domingo, 30 de septiembre de 2007
Canción del panadero
José Martí
Panadero que quieres cantar frente a la harina
ese dolor de amante incomprendido,
en las noches oscuras desde aquella ventana
suspirando a los vientos todos los desvaríos
de la imaginación exacerbada.
Puedes cantar
sí puedes entonar nuevos cantos
a todos los motivos que encuentres a tu paso,
pero mientras tú cantas frente al horno encendido,
frente a la mesa donde debe ser amasada
la harina que cantaste, ¿quién hace el pan?
¿quién alimenta al horno, si tus manos
no se mueven al ritmo de tus canciones nuevas?
Canta y trabaja. Canta y no detengas
tus manos en la masa ni tu poema en los labios.
Canta y construye con versos en los labios
el poema de tus manos.
martes, 25 de septiembre de 2007
AUGURES Y AUGURIOS
“Analfabeto no es solo el que no sabe escribir,
sino el que no sabe interpretar la realidad.”
A falta de capacidad para ver la realidad de las cosas, los sempiternos augures del desastre de
El caso es que la reciente aparición del Caguairán en la televisión cubana echó a tierra a las intrigas y a los intrigantes, a los profetas y a sus profecías. y más allá de amigos o enemigos, de los que se alegran y los que se entristecen, medio mundo volvió a quedar desilusionado por la cacareada “prensa libre”. Los tanques pensantes reciclan sus profecías, les dan un baño de autocrítica y la vuelven a lanzar al ruedo. No importa que sea mentira, lo que importa es repetirla, por aquello de Goebels.
Ante el “empeño” de Fidel de no morirse, no les queda más salida a los profetas del Apocalipsis revolucionario que pintarle al mundo un también reciclado cuadro alejandrino. No hablo de la métrica poética sino del mundo y el tiempo de Alejandro Magno. Dibujan estos augures tal embrollo en las relaciones entre Fidel y Raúl, los Comandantes de
Ah!, los oráculos de la derecha, que, si conocen las leyes de la dialéctica, tal vez las repitan de memoria pero jamás las entienden. Ah!, los oráculos de las izquierdas que olvidan que la política, como
Para los augures del fin revolucionario de Cuba todo se reduce a operaciones bursátiles, como si entre los seres humanos no mediaran más relaciones que los intereses materiales. Tampoco los culpo. Solo el que sabe por cuánto se vendería, es capaz de ponerle precio a otro hombre.
El que conoce de cerca la realidad cubana y a sus líderes civiles y militares, sabe cuanto de lealtad a las ideas por las que se han jugado la vida desde eran casi adolescentes, hay en cada uno de ellos. Han seguido sin vacilar a un líder porque ese líder encarnó como nadie las ideas de justicia social y los principios éticos por los que decidieron guiarse en su paso por el mundo. No hubo para ellos después de cada combate, prebendas ni botines de guerra, sino más sacrificio, más exigencia y como consecuencia nuevas victorias. No han seguido a un “caudillo” a la usanza común de las matonerías históricas. Fidel ha sido más que el jefe, el amigo, el compañero, el que jamás abandonó a ninguno de sus hombres, el que nunca perdió la fe en la vergüenza de los hombres, el que los ha sabido conducir de victoria en victoria. Y la amistad, señores augures, no se traiciona sin traicionarse a uno mismo. Por eso los que han hecho tal y se han envanecidos de lo que sin él no hubieran podido llegar a ser, han terminado consumidos por su mala conciencia, destilando el veneno de su propia frustración. Aunque no lo confiesen, es difícil después de haber sido útiles a una idea noble, resignarse a ser un resentido. No es fácil, señores augures, desertar de la dignidad y del honor. Ustedes no conocen esos “sitios”. Tal vez por eso mismo, tampoco puedan comprenderme ahora, y me acusen otra vez, unos de “talibán” o de “matón de barrio”, y otros de “idealista” y hasta de “religioso”. Mi religión es tan sencilla como la propia vida: tratar de comprender el mundo en que vivo, no hacerle mal a nadie, y hacer todo el bien que esté a mi alcance.
A mí, formado por
No logro descifrar el acertijo de “casta militar” cuando recuerdo a mi bisabuelo mambí, mi abuelo miliciano, mi padre reservista. No, señores augures, revisen sus augurios o sus fuentes: los militares cubanos somos nosotros mismos, los maestros, los poetas, los obreros, los campesinos, los jóvenes, en fin, gente que siempre ha preferido sembrar la tierra, escribir poemas, bailar o cantar, a disparar contra otro ser humano. Cuando llegado el momento hemos sido obligados por nuestros enemigos a cambiar la pluma por la espada, lo hemos hecho sin vacilación pero también sin odio, por amor a lo nuestro, a lo que hemos podido construir en medio de increíbles sacrificios.
Nadie debe olvidar, concienzudos oráculos, que esta pequeña isla ha sido en quinientos años, durante cuatro siglos colonia de España, y 60 años neo colonia yanqui. Hace solo 48 años que estamos gobernándonos por nosotros mismos. Tenemos derecho a equivocarnos. Sin embargo, no necesitamos para recuperarnos el tiempo que demoraron nuestros dueños en hundirnos en el cieno de la ignominia y la vergüenza. En apenas medio siglo nos hemos levantado a los ojos del mundo como un gigante moral, gracias a la fuerza que dan los principios éticos que hemos defendido para todos los seres humanos, no solo para Cuba.
De cualquier forma, ahí está la realidad testaruda y tranquila, que no necesita de elucubraciones sonambulescas ni permite optimismos panglosianos. Mientras ustedes, augures, juegan sobre el tablero de Cuba el ajedrez macabro de la intriga y la maledicencia, armando dos presuntos ejércitos generacionales contendientes, para atizar el show que les dará más ingresos, el mundo va descubriendo entre las brumas y los tufos de tanta verborrea paniaguada y ridícula, una verdad insoslayable: ustedes siempre buscan buen dinero en su tarea profética. Desde hace 48 años escriben libros sobre nuestra próxima caída, sobre por qué resistimos, sobre por qué nos caeremos, y así continuarán… hasta el fin de los días.
lunes, 24 de septiembre de 2007
ODA A PABLO NERUDA
solo porque su boca está cerrada
y ya no puede contestar su canto.”
Pablo Neruda
(Pobres poetas)
I
Yo iba a cumplir dos años
cuando te fuiste, Pablo.
Era un tiempo dramático el de aquella partida.
Los ayes de tu tierra coronaban los Andes
y las hienas bebían sangre del pueblo
en las alcantarillas de Santiago.
Todo era gris, cuando menos, oscuro.
Hasta la luz se declaró proscrita
y un lamento oceánico flotaba en Isla Negra.
No pudiste escoger mejor momento
para lanzar tu póstuma protesta,
la más viril, la más incontestable
de cuantas habías hecho. No pudieron
callarla. No alcanzaron disimular el trueno
de tu silencio puro, tenaz, definitivo,
contra los asesinos de tu sueño,
del Presidente amigo, del trovador
que lejos de sus manos
seguía cantando al pueblo.
II
Luego he sabido, Pablo,
que allá en los balbuceos
de mis primeros pasos,
me hacía llamar Allende, y ese nombre,
repetido mil veces en salmos cotidianos
junto al viejo retrato colgado en las paredes
de todos los vecinos,
acompañó mi vida.
III
Después vino la edad de la conquista
y en tus versos cabalgaron, jinetes,
mis suspiros de eterno enamorado. Cada noche
podía escribir los versos más tristes
sobre los labios vírgenes de alguna adolescente.
Yo te citaba, Pablo, en los parques y en los campamentos,
fueran los días de sol o noches sin estrellas,
tú ibas siempre conmigo
en gastadas libretas de rasgo indefinible
y mala ortografía.
¡Cuánto divino instante me diste, compañero!
Desde aquel tu pasado que era entonces a un tiempo
la verdad del presente y el sueño del futuro.
IV
Ahora te pienso, Pablo, más allá de tus versos,
después de treinta años de amistad inconfesa,
y contemplo gigante tu estructura de piedras,
de caracol, de mar, de pájaro furtivo,
que vuela como el cóndor sobre el cielo de América.
No hay que esperar cien años a que otra vez despiertes,
si los pueblos que amaste ya invocaron tu nombre
desde las altas cumbres, desde las hondas cuevas,
izaron las banderas azules con los peces
que escrutan el Pacífico hasta que cualquier día
un mascarón Neruda surja en el horizonte.
jueves, 13 de septiembre de 2007
EL HOMBRE NUEVO PARA UN MUNDO NUEVO
José Martí
“Un mundo mejor es posible”, es una consigna que se repite muy a menudo en estos tiempos. Y aunque no se haya dicho textualmente así, hace mucho que los seres humanos aspiran a que el mundo en que viven sea mejor de lo que es. A esa posibilidad, a ese mejoramiento, a ese “deber ser”, se le ha llamado Utopía, como la isla de Tomás Moro.
Sin embargo, aunque muchos han creído en la certeza de esa esperanza, también es cierto que ese mundo mejor al que se aspira no va a producirse por generación espontánea, ni caerá, como el maná, del cielo. Ese mundo nuevo, mejor y posible ha dejado de ser una utopía más para convertirse en la única esperanza de sobrevivencia de la especie humana. No es ya un sueño tras el que corrían candidatos a héroes y poetas del verso o del espíritu. Hoy es una necesidad para todos los seres vivos que habitamos el planeta, y también por respeto a la memoria de los muertos. Así es que nadie queda excluido de esta disyuntiva. Pasado, presente y futuro están abocados a desaparecer víctimas de la irracionalidad y el egoísmo de unos pocos, apoyados por la desidia y la apatía de la mayoría. Es lamentable ver la enajenación en que caen, como flores en el fango, inteligencias que pudieron ser útiles a ese esfuerzo por vivir más felices y se pierden detrás de las lucecitas de colores de los supermercados y las televisoras entrenadas en “entretener” a las personas.
No siempre se ha tenido muy claro la diferencia entre vivir y existir. Vivir es gastar la vida que nos fue regalada. Existir es apenas comprender que estás vivo. La mayor parte de la gente existe, simplemente. Decía José Martí que la mayor parte de los hombres ha pasado dormida sobre la tierra, comieron y bebieron pero no supieron de sí, y que todavía son los hombres máquinas de comer y relicarios de preocupaciones, por eso es preciso hacer de cada hombre una antorcha.
Para que exista un mundo nuevo es requisito previo crear al hombre nuevo que lo hará posible, o al menos que esté dispuesto a construirlo con sus propias manos, sin exigir nada a cambio, sin explotar a nadie, sin engañar a nadie, como diría el Che. Y el hombre nuevo no es una utopía, ha existido siempre. Lo que sucede es que han tratado de confundirlo con “el hombre perfecto”, y ese sí que no existe. El hombre nuevo es un hombre común, como cualquier otro, solo lo eleva a la categoría de extraordinario su afán de ser mejor cada día, de darse entero en beneficio de un ideal noble y justo, aunque en ello le vaya la vida. Pero no es un ser extraterrestre. Hombres nuevos hemos tenido en cada jalón histórico del camino humano. Todos los grandes próceres fueron los hombres nuevos de su tiempo, los que apostaron a una idea justa y lucharon por ella. Nunca esas épocas alcanzaron la plenitud a que aspiraron aquellos escogidos, pero es cierto que cuanto avanzaron en el camino de la luz, a ellos lo deben.
