viernes, 12 de septiembre de 2008

EL REGALO DE NERUDA

“De que los poetas sean oídos, y se acerquen,
y trabajen a la par, vendrá la paz humana.”
José Martí


Treinta y cinco años se cumplen este 23 de septiembre del hasta luego triste que Pablo Neruda nos dijo solo 12 días después del criminal golpe de estado que arrebató a Chile su libertad y la vida del presidente Salvador Allende.

El Poeta, diplomático, senador, malacólogo, pertinaz aficionado a la arquitectura, amante incorregible de la vida, fue un indoblegable defensor de las causas más nobles de su tiempo. Sin embargo, como es de suponer, suele recordársele fundamentalmente por su obra lírica de la cual se han escrito, aún en vida del vate, innumerables y luminosas páginas.
En este aniversario, observando el panorama mundial que nos ofrece nuestro tiempo, y entreviendo el oscuro porvenir, todavía evitable, que depara a la especie humana, quiero recordar al Neruda esencial, a ese que desde el poema oral o escrito, en verso o en su vívida prosa que era también poesía, nos legó con sus actos y su vida un ejemplo de obligación moral de los intelectuales y los hombres y mujeres de buena voluntad, hacia las luchas cotidianas en aras de alcanzar un poco más de felicidad y de alegría para todos.

Al revolucionario que marchó junto a un numeroso grupo de escritores, artistas, hombres y mujeres de ciencia, a defender a la República Española, ese sueño truncado a la postre, y a cuya concreción entregó generosamente su juventud brillante y prometedora nuestro entrañable Pabro de la Torriente Brau. Al Neruda que después de haber escrito “los versos más tristes” inspirado en los tiernísimos sentimientos que despertaron en él las bellezas femeninas, supo construir, con restos de papel y viejos trapos donados por los soldados republicanos, la pulpa con que esos mismos soldados elaboraron el papel en que se imprimirían los poemas guerreros que formaron su libro España en el corazón. Al que, tras el descalabro de aquel sueño, cuando las hordas fascistas del Gran Caudillo se cebaron en la carne de los mantenedores de la utopía republicana y hasta los que se refugiaron en la culta Francia fueron hacinados en campos de concentración, intercedió ante su gobierno y fue designado por el presidente chileno cónsul especial para la inmigración española, con sede en París. Al que con ese título organizó, con habilidad de prestidigitador, la expedición del barco “Winnipeg”, donde cruzaron el Atlántico con destino a Chile más de dos mil españoles de diversas profesiones y oficios. Al Premio Nobel de Literatura que refiriéndose a esa hazaña llegó a decir que salvar esas vidas del dolor y la muerte, devolviéndoles otra vez la esperanza era el mejor poema que había escrito: “Que la crítica borre toda mi poesía, si le parece. Pero este poema, que hoy recuerdo, no podrá borrarlo nadie.”[1]

De ese hombre entrañable que siendo un trotamundos se sintió siempre en todas partes un hijo fiel de nuestra Madre América, del que cantó a la Revolución Cubana, a la Sierra Maestra y a Fidel, quiero recordar una singularísima respuesta dada a un periodista que le preguntó: “Si tuviera que concederle un regalo al mundo, ¿por cuál se decidiría?” a lo que el poeta respondió: “El mejor regalo sería la restauración de una verdadera democracia en los Estados Unidos. Es decir, la eliminación en ese país de las fuerzas regresivas que ensangrientan los territorios más distantes. Un gran país como éste, despojado de su prepotencia política y económica, sería un regalo para el mundo.”[2]

Tome nota en estos días de elecciones el país de Walt Whitman, a quien Neruda consideró su maestro.

[1] Volodia Teitelboim, Neruda, Editorial Arte y Literatura, La Habana, 2004, p. 236
[2] Ídem. p. 407

martes, 24 de junio de 2008

La condición humana

“Todo empuja, precipita, exaspera, exacerba, arrastra. Se tiene

miedo de quedarse atrás. Se quiere ir, por arrogancia humana y

por tener segura la subsistencia, al nivel de todo lo que se ve.(…)

La actividad es tremenda, el sueño inquieto, el ansia permanente.

