domingo, 19 de agosto de 2007

OTROS APUNTES EN TORNO A LAS IDEAS SOCIALES DE JOSÉ MARTÍ Y A LA CULTURA DEL DEBATE

En el cuarto número de la revista La Edad de Oro, publicada por José Martí para los niños de América, en 1889, inicia el Maestro con un trabajo excepcional titulado “Un paseo por la tierra de los anamitas”, que ha sido calificado como uno de los mejores estudios realizados en occidente sobre la religión budista. En ese trabajo Martí cuenta que cuatro ciegos iban camino de la tienda del rajá para saber cómo era un elefante, y luego de algunas peripecias, cuando llegaron delante del elefante que estaba comiendo sus tortas de arroz y de maíz “uno se le abrazó por una pata: el otro se le prendió de la trompa, y subía en el aire y bajaba, sin quererla soltar: el otro le sujetaba la cola: otro tenía agarrada un asa de fuente del arroz y el maíz. “Ya sé”, decía el de la pata: “el elefante es alto y redondo, como una torre que se mueve.” “¡No es verdad!”, decía el de la trompa: “el elefante es largo, y acaba en pico, como un embudo de carne.” “¡Falso y muy falso”, decía el de la cola: “el elefante es como un badajo de campana!” “Todos se equivocan, todos; el elefante es de figura de anillo, y no se mueve”, decía el del asa de la fuente. Y así son los hombres, que cada uno cree que sólo lo que él piensa y ve es la verdad, y dice en verso y en prosa que no se debe creer sino lo que él cree, lo mismo que los cuatro ciegos del elefante, cuando lo que se ha de hacer es estudiar con cariño lo que los hombres han pensado y hecho, y eso da un gusto grande, que es ver que todos los hombres tienen las mismas penas, y la historia igual, y el mismo amor, y que el mundo es un templo hermoso donde caben en paz los hombres todos de la tierra, porque todos han querido conocer la verdad, y han escrito en sus libros que es útil ser bueno, y han padecido y peleado por ser libres, libres en su tierra, libres en el pensamiento.”

Partiendo de esos presupuestos, es imposible creer que alguien pueda a estas alturas empinarse de agorero de los asuntos de un país, como para tener verdades absolutas. Sin embargo todos tenemos nuestros puntos de vista. Yo puedo no estar de acuerdo con lo que diga otro, pero defiendo su derecho a decirlo. Entendiendo martianamente que el derecho de un hombre termina donde empieza el derecho del otro, y el derecho de un individuo es respetable solo si no pone en peligro el derecho de una comunidad. De lo contrario habría que permitirle al asesino asesinar sin trabas, o a Bush bombardear sin contemplaciones porque según su “filosofía”, está defendiendo el derecho de los poderosos a seguir explotando a todo el que le muestre un lado flaco, o le estorbe un interés.

No podrá encontrarse en mi anterior artículo sobre Martí y el socialismo una sola ofensa a persona alguna, me respeto demasiado a mí mismo y a los dos siglos de pensamiento cubano que me preceden. Hace ya mucho tiempo que sé por Martí que “es el estigma de la pequeñez propia el suponer la pequeñez ajena.” Cada uno es libre de entender lo que estime conveniente. Solo me detendré a dejar sentado, por un elemental sentido del deber, para quienes a pesar de la claridad de mi escrito, al punto que algunos se ofendieron por ello, no entendieron al servicio de quien estaban aquellas páginas. Mi respuesta es sencilla: ese escrito y todos los demás están al servicio de “los que aman y fundan”, no de “los que odian y deshacen”, que para mí no hay más división entre los hombres. Un hombre honrado será honrado en todas partes y en todas las épocas, no importa del color que sea ni en qué religión crea, no importa su filosofía ni su filiación política. “Hay un cúmulo de verdades esenciales que caben en el ala de un colibrí y son, sin embargo, la clave de la paz pública, la elevación espiritual y la grandeza patria”, decía Martí. Hay un número de normas éticas universales, escritas o no, sobre lo que es correcto e incorrecto en el comportamiento humano. En la mayoría de los pueblos de occidente esas normas tienen su basamento en los preceptos fundamentales de la religión de los esclavos de Roma: el cristianismo. Y sobre esos preceptos se han levantado la inmensa mayoría de sus instituciones. Ya sabemos por Martí que todas ellas, puestas una al lado de la otra, no se llevan un cabo ni una punta. Todas han nacido por las mismas necesidades, se han desarrollado por las mismas virtudes y se han corrompido por los mismos males. Hombres malos y buenos hay en toda agrupación humana: “Yo, decía Martí, pienso para los de mente alta, y siento para los de alma grande, no cuido de los otros.” El odio no sirve para nada bueno, ni el rencor, ni la frustración, ni la envidia.