Los cubanos tenemos muchos ejemplos en la historia de nuestra pequeña isla. Hombres que nacidos en la brevedad de esta geografía jamás mancharon sus ideas con nacionalismos estrechos, al contrario, siempre ha llamado la atención de los estudiosos, el espíritu universal que ha animado a los líderes de este país, desde José Martí hasta Fidel Castro.
Pero un ejemplo hay en nuestros días que merece la pena recordar otra vez, un día como hoy: son los cinco jóvenes patriotas, luchadores antiterroristas, Héroes de la República de Cuba, que están secuestrados en las cárceles del imperio por tratar de alertar a los pueblos de Cuba y Estados Unidos de los actos terroristas promovidos, con el auspicio del imperio, por elementos sin escrúpulos que suelen habitar al sur de la Florida.
Gerardo Hernández, René González, Ramón Labañino, Fernando González y Antonio Guerrero, desde sus prisiones injustas y miserables adonde los lanzó el odio y la impotencia de los poderosos y sus hienas, son el ejemplo más elocuente del tipo de hombres que necesitará el mundo para renovarse, y escapar del abismo al que lo tienen inclinado sujeto por el cuello. Abandonando sus familias y su país, soportando las más duras pruebas a que puedan someterse espíritus sensibles como los suyos, se fueron a la guarida de las hienas, a penetrar las redes de la mafia terrorista que ha crecido en el odio, el rencor y la impotencia, como chacales enjaulados, rumiando venganza contra el pueblo valiente y generoso que no se resiste a tener amos.
En sus reflexiones de hoy, Fidel explica entre otras cosas, como un luchador antiterrorista cubano pudo, con la información suministrada a tiempo y transmitida por el gobierno cubano a las autoridades norteamericanas, salvarle la vida al presidente de los Estados Unidos, Ronald Reagan, sin que las canalladas contra Cuba del gobierno que Reagan presidía, influyeran un ápice como para permitir que el magnicidio se llevara a cabo.
El 20 de mayo de 2005, en su discurso en la Tribuna Antiimperialista José Martí, Fidel explicó los pormenores de un intercambio de informaciones sobre planes terroristas, que había tenido lugar en junio de 1998, entre los gobiernos de Cuba y Estados Unidos, ya que estos planes involucraban a ambos gobiernos y posiblemente a otros más. Queda claro que fue a raíz de esos intercambios de información que las autoridades norteamericanas, faltando a la hidalguía que les hubiera hecho tanto honor, y al más elemental sentido de la ética, en lugar de perseguir y apresar a los terroristas, se dedicaron a tratar de descubrir las fuentes gracias a las cuales se les podía ofrecer la valiosa información que poseían y que podía salvar la vida de muchos ciudadanos cubanos, norteamericanos y de otras nacionalidades. Así llegan a apresar un día como hoy, el 12 de septiembre de 1998, a nuestros cinco hermanos, que con su actitud y firmeza ante las crueldades a que han sido sometidos por el imperio prepotente e impotente, dan fe de que es verdad que lo que vale no es el número de armas en las manos sino el número de estrellas en la frente.
En este noveno aniversario de su encierro, en medio de la hipocresía del gobierno de W. Bush, que en nombre de la lucha contra el terrorismo masacra en Afganistán, destruye Iraq y con él al invaluable patrimonio que constituye para el mundo esa civilización hermosa e inolvidable que a más de los héroes reales nos dio a Simbad, a Zcherezada y Las mil y una noches, invitamos a los hombres y las mujeres de buena voluntad que reconocen que es imposible un mundo mejor en medio de la guerra, la destrucción y la muerte, a que se sumen a esta campaña internacional por la liberación de los Cinco Héroes Cubanos prisioneros en cárceles del imperio por luchar contra el terrorismo.
Construyamos en nosotros mismos el hombre nuevo que hará posible al mundo nuevo, luchando sin descanso contra la guerra, el odio y el egoísmo.
Recordaré una vez más, aquella parábola, muy conocida, que cuenta que un científico en su laboratorio trataba de distraer a su pequeño hijo para que no le interrumpiera sus investigaciones, y a falta de algo mejor, arrancó una página de un libro donde había impreso un mapa del mundo. El científico rasgó la página en varios pedazos y le pidió al pequeño que se sentara a armar aquel “rompecabezas”, seguro de que no lo lograría por sus escasos años. Pero cuenta la historia que un rato después el pequeño llamaba a su papá para que viera lo bien que le había quedado el mundo. El científico asombrado comprobó que cada país estaba en su sitio, y le preguntó al hijo: ¿cómo fuiste capaz de saber dónde iba cada país? A lo que el pequeño respondió ingenuamente: Papá, yo no sé cómo está hecho el mundo, pero sé como está hecho el hombre. Por el lado contrario de tu rompecabezas había dibujada la figura de un hombre; yo volví la página, arreglé al hombre y cuando la viré de nuevo, estaba armado el mundo.
Si queremos mejorar al mundo tenemos primero que mejorar al hombre que lo habita, porque solo él, con sus virtudes y sus defectos, pero sobre todo con la capacidad infinita de ser mejor cada día, podrá salvar, más allá de los sistemas filosóficos, políticos, sociales o religiosos, a la especie humana. Para esa tarea son necesarias todas las inteligencias, porque todos nosotros juntos sabremos más que cualquiera de nosotros solos, porque la especie humana no se salvará gracias al sortilegio de un genio superior que le marque el destino, sino que el problema debemos resolverlo nosotros mismos con nuestras propias manos.
Es necesario un elemental sentido de la vida para comprender esta verdad tremenda que está ahí, aunque no quieran verla los pesimistas ni los optimistas excesivos. Y es preciso también volver a los tiempos de la entrega incondicional, la solidaridad y la humildad, para aprovechar toda la experiencia acumulada por el hombre en su devenir histórico.
martes, 11 de septiembre de 2007
11 DE SEPTIEMBRE
“Yo pisaré las calles nuevamente
de lo que fue Santiago ensangrentada,
y en una hermosa plaza liberada
me detendré a llorar por los ausentes.”
Para honrar tu memoria, presidente,
en un nuevo Septiembre de Cenizas,
dejando en un lugar todas mis prisas,
yo pisaré las calles nuevamente.
A La Moneda iré en la madrugada
a poner una flor sobre tu mesa,
y acaso a recordar esa tristeza
de lo que fue Santiago ensangrentada.
Así, mirando a todos los presentes
caminar con descuido en la alborada,
y en una hermosa plaza liberada,
-para alivio de tantos inocentes-
junto a tu imagen siempre recordada,
me detendré a llorar por los ausentes.
miércoles, 5 de septiembre de 2007
NUESTRA AMÉRICA Y EL SOCIALISMO EN EL SIGLO XXI O EL “ANTIDIETERICH”
Obviamente ni el contexto es el mismo, ni yo soy Federico Engels (ni me pretendo comparar siquiera con ese verdadero sabio alemán (que tuvo la humildad (tan necesaria a Dieterich) de proclamar que el sabio era Carlos Marx, y él a lo sumo un hombre de talento)), ni Heinz Dieterich es el señor Dühring. Sin embargo, el empeño por aplicarle su “receta infalible” al renacer de viejos sueños libertarios en los países de lo que José Martí llamó Nuestra América, lo acerca bastante a ese antiguo (como se ve en la cita de Engels) padecimiento teutón de querer encerrarlo todo en un sistema que incluya etapas, períodos y plicas de cualquier tipo, como si el decursar de la existencia humana pudiera predecirse en un papel como si fuera el plan de estudios de la universidad.
No voy a ponerme a desbarrar de este reconocido, potenciado y controvertido pensador alemán asentado en México, que se suma a los llamados internacionales en defensa de la Revolución Cubana y al mismo tiempo pretende empinársele de agorero de sus destinos, condicionando la supervivencia del proceso cubano a la adhesión o no del mismo a su acuñado concepto de “Socialismo del Siglo XXI”, que según creo, comenzó sus afanes hegemónicos en la esfera del pensamiento de izquierda con el nada humilde nombre de “Nuevo Proyecto Histórico”.
Mucho menos cuestionaré su nivel “académico”, sin duda muy superior al mío, pero el más elemental sentido común me lleva a preguntarle al señor Dieterich lo que cualquier guajiro cubano, después de leer por sí mismo (porque no son analfabetos, como es sabido) la altanería de sus pretendidas lecciones a la dirección revolucionaria de Cuba, podría preguntarle mirándole fijamente a los ojos: a saber, ¿Cuántas revoluciones ha hecho usted, señor Dieterich? ¿Dónde están sus heridas en combate? ¿Cuánto tiempo guardó prisión por intentar guiar a un pueblo a la lucha por conquistar para todos sus ciudadanos “la mayor suma de felicidad posible”, como quería Simón Bolívar? ¿Qué tiempo ha tenido que ocultarse en la clandestinidad para escapar de las persecuciones de los asesinos de los pueblos? ¿A cuántos miles de analfabetos ha enseñado a leer, aunque sea para que lean sus tesis sobre cómo eliminar el analfabetismo de América Latina en una semana, gracias a la alquimia posmoderna de la tecnotrónica y la cibernética? ¿A cuántos hambrientos ha enseñado a pescar para quitarle el hambre de por vida, o simplemente se ha limitado a darles un pescado para quitarle el hambre de esa jornada?
Ya no más preguntas “por ahora”, (como dijo Chávez cuando la rebelión militar que dirigió en 1992).
Siempre le agradeceremos a Dieterich su apoyo a Cuba, pero tenemos el derecho de responder cuando consideremos que algo de lo que diga respecto a nuestro país no se atiene a las realidades contundentes de un proceso histórico social cuyos orígenes, dos siglos atrás, probablemente Dieterich desconozca o conozca solo a medias.
“¿Dónde iremos a buscar modelos? La América Española es original. Originales han de ser sus instituciones y su Gobierno. Y originales los medios de fundar unas y otro. O inventamos o erramos”, dijo el socialista Simón Rodríguez, maestro de Bolívar. “Somos un pequeño género humano”, dijo El Libertador; “Con un decreto de Hamilton no se le para la pechada al potro del llanero”, dijo Martí, que además llamó a los habitantes de estas tierras “una raza original, fiera y artística“. Para no hablar del Benemérito de las Américas, don Benito Juárez y sus definiciones sobre el socialismo. Ese pensamiento autóctono se ha mantenido pese a cuanto hayan hecho de buena o de mala fe unos y otros por desconocerlo o sustituirlo, bajo el signo del colonizado cultural o del deslumbramiento. Desde la propuesta de socialismo indoamericano del Amauta y su afirmación categórica de que el socialismo en América no podía ser calco ni copia, sino creación heroica, hasta la “temeraria” decisión de Fidel de que en medio de los derrumbes y las claudicaciones había que salvar la Patria, la Revolución y el Socialismo, cuando otros no solo desertaban de las filas de la izquierda sino que procuraban contagiar a todo el que podían con sus flojeras y sus vacilaciones.