Las fuerzas no se reparan en el grado en que se pierden.”

José Martí

Por todas partes y en todos los idiomas se escucha la gran preocupación que embarga a nuestra especie en los albores del siglo XXI: el temor a la autodestrucción colectiva y la conciencia clara de que no es una posibilidad sino una realidad que comenzó hace ya mucho tiempo y por varios caminos. La triste certidumbre de que es necesario frenar esta carrera vertiginosa hacia el abismo, y a la vez de que no tenemos voluntad ni comprensión suficiente para hacerlo, mantiene a unos pocos en un estado de permanente desasosiego, exacerbado por la indolencia y el cinismo de los principales causantes del desastre, y la apatía de las mayorías ocupadas únicamente en el aquí y el ahora.

Lo que nos exigen los tiempos no es solo la solución de un problema, sino la capacidad para armar el enorme rompecabezas que representan las múltiples aristas del asunto. Por un lado la destrucción ininterrumpida e inmisericorde del medio ambiente imprescindible a nuestra vida; por otro, la insistencia en un modo de vivir consumista y enajenado, que es capaz de mantener al ser humano en la angustia por no tener tal o más cual cosa, y a la vez le imposibilita comprender lo insustituible que es alimentarse correctamente, respirar bien, tener buena salud, vivir esa plenitud espiritual que es la verdadera y única felicidad posible.

De una parte las guerras imperiales que, apenas cubiertas con las hojitas de parra de cualquier desvergonzada excusa, buscan apropiarse de los recursos no renovables que se agotan apresuradamente luego de una explotación anárquica y brutal; de la otra, las guerras del odio motivadas por todos los tipos de fanatismos que los hombres hemos lanzado sobre la tierra en las formas más diversas. El panorama luce, bajo la lobreguez de la muerte y con los ribetes brillantes de las explosiones, inevitablemente apocalíptico.

Por un lado el hambre innecesaria e injustificable, con su boca insaciable y oscura, devorando millones de seres humanos cada día sin importarle raza, idioma ni sexo; por el otro las enfermedades prevenibles y curables en su mayoría, que arrebatan ante nuestros ojos su cuota de vidas, sin que hagamos otra cosa que levantar el puño de impotencia, virar la cara dura de la impiedad, o cerrar los ojos ciegos del egoísmo.

Por un lado la instrucción sin educación, que convierte a los seres humanos en máquinas inteligentes, calculadores sin más sentimientos que la búsqueda aberrante de placeres efímeros, recolectores de tarecos innecesarios, y psicóticos narcisistas; por el otro la ciencia sin conciencia, que utiliza el inmenso caudal de conocimientos alcanzados por la humanidad en su desarrollo para ponerlo al servicio de la acumulación excesiva de riquezas en manos de unos pocos; las máquinas que en lugar de disminuir el esfuerzo del trabajo del hombre para que pueda entregarse por más tiempo a su crecimiento espiritual, como único modo de alejarse de la bestia primigenia que somos al nacer cuando solo nos rigen los instintos biológicos, lo desplazan y desemplean relegándolo a los sitios oscuros de la miseria, la desesperación y la ferocidad que ellas engendran en todo lo que tocan. La ciencia ha logrado disminuir el costo de producción de los alimentos, sin embargo cada día el precio de éstos está más cerca del cielo que el espíritu mismo de los hombres. La ciencia sin conciencia ha convertido el duro bregar que personas esclarecidas han mantenido durante años para arrancarle a la naturaleza sus secretos y dominarlos, en armas eufemísticamente llamadas “inteligentes” para matar a más personas y a mayor distancia, sin que esa proclamada “inteligencia” sea capaz de distinguir a un genocida de un poeta.

Por una parte la ininterrumpida desaparición de culturas e identidades que han formado durante miles de años parte del conglomerado humano y sin las cuales este no estará completo; por la otra el ataque permanente a esa institución básica de toda sociedad que es la familia, el hogar donde nace y crece el ser humano. La familia dinamitada de hoy no puede ni dispone de tiempo ni de método para formar en el alma de los niños los valores que le permitirán enfrentar con éxito y resistir con dignidad los embates de este mundo al revés.

