sábado, 18 de agosto de 2007

ALGUNAS IDEAS EN TORNO A JOSÉ MARTÍ Y EL SOCIALISMO

Vuelve a salir a la palestra pública el debate respecto a José Martí y sus ideas sobre el socialismo. Ya en los años que sucedieron a la declaración del carácter socialista de la Revolución, con énfasis marcado en los inmediatos posteriores a la caída del llamado socialismo real, a inicios de los 90, tuvimos en periódicos y revistas cubanas y extranjeras un gran debate sobre el tema.

Los enemigos de la Revolución Cubana, luego de perder la pelea en sus intentos por enfrentar el pensamiento martiano al proceso iniciado en enero de 1959, después del triunfo de la guerra revolucionaria contra el asesino Fulgencio Batista y su amo yanqui, acudiendo a descontextualizaciones, tergiversaciones y falsificaciones que se estrellaron contra la realidad profundamente martiana de la isla, pasó a una segunda etapa. La emprendieron entonces contra el socialismo y el marxismo, esgrimiendo un presunto rechazo martiano a esa doctrina. Por esa época dos textos del Apóstol, descontextualizados por supuesto, sirvieron de frágil apoyo a aquellos ataques: La futura esclavitud, título que le da Herber Spencer a un libro suyo sobre un tipo de socialismo que se aspiraba implantar en Inglaterra, y los apuntes que publica Martí a raíz de la muerte de Carlos Marx, en 1883.

Para no entrar en un análisis detallado del texto en cuestión, me refiero al primero de los dos que he citado, más propio para un ensayo que para un artículo, me limito por lo tanto a plantear la manera martiana de analizar un asunto. Todo el que ha estudiado al Maestro sabe que solía comenzar comentando de manera general el tema que quería tratar. Sin afirmarlo ni rebatirlo (de ahí que se hayan dado por suyas muchas opiniones con las que finalmente estuvo en desacuerdo). Luego empleando la mayéutica socrática, la duda metódica, iba desglosando las partes, yendo a la raíz de cada aspecto (porque “hombre es eso, el que va a la raíz, lo otro es rebaño”-dice él) hasta que arribaba, junto con el lector, en una suerte de parto de la razón a las conclusiones finales. Con lo que, se comprenderá, su posición final respecto al asunto tratado es lo que concluye y queda revoloteando en la conciencia de sus lectores.

Desde esta perspectiva veamos brevemente su análisis del texto de Spencer, y lo que sobre el autor, nos dice el Maestro puesto que nunca analizó una obra (ni literaria, ni plástica ni filosófica) sin relacionarla estrechamente con su creador. Después de poner en manos del lector varias opiniones de Spencer (a quien por cierto admiró) respecto a los peligros que acarrearía para Inglaterra aquel tipo de socialismo, y comentar algunas de ellas, Martí lo emplaza al final del artículo de esta manera, cuya parte fundamental subrayo:

Y en todo este estudio apunta Herbert Spencer las consecuencias posibles de la acumulación de funciones en el Estado, que vendrían a dar en esa dolorosa y menguada esclavitud; pero no señala con igual energía, al echar en cara a los páuperos su abandono e ignominia, los modos naturales de equilibrar la riqueza pública dividida con tal inhumanidad en Inglaterra, que ha de mantener naturalmente en ira, desconsuelo y desesperación a seres humanos que se roen los puños de hambre en las mismas calles por donde pasean hoscos y erguidos otros seres humanos que con las rentas de un año de sus propiedades pueden cubrir a toda Inglaterra de guineas.

Y termina lapidario:

Nosotros diríamos a la política: ¡Yerra, pero consuela! Que el que consuela, nunca yerra.

Es decir, para él, que había echado su suerte “con los pobres de la tierra”, era aún preferible aquel socialismo con imperfecciones, que el estado de cosas que prevalecían en aquella sociedad en ese momento.

Respecto al segundo texto martiano al que me referí, sus apuntes sobre el Prometeo de Tréveris, diré que han sido bochornosamente edulcorados en la mayoría de las veces a pesar de su brevedad, citados a medias, fuera del contexto general de la idea. Pondré una vez más en manos de los lectores esos párrafos que encierran una crítica del Maestro al fundador del marxismo y al mismo tiempo están cargados de admiración por él. Escribe Martí en 1883:

Ved esta gran sala, Karl Marx ha muerto. Como se puso del lado de los débiles, merece honor. Pero no hace bien el que señala el daño, y arde en ansias generosas de ponerle remedio, sino el que enseña remedio blando al daño. Espanta la tarea de echar a los hombres sobre los hombres. Indigna el forzoso abestiamiento de unos hombres en provecho de otros. Mas se ha de hallar salida a la indignación, de modo que la bestia cese, sin que se desborde, y espante. Ved esta sala: la preside, rodeado de hojas verdes, el retrato de aquel reformador ardiente, reunidor de hombres de diversos pueblos, y organizador incansable y pujante. La Internacional fue su obra: vienen a honrarlo hombres de todas las naciones. La multitud, que es de bravos braceros, cuya vista enternece y conforta, enseña más músculos que alhajas, y más caras honradas que paños sedosos. El trabajo embellece. Remoza ver a un labriego, a un herrador, o a un marinero. De manejar las fuerzas de la naturaleza, les viene ser hermosos como ellas.

