miércoles, 5 de septiembre de 2007

NUESTRA AMÉRICA Y EL SOCIALISMO EN EL SIGLO XXI O EL “ANTIDIETERICH”

Cuando el 11 de junio de 1878, Federico Engels escribía en Londres el prólogo a la primera edición del AntiDühring, apuntaba esta idea que cito íntegramente: “Desde hace tiempo, en Alemania brotan por decenas, como las setas después de la lluvia, los sistemas de cosmogonía, de filosofía de la naturaleza en general, de política, de economía, etc. El más insignificante doctor en filosofía y hasta el más oscuro estudiante no se contenta con menos de un “sistema” completo. Y tal parece como si en la ciencia quisiera también aplicarse ese postulado de la economía según el cual todo consumidor conoce al dedillo todas las mercancías que necesita para el sustento de su vida. La libertad científica consiste en escribir de todo aquello que no se ha estudiado, haciéndolo pasar como el único método rigurosamente científico. Y el señor Dühring es uno de los tipos más representativos de esa ruidosa seudociencia que por todas partes se coloca hoy en Alemania, a fuerza de codazos, en primera fila y que atruena el espacio con su estrepitoso…ruido de latón. Ruido de latón en poesía, en filosofía, en política, en economía, en historiografía; ruido de latón en la cátedra y en la tribuna; ruido de latón por todas partes; ruido de latón que se arroga una gran superioridad y profundidad de pensamiento, a diferencia del simple, trivial, vulgar ruido de latón de otros pueblos.”

Obviamente ni el contexto es el mismo, ni yo soy Federico Engels (ni me pretendo comparar siquiera con ese verdadero sabio alemán (que tuvo la humildad (tan necesaria a Dieterich) de proclamar que el sabio era Carlos Marx, y él a lo sumo un hombre de talento)), ni Heinz Dieterich es el señor Dühring. Sin embargo, el empeño por aplicarle su “receta infalible” al renacer de viejos sueños libertarios en los países de lo que José Martí llamó Nuestra América, lo acerca bastante a ese antiguo (como se ve en la cita de Engels) padecimiento teutón de querer encerrarlo todo en un sistema que incluya etapas, períodos y plicas de cualquier tipo, como si el decursar de la existencia humana pudiera predecirse en un papel como si fuera el plan de estudios de la universidad.

No voy a ponerme a desbarrar de este reconocido, potenciado y controvertido pensador alemán asentado en México, que se suma a los llamados internacionales en defensa de la Revolución Cubana y al mismo tiempo pretende empinársele de agorero de sus destinos, condicionando la supervivencia del proceso cubano a la adhesión o no del mismo a su acuñado concepto de “Socialismo del Siglo XXI”, que según creo, comenzó sus afanes hegemónicos en la esfera del pensamiento de izquierda con el nada humilde nombre de “Nuevo Proyecto Histórico”.

Mucho menos cuestionaré su nivel “académico”, sin duda muy superior al mío, pero el más elemental sentido común me lleva a preguntarle al señor Dieterich lo que cualquier guajiro cubano, después de leer por sí mismo (porque no son analfabetos, como es sabido) la altanería de sus pretendidas lecciones a la dirección revolucionaria de Cuba, podría preguntarle mirándole fijamente a los ojos: a saber, ¿Cuántas revoluciones ha hecho usted, señor Dieterich? ¿Dónde están sus heridas en combate? ¿Cuánto tiempo guardó prisión por intentar guiar a un pueblo a la lucha por conquistar para todos sus ciudadanos “la mayor suma de felicidad posible”, como quería Simón Bolívar? ¿Qué tiempo ha tenido que ocultarse en la clandestinidad para escapar de las persecuciones de los asesinos de los pueblos? ¿A cuántos miles de analfabetos ha enseñado a leer, aunque sea para que lean sus tesis sobre cómo eliminar el analfabetismo de América Latina en una semana, gracias a la alquimia posmoderna de la tecnotrónica y la cibernética? ¿A cuántos hambrientos ha enseñado a pescar para quitarle el hambre de por vida, o simplemente se ha limitado a darles un pescado para quitarle el hambre de esa jornada?

Ya no más preguntas “por ahora”, (como dijo Chávez cuando la rebelión militar que dirigió en 1992).

Siempre le agradeceremos a Dieterich su apoyo a Cuba, pero tenemos el derecho de responder cuando consideremos que algo de lo que diga respecto a nuestro país no se atiene a las realidades contundentes de un proceso histórico social cuyos orígenes, dos siglos atrás, probablemente Dieterich desconozca o conozca solo a medias.

“¿Dónde iremos a buscar modelos? La América Española es original. Originales han de ser sus instituciones y su Gobierno. Y originales los medios de fundar unas y otro. O inventamos o erramos”, dijo el socialista Simón Rodríguez, maestro de Bolívar. “Somos un pequeño género humano”, dijo El Libertador; “Con un decreto de Hamilton no se le para la pechada al potro del llanero”, dijo Martí, que además llamó a los habitantes de estas tierras “una raza original, fiera y artística“. Para no hablar del Benemérito de las Américas, don Benito Juárez y sus definiciones sobre el socialismo. Ese pensamiento autóctono se ha mantenido pese a cuanto hayan hecho de buena o de mala fe unos y otros por desconocerlo o sustituirlo, bajo el signo del colonizado cultural o del deslumbramiento. Desde la propuesta de socialismo indoamericano del Amauta y su afirmación categórica de que el socialismo en América no podía ser calco ni copia, sino creación heroica, hasta la “temeraria” decisión de Fidel de que en medio de los derrumbes y las claudicaciones había que salvar la Patria, la Revolución y el Socialismo, cuando otros no solo desertaban de las filas de la izquierda sino que procuraban contagiar a todo el que podían con sus flojeras y sus vacilaciones.

Es pecado, señor Dieterich, entrar a la Historia con el dedo levantado. Las revoluciones, como las religiones, sobreviven a la larga no tanto por la elocuencia de sus predicadores, sino por la altura moral de sus apóstoles.

Hacer es la mejor manera de decir, como enseñó José Martí.

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