Nadie tiene ni tendrá por sí solo todas las repuestas a estos e infinidad de otros problemas actuales a que los que estamos obligados a buscar solución. Solo la solidaridad en los métodos, la aplicación y la evaluación conjunta de los resultados, unida a la disposición de comenzar a hacer lo que esté a nuestro alcance en el lugar en que nos toque, podrá ayudarnos.

Hago mías estas palabras de Ernesto Sabato al inicio de su libro La resistencia: “Les pido que nos detengamos a pensar en la grandeza a la que todavía podemos aspirar si nos atrevemos a valorar la vida de otra manera. Nos pido ese coraje que nos sitúa en la verdadera dimensión del hombre. Todos, una y otra vez, nos doblegamos. Pero hay algo que no falla y es la convicción de que –únicamente- los valores del espíritu nos pueden salvar de este terremoto que amenaza la condición humana.”

jueves, 8 de mayo de 2008

IGNACIO AGRAMONTE: VIVIR PARA LA PATRIA

¡Acaso no hay otro hombre que en grado semejante haya sometido

en horas de tumulto su autoridad natural a la de la patria!

José Martí


El 1 de julio de 1873 llega a los predios del Camagüey, designado por Carlos Manuel de Céspedes, Presidente de la República de Cuba en Armas, el Mayor General Máximo Gómez, para hacerse cargo del mando de las tropas cubanas que operaban en aquellas comarcas. La encomienda recibida no hubiera representado para el bravo dominicano mayores contratiempos si no hubiera sido por las excepcionales circunstancias en que debió cumplirla. El 11 de mayo de ese año, apenas dos meses antes, había caído en combate frente a las tropas colonialistas españolas el Mayor General Ignacio Agramonte y Loynaz, en los potreros de Jimaguayú.

El Mayor, como le llamaban sus subordinados, era todo un carácter. Así lo refleja desde las primeras anotaciones en su Diario de Campaña el general Gómez. “Pocos pueden cual yo apreciar la pérdida que ha sufrido la Revolución con la muerte del General Agramonte. Es regla general que en el soldado se han de ver como de relieve marcadas las condiciones morales de su Jefe, y en estas tropas se notan el hábito de disciplina, moralidad y orden que eran sin duda una de las primeras cualidades de aquel carácter. Los españoles no saben una cosa y es que Agramonte inspirado en puro patriotismo dejó asegurada la Revolución en esta parte. Agramonte les hará tanto daño muerto como les hizo vivo.”

Era en sí mismo la encarnación del equilibrio que debía primar en la república por cuya conquista abandonó todo y arriesgó la vida cada día frente a las balas enemigas. Transparente en su conducta pública y privada, fue austero y refinado, humilde y altivo, sencillo y soberbio, soñador y práctico, apacible y fiero. Al descubrimiento de estos pares dialécticos en aquel carácter superior debemos la atrevida y exacta definición martiana de “diamante con alma de beso”. Pulcro aún en la pobreza a veces extrema del vestido, era el jefe, el amigo, el padre de quienes lo seguían. Recto en la disciplina militar y moral, supo ser tierno en corregir la conducta de los descarriados, y cuando hubo que aplicar sanciones definitivas no le tembló la mano.

La dureza de la contienda no anuló su sensibilidad. Supo, como pediría otro grande de nuestra época, endurecerse sin perder la ternura. Léanse sus órdenes militares, y vuélvanse los ojos a cualquiera de sus cartas a Amalia, la compañera de su corazón, su idolatrada esposa, madre de sus dos hijos. Si supo hacer de un espíritu civil como el suyo un guerrero admirado por los mayores estrategas militares que hemos tenido, no fue por amor a la carrera de las armas sino por servir mejor a Cuba en aquello que era impostergable, su independencia.

