismo golpe que paralizó al indio, se paralizó América. Y hasta que no se haga andar al indio, no comenzará a andar bien la América”, profetizaba el Maestro cubano desde Nueva York, en su artículo Nuestra América.

Los tiempos que corren apuntan hacia la reivindicación indígena, la protección de sus culturas, no como una obra de caridad sino como una necesidad espiritual de nuestros pueblos, y también como un acto de elemental justicia. El ascenso del líder cocalero boliviano Evo Morales a la presidencia de su país marcó un nuevo hito en la lucha ininterrumpida por el respeto a la cultura indígena, que no ha sido nunca una lucha exclusiva de esos pueblos. Muchas personas honradas se han solidarizado siempre con esa causa y le han dedicado sus vidas. Intelectuales desde José Martí hasta José Carlos Mariátegui y su socialismo indoamericano, han puesto su pluma al servicio del derecho indígena.

Sin embargo las sociedades egoístas diseñadas para que el hombre no sea amigo del hombre sino un competidor, para que no sea un ciudadano sino un consumidor, han sembrado hondo a través de la práctica social cotidiana la discriminación y el rechazo a lo indígena como algo inferior, arcaico, seres destinados a vivir en la última categoría hasta su extinción definitiva en el tiempo.

La expulsión de la líder indígena puede no ser un acto político, pero su trascendencia es aún mayor porque es un acto cultural, que pone al descubierto sin cortapisas ni eufemismos el daño psicológico que a nuestros ciudadanos han causado tantos años de discriminación asumida como algo natural. Pensemos con mente positiva y asumamos que tal vez los hombres de la seguridad del hotel Coral Beach no sean malos ciudadanos, acaso para ellos al expulsar a una “indígena vendedora ambulante” estaban realizando un acto legítimo, no solo al proteger la propiedad a ellos confiada, sino –y esto es lo peor—al mantener alejada “en el lugar que le corresponde” a esta mujer indígena.

El hecho, que no es nuevo ni exclusivo de México, es una alerta a la ciudadanía americana y a los defensores de la democracia, esa para la que todos los seres humanos tenemos los mismos derechos. No se puede llamar demócrata, de izquierda o revolucionario en estos tiempos, quien no sienta también en su mejilla el golpe que recibe cada día en cualquier parte la mejilla indígena, y se levante para condenarlo.

miércoles, 15 de agosto de 2007

EL ALMA DEL ALBA: REDESCUBRIR A NUESTRA AMÉRICA

He escuchado en varias ocasiones al presidente Chávez hablar de la Alternativa Martiana para la América, el ALMA, relacionándola con la Alternativa Bolivariana para la América, el ALBA. Chávez ha dicho que pudiera ser cualquiera de las dos, y es cierto, puesto que Bolívar y Martí no son más que la expresión condensada y genial de la identidad de este “pequeño género humano”, como nos llamó el primero, o de esta “raza original, fiera y artística”, como nos llamó el segundo. Sin embargo pienso que deben ser las dos.

En varias ocasiones se ha propuesto en foros internacionales, en festivales de la juventud y otros eventos, la creación del Movimiento Juvenil Nuestra América. No sería una organización más, sino un “movimiento” encaminado a divulgar lo mejor de la historia americana, la cultura de nuestros pueblos, la vida y la obra de nuestros próceres y pensadores. Esa podría ser una vía. Todas las organizaciones que hoy apoyan el despertar de nuestra América deberían entender y asumir como una prioridad la creación de alternativas que permitan cumplir este objetivo.

Se trata de que en cada uno de nuestros países un grupo de personas, maestros, profesores, investigadores o promotores en general, se dediquen a organizar con el pueblo charlas, concursos, seminarios, conferencias, simposios, sobre aspectos y figuras esenciales de cada rincón de nuestras regiones. Que se publiquen textos. Que se revisen los planes de estudio. Que se junten los vecinos cada cierto tiempo en los barrios a hablar sobre la historia más cercana, porque la patria es también “aquella porción de la humanidad que vemos más de cerca y en que nos tocó nacer”, según dijo Martí.

Hablando de nuestra América, el Apóstol escribía desde los Estados Unidos en 1891: “Los pueblos que no se conocen han de darse prisa para conocerse, como quienes van a pelear juntos.” Es imprescindible conocernos.