Es pecado, señor Dieterich, entrar a la Historia con el dedo levantado. Las revoluciones, como las religiones, sobreviven a la larga no tanto por la elocuencia de sus predicadores, sino por la altura moral de sus apóstoles.
Hacer es la mejor manera de decir, como enseñó José Martí.
domingo, 2 de septiembre de 2007
CANTOS AL HOMBRE
no pierdas la esperanza.
La esperanza está en ti,
eres tú mismo, lo que hagas de tus pasos.
Solo debe preocuparte el norte de tu brújula.
Ella son tus ideas, ¡cultívalas!
Si supieras leer, lee,
y si no sabes, solo observa y piensa;
pero aunque sepas, siempre observa y piensa.
Y sobre todo, piensa.
I
¿Sabes que nadie tiene derecho a la tristeza?
¡Has pensado en la magia de estar vivo!
¿No es un milagro respirar?
¿Cuántos espermatozoides persiguen fecundar al óvulo?
Dichoso tú. Eres uno entre millones.
Bien pudiste no ser, pero ahí estás,
y sin embargo, lloras de tristeza.
II
No des un solo paso en busca de la felicidad.
Ella no está delante ni detrás;
no es un destino.
No es un lugar ni un tiempo.
Es un estado del espíritu.
Quédate quieto y siente
la vida que transcurre junto a ti.
De mil maneras te recuerda que vives.
Súmate a este torrente de alegría
que te ha sido regalado,
es un derecho y también un deber
con los que no pudieron,
con los que ya no están.
Comprende que la felicidad es el camino.
III
¿Viste el amanecer de este día que termina?
Nada hay más importante que esperar cada día
con los ojos, la mente y el corazón dispuestos.
Darle la bienvenida y suspirar alegre
porque has llegado aquí.
Mañana no sabemos.
La vida es delicada mariposa
que vuela distraída
sobre el turbión perenne de la muerte,
y su vuelo es muy corto;
disfrútalo, no vayas en cualquier dirección.
Descubre a tiempo la flor de más fragancia,
detente allí, dedícale un instante
para tomar impulso, seguir vuelo,
y ayudar a las otras mariposas
a continuar su viaje, lo más lejos posible,
sobre el turbión perenne de la muerte.
IV
Busca dentro de ti;
ahí está todo lo que necesitas para vivir feliz.
No creas falsas angustias
provocadas por los deseos efímeros.
No te entretengas, ¡vive!
Que el tiempo de vivir no te fue dado
para que lo malgastes.
El reloj de la muerte no se para.
V
Respóndete a ti mismo si es que de verdad vives
o si apenas existes.
Vivir es gastar cada instante que respiras;
existir es ni siquiera tener conciencia de ello.
Vivir es aprovechar al máximo
todo lo que te ha sido dado, y compartir;
existir es nada más tener y acumular.
Vivir es ocuparte de todo lo que te dice que estás vivo;
existir es ocuparte solo de ti.
Es triste comprender que la mayor parte de los hombres
existe, simplemente.
VI
No te angustie la muerte,
no le temas.
Es la que da sentido a nuestra vida.
Sabes que vives porque existe ella;
como que está segura al final del camino,
el camino se vuelve más hermoso;
como vendrá hacia ti en cualquier momento,
te obliga a vivir cada instante como si fuera el último.
Vive sincera, intensa, claramente,
para que puedas recordar con alegría tus pasos
en cada trecho del camino,
cuando ella llegue y se te pare en frente
a decirte que tu tiempo ha terminado.
miércoles, 29 de agosto de 2007
José Martí ante la expansión norteamericana
Mucho se ha hablado de tres de los momentos cumbres, pudiéramos decir, de esta oposición martiana a la rapacidad del Norte: a saber, la Conferencia Internacional Americana, más conocida como el Congreso de Washington, celebrada entre diciembre de 1889 y enero de 1890; y la Conferencia Monetaria Internacional, que tuvo lugar en 1891. El tercer momento a que hacemos referencia es la carta que dirigió el Apóstol a su amigo mexicano Manuel Mercado, considerada su Testamento Político, el 18 de mayo de 1895, un día antes de su caída en combate en los campos de Dos Ríos.
Sin embargo, cuando nos adentramos en el universo martiano, nos llama poderosamente la atención ver cómo desde los más diversos frentes y utilizando tanto los medios directos, como el periodismo en la época de las Conferencias señaladas, hasta los más sutiles, como La Edad de Oro, Martí desarrolla una intensa y extensa campaña antimperialista –no antinorteamericana—y en la que podemos definir al menos tres vertientes principales:
* El afán porque en los países de lo que él llamó Nuestra América se conocieran, junto a las virtudes que debíamos aprovechar de los Estados Unidos, los horrores morales y las ambiciones voraces que persistían en aquella sociedad y de los que debíamos cuidarnos; las oscuridades que reinaban detrás de las lujosas vitrinas donde, ya entonces, se nos pretendía vender un modelo de vida.
* La necesidad de que en los Estados Unidos se conocieran, no sólo las riquezas naturales, sino –y sobre todo—la historia heroica, las virtudes, los sentimientos, la capacidad de los que habitamos al sur del Río Grande. Veía Martí en esto un factor de primer orden para frenar las ansias expansionistas ganando el respeto del vecino ambicioso al que el desconocimiento de nuestras realidades, dolores y esperanzas lo llevaba a experimentar menosprecio en lugar de la admiración, y lo hacía creernos presa fácil.
* El esfuerzo titánico, continuo y constante por elevar el nivel cultural de los habitantes de nuestros pueblos, a través de una instrucción adecuada a las características de estos países y tomando lo mejor de la cultura universal. La preocupación porque el hijo de Hispanoamérica se sintiera orgulloso de su origen y no se subestimara con relación al anglosajón; y la utilidad de dar a conocer unas a otras las naciones de Nuestra América, porque los que van a pelear juntos deben darse prisa en conocerse, y sólo este conocimiento haría posible la unidad Latinoamericana, baluarte mayor contra el expansionismo imperialista.
Resultan significativas sus tempranas premoniciones respecto al destino de aquella gran nación. Así, en el Cuaderno de Apuntes número 1, escrito durante su primer destierro y cuando apenas tenía 18 años, encontramos este profundo examen sobre las diferencias culturales entre la América Hispana y la América Anglosajona:
“Los norteamericanos posponen a la utilidad el sentimiento.—Nosotros posponemos al sentimiento la utilidad.
Y si hay esta diferencia de organización, de vida, de ser, si ellos vendían mientras nosotros llorábamos, si nosotros reemplazamos su cabeza fría y calculadora por nuestra cabeza imaginativa, y su corazón de algodón y de buques por un corazón tan especial, tan sensible, tan nuevo que sólo puede llamarse corazón cubano, ¿cómo queréis que nosotros nos legislemos por las mismas leyes con que ellos se legislan?
Imitemos. ¡No!—Copiemos. ¡No!—Es bueno, nos dicen. Es americano, decimos.—Creemos porque tenemos necesidad de creer. Nuestra vida no se asemeja a la suya, ni debiera en muchos puntos asemejarse. La sensibilidad entre nosotros es muy vehemente. La inteligencia es menos positiva, las costumbres son más puras, ¿cómo con leyes iguales vamos a regir dos pueblos diferentes?
Las leyes americanas han dado al Norte alto grado de prosperidad, y lo han elevado también al más alto grado de corrupción. Lo han metalificado para hacerlo próspero. ¡Maldita sea la prosperidad a tanta costa!
Más adelante, en otro de estos apuntes señala:
“Nunca fue Roma más ilustrada que cuando la mató su vileza.—Nunca estaba Francia más civilizada que cuando entregó cobardemente su libertad.—No se me oculta que va acercándose más a Dios la civilización americana.—Pero yo preveo que morirá sin llegar a él, porque comienza a debilitarse en su principio.—No es Mesalina, como Roma. No es sierva de sus vicios como Francia;--pero tiene algo de romana, y esto la conducirá a morir aún como francesa.”
Estas proféticas palabras nos llevan a pensar que desde los días de alumno del Colegio San Pablo y las tertulias en casa de su maestro Rafael María de Mendive, donde participaban numerosos revolucionarios para analizar la situación del país y del mundo, el joven Martí mostró interés por el desarrollo de la poderosa nación del norte y por su historia. Recordemos que en esta época, junto a otros condiscípulos y a su maestro, llevó al brazo, durante una semana y a pesar del gobierno colonial de España, la banda negra que significaba el luto por el asesinato del leñador bueno, del Presidente Abraham Lincoln.
Una etapa fundamental dentro del proceso de maduración del pensamiento político, revolucionario y antimperialista de José Martí fue durante su estancia en México. El conocer la realidad mexicana de cerca, a través de los círculos intelectuales donde lo introdujo su amigo Manuel Mercado, muy vinculado al gobierno del Presidente Sebastián Lerdo de Tejada, contribuyó a que el cubano comprobara en la práctica la voracidad de la nación del Norte.
Los conflictos que constantemente se sucedían en la frontera entre México y los Estados Unidos, azuzados en su mayoría por los periódicos norteamericanos al servicio de grandes intereses económicos, fueron analizados por Martí, quien a través de sus boletines alertaba del peligro latente y proponía los modos de contrarrestarlo. Al respecto escribiría razones como estas:
“La prensa norteamericana se ocupa incesantemente de los acontecimientos de la frontera: unos periódicos excitan a sus compatriotas contra México: otros, los más escasos, acusan al gobierno de proteger los sucesos de las tierras fronterizas para crear reclamaciones graves con motivo de ellos.
Los que halagan las pasiones pueden más que los que las contienen: el número de los periódicos que excita es mucho mayor que el de los que ven con calma la cuestión.
No se contentan los diarios americanos con comentar hostilmente los hechos, abultados como en la prensa del país vecino es costumbre y especulación: ya piden represalias, ya hay quien haya propuesto la invasión y anexión del territorio.”
Es sorprendente cómo Martí es capaz de desentrañar las sutiles maniobras de los políticos para lograr sus fines, cuestión esta que no era sólo válida para su tiempo, sino que está muy vigente en la actual política norteamericana, recordemos el discurso oficial a raíz de los atentados terroristas del 11 de septiembre del 2001, donde se invocaba, en nombre del patriotismo, la guerra contra Afganistán. Evidenciando la manipulación a la que era sometido el pueblo estadounidense, Martí señala en este mismo escrito:
“la suspicacia es un enemigo terrible, porque no se ve la mano con que ataca: en los Estados Unidos, el pueblo es el dueño, por eso se excita y se conmueve al pueblo: se halagan sus pasiones, para aprovecharse de la situación política que crean sus pasiones excitadas.