Cada uno da de lo que tiene, porque no puede darse lo que no se posee. Y es lamentable que en tiempos de tanto desarrollo tecnológico la cultura del hombre que ha de convivir con esa tecnología no esté a su altura. Sobre todo porque, como confirmaba el Apóstol, un hombre no es más, cuando más es, que una fiera educada. De ahí que al faltarle la educación y la cultura, solo quede la fiera.

Aclarado el asunto de para quién escribo, y definido que escribo para la verdad en la creo, a la que he dedicado sin tiempo ni remilgos estos años mejores que son los de la juventud, y que esa verdad es la que sostiene a la Revolución que me educó y me hizo hombre; y aclarado también que jamás dejaré de decir donde debo, a quienes debo y en la forma en que debo, las verdades que a mi juicio puedan mejorar la obra que tanto ha costado a varias generaciones de cubanos, pero que jamás andaré lanzando piedras a la luna para congraciarme con unos o con otros, porque Martí también nos enseñó que “es preferible dejarse morir de las heridas que permitir que las vea el enemigo”, cumplo con la promesa de poner en manos de los lectores algunos escritos de Martí en relación con los Estados Unidos. Apunto solamente que en todos estos años de combate frontal contra los gobiernos del imperio, si bien hemos heredado y fomentado un sentimiento antiimperialista, jamás, de Martí hasta Fidel, se ha tratado de despertar en los cubanos un sentimiento antinorteamericano. Ahí están los turistas que vienen, en ningún país tendrán mayores garantías a su seguridad, y también su sede diplomática ante la que hemos marchado por millones durante tanto tiempo, con sobrada indignación cada vez, sin que jamás se le haya lanzado un zapato a aquellos cristales oscuros que esconden intenciones más oscuras aún. Eso hace un pueblo culto.