Felizmente el ALBA ha comenzado a ser una realidad. Los tratados de colaboración suscritos por Cuba y Venezuela, a los que se han adherido luego Bolivia y Nicaragua, le van dando cuerpo a la propuesta integracionista soñada por el Precursor Francisco de Miranda y anhelada por el Libertador y el Apóstol. Surgen cada día nuevos acuerdos, especialmente en los ámbitos económico y social, como el recién aprobado sobre la seguridad energética. Es sabido que todo ha de hacerse un paso a la vez. Sin embargo creo que no anda al mismo ritmo un aspecto que me parece fundamental en este proceso: el aspecto ideológico.

Esta palabra suele despertar sospechas de inmediato a los asustadizos. Por eso me apresuro a adelantar que no me refiero a confeccionar un grupo de “manuales” para establecer cuáles deben ser las ideas que todos tenemos que defender y cuáles no. El manualismo ha dejado recuerdos tristes y consecuencias desastrosas. No hablo precisamente de “ideologías” sino de “ideas”. No es a un “modelo ideológico” sino a ese manantial infinito y riquísimo de ideas casi olvidadas unas, tergiversadas otras y ocultadas intencionadamente la mayoría, y por lo tanto muy nuevas, muy actuales. Me refiero al “conocimiento y reconocimiento mutuo” de aquellos pueblos que estamos llamados por la historia, la cultura en todos sus aspectos, y el más elemental sentido común, a integrarnos como una gran nación.

No puede ser verdad la integración si no hay una conciencia mayoritaria sobre cuáles son las cosas que nos acercan y cuáles las que podrían dividirnos, cuáles las causas comunes de nuestras desgracias, cuáles los posibles amigos y los sempiternos enemigos que nunca querrán mirarnos como a semejantes. La integración basada solamente en la actividad económica no es la verdadera integración. Al menos no es a la que aspiraron los padres fundadores del espíritu integracionista de nuestros pueblos.

La “integración” de la vieja y decadente Europa es un ejemplo elocuente. Luego de tantos siglos de guerras de todo tipo entre sus diversos pueblos, ha terminado “uniéndose” para poder escapar al desmadre creciente y turbulento del hijo bastardo y ambicioso que ella misma engendró: los Estados Unidos de Norteamérica. Pero las fisuras, grietas y derrumbes de esa cacareada “integración” son cada vez más visibles, puesto que han prevalecido en ella más las conveniencias que los sentimientos, y al cabo el bartardillo continúa zarandeándolas o las emplea de arria para acarrear sus culpas.

La unidad de nuestra Madre América se salvará de esos errores, no cabe duda. La buena fe en lo que se hace es ostensible aún para quien no quiera verlo. Pero falta una materia aglutinadora esencial: el conocimiento de la historia de nuestros pueblos. Solo así será completa y segura la integración latinoamericana y caribeña. Porque no puede defenderse lo que no se conoce. Porque no se puede estar dispuesto a darlo todo por algo que no sabemos cuánto costó en siglos de sufrimientos, lágrimas y sangre hasta llegar aquí. No podemos unirnos si no nos conocemos. La gente no suele unirse a extraños. Siempre media un proceso más o menos breve de reconocimiento mutuo y luego, si nos parece bueno, echamos a andar juntos. Los hombres y los pueblos han demostrado siempre un sentido especial para intuir la compañía adecuada, pero no es suficiente. La ingenuidad y la improvisación no son ya la característica de estos tiempos.

Aún conscientes de esta realidad, y deseosos de transformarla, tenemos un gran obstáculo que vencer: la historia de nuestros pueblos ha sido secuestrada durante quinientos años. Los oportunistas han plagiado o silenciado a los cronistas verdaderos y a los investigadores honestos para tergiversarlos. La historia que conocemos ha sido escrita a la medida de nuestros dueños, y hemos sido privados de nuestra principal, tal vez la única, herencia: el orgullo de ser americanos de nuestra América. La historia que han enseñado nuestras escuelas, salvo honrosas excepciones, ha sido la que escribieron los que expulsaron a Bolívar, los que asesinaron al Gran Mariscal Sucre, los que vilipendiaron a Simón Rodríguez y difamaron a José Martí.

Para las masas juveniles americanas que hoy deben asumir con alegría la reconstrucción, al fin, de nuestra patria grande, Simón Bolívar es dos cosas a lo sumo: el título de Libertador y una estatua ecuestre en el centro de Caracas. Su pensamiento político, filosófico, social y su visión profundamente humana de los pueblos no se conocen.