A su mano debemos la escritura de nuestra primera Constitución proclamada en Guáimaro, donde nacimos como República al concierto de los pueblos libres. Y en este punto también le debemos un ejemplo supremo de pureza de actos y alteza de miras. No aceptó disputarle a Céspedes su primacía en los destinos de la República incipiente e insegura, defendió con vehemencia la bandera de la estrella solitaria y respetó la bandera de Yara. No permitió jamás a sus subordinados que hablar mal en su presencia del presidente de la República.

Ni siquiera sus enemigos osaron regatearle en la hora de su muerte el influjo tremendo que ejercía en los hombres de la Revolución ni sus cualidades como jefe militar. Supo ser honorable en el combate y magnánimo con el vencido. En él, como diría Martí, fue enteramente digno el ser humano.

Estas cualidades hicieron posible que aún en sus contemporáneos fuera venerada su memoria; que un hombre como José Martí llorara al sostener en sus manos, allá en el frío destierro de Nueva York, los dos pequeños frascos que contenían uno un mechón de cabello del Bayardo Camagüeyano, y el otro un puñado de tierra de Jimaguayú; o que Máximo Gómez enviara a Amalia Simoni, su viuda, entre los extractos de su Diario de Campaña donde habla de Agramonte, este párrafo desgarrador: “¡Ah! Cómo no nos unió el destino en el campo de batalla. Como nos hubiéramos completado quizás y quien sabe si yo lo hubiera hecho vivir para la Patria antes que morir para la Gloria.”

A 135 años de su caída gloriosa en los potreros de Jimaguayú, la figura del joven Ignacio Agramonte emerge inmaculada desde lo hondo de la historia para recordarnos a los que vivimos estos tiempos, sobre qué sacrificios se erigió la Patria.

Esos son, Cuba, tus verdaderos hijos. Aún se puede vivir puesto que aún se mantienen ante nuestros ojos ejemplos tales.

jueves, 17 de abril de 2008

Mi raza

“Estamos juntos desde muy lejos,

jóvenes, viejos,

negros y blancos, todo mezclado.”

Nicolás Guillén

(Son número 6)

El 16 de abril de 1893 aparecía en Patria, salido de la pluma de fuego de Martí, el artículo “Mi raza”. Ciento quince años se cumplen de aquellas letras fundadoras en las que se mezclaban, por la ternura y las circunstancias del mensaje, la posición política y la convicción científica del Apóstol, expresada en atisbos visionarios.

Desde los sólidos principios en que basa su política unitaria y de justicia social para consolidar a la nación en ciernes, lo escuchamos decir que “El hombre no tiene ningún derecho especial porque pertenezca a una raza u otra: dígase hombre, y ya se dicen todos los derechos. El negro, por negro, no es inferior ni superior a ningún otro hombre: peca por redundante el blanco que dice: “mi raza”; peca por redundante el negro que dice: “mi raza”. Todo lo que divide a los hombres, todo lo que los especifica, aparta o acorrala, es un pecado contra la humanidad.”

Y desde los conocimientos adquiridos por diversas vías en sus perennes e interminables lecturas, entre las que sobresalían no pocas referidas a los avances de las ciencias, nos adelanta que “Los negros, como los blancos, se dividen por sus caracteres, tímidos o valerosos, abnegados o egoístas, en los partidos[1] diversos en que se agrupan los hombres.” Y añade que, “en suma, la semejanza de los caracteres, superior como factor de unión a las relaciones internas de un color de hombres graduado, y en sus grados a veces opuesto, decide e impera en la formación de los partidos. La afinidad de los caracteres es más poderosa entre los hombres que la afinidad del color.”

Subrayo especialmente esta idea martiana referida a “las relaciones internas” del color “graduado” de los individuos, y sobre todo cuando afirma que ese color es “en sus grados a veces opuesto”, recordando que hace unos meses, en el espacio de la Mesa Redonda de la televisión cubana, la doctora Beatriz Marcheco, directora del Centro Nacional de Genética Médica, hacia referencia al estudio que por primera vez se ha realizado en Cuba para investigar el comportamiento del mestizaje de nuestra población directamente en los genes de los individuos.