LA VERDAD SOBRE LOS ESTADOS UNIDOS

Por José Martí

Es preciso que se sepa en nuestra América la verdad de los Estados Unidos. Ni se debe exagerar sus faltas de propósito, por el purito de negarles toda virtud, ni se ha de esconder sus faltas, o pregonarlas como virtudes. No hay razas: no hay más que modificaciones diversas del hombre, en los detalles de hábito y formas que no les cambian lo idéntico y esencial, según las condiciones de clima e historia en que viva. Es de hombres de prólogo y superficie, -que no hayan hundido los brazos en las entrañas humanas, que no vean desde la altura imparcial hervir en igual horno las naciones, que en el huevo y tejido de todas ellas no hallen el mismo permanente duelo del desinterés constructor y el odio inicuo,-el entretenimiento de hallar variedad sustancial entre el egoísta sajón y el egoísta latino, el sajón generoso o el latino generoso, el latino burómano o el burómano sajón: de virtudes y defectos son capaces por igual latinos y sajones. Lo que varía es la consecuencia peculiar de la distinta agrupación histórica: en un pueblo de ingleses y holandeses y alemanes afines, cualesquiera que sean los disturbios, mortales tal vez, que le acarree el divorcio original del señorío y la llaneza que a un tiempo lo fundaron, y la hostilidad inevitable, y en la especie humana indígena, de la codicia y vanidad que crean las aristocracias contra el derecho y la abnegación que se les revelan, no puede producirse la confusión de hábitos políticos y la revuelta hornalla de los pueblos en que la necesidad del conquistador dejó viva la población natural, espantada y diversa a quien aún cierra el paso con parricida ceguedad la casta privilegiada que engendró en ella el europeo. Una nación de mocetones del Norte, hechos de siglos atrás al mar y a la nieve; y a la hombría favorecida por la perenne defensa de las libertades locales, no puede ser como una isla del trópico, fácil y sonriente, donde trabajan por su ajuste, bajo un gobierno que es como piratería política, la excrescencia famélica de un pueblo europeo, soldadesco y retrasado, los descendientes de esta tribu áspera e inculta, divididos por el odio de la docilidad acomodaticia a la virtud rebelde, y los africanos pujantes y sencillos, o envilecidos y rencorosos, que de una espantable esclavitud y una sublime guerra han entrado a la conciudadana con los que los compraron y los vendieron, y, gracias a los muertos de la guerra sublime, saludan hoy como a igual al que hacían ayer bailar a latigazos. En lo que se ha de ver si sajones y latinos son distintos, y en lo que únicamente se les puede comparar, es en aquello en que les hayan rodeado condiciones comunes: y es un hecho que en los Estados del Sur de la Unión Americana, donde hubo esclavos negros, el carácter dominante es tan soberbio, tan perezoso, tan inclemente, tan desvalido, como pudiera ser, en consecuencia de la esclavitud, el de los hijos de Cuba. Es de supina ignorancia, y de ligereza infantil y punible, hablar de los Estados Unidos y de las conquistas reales o aparentes de una comarca suya o grupo de ellas, como de una nación total e igual, de libertad unánime y de conquistas definitivas; semejantes Estados Unidos son una ilusión o una superchería. De las covachas de Dakota, y la nación que por allá va alzándose, bárbara y viril, hay todo un mundo a las ciudades del Este, arrellanadas, privilegiadas, encastadas, sensuales, injustas. Hay un mundo, con sus casas de cantería y libertad señorial, del norte de Schenectady a la estación zancuda y lúgubre del sur de Petersburg,-del pueblo limpio e interesado del Norte, a la tienda de holgazanes, sentados en el coro de barriles, de los pueblos coléricos, paupérrimos, descascarados, agrios, grises del Sur. Lo que ha de observar el hombre honrado, es precisamente, que no sólo no han podido fundirse, en tres siglos de vida común, o uno de ocupación política, los elementos de origen
y tendencia diversos con que se crearon los Estados Unidos, sino que fa comunidad forzosa exacerba y acentúa sus diferencias primarias, y convierte la federación innatural en un estado, áspero, de violenta conquista. Es de gente menor, y de fa envidia incapaz y roedora, el picar puntos a la grandeza patente y negarla en redondo, por uno u otro lunar, o empinársele de agorero, como quien quita una mota al sol. Pero no augura, sino certifica, el que observa cómo en los Estados Unidos, en vez de apretarse las causas de unión, se aflojan; en vez de resolverse los problemas de la humanidad, se reproducen; en vez de amalgamarse en fa política nacional las localidades, la dividen y la enconan; en vez de robustecerse la democracia y salvarse del odio y miseria de las monarquías, se corrompe y aminora la democracia, y renacen, amenazantes, el odio y la miseria. Y no cumple con su deber quien lo calla, sino quien lo dice. Ni con el deber de hombre cumple, de conocer la verdad y esparcirla; ni con el deber de buen americano, que sólo ve seguras la gloria y paz del continente en el desarrollo franco y libre de sus distintas entidades naturales; ni con su deber de hijo de nuestra América, para que por ignorancia, o deslumbramiento o impaciencia no caigan los pueblos de casta española, al consejo de la toga remilgada y el interés asustadizo, en la servidumbre inmoral y enervante de una civilización dañada y ajena. Es preciso que se sepa en nuestra América la verdad de los Estados Unidos.