Para esos mismos jóvenes José Martí es cuando más “un poeta”, “El Apóstol” o “el Héroe Nacional de Cuba”. Así, parcelados y disminuidos en su esencial sentido, los han enseñado para que se crea que los conocemos. Gracias a Fidel el pensamiento revolucionario de Martí se ha conocido; gracias a Chávez se están acercando cada vez más los jóvenes de nuestra América al pensamiento de Bolívar.

En la edad difícil de la adolescencia, cuando el espíritu humano se predispone ya a las utopías, los sueños, las grandes empresas, y se buscan paradigmas, nuestros hijos han tenido delante durante demasiado tiempo los íconos de Hollywood. No deberíamos sorprendernos entonces de que en nuestras librerías y bibliotecas los jóvenes busquen, compren, soliciten los afiches de Batman, Superman o Harry Poter, y dejen olvidados en sus estantes los libros y las imágenes de San Martín, O´Higgins, Morazán, Tiradentes, Hostos, Juárez, Sandino, Mariátegui y tantos otros que le dejaron la hermosa herencia de un ideal noble, superior, digno de dedicarle todas las fuerzas y el ímpetu de esa edad sublime.

Triste el hombre que no tenga en la plenitud de sus fuerzas una idea justa y elevada que defender. Podrá no ser un hombre pobre, pero será sin duda un pobre hombre.

Las ideas que dieron origen a este afán libertario e integracionista nacieron en aquellas tertulias en las que casi de forma permanente se debatía la política del mundo. No en balde el varón de Humbolt se sorprendió de la universalidad de nuestros pensadores. Sin embargo en estos pueblos de conversadores el arte de conversar se ha perdido. El chisme ha sustituido a la conversación, y el enriquecimiento espiritual que esas reuniones de ideas suelen producir en los que tienen la dicha de promoverlas y participar, ha quedado diluido entre el hastío y la maledicencia.

En la época de los teléfonos celulares, la Internet y los satélites, a pesar de la tan cacareada globalización (o tal vez por causa de ella) los seres humanos estamos más incomunicados que nunca y nos morimos solos en medio de las muchedumbres.

Un ser humano que no ha recibido en los tiempos de educarse, que preceden a los de salir a verse de frente con el mundo, los elementos necesarios para ponerse a la altura de su tiempo, es como un árbol que se coloca a ras del suelo, sin raíces, sin referencias, sin sentido de la orientación. El menor vientecillo lo echará a tierra, o los instintos naturales con que nace, sin los frenos morales imprescindibles, lo corroerán a poco de nacer y lo reducirán a la infamia y la desesperación.

El ALMA del ALBA nos exige entonces la necesidad urgente de crear mecanismos y acciones concretas que propicien el conocimiento, por todos nuestros pueblos, de aquellos referentes culturales, históricos, políticos y filosóficos imprescindibles, que nos harán sentirnos más cercanos y fundamentarán lo que se viene repitiendo desde hace tanto: que tenemos una lengua, una religión y una cultura común. Es excelente la idea de la creación de la biblioteca y la videoteca del ALBA. La preservación de esa diversidad cultural es esencial para que la integración no sea, como en otras partes, un choque. Pero para preservar y defender las diferencias primero hay que conocerlas.

Abundan en los nuevos gobernantes americanos que siguen a Bolívar y a Martí el patriotismo, el valor y la inteligencia necesarios para apoyar también estas empresas, pero es necesario que pongamos todas las manos en la obra que a todos nos pertenece, para que sea completa y duradera la integración de América. Todos sabemos que no se va a producir por generación espontánea, sino que tenemos que construirla con nuestras propias manos. No hay que tener miedo a hacer por temor a equivocarnos, ya Simón Rodríguez nos absolvió de ante manos cuando aseveró que “inventamos o erramos”.

Por lo pronto, podríamos repetir aquella jubilosa descripción martiana del despertar de nuestra patria grande, hecha en 1891: “En pie, con los ojos alegres de los trabajadores, se saludan, de un pueblo a otro, los hombres nuevos americanos. Surgen los estadistas naturales del estudio directo de la Naturaleza. Leen para aplicar, pero no para copiar. Los economistas estudian la dificultad en sus orígenes. Los oradores empiezan a ser sobrios. Los dramaturgos traen los caracteres nativos a la escena. Las academias discuten temas viables. La poesía se corta la melena zorrillesca y cuelga del árbol glorioso el chaleco colorado. La prosa, centelleante y cernida, va cargada de idea. Los gobernadores, en las repúblicas de indios, aprenden indio.” 1






1 José Martí, Obras Completas, t 6, p. 21