...
“¿Se puede pensar sin dolor que un país que nos tiende la mano desde sus puertos, y nos dice que quiere estrechar sus relaciones con nosotros, con la otra mano azuce la guerra en nuestras fronteras, y diariamente inserte en sus periódicos noticias sordas y repetidas que han de alzar a su pueblo contra el pueblo amigo? ¿No es locura imaginar que un pueblo demócrata piense en conquistar y en invadir?
...
“Debe evitarse lo que luego no se podría reprimir: obre la diplomacia contra la diplomacia: así no se encienden rencores: así no se alimentan deseos extraños: así se salva de un peligro probable a la nación.”
En otro de sus Boletines, por esta misma época de litigios fronterizos entre la patria de Juárez y la tierra de Walker, Martí profundiza aún más en sus razones en cuanto al peligro real que representaban las ambiciones de los gobernantes del Norte:
“Vienen acumulándose sucesos, vienen dándose opiniones, vienen presentándose dictámenes en la misma Cámara de Representantes de los Estados Unidos, que están creando en la vecina república una atmósfera que nos es perjudicial, por cuanto quiere llevarse a la opinión pública, norma allí del gobierno, el convencimiento de que es justo, necesario y útil la invasión de una parte del territorio mexicano.”
Y véanse estas conclusiones:
“La cuestión de México, como la cuestión de Cuba, depende en gran parte en los Estados Unidos de la imponente voluntad de un número no pequeño ni despreciable de afortunados agiotistas, que son los dueños naturales de un país en que todo se sacrifica al logro de una riqueza material.”
Hay un pasaje más dentro de estos escritos de Martí, que nos demuestra la utilidad que los días charros aportaron a la evolución política de su pensamiento. Es el siguiente:
“La prensa norteamericana pretende hacernos daño: conviértase al inglés la prensa de México, y vayamos a decir la verdad en su mismo país, para que la opinión vacile y estudie, y no sin detenido examen, se pronuncie en contra nuestra.
Esto urge: hay en los Estados Unidos Mexicanos sobrado patriotas, sobrados inteligentes para hacer esta obra precisa, con toda la prontitud, y el vigor y la actividad que para impedir un mal ya adelantado son ahora de todo punto necesarias.
El mal principia a hacerse: se comienza a creer allí que una invasión a México es justa; se explota el sentimiento de honor patrio, y se aprovecha la exquisita sensibilidad mercantil del pueblo americano: se lleva ya a la Cámara este mal pensamiento, y se lleva engañándola, precisamente en el raciocinio capital en que descansa el dictamen cuya aprobación se pretende. Es fuerza acudir al remedio, con la misma energía, con la misma rapidez, con el mismo ardor con que se hace en la república vecina la propaganda contraria.”
Años después, al destaparse el conflicto del Cayo con los emigrados cubanos, Martí comentaría en una carta la necesidad de dirigirse inmediatamente allá, a decirles a los patronos gringos, en su inglés, las razones que pudieran frenar tal villanía.
No cabe duda de que es en México donde Martí comienza a formarse una visión más objetiva de la realidad latinoamericana. Allí madura, podríamos decir, su sentimiento latinoamericanista. Al marcharse de aquel país hermano, luego del derrocamiento de Lerdo de Tejada y el triunfo del General Porfirio Díaz, el joven cubano dejará para la historia, en breves apuntes, el desgarramiento interior que le produce su partida y el conocimiento de los peligros que amenazan a esta parte de América:
“¡Oh México querido! ¡Oh México adorado, ve los peligros que te cercan! ¡Oye el clamor de un hijo tuyo que no nació de ti! Por el Norte un vecino avieso se cuaja: por el Sur &.&. Tú te ordenarás; tú entenderás; tú te guiarás; yo habré muerto, oh México, por defenderte y amarte, pero si tus manos flaqueasen, y no fueras digno de tu deber continental, yo lloraría, debajo de la tierra, con lágrimas que serían luego vetas de hierro para lanzas,--como un hijo clavado a su ataúd que ve que un gusano le come a la madre las entrañas.”
De México parte Martí hacia Guatemala, donde desarrolla una intensa labor propagandística en función de dar a conocer en ella lo que de bueno y útil se producía en el mundo, principalmente en las demás repúblicas de América, y al mismo tiempo resaltar –él que venía precedido por la fama de orador y literato—las virtudes de esta tierra que debían ser motivo de orgullo para sus hijos. Con este objetivo prepara el proyecto de una Revista Guatemalteca que nunca verá la luz por su pronta salida de aquel país causada por las discrepancias con los procederes del Presidente Justo Rufino Barrios.
No obstante, en su libro Guatemala, Martí expone ideas que demuestran las intenciones vindicadoras de que hemos hablado:
“Estudiaré a la falda de la eminencia histórica del Carmen, en medio de las ruinas de la Antigua, a la ribera de la laguna Amatitlán, las causas de nuestro estado mísero, los medios de renacer y de asombrar. Derribaré el cacaxte de los indios, el huacal ominoso, y pondré en sus manos el arado, y en su seno dormido la conciencia.”
Muestra su intención de hacer conocer en México “cuánto es bella y notable, y fraternal y próspera, la tierra guatemalteca, donde el trabajo es hábito, naturaleza la virtud, tradición el cariño, azul el cielo, fértil la tierra, hermosa la mujer, y bueno el hombre.
Amar y agradecer.
“Allá, en horas perdidas, buscan los curiosos, periódicos de Sur y Centroamérica, por saber quién manda y quién dejó de mandar, y no se sabe en la una República lo que hay de fértil, de aprovechable y de grandioso en la otra.”
La causa de este desconocimiento –obstáculo mayor para la realización del gran sueño de Bolívar—la sitúa en la génesis misma del sistema colonial de España. En tal sentido abunda con reflexiones precisas:
“Pero ¿qué haremos, indiferentes, hostiles, desunidos? ¿Qué haremos para dar todos más color a las alas dormidas del insecto? ¡Por primera vez me parece buena una cadena para atar dentro de un cerco mismo a todos los pueblos de mi América!
Pizarro conquistó al Perú cuando Atahualpa guerreaba con Huáscar; Cortés venció a Cauhtémoc porque Xicontencatl lo ayudó en la empresa; entró Alvarado en Guatemala porque los quichés rodeaban a los zutujiles. Puesto que la desunión fue nuestra muerte ¿qué vulgar entendimiento, ni corazón mezquino ha menester que se le diga que de la unión depende nuestra vida? Idea que todos repiten, para la que no se buscan soluciones prácticas.”
Una de las barreras más sólidas que Martí trata de oponerle al peligro de la civilización anglosajona está en la gran campaña cultural que pretende lanzar sobre los pueblos hispanoamericanos. Ésta se percibe en sus diversos proyectos editoriales, la mayoría truncos, como esta Revista Guatemalteca o distintos periódicos que nunca llegaron a materializarse; otros como La Revista Venezolana y La Edad de Oro, fue inevitable suspenderlos ante determinados condicionamientos de tipo éticos con los que Martí no comulgaba. De todos estos proyectos, sólo el periódico Patria se mantuvo el tiempo necesario para ver morir a su creador y dedicarle un postrer homenaje.
Todos coincidimos en que el período más fecundo en la labor antiexpansionista martiana se enmarca en los 15 años que vivió en las entrañas del monstruo, desde el 3 de enero de 1880 –con una breve estancia de 6 meses en Venezuela en 1881—hasta 1895, que sale de Nueva York para venir a ocupar su lugar en la Guerra Necesaria que había hecho estallar el 24 de febrero de ese propio año y de la que no regresaría más.
En los escritos norteamericanos del Apóstol, encontramos un hecho evidente: nunca niega Martí las virtudes de la gran república del Norte, al contrario, es el primero en reconocerlas, obsérvese si no sus Impresiones de Américas, escritas bajo el seudónimo de Un Español muy fresco; sin embargo, el desarrollo alcanzado por este país no llega a deslumbrarlo al punto de no reconocer sus males, los que yacían muy hondo, en el subsuelo –como decía él.
Las Escenas de Nueva York, su correspondencia con diversos diarios hispanoamericanos como La Nación, de Buenos Aires, o La Opinión Nacional, de Caracas, o los discursos patrióticos que pronunció en su campaña de preparación del Partido Revolucionario Cubano y la Guerra Necesaria, revelan un estudio minucioso de las esencias de aquel país, de las fuerzas que en él se movían y los factores que lo componían. Con estos estudios se confirman atisbos como este:
“Los pueblos inmorales tienen todavía una salvación: el arte. El arte es la forma de lo divino, la revelación de lo extraordinario; la venganza que el hombre tomó al cielo por haberlo hecho hombre, arrebatándole los sonidos de su arpa, desentrañando con luz de oro el seno de colores de sus nubes. El ritmo de la poesía, el eco de la música, el éxtasis beatífico que produce en el ánimo la contemplación de un cuadro bello, la suave melancolía que se adueña del espíritu después de esos contactos sobrehumanos, son vestimientos místicos, y apacibles augurios de un tiempo que será todo claridad. ¡Ay, que esta luz de siglos le ha sido negada al pueblo de la América del Norte! El tamaño es la única grandeza de esta tierra. ¡Qué mucho, si nunca mayor nube de ambiciones cayó sobre mayor extensión de tierra virgen! Se acabarán las fuentes, se secarán los ríos, se cerrarán los mercados, ¿qué quedará después al mundo de esta colosal grandeza pasajera?..”
En 1891 verá la luz su ensayo mayor: Nuestra América. En él Martí hace un análisis de las causas y factores que intervienen en el atraso en que se encuentran nuestros pueblos. Revela los elementos que los frenan, los que los hacen vulnerables y los que los amenazan:
“Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea, y con tal que él quede de alcalde, o le mortifiquen al rival que le quitó la novia, o le crezcan en la alcancía los ahorros ya da por bueno el orden universal, sin saber de los gigantes que llevan siete leguas en las botas, y le pueden poner la bota encima, ni de la pelea de los cometas en el cielo, que van por el aire dormidos engullendo mundos. Lo que quede de aldea en América ha de despertar.”
Y otro de los temas en los que ha venido haciendo énfasis desde años atrás:
“El gobierno ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser el del país. La forma del gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país. El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país.
Por eso el libro importado ha sido vencido en América por el hombre natural. Los hombres naturales han vencido a los letrados artificiales. El mestizo autóctono ha vencido al criollo exótico. No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza.”