Lo malo se ha de aborrecer, aunque sea nuestro;-y aun cuando no lo sea. Lo bueno no se ha de desamar sólo porque no sea nuestro. Pero es aspiración irracional y nula, cobarde aspiración de gente segundona e ineficaz, la de llegar a la firmeza de un pueblo extraño por vías distintas de las que llevaron a la seguridad y al orden al pueblo envidiado. .-por el esfuerzo propio y por la adaptación de la libertad humana a las formas requeridas por la constitución peculiar del país. En unos es el excesivo amor al Norte la expresión, explicable e imprudente, de un deseo de progreso tan vivaz y fogozo, que no ve que las ideas, como los árboles, han de venir de larga raíz, y de ser de suelo afín, para que prendan y prosperen, y que al recién nacido no se fe da la sazón de la madurez porque se le cuelguen al rostro blando los bigotes y patillas de la edad mayor: Monstruos se crean así, y no pueblos: hay que vivir de sí y sudar fa calentura. En otros la yanquimanía es inocente fruto de uno u otro saltito de placer, como quien juzga de las entrañas de una casa, y de las almas que en ella ruegan o fallecen,
por la sonrisa y lujo del salón de recibir, o por la champaña y el clavel de la mesa del convite; padézcase; carézcase; trabájese; ámese, y en vano; estúdiese, con el valor y libertad de sí; vélese, con los pobres; llórese, con los miserables; ódiese, la brutalidad de la riqueza; vívase, en el palacio y en la ciudadela, en el salón de la escuela y en sus zaguanes, en el palco del teatro, de jaspes y oro, y en los bastidores, fríos y desnudos; y así se podrá opinar, con asomos de razón, sobre la república autoritaria y codiciosa, y la sensualidad creciente, de los Estados Unidos. En otros póstumos enclenques del dandismo literario del segundo imperio, o escépticos postizos bajo cuya máscara de indiferencia suele latir un corazón de oro, fa moda es el desdén, y más, de lo nativo; y no les parece que haya elegancia mayor que la de beberle al extranjero los pantalones y las ideas, e ir por el mundo erguido, como el faldero acariciado, el pompón de la cola. En otro es como sutil aristocracia, con la que, amando en público lo rubio como propio y natural, intentan encubrir el origen que tienen por mestizo y humilde, sin ver que fue siempre entre hombres señal de bastardía el andar tildando de ella a los demás, y no hay denuncia más segura del pecado de una mujer que el alardear de desprecio a las pecadoras. Sea la causa cualquiera,- impaciencia de la libertad o miedo de ella, pereza moral o aristocracia risible, idealismo político o ingenuidad recién llegada,-es cierto que conviene, y aun urge, poner delante de nuestra América fa verdad toda americana, de lo sajón como de lo latino, a fin de que la fe excesiva en la virtud ajena no nos debilite, en nuestra época de fundación, con la desconfianza inmotivada y funesta de lo propio. En una sola guerra, en la de secesión, que fue más para disputarse entre Norte y Sur el predominio en la República que para abolir la esclavitud, perdieron los Estados Unidos, hijos de la práctica republicana de tres siglos en un país de elementos menos hostiles que otro alguno, más hombres que los que en tiempo igual, y con igual número de habitantes, han perdido juntas todas las repúblicas españolas de América, en la obra naturalmente lenta, y de México a Chile vencedora, de poner a flor del mundo nuevo, sin más empuje que el apostolado retórico de una gloriosa minoría y el instinto popular, los pueblos remotos de núcleos distantes y de razas adversas, donde dejo el mando de España toda la rabia e hipocresía de la teocracia, y la desidia y el recelo de una prolongada servidumbre. Y es de justicia, y de legítima ciencia social, reconocer que, en relación con las facilidades del uno y los obstáculos del otro, el carácter norteamericano ha descendido desde la independencia, y es hoy menos humano y viril, mientras que el hispanoamericano, a todas luces, es superior hoy, a pesar de sus confusiones y fatigas, a lo que era cuando empezó a surgir de la masa revuelta de clérigos logreros, imperitos ideólogos e ignorantes o silvestres indios.-Y para ayudar al conocimiento de la realidad política de América, y acompañar a corregir, con la fuerza serena del hecho, el encomio inconsulto,-y, en lo excesivo, pernicioso--de la vida política y el carácter norteamericanos, Patria inaugura, en el número de hoy una sección permanente de Apuntes sobre los Estados Unidos, donde, estrictamente traducidos de los primeros diarios del país, y sin comentario ni mudanza de la redacción, se publiquen aquellos sucesos por donde se revelen, no el crimen o la falta accidental-y en todos los pueblos posibles en que sólo el espíritu mezquino halla cebo y contento, sino aquellas calidades de constitución que, por su constancia y autoridad, demuestren las dos verdades útiles a nuestra América:-el carácter crudo, desigual y decadente de los Estados Unidos,-y la existencia, en ellos continua, de todas las violencias, discordias, inmoralidades y desórdenes de que se culpa a los pueblos hispanoamericanos.

Patria, Nueva York, 23 de marzo de 1894