New York va siendo a modo de vorágine: cuanto en el mundo hierve, en ella cae. Acá sonríen al que huye; allá, le hacen huir. De esta bondad le ha venido a este pueblo esta fuerza. Karl Marx estudió los modos de asentar al mundo sobre nuevas bases, y despertó a los dormidos, y les enseñó el modo de echar a tierra los puntales rotos. Pero anduvo de prisa, y un tanto en la sombra, sin ver que no nacen viables, ni de seno de pueblo en la historia, ni de seno de mujer en el hogar, los hijos que no han tenido gestación natural y laboriosa. Aquí están buenos amigos de Karl Marx, que no fue sólo movedor titánico de las cóleras de los trabajadores europeos, sino veedor profundo en la razón de las miserias humanas, y en los destinos de los hombres, y hombre comido del ansia de hacer bien. El veía en todo lo que en sí propio llevaba: rebeldía, camino a lo alto, lucha.

Hay que decir, en honor a la verdad, que Martí se estaba refiriendo a una manera extremista de interpretar el marxismo, el anarquismo, puesta en práctica en los Estados Unidos de la época por las fuertes olas de emigrados europeos, cosa que el propio Engels, en ese mismo tiempo, criticaba también desde Europa; pero a pesar de esto no excluye de su afán de justicia el ideal socialista, evidenciado en la existencia de socialistas entre los fundadores del Partido Revolucionario Cubano, el partido creado por él en 1892 para dirigir la Guerra Necesaria que estallaría en 1895, y organizar la república cordial, el mayor aporte del pensamiento político de Cuba, mucho antes de que Lenin hablara del partido de nuevo tipo. Ese partido, que surge en el pensamiento político martiano como fruto de su vasta cultura, su experiencia y conocimiento de las repúblicas de América, Europa y los Estados Unidos, y acicateado por el peligro de que fracasado el autonomismo surgiera, por los oportunistas de adentro y las ambiciones del imperio, el partido anexionista que se encubaba y era el temor mayor del Maestro.[1] Ese partido revolucionario, digo, debía caracterizarse según Martí, por la amplitud de sus ideas, donde cupieran todos los patriotas que querían la independencia de Cuba, y que fuera respetado por el pueblo no por el número de sus miembros sino por la altura moral y la entrega de sus militantes. Ahí están Carlos Baliño (fundador junto a Julio Antonio Mella del primer Partido Comunista de Cuba, en 1925), Diego Vicente Tejera (fundador del primer Partido Socialista cubano, en 1899, luego de que Tomás Estrada Palma disolviera para facilitarle el camino a sus amigos yanquis el partido de Martí) y el propio Fermín Valdés Domínguez, a quien escribiría desde Nueva York en 1894:

Una cosa te tengo que celebrar mucho, y es el cariño con que tratas; y tu respeto de hombre, a los cubanos que por ahí buscan sinceramente, con este nombre o aquél, un poco más de orden cordial, y de equilibrio indispensable, en la administración de las cosas de este mundo. Por lo noble se ha de juzgar una aspiración: y no por esta o aquella verruga que le ponga la pasión humana. Dos peligros tiene la idea socialista-como tantas otras:--el de las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas:--y el de la soberbia y rabia disimulada de los ambiciosos, que para ir levantándose en el mundo empiezan por fingirse, para tener hombros en que alzarse, frenéticos defensores de los desamparados.

Unos van, de pedigüeños de la reina,--como fue Marat,-cuando el libro que le dedicó con pasta verde-a lisonja sangrienta, con su huevo de justicia, de Marat. Otros pasan de energúmenos a chambelanes, como aquellos de que cuenta Chateaubriand en sus “Memorias”. Pero en nuestro pueblo no es tanto el riesgo, como en sociedades más iracundas, y de menos claridad natural: explicar será nuestro trabajo, y liso y hondo, como tú lo sabrás hacer: el caso es no comprometer la excelsa justicia por los modos equivocados o excesivos de pedirla. Y siempre con la justicia, tú y yo, porque los errores de su forma no autorizan a las almas de buena cuna a desertar de su defensa. Muy bueno, pues, lo del 1º. de Mayo. Ya aguardo tu relato, ansioso.


Los peligros de las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas a que se refiere Martí, los revela cuando explica que al no disponer los trabajadores norteamericanos de una cultura adecuada y del dominio de los idiomas originales donde se escribían aquellas doctrinas, el alemán y el ruso fundamentalmente, tenían que conformarse con leer las malas traducciones y las interpretaciones que de ellas se hacían.