Sin remilgos ya, Martí deja sentado cuál es el peligro mayor de los pueblos americanos:
“De todos sus peligros se va salvando América. Sobre algunas repúblicas, está durmiendo el pulpo. Otras, por la ley del equilibrio, se echan a pie a la mar, a recobrar, con prisa loca y sublime, los siglos perdidos. Otras, olvidando que Juárez paseaba en un coche de mulas, ponen coche de viento, y de cochero a una bomba de jabón: el lujo venenoso, enemigo de la libertad, pudre al hombre liviano, y abre la puerta al extranjero. Otras acendran, con el espíritu épico de la independencia amenazada, el carácter viril. Otras crían, en la guerra rapaz contra el vecino, la soldadesca que puede devorarlas. Pero otro peligro corre, acaso, nuestra América, que no le viene de sí, sino de la diferencia de orígenes, métodos e intereses entre los dos factores continentales, y es la hora próxima en que se le acerque, demandando relaciones íntimas, un pueblo emprendedor y pujante que la desconoce y la desdeña. Y como los pueblos viriles, que se han hecho de sí propios, con la escopeta y la ley, aman, y sólo aman, a los pueblos viriles;--como la hora del desenfreno y la ambición, de que acaso se libre, por el predominio de lo más puro de su sangre, la América del Norte, o en que pudieran lanzarla sus masas vengativas y sórdidas, la tradición de conquista y el interés de un caudillo hábil, no está tan cercana aún a los ojos del más espantadizo, que no dé tiempo a la prueba de altivez, continua y discreta, con que se la pudiera encarar y desviarla;--como su decoro de república pone a la América del Norte, ante los pueblos atentos del Universo, un freno que no le ha de quitar la provocación pueril o la arrogancia ostentosa, o la discordia parricida de nuestra América,--el deber urgente de nuestra América es enseñarse como es, una en alma e intento, vencedora veloz de un pasado sofocante, manchada sólo con la sangre de abono que arranca a las manos la pelea con las ruinas,--y la de las venas que nos dejaron picadas nuestros dueños. El desdén del vecino formidable que no la conoce es el peligro mayor de nuestra América; y urge, porque el día de la visita está próximo, que el vecino la conozca, la conozca pronto, para que no la desdeñe. Por ignorancia llegaría, tal vez, a poner en ella la codicia. Por el respeto, luego que la conociese, sacaría de ella las manos.”
Dentro del hondo análisis que se realiza, Martí continuamente resalta los valores de nuestros pueblos. En dos momentos, dentro del mismo ensayo, escribe casi textualmente lo mismo,--¿podría acusársele de descuido, a él que dominaba la lengua como un clásico? ¡No! La intensión evidente es resaltar la valía de nuestras tierras:
“¿Ni en qué patria puede tener un hombre más orgullo que en nuestras repúblicas dolorosas de América, levantadas entre las masas mudas de indios, al ruido de la pelea del libro con el cirial, sobre los brazos sangrientos de un centenar de apóstoles?”
Más adelante escribiría:
“La universidad europea ha de ceder a la universidad americana. La historia de América, de los incas a acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria. Los políticos nacionales han de reemplazar a los políticos exóticos. Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas. Y calle el pedante vencido; que no hay patria en que pueda tener el hombre más orgullo que en nuestras dolorosas repúblicas americanas.”
Al producirse la publicación del artículo ¿Queremos a Cuba? en el diario The Manufacturer, de Filadelfia, Martí riposta de forma contundente dando a conocer las virtudes del pueblo cubano, ante el ataque directo e irrespetuoso que nos hace el articulista:
“...porque nuestros mestizos y nuestros jóvenes de ciudad son generalmente de cuerpo delicado, locuaces y corteses, ocultando bajo el guante que pule el verso, la mano que derriba al enemigo, ¿se nos ha de llamar como The Manufacturer nos llama, un pueblo “afeminado”? Esos jóvenes de ciudad y mestizos de poco cuerpo supieron levantarse un día contra un gobierno cruel, pagar su pasaje al sitio de la guerra con el producto de su reloj y de sus dijes, vivir de su trabajo mientras retenía sus buques el país de los libres en el interés de los enemigos de la libertad, obedecer como soldados, dormir en el fango, comer raíces, pelear diez años sin paga, vencer al enemigo con una rama de árbol, morir—estos hombres de diez y ocho años, estos herederos de casas poderosas, estos jovenzuelos de color de aceituna—de una muerte de la que nadie debe hablar sino con la cabeza descubierta; murieron esos otros hombres nuestros que saben, de un golpe de machete, hacer volar una cabeza o de una vuelta de la mano, arrodillar a un toro. Estos cubanos “afeminados” tuvieron una vez valor bastante para llevar al brazo una semana, cara a cara de un gobierno despótico, el luto de Lincoln.”
Y para concluir su respuesta escribe:
“Y es la verdad triste que nuestros esfuerzos se habrían, en toda probabilidad, renovado con éxito, a no haber sido, en algunos de nosotros, por la esperanza poco viril de los anexionistas, de obtener la libertad sin pagarla a su precio, y por el temor justo de otros, de que nuestros muertos, nuestras memorias sagradas, nuestras ruinas empapadas en sangre, no vinieran a ser más que el abono del suelo para el crecimiento de una planta extranjera, o la ocasión de una burla para The Manufacturer de Filadelfia.”
En Patria, Martí crea una sección que se llama Apuntes sobre los Estados Unidos, en ella quería dar a conocer la verdad sobre ese país y la necesidad de que nuestros pueblos tuvieran en cuenta estos elementos, y revelar “las dos verdades útiles a nuestra América:--el carácter crudo, desigual y decadente de los Estados Unidos,--y la existencia en ellos continua, de todas las violencias, discordias, inmoralidades y desórdenes de que se culpa a los pueblos hispanoamericanos.”
En esta sección escribe:
“Lo que ha de observar el hombre honrado, es precisamente, que no sólo no han podido fundirse, en tres siglos de vida común, o uno de ocupación política, los elementos de origen y tendencia diversos con que se crearon los Estados Unidos, sino que la comunidad forzosa exacerba y acentúa sus diferencias primarias, y convierte la federación innatural en un estado, áspero, de violenta conquista. Es de gente menor, y de la envidia incapaz y roedora, el picar puntos a la grandeza patente y negarla en redondo, por uno u otro lunar, o empinársele de agorero, como quien quita una mota al sol. Pero no augura, sino certifica, el que observa cómo en los Estados Unidos, en vez de apretarse las causas de unión, se aflojan; en vez de resolverse los problemas de la humanidad, se reproducen; en vez de amalgamarse en la política nacional las localidades, las dividen y enconan; en vez de robustecerse la democracia y salvarse del odio y miseria de las monarquías, se corrompe y aminora la democracia, y renacen, amenazantes, el odio y la miseria. Y no cumple con su deber quien lo calla, sino quien lo dice. Ni con el deber de hombre cumple, de conocer la verdad y esparcirla; ni con el deber de buen americano, que sólo ve seguras la gloria y paz del continente en el desarrollo franco y libre de sus distintas entidades naturales; ni con su deber de hijo de nuestra América, para que por ignorancia, o deslumbramiento o impaciencia no caigan los pueblos de casta española, al consejo de la toga remilgada y el interés asustadizo, en la servidumbre inmoral y enervante de una civilización dañada y ajena. Es preciso que se sepa en nuestra América la verdad de los Estados Unidos.
Lo malo se ha de aborrecer, aunque sea nuestro;--y aun cuando no lo sea. Lo bueno no se ha de desamar sólo porque no sea nuestro.”
También el antillanismo martiano está signado por la necesidad de frenar el empuje que ejercen los Estados Unidos sobre los pueblos libres de la América Hispana, oponiéndoles unas Antillas libres e integradas a la gran patria común.
Al cumplirse el Tercer Año del Partido Revolucionario Cubano, Martí hace explícita esta intención:
“en el fiel de América están las Antillas, que serían, si esclavas, mero pontón de la guerra de una república imperial contra el mundo celoso y superior que se prepara ya a negarle el poder,--mero fortín de la Roma americana;--y si libres—y dignas de serlo por el orden de la libertad equitativa y trabajadora—serían en el continente la garantía del equilibrio, la de la independencia para la América española aún amenazada y la del honor para la gran república del Norte, que en el desarrollo de su territorio –por desdicha, feudal ya, y repartido en secciones hostiles—hallará más segura grandeza que en la innoble conquista de sus vecinos menores, y en la pelea inhumana que con la posesión de ellas abriría contra las potencias del orbe por el predominio del mundo.”
Y en carta a Federico Henríquez y Carvajal, expresa:
“Para mí, ya es hora. Pero aún puedo servir a este único corazón de nuestras repúblicas. Las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra América, y el honor ya dudoso y lastimado de la América inglesa, y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio del mundo.”
El 18 de mayo de 1895, un día antes de caer en combate en los campos de Cuba Libre, Martí expresa la estrategia mayor de su lucha en carta al amigo mexicano Manuel Mercado:
“Mi hermano queridísimo: Ya puedo escribir, ya puedo decirle con qué ternura y agradecimiento y respeto lo quiero, y a esa casa que es mía y mi orgullo y obligación; ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber—puesto que lo entiendo y tengo ánimos con qué realizarlo—de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso. En silencio ha tenido que ser y como indirectamente, porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas, y de proclamarse en lo que son levantarían dificultades demasiado recias para alcanzar sobre ellas el fin. Las mismas obligaciones menores y públicas de los pueblos—como ese de Vd. y mío,--más vitalmente interesados en impedir que en Cuba se abra, por la anexión de los imperialistas de allá y los españoles, el camino, que se ha de cegar, y con nuestra sangre estamos cegando, de la anexión de los pueblos de nuestra América, al Norte revuelto y brutal que los desprecia,--les habían impedido la adhesión ostensible y ayuda patente a este sacrificio, que se hace en bien inmediato de ellos. Viví en el monstruo, y le conozco las entrañas:--y mi honda es la de David.”
Todo lo dicho es sólo un acercamiento al tema que se ha tratado, pero el mensaje queda claro para las nuevas generaciones hispanoamericanas: “Las manos que han surgido de una tierra virgen no han debido ser hechas para aplaudir las postrimerías de una tierra cansada y moribunda.”
viernes, 24 de agosto de 2007
MADRE AMÉRICA
“Patria, mi patria
toda rodeada de agua combatiente (…)
sola, en la inmensidad de América dormida.”
Canto General de Chile
América infinita que despiertas
tras cien años de crueles pesadillas;
tierra de aromas nuevos y encendidas entrañas,
¡Cuánta sangre tan pura se ha sembrado en tu suelo!
Hay un alba perenne amaneciendo
detrás de los insomnios;
¡Cuánta semilla tierna ha germinado
regada solo a llanto y aguacero
de balas,
Sola, en la inmensidad de América dormida!
Patria, mi patria,
digna te levantas
sacudiéndote el polvo de los huesos,
para arrimar tus hijos a esos brazos
de hierro y cobre, y sobre el pecho fuerte,
el profundo latir de tu estructura,
toda rodeada de agua combatiente.