Confirmando la definición de Don Fernando Ortiz sobre el ajiaco que es nuestra cultura, y de la que forma parte fundamental también el mestizaje de las llamadas “razas”, los estudios revelaron el escaso valor del concepto de “raza” como sistema de clasificación biológica de los individuos en Cuba. La mezcla que da lugar a este mestizaje de hoy, ha ocurrido a lo largo de 7 generaciones, lo que ocupa un espacio en el tiempo de aproximadamente doscientos años, coincidiendo también con la fecha en que comenzaron a forjarse nuestros sentimientos como nación.

De este estudio se derivaron valiosas sugerencias a nuestra medicina, en especial para las investigaciones sobre enfermedades generalmente asociadas al color de la piel de las personas, pues pudo comprobarse que individuos con el color de la piel blanca, pueden tener más de un 70 % de información en sus genes de origen africano, y a la vez individuos con el color de la piel negra pueden tener más del 85 % de información en sus genes de origen europeo.

Desde el punto de vista cultural e histórico, explica Martí en su artículo, que para quienes asociaban la presunta inferioridad del negro a esa institución criminal y vergonzosa que fue la esclavitud, era bueno recordarles “que los galos blancos, de ojos azules y cabellos de oro, se vendieron como siervos, con la argolla al cuello, en los mercados de Roma.”

En el mundo de hoy, pese a los adelantos de las investigaciones científicas, la discriminación racial asume rasgos retrógrados que rayan en lo absurdo y arrancan de un tirón la hojita de parra con que procuran cubrir sus “pudores” las llamadas “civilizaciones”.

En Cuba, con el triunfo revolucionario de enero de 1959, quedaron hechas trizas legalmente las instituciones que mantenían, en la neocolonia yanqui que éramos hasta entonces, la discriminación del negro. La igualdad jurídica, sin embargo, siempre será más fácil de conseguir que la igualdad total en el seno de la sociedad, por cuanto la ley puede ser cambiada en un día, pero un sedimento cultural formado a lo largo de cinco siglos y basado en retorcidos conceptos acerca de la inferioridad social de un grupo determinado de individuos, no puede ser cambiado de igual manera. Este último cambio requiere no solo de tiempo sino de voluntad colectiva, de crecimiento cultural y espiritual de todos los grupos humanos que interactúan en la sociedad.

Al iniciarse la batalla de ideas y al calor de los diversos programas sociales que se generaron para alcanzar en nuestra tierra “toda la justicia”, como quería Martí, Fidel llamó la atención sobre la diferencia entre igualdad de oportunidades e igualdad de posibilidades, enfatizó en lo que llamó la reproducción de la cultura de la pobreza y de la marginalidad, y en tal sentido se generaron nuevos programas y medidas.

En el reciente VII Congreso de la UNEAC nuestros intelectuales y artistas volvieron al tema. Sobre la reaparición en nuestra sociedad de elementos del viejo racismo seudo republicano que parecían dejados atrás, y la necesidad de combatirlos desde todos los ángulos cualquiera que sea el signo que tengan: positivo o negativo. Ni discriminar a alguien porque sea negro o blanco, ni privilegiar a alguien por lo mismo. Eusebio habló de no ser un cubano “de cuota”, sino de valer por sí, por la obra que en la vida se haya construido, por el carácter singular que cada uno haya desarrollado, y por ser hijo legítimo de esta tierra.

En tal sentido Martí es categórico en el artículo referido cuando dice que “En Cuba no hay temor alguno a la guerra de razas. Hombre es más que blanco, más que mulato, más que negro. Cubano es más que blanco, más que mulato, más que negro. En los campos de batalla, muriendo por Cuba, han subido juntas por los aires las almas de los blancos y de los negros.”

De manera que si bien 50 años es un plazo muy breve para arrancar totalmente de la “venas”, el veneno de la discriminación racial que durante cuatro siglos y medio nos inocularon nuestros dueños, es una realidad que al calor de la construcción revolucionaria de un proyecto de país más humano, se han creado la instrucción y la cultura que en su constante crecimiento y ejercicio vencerán definitivamente esos vergonzosos prejuicios.