Mucho se ha especulado sobre si el Apóstol conoció o no la doctrina marxista. Yo, sin poder afirmarlo categóricamente, atendiendo a las circunstancias, la época y el entorno martiano, tengo mi propia tesis. Uno de los primeros norteamericanos que le tendió la mano a Martí a su llegada a Nueva York, el 3 de enero de 1880, para establecerse definitivamente hasta el momento de regresar a Cuba, con una estancia de seis meses en Venezuela entre enero y julio de 1881, fue Charles A. Dana, editor del periódico The New York Sun. La amistad de Dana con el cubano es conocida, al punto de que uno de los testimonios más sentidos escritos al momento de conocerse en los Estados Unidos la muerte del Apóstol en los campos de Dos Ríos, el 19 de mayo de 1895, es precisamente el de Charles Dana. Pues bien, Dana era el editor que Marx y Engels tenían en Nueva York, por lo tanto no es descabellado suponer que a través de él entró Martí en contacto con la obra de los creadores de la teoría científica del proletariado. Cómo si no, podría Martí referirse a Carlos Marx con conceptos tan claros y precisos sobre lo esencial de su esfuerzo científico, él, que se respetaba tanto y que no hablaba de lo que no tenía cabal conocimiento; él, que afirmaba que entre los deberes fundamentales del periodista estaba conocer “desde la nube hasta el microbio” para poder orientar y contribuir con las educación de la sociedad.

Como ya se está haciendo largo este artículo, prefiero, para no abusar de la bondad de los editores y la paciencia de los lectores, dejar para otra ocasión algunos aspectos que han quedado fuera de este análisis o que han sido apenas apuntados. Pero como ha causado sensación la publicación del texto martiano titulado La futura esclavitud y se le ha relacionado con el socialismo cubano de hoy, quisiera en bien de la honestidad de estos debates que involucran al Héroe Nacional de Cuba y guía espiritual de nuestro pueblo, publicar próximamente algunos textos suyos relacionados con la explotación capitalista y específicamente con los Estados Unidos, país que conoció a fondo, luego de vivir en él la tercera parte de su vida (entre enero de 1880 y enero de 1895) y que según criterio de expertos norteamericanos lo califican como uno de los más agudos estudiosos de esa sociedad en el siglo XIX.

En lo que toca a los errores del socialismo cubano de hoy, que no llegó en las esteras de los tanques del mil veces glorioso Ejército Rojo, sino que lo hicieron nuestros padres frente a todos los peligros y los escepticismos, considero que eso es algo que debemos discutir los que desandamos cada día los caminos de esta Isla Infinita en la que han encontrado apoyo espiritual todos los hombres y las mujeres de buena voluntad que lo han necesitado. Cada persona se considera en el derecho de decir y criticarle a su madre o a su hermana, en el marco familiar, lo que considere necesario, pero estoy seguro de que nadie honrado permitiría que vinieran a hablarle de ellas de otra parte y mucho menos se prestaría a andar de plañidero por el mundo quejándose de la propia familia. La queja, decía Martí, es la prostitución del carácter: “como la queja deshonra, yo no me quejo”, dejó escrito en sus versos.

Agradecemos siempre las muestras de solidaridad de los amigos, y hemos sabido respetar a los que no pensando como nosotros se han mostrado respetuosos hacia nuestra patria y hacia nuestra historia. Los cubanos hemos aprendido a vivir en los extremos, no andamos por el mundo buscando problemas gratuitamente, hemos ido sin pedir nada a cambio a dondequiera que nos han necesitado como constructores, como maestros, como médicos o como combatientes para destruir regímenes de oprobio como el apartheid en África, y en nuestras playas hemos recibido y recibiremos siempre a los libertadores y a los invasores: a cada uno como corresponde.


[1] En carta al general Máximo Gómez, del 20 de julio de 1882, diez años antes de fundar el PRC, dice Martí: “¡A quien se vuelve Cuba, en el instante definitivo, y ya cercano, de que pierda todas las nuevas esperanzas que el término de la guerra, las promesas de España, y la política de los liberales le han hecho concebir? Se vuelve a todos los que le hablan de una solución fuera de España. Pero si no está en pie, elocuente y erguido, moderado, profundo, un partido revolucionario que inspire, por la cohesión y modestia de sus hombres, y la sensatez de sus propósitos, una confianza suficiente para acallar el anhelo del país --¿a quién ha de volverse, sino a los hombres del partido anexionista que surgirán entonces? ¿Cómo evitar que se vayan tras ellos todos los aficionados a una libertad cómoda, que creen que con esa solución salvan a la par su fortuna y su conciencia? Ese es el riesgo grave. Por eso es llegada la hora de ponemos en pie.”