***
La Habana, 23 de agosto de 2007
domingo, 19 de agosto de 2007
OTROS APUNTES EN TORNO A LAS IDEAS SOCIALES DE JOSÉ MARTÍ Y A LA CULTURA DEL DEBATE
Partiendo de esos presupuestos, es imposible creer que alguien pueda a estas alturas empinarse de agorero de los asuntos de un país, como para tener verdades absolutas. Sin embargo todos tenemos nuestros puntos de vista. Yo puedo no estar de acuerdo con lo que diga otro, pero defiendo su derecho a decirlo. Entendiendo martianamente que el derecho de un hombre termina donde empieza el derecho del otro, y el derecho de un individuo es respetable solo si no pone en peligro el derecho de una comunidad. De lo contrario habría que permitirle al asesino asesinar sin trabas, o a Bush bombardear sin contemplaciones porque según su “filosofía”, está defendiendo el derecho de los poderosos a seguir explotando a todo el que le muestre un lado flaco, o le estorbe un interés.
No podrá encontrarse en mi anterior artículo sobre Martí y el socialismo una sola ofensa a persona alguna, me respeto demasiado a mí mismo y a los dos siglos de pensamiento cubano que me preceden. Hace ya mucho tiempo que sé por Martí que “es el estigma de la pequeñez propia el suponer la pequeñez ajena.” Cada uno es libre de entender lo que estime conveniente. Solo me detendré a dejar sentado, por un elemental sentido del deber, para quienes a pesar de la claridad de mi escrito, al punto que algunos se ofendieron por ello, no entendieron al servicio de quien estaban aquellas páginas. Mi respuesta es sencilla: ese escrito y todos los demás están al servicio de “los que aman y fundan”, no de “los que odian y deshacen”, que para mí no hay más división entre los hombres. Un hombre honrado será honrado en todas partes y en todas las épocas, no importa del color que sea ni en qué religión crea, no importa su filosofía ni su filiación política. “Hay un cúmulo de verdades esenciales que caben en el ala de un colibrí y son, sin embargo, la clave de la paz pública, la elevación espiritual y la grandeza patria”, decía Martí. Hay un número de normas éticas universales, escritas o no, sobre lo que es correcto e incorrecto en el comportamiento humano. En la mayoría de los pueblos de occidente esas normas tienen su basamento en los preceptos fundamentales de la religión de los esclavos de Roma: el cristianismo. Y sobre esos preceptos se han levantado la inmensa mayoría de sus instituciones. Ya sabemos por Martí que todas ellas, puestas una al lado de la otra, no se llevan un cabo ni una punta. Todas han nacido por las mismas necesidades, se han desarrollado por las mismas virtudes y se han corrompido por los mismos males. Hombres malos y buenos hay en toda agrupación humana: “Yo, decía Martí, pienso para los de mente alta, y siento para los de alma grande, no cuido de los otros.” El odio no sirve para nada bueno, ni el rencor, ni la frustración, ni la envidia.
Cada uno da de lo que tiene, porque no puede darse lo que no se posee. Y es lamentable que en tiempos de tanto desarrollo tecnológico la cultura del hombre que ha de convivir con esa tecnología no esté a su altura. Sobre todo porque, como confirmaba el Apóstol, un hombre no es más, cuando más es, que una fiera educada. De ahí que al faltarle la educación y la cultura, solo quede la fiera.
Aclarado el asunto de para quién escribo, y definido que escribo para la verdad en la creo, a la que he dedicado sin tiempo ni remilgos estos años mejores que son los de la juventud, y que esa verdad es la que sostiene a la Revolución que me educó y me hizo hombre; y aclarado también que jamás dejaré de decir donde debo, a quienes debo y en la forma en que debo, las verdades que a mi juicio puedan mejorar la obra que tanto ha costado a varias generaciones de cubanos, pero que jamás andaré lanzando piedras a la luna para congraciarme con unos o con otros, porque Martí también nos enseñó que “es preferible dejarse morir de las heridas que permitir que las vea el enemigo”, cumplo con la promesa de poner en manos de los lectores algunos escritos de Martí en relación con los Estados Unidos. Apunto solamente que en todos estos años de combate frontal contra los gobiernos del imperio, si bien hemos heredado y fomentado un sentimiento antiimperialista, jamás, de Martí hasta Fidel, se ha tratado de despertar en los cubanos un sentimiento antinorteamericano. Ahí están los turistas que vienen, en ningún país tendrán mayores garantías a su seguridad, y también su sede diplomática ante la que hemos marchado por millones durante tanto tiempo, con sobrada indignación cada vez, sin que jamás se le haya lanzado un zapato a aquellos cristales oscuros que esconden intenciones más oscuras aún. Eso hace un pueblo culto.
Por José Martí
Es preciso que se sepa en nuestra América la verdad de los Estados Unidos. Ni se debe exagerar sus faltas de propósito, por el purito de negarles toda virtud, ni se ha de esconder sus faltas, o pregonarlas como virtudes. No hay razas: no hay más que modificaciones diversas del hombre, en los detalles de hábito y formas que no les cambian lo idéntico y esencial, según las condiciones de clima e historia en que viva. Es de hombres de prólogo y superficie, -que no hayan hundido los brazos en las entrañas humanas, que no vean desde la altura imparcial hervir en igual horno las naciones, que en el huevo y tejido de todas ellas no hallen el mismo permanente duelo del desinterés constructor y el odio inicuo,-el entretenimiento de hallar variedad sustancial entre el egoísta sajón y el egoísta latino, el sajón generoso o el latino generoso, el latino burómano o el burómano sajón: de virtudes y defectos son capaces por igual latinos y sajones. Lo que varía es la consecuencia peculiar de la distinta agrupación histórica: en un pueblo de ingleses y holandeses y alemanes afines, cualesquiera que sean los disturbios, mortales tal vez, que le acarree el divorcio original del señorío y la llaneza que a un tiempo lo fundaron, y la hostilidad inevitable, y en la especie humana indígena, de la codicia y vanidad que crean las aristocracias contra el derecho y la abnegación que se les revelan, no puede producirse la confusión de hábitos políticos y la revuelta hornalla de los pueblos en que la necesidad del conquistador dejó viva la población natural, espantada y diversa a quien aún cierra el paso con parricida ceguedad la casta privilegiada que engendró en ella el europeo. Una nación de mocetones del Norte, hechos de siglos atrás al mar y a la nieve; y a la hombría favorecida por la perenne defensa de las libertades locales, no puede ser como una isla del trópico, fácil y sonriente, donde trabajan por su ajuste, bajo un gobierno que es como piratería política, la excrescencia famélica de un pueblo europeo, soldadesco y retrasado, los descendientes de esta tribu áspera e inculta, divididos por el odio de la docilidad acomodaticia a la virtud rebelde, y los africanos pujantes y sencillos, o envilecidos y rencorosos, que de una espantable esclavitud y una sublime guerra han entrado a la conciudadana con los que los compraron y los vendieron, y, gracias a los muertos de la guerra sublime, saludan hoy como a igual al que hacían ayer bailar a latigazos. En lo que se ha de ver si sajones y latinos son distintos, y en lo que únicamente se les puede comparar, es en aquello en que les hayan rodeado condiciones comunes: y es un hecho que en los Estados del Sur de la Unión Americana, donde hubo esclavos negros, el carácter dominante es tan soberbio, tan perezoso, tan inclemente, tan desvalido, como pudiera ser, en consecuencia de la esclavitud, el de los hijos de Cuba. Es de supina ignorancia, y de ligereza infantil y punible, hablar de los Estados Unidos y de las conquistas reales o aparentes de una comarca suya o grupo de ellas, como de una nación total e igual, de libertad unánime y de conquistas definitivas; semejantes Estados Unidos son una ilusión o una superchería. De las covachas de Dakota, y la nación que por allá va alzándose, bárbara y viril, hay todo un mundo a las ciudades del Este, arrellanadas, privilegiadas, encastadas, sensuales, injustas. Hay un mundo, con sus casas de cantería y libertad señorial, del norte de Schenectady a la estación zancuda y lúgubre del sur de Petersburg,-del pueblo limpio e interesado del Norte, a la tienda de holgazanes, sentados en el coro de barriles, de los pueblos coléricos, paupérrimos, descascarados, agrios, grises del Sur. Lo que ha de observar el hombre honrado, es precisamente, que no sólo no han podido fundirse, en tres siglos de vida común, o uno de ocupación política, los elementos de origen
y tendencia diversos con que se crearon los Estados Unidos, sino que fa comunidad forzosa exacerba y acentúa sus diferencias primarias, y convierte la federación innatural en un estado, áspero, de violenta conquista. Es de gente menor, y de fa envidia incapaz y roedora, el picar puntos a la grandeza patente y negarla en redondo, por uno u otro lunar, o empinársele de agorero, como quien quita una mota al sol. Pero no augura, sino certifica, el que observa cómo en los Estados Unidos, en vez de apretarse las causas de unión, se aflojan; en vez de resolverse los problemas de la humanidad, se reproducen; en vez de amalgamarse en fa política nacional las localidades, la dividen y la enconan; en vez de robustecerse la democracia y salvarse del odio y miseria de las monarquías, se corrompe y aminora la democracia, y renacen, amenazantes, el odio y la miseria. Y no cumple con su deber quien lo calla, sino quien lo dice. Ni con el deber de hombre cumple, de conocer la verdad y esparcirla; ni con el deber de buen americano, que sólo ve seguras la gloria y paz del continente en el desarrollo franco y libre de sus distintas entidades naturales; ni con su deber de hijo de nuestra América, para que por ignorancia, o deslumbramiento o impaciencia no caigan los pueblos de casta española, al consejo de la toga remilgada y el interés asustadizo, en la servidumbre inmoral y enervante de una civilización dañada y ajena. Es preciso que se sepa en nuestra América la verdad de los Estados Unidos.
Lo malo se ha de aborrecer, aunque sea nuestro;-y aun cuando no lo sea. Lo bueno no se ha de desamar sólo porque no sea nuestro. Pero es aspiración irracional y nula, cobarde aspiración de gente segundona e ineficaz, la de llegar a la firmeza de un pueblo extraño por vías distintas de las que llevaron a la seguridad y al orden al pueblo envidiado. .-por el esfuerzo propio y por la adaptación de la libertad humana a las formas requeridas por la constitución peculiar del país. En unos es el excesivo amor al Norte la expresión, explicable e imprudente, de un deseo de progreso tan vivaz y fogozo, que no ve que las ideas, como los árboles, han de venir de larga raíz, y de ser de suelo afín, para que prendan y prosperen, y que al recién nacido no se fe da la sazón de la madurez porque se le cuelguen al rostro blando los bigotes y patillas de la edad mayor: Monstruos se crean así, y no pueblos: hay que vivir de sí y sudar fa calentura. En otros la yanquimanía es inocente fruto de uno u otro saltito de placer, como quien juzga de las entrañas de una casa, y de las almas que en ella ruegan o fallecen,
por la sonrisa y lujo del salón de recibir, o por la champaña y el clavel de la mesa del convite; padézcase; carézcase; trabájese; ámese, y en vano; estúdiese, con el valor y libertad de sí; vélese, con los pobres; llórese, con los miserables; ódiese, la brutalidad de la riqueza; vívase, en el palacio y en la ciudadela, en el salón de la escuela y en sus zaguanes, en el palco del teatro, de jaspes y oro, y en los bastidores, fríos y desnudos; y así se podrá opinar, con asomos de razón, sobre la república autoritaria y codiciosa, y la sensualidad creciente, de los Estados Unidos. En otros póstumos enclenques del dandismo literario del segundo imperio, o escépticos postizos bajo cuya máscara de indiferencia suele latir un corazón de oro, fa moda es el desdén, y más, de lo nativo; y no les parece que haya elegancia mayor que la de beberle al extranjero los pantalones y las ideas, e ir por el mundo erguido, como el faldero acariciado, el pompón de la cola. En otro es como sutil aristocracia, con la que, amando en público lo rubio como propio y natural, intentan encubrir el origen que tienen por mestizo y humilde, sin ver que fue siempre entre hombres señal de bastardía el andar tildando de ella a los demás, y no hay denuncia más segura del pecado de una mujer que el alardear de desprecio a las pecadoras. Sea la causa cualquiera,- impaciencia de la libertad o miedo de ella, pereza moral o aristocracia risible, idealismo político o ingenuidad recién llegada,-es cierto que conviene, y aun urge, poner delante de nuestra América fa verdad toda americana, de lo sajón como de lo latino, a fin de que la fe excesiva en la virtud ajena no nos debilite, en nuestra época de fundación, con la desconfianza inmotivada y funesta de lo propio. En una sola guerra, en la de secesión, que fue más para disputarse entre Norte y Sur el predominio en la República que para abolir la esclavitud, perdieron los Estados Unidos, hijos de la práctica republicana de tres siglos en un país de elementos menos hostiles que otro alguno, más hombres que los que en tiempo igual, y con igual número de habitantes, han perdido juntas todas las repúblicas españolas de América, en la obra naturalmente lenta, y de México a Chile vencedora, de poner a flor del mundo nuevo, sin más empuje que el apostolado retórico de una gloriosa minoría y el instinto popular, los pueblos remotos de núcleos distantes y de razas adversas, donde dejo el mando de España toda la rabia e hipocresía de la teocracia, y la desidia y el recelo de una prolongada servidumbre. Y es de justicia, y de legítima ciencia social, reconocer que, en relación con las facilidades del uno y los obstáculos del otro, el carácter norteamericano ha descendido desde la independencia, y es hoy menos humano y viril, mientras que el hispanoamericano, a todas luces, es superior hoy, a pesar de sus confusiones y fatigas, a lo que era cuando empezó a surgir de la masa revuelta de clérigos logreros, imperitos ideólogos e ignorantes o silvestres indios.-Y para ayudar al conocimiento de la realidad política de América, y acompañar a corregir, con la fuerza serena del hecho, el encomio inconsulto,-y, en lo excesivo, pernicioso--de la vida política y el carácter norteamericanos, Patria inaugura, en el número de hoy una sección permanente de Apuntes sobre los Estados Unidos, donde, estrictamente traducidos de los primeros diarios del país, y sin comentario ni mudanza de la redacción, se publiquen aquellos sucesos por donde se revelen, no el crimen o la falta accidental-y en todos los pueblos posibles en que sólo el espíritu mezquino halla cebo y contento, sino aquellas calidades de constitución que, por su constancia y autoridad, demuestren las dos verdades útiles a nuestra América:-el carácter crudo, desigual y decadente de los Estados Unidos,-y la existencia, en ellos continua, de todas las violencias, discordias, inmoralidades y desórdenes de que se culpa a los pueblos hispanoamericanos.
Patria, Nueva York, 23 de marzo de 1894
sábado, 18 de agosto de 2007
ALGUNAS IDEAS EN TORNO A JOSÉ MARTÍ Y EL SOCIALISMO
Los enemigos de la Revolución Cubana, luego de perder la pelea en sus intentos por enfrentar el pensamiento martiano al proceso iniciado en enero de 1959, después del triunfo de la guerra revolucionaria contra el asesino Fulgencio Batista y su amo yanqui, acudiendo a descontextualizaciones, tergiversaciones y falsificaciones que se estrellaron contra la realidad profundamente martiana de la isla, pasó a una segunda etapa. La emprendieron entonces contra el socialismo y el marxismo, esgrimiendo un presunto rechazo martiano a esa doctrina. Por esa época dos textos del Apóstol, descontextualizados por supuesto, sirvieron de frágil apoyo a aquellos ataques: La futura esclavitud, título que le da Herber Spencer a un libro suyo sobre un tipo de socialismo que se aspiraba implantar en Inglaterra, y los apuntes que publica Martí a raíz de la muerte de Carlos Marx, en 1883.
Para no entrar en un análisis detallado del texto en cuestión, me refiero al primero de los dos que he citado, más propio para un ensayo que para un artículo, me limito por lo tanto a plantear la manera martiana de analizar un asunto. Todo el que ha estudiado al Maestro sabe que solía comenzar comentando de manera general el tema que quería tratar. Sin afirmarlo ni rebatirlo (de ahí que se hayan dado por suyas muchas opiniones con las que finalmente estuvo en desacuerdo). Luego empleando la mayéutica socrática, la duda metódica, iba desglosando las partes, yendo a la raíz de cada aspecto (porque “hombre es eso, el que va a la raíz, lo otro es rebaño”-dice él) hasta que arribaba, junto con el lector, en una suerte de parto de la razón a las conclusiones finales. Con lo que, se comprenderá, su posición final respecto al asunto tratado es lo que concluye y queda revoloteando en la conciencia de sus lectores.
Desde esta perspectiva veamos brevemente su análisis del texto de Spencer, y lo que sobre el autor, nos dice el Maestro puesto que nunca analizó una obra (ni literaria, ni plástica ni filosófica) sin relacionarla estrechamente con su creador. Después de poner en manos del lector varias opiniones de Spencer (a quien por cierto admiró) respecto a los peligros que acarrearía para Inglaterra aquel tipo de socialismo, y comentar algunas de ellas, Martí lo emplaza al final del artículo de esta manera, cuya parte fundamental subrayo:
Y en todo este estudio apunta Herbert Spencer las consecuencias posibles de la acumulación de funciones en el Estado, que vendrían a dar en esa dolorosa y menguada esclavitud; pero no señala con igual energía, al echar en cara a los páuperos su abandono e ignominia, los modos naturales de equilibrar la riqueza pública dividida con tal inhumanidad en Inglaterra, que ha de mantener naturalmente en ira, desconsuelo y desesperación a seres humanos que se roen los puños de hambre en las mismas calles por donde pasean hoscos y erguidos otros seres humanos que con las rentas de un año de sus propiedades pueden cubrir a toda Inglaterra de guineas.
Y termina lapidario:
Nosotros diríamos a la política: ¡Yerra, pero consuela! Que el que consuela, nunca yerra.
Es decir, para él, que había echado su suerte “con los pobres de la tierra”, era aún preferible aquel socialismo con imperfecciones, que el estado de cosas que prevalecían en aquella sociedad en ese momento.
Respecto al segundo texto martiano al que me referí, sus apuntes sobre el Prometeo de Tréveris, diré que han sido bochornosamente edulcorados en la mayoría de las veces a pesar de su brevedad, citados a medias, fuera del contexto general de la idea. Pondré una vez más en manos de los lectores esos párrafos que encierran una crítica del Maestro al fundador del marxismo y al mismo tiempo están cargados de admiración por él. Escribe Martí en 1883:
Ved esta gran sala, Karl Marx ha muerto. Como se puso del lado de los débiles, merece honor. Pero no hace bien el que señala el daño, y arde en ansias generosas de ponerle remedio, sino el que enseña remedio blando al daño. Espanta la tarea de echar a los hombres sobre los hombres. Indigna el forzoso abestiamiento de unos hombres en provecho de otros. Mas se ha de hallar salida a la indignación, de modo que la bestia cese, sin que se desborde, y espante. Ved esta sala: la preside, rodeado de hojas verdes, el retrato de aquel reformador ardiente, reunidor de hombres de diversos pueblos, y organizador incansable y pujante. La Internacional fue su obra: vienen a honrarlo hombres de todas las naciones. La multitud, que es de bravos braceros, cuya vista enternece y conforta, enseña más músculos que alhajas, y más caras honradas que paños sedosos. El trabajo embellece. Remoza ver a un labriego, a un herrador, o a un marinero. De manejar las fuerzas de la naturaleza, les viene ser hermosos como ellas.
New York va siendo a modo de vorágine: cuanto en el mundo hierve, en ella cae. Acá sonríen al que huye; allá, le hacen huir. De esta bondad le ha venido a este pueblo esta fuerza. Karl Marx estudió los modos de asentar al mundo sobre nuevas bases, y despertó a los dormidos, y les enseñó el modo de echar a tierra los puntales rotos. Pero anduvo de prisa, y un tanto en la sombra, sin ver que no nacen viables, ni de seno de pueblo en la historia, ni de seno de mujer en el hogar, los hijos que no han tenido gestación natural y laboriosa. Aquí están buenos amigos de Karl Marx, que no fue sólo movedor titánico de las cóleras de los trabajadores europeos, sino veedor profundo en la razón de las miserias humanas, y en los destinos de los hombres, y hombre comido del ansia de hacer bien. El veía en todo lo que en sí propio llevaba: rebeldía, camino a lo alto, lucha.
Hay que decir, en honor a la verdad, que Martí se estaba refiriendo a una manera extremista de interpretar el marxismo, el anarquismo, puesta en práctica en los Estados Unidos de la época por las fuertes olas de emigrados europeos, cosa que el propio Engels, en ese mismo tiempo, criticaba también desde Europa; pero a pesar de esto no excluye de su afán de justicia el ideal socialista, evidenciado en la existencia de socialistas entre los fundadores del Partido Revolucionario Cubano, el partido creado por él en 1892 para dirigir la Guerra Necesaria que estallaría en 1895, y organizar la república cordial, el mayor aporte del pensamiento político de Cuba, mucho antes de que Lenin hablara del partido de nuevo tipo. Ese partido, que surge en el pensamiento político martiano como fruto de su vasta cultura, su experiencia y conocimiento de las repúblicas de América, Europa y los Estados Unidos, y acicateado por el peligro de que fracasado el autonomismo surgiera, por los oportunistas de adentro y las ambiciones del imperio, el partido anexionista que se encubaba y era el temor mayor del Maestro.[1] Ese partido revolucionario, digo, debía caracterizarse según Martí, por la amplitud de sus ideas, donde cupieran todos los patriotas que querían la independencia de Cuba, y que fuera respetado por el pueblo no por el número de sus miembros sino por la altura moral y la entrega de sus militantes. Ahí están Carlos Baliño (fundador junto a Julio Antonio Mella del primer Partido Comunista de Cuba, en 1925), Diego Vicente Tejera (fundador del primer Partido Socialista cubano, en 1899, luego de que Tomás Estrada Palma disolviera para facilitarle el camino a sus amigos yanquis el partido de Martí) y el propio Fermín Valdés Domínguez, a quien escribiría desde Nueva York en 1894:
Una cosa te tengo que celebrar mucho, y es el cariño con que tratas; y tu respeto de hombre, a los cubanos que por ahí buscan sinceramente, con este nombre o aquél, un poco más de orden cordial, y de equilibrio indispensable, en la administración de las cosas de este mundo. Por lo noble se ha de juzgar una aspiración: y no por esta o aquella verruga que le ponga la pasión humana. Dos peligros tiene la idea socialista-como tantas otras:--el de las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas:--y el de la soberbia y rabia disimulada de los ambiciosos, que para ir levantándose en el mundo empiezan por fingirse, para tener hombros en que alzarse, frenéticos defensores de los desamparados.
Unos van, de pedigüeños de la reina,--como fue Marat,-cuando el libro que le dedicó con pasta verde-a lisonja sangrienta, con su huevo de justicia, de Marat. Otros pasan de energúmenos a chambelanes, como aquellos de que cuenta Chateaubriand en sus “Memorias”. Pero en nuestro pueblo no es tanto el riesgo, como en sociedades más iracundas, y de menos claridad natural: explicar será nuestro trabajo, y liso y hondo, como tú lo sabrás hacer: el caso es no comprometer la excelsa justicia por los modos equivocados o excesivos de pedirla. Y siempre con la justicia, tú y yo, porque los errores de su forma no autorizan a las almas de buena cuna a desertar de su defensa. Muy bueno, pues, lo del 1º. de Mayo. Ya aguardo tu relato, ansioso.
Los peligros de las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas a que se refiere Martí, los revela cuando explica que al no disponer los trabajadores norteamericanos de una cultura adecuada y del dominio de los idiomas originales donde se escribían aquellas doctrinas, el alemán y el ruso fundamentalmente, tenían que conformarse con leer las malas traducciones y las interpretaciones que de ellas se hacían.
Mucho se ha especulado sobre si el Apóstol conoció o no la doctrina marxista. Yo, sin poder afirmarlo categóricamente, atendiendo a las circunstancias, la época y el entorno martiano, tengo mi propia tesis. Uno de los primeros norteamericanos que le tendió la mano a Martí a su llegada a Nueva York, el 3 de enero de 1880, para establecerse definitivamente hasta el momento de regresar a Cuba, con una estancia de seis meses en Venezuela entre enero y julio de 1881, fue Charles A. Dana, editor del periódico The New York Sun. La amistad de Dana con el cubano es conocida, al punto de que uno de los testimonios más sentidos escritos al momento de conocerse en los Estados Unidos la muerte del Apóstol en los campos de Dos Ríos, el 19 de mayo de 1895, es precisamente el de Charles Dana. Pues bien, Dana era el editor que Marx y Engels tenían en Nueva York, por lo tanto no es descabellado suponer que a través de él entró Martí en contacto con la obra de los creadores de la teoría científica del proletariado. Cómo si no, podría Martí referirse a Carlos Marx con conceptos tan claros y precisos sobre lo esencial de su esfuerzo científico, él, que se respetaba tanto y que no hablaba de lo que no tenía cabal conocimiento; él, que afirmaba que entre los deberes fundamentales del periodista estaba conocer “desde la nube hasta el microbio” para poder orientar y contribuir con las educación de la sociedad.
Como ya se está haciendo largo este artículo, prefiero, para no abusar de la bondad de los editores y la paciencia de los lectores, dejar para otra ocasión algunos aspectos que han quedado fuera de este análisis o que han sido apenas apuntados. Pero como ha causado sensación la publicación del texto martiano titulado La futura esclavitud y se le ha relacionado con el socialismo cubano de hoy, quisiera en bien de la honestidad de estos debates que involucran al Héroe Nacional de Cuba y guía espiritual de nuestro pueblo, publicar próximamente algunos textos suyos relacionados con la explotación capitalista y específicamente con los Estados Unidos, país que conoció a fondo, luego de vivir en él la tercera parte de su vida (entre enero de 1880 y enero de 1895) y que según criterio de expertos norteamericanos lo califican como uno de los más agudos estudiosos de esa sociedad en el siglo XIX.
En lo que toca a los errores del socialismo cubano de hoy, que no llegó en las esteras de los tanques del mil veces glorioso Ejército Rojo, sino que lo hicieron nuestros padres frente a todos los peligros y los escepticismos, considero que eso es algo que debemos discutir los que desandamos cada día los caminos de esta Isla Infinita en la que han encontrado apoyo espiritual todos los hombres y las mujeres de buena voluntad que lo han necesitado. Cada persona se considera en el derecho de decir y criticarle a su madre o a su hermana, en el marco familiar, lo que considere necesario, pero estoy seguro de que nadie honrado permitiría que vinieran a hablarle de ellas de otra parte y mucho menos se prestaría a andar de plañidero por el mundo quejándose de la propia familia. La queja, decía Martí, es la prostitución del carácter: “como la queja deshonra, yo no me quejo”, dejó escrito en sus versos.
Agradecemos siempre las muestras de solidaridad de los amigos, y hemos sabido respetar a los que no pensando como nosotros se han mostrado respetuosos hacia nuestra patria y hacia nuestra historia. Los cubanos hemos aprendido a vivir en los extremos, no andamos por el mundo buscando problemas gratuitamente, hemos ido sin pedir nada a cambio a dondequiera que nos han necesitado como constructores, como maestros, como médicos o como combatientes para destruir regímenes de oprobio como el apartheid en África, y en nuestras playas hemos recibido y recibiremos siempre a los libertadores y a los invasores: a cada uno como corresponde.
[1] En carta al general Máximo Gómez, del 20 de julio de 1882, diez años antes de fundar el PRC, dice Martí: “¡A quien se vuelve Cuba, en el instante definitivo, y ya cercano, de que pierda todas las nuevas esperanzas que el término de la guerra, las promesas de España, y la política de los liberales le han hecho concebir? Se vuelve a todos los que le hablan de una solución fuera de España. Pero si no está en pie, elocuente y erguido, moderado, profundo, un partido revolucionario que inspire, por la cohesión y modestia de sus hombres, y la sensatez de sus propósitos, una confianza suficiente para acallar el anhelo del país --¿a quién ha de volverse, sino a los hombres del partido anexionista que surgirán entonces? ¿Cómo evitar que se vayan tras ellos todos los aficionados a una libertad cómoda, que creen que con esa solución salvan a la par su fortuna y su conciencia? Ese es el riesgo grave. Por eso es llegada la hora de ponemos en pie.”
jueves, 16 de agosto de 2007
LA EXPULSIÓN DE RIGOBERTA MENCHÚ NO ES UN HECHO DEL MARTES SINO DE CINCO SIGLOS DE EXCLUSIÓN INDÍGENA EN AMÉRICA
La también líder indígena asistía como invitada especial del presidente mexicano, Felipe Calderón, a la asamblea de la Asociación Nacional de Agua Potable y Saneamiento, inaugurada por el propio mandatario en el Centro de Convenciones de esa ciudad balneario.
Dicen los medios que la seguridad del hotel “la confundió con una vendedora ambulante” por llevar la vestimenta que la caracteriza, típica de su cultura Maya, una de las tres grandes civilizaciones que florecían en América a la llegada de los europeos.
El hecho no puede verse con la candidez de un “lamentable error”, sino como una práctica discriminatoria habitual en nuestros países americanos, para hablar solo de esta parte del mundo. El suceso no es nuevo. Desde hace quinientos años los habitantes originales de estos pueblos han sido condenados a la desatención y la miseria. Esa “raza original, fiera y artística “de la que habló José Martí, no ha sentido sobre su vida cotidiana los efectos de los cambios políticos que se han sucedido desde el proceso independentista iniciado en 1810 por nuestros libertadores. Para ellos la discriminación de la colonia no era peor que la discriminación de la república, y el avance criminal de la modernidad ha endurecido su existencia.
La “confusión” con Rigoberta no es sino el sempiterno sentimiento de rechazo a ese ser natural, tan común en nuestras calles americanas, que vestido de Maya o de Wayuu, de Aymara o Quechua, desanda estos tiempos echándonos en cara cada día con su sola presencia, nuestra culpa mayúscula por su sufrimiento. Ver un crimen en silencio es cometerlo, no protestar por estas discriminaciones abominables es hacerse cómplice de los discriminadores.
En 1891, José Martí hablaba de los efectos nefastos que traería para esta repúblicas de indios, el desprecio al indio. “del mismo golpe que paralizó al indio, se paralizó América. Y hasta que no se haga andar al indio, no comenzará a andar bien la América”, profetizaba el Maestro cubano desde Nueva York, en su artículo Nuestra América.
Los tiempos que corren apuntan hacia la reivindicación indígena, la protección de sus culturas, no como una obra de caridad sino como una necesidad espiritual de nuestros pueblos, y también como un acto de elemental justicia. El ascenso del líder cocalero boliviano Evo Morales a la presidencia de su país marcó un nuevo hito en la lucha ininterrumpida por el respeto a la cultura indígena, que no ha sido nunca una lucha exclusiva de esos pueblos. Muchas personas honradas se han solidarizado siempre con esa causa y le han dedicado sus vidas. Intelectuales desde José Martí hasta José Carlos Mariátegui y su socialismo indoamericano, han puesto su pluma al servicio del derecho indígena.
Sin embargo las sociedades egoístas diseñadas para que el hombre no sea amigo del hombre sino un competidor, para que no sea un ciudadano sino un consumidor, han sembrado hondo a través de la práctica social cotidiana la discriminación y el rechazo a lo indígena como algo inferior, arcaico, seres destinados a vivir en la última categoría hasta su extinción definitiva en el tiempo.
La expulsión de la líder indígena puede no ser un acto político, pero su trascendencia es aún mayor porque es un acto cultural, que pone al descubierto sin cortapisas ni eufemismos el daño psicológico que a nuestros ciudadanos han causado tantos años de discriminación asumida como algo natural. Pensemos con mente positiva y asumamos que tal vez los hombres de la seguridad del hotel Coral Beach no sean malos ciudadanos, acaso para ellos al expulsar a una “indígena vendedora ambulante” estaban realizando un acto legítimo, no solo al proteger la propiedad a ellos confiada, sino –y esto es lo peor—al mantener alejada “en el lugar que le corresponde” a esta mujer indígena.
El hecho, que no es nuevo ni exclusivo de México, es una alerta a la ciudadanía americana y a los defensores de la democracia, esa para la que todos los seres humanos tenemos los mismos derechos. No se puede llamar demócrata, de izquierda o revolucionario en estos tiempos, quien no sienta también en su mejilla el golpe que recibe cada día en cualquier parte la mejilla indígena, y se levante para condenarlo.