Y en esa batalla cotidiana contra las más variadas formas de división de un pueblo que sólo en la unidad monolítica de su relampagueante diversidad hallará seguridad y sosiego frente al gobierno codicioso del vecino acechante, estará con su prédica profundamente humana José Martí, que ya en 1891, en su ensayo Nuestra América, había alertado esta verdad que no conviene descuidar: “Los pensadores canijos, los pensadores de lámparas, enhebran y recalientan las razas de librería, que el viajero justo y el observador cordial buscan en vano en la justicia de la Naturaleza, donde resalta en el amor victorioso y el apetito turbulento, la identidad universal del hombre.“



[1] En este caso la palabra “partido” la emplea Martí como sinónimo de “grupo humano”, no precisamente como “partido político”, a los que se refiere directamente en ese artículo un poco después.

martes, 1 de abril de 2008

El Congreso de los intelectuales cubanos

Acaba de terminar el primer día de sesiones del Séptimo Congreso de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Más de 600 participantes en total asisten a los debates. Los temas van desde las deficiencias en la promoción de la obra de los creadores hasta la situación de la enseñanza artística y la educación en general; la impronta del desarrollo tecnológico en las nuevas formas de hacer y recepcionar las distintas manifestaciones del arte y la literatura, y el papel de las instituciones en su relación con los escritores y artistas.

No ha habido en los análisis visiones estrechas, aldeánicas. Tampoco se ha asomado la falsa erudición. Reflexiones no siempre coincidentes entre sí, pero profundas, medulares, hechas desde lo hondo del sentimiento nacional liberador y anticolonial que está en la génesis del proceso de forja de la nación cubana. Eso es lo que se ha escuchado.

La necesaria unidad del talento creador, despojada de pasiones mezquinas que merman el espíritu, como única garantía de construir entre todos el país que queremos. La rebeldía contra cualquier concesión a la banalidad o a lo mediocre; contra todo signo de colonización cultural. Injertando en nuestra cultura la cultura del mundo, pero manteniendo el tronco cultural que nos identifica. La conquista de nuevos niveles de justicia social sobre la justicia ya alcanzada.

El papel de los medios masivos de comunicación, en especial la televisión, por su alcance y permanencia. Duras y apasionadas críticas a lo mal hecho, a lo que echa por tierra otros esfuerzos colosales por lograr una cultura general integral superior. La claridad de que cultura es mucho más que instrucción, es capacidad de relacionarse con el entorno social en que se vive, y participar en él aportando en la medida de las posibilidades de cada uno.

Lo imprescindible de una prensa crítica de la realidad, que sugiera y oriente, que señale, evalúe y aconseje. La amenaza del burocratismo al avance necesario, en tiempos ya de por sí vertiginosos. El peligro de la corrupción y la posibilidad real de señalarla, combatirla y eliminarla del ambiente moral del país. La gratitud a Fidel.

Todo desde la perspectiva de la Revolución que ha hecho posible, por séptima ocasión en el plazo brevísimo de cincuenta años, este encuentro, sus temas de debate y el crecimiento intelectual de los debatientes.

Mañana continuará el Congreso.

domingo, 23 de marzo de 2008

El imperio, sus intrigas y la lámpara maravillUSA

Salta al alcance de la opinión pública la nueva felonía del decadente poderoso imperio norteamericano: tratan, tras bambalinas, de convertir con el mayor descaro la computadora del asesinado comandante de las FARC, Raúl Reyes, en la lámpara de Aladino.

En los laboratorios de la inteligencia colombianos está, como nueva y oportunísima reliquia, la famosa e “infinita” computadora guerrillera, como una vez ¿estuvieron? bajo la lupa del Pentágono, de la Casa Blanca, del Capitolio, de la CIA, del FBI, de la NASA… los tripulantes de los platillos voladores en el angar 47, allá en “el norte revuelto y brutal que nos desprecia”.

Se descubrirán, sin duda, cosas increíbles almacenadas en sus inconmensurables y blindadas memorias.

Los cables hablaron de dinero en Costa Rica, y dicen que se encontró donde decía la computadora… lo demás lo sabemos de viejo: continuarán apareciendo cosas, nombres, planes, documentos, que serán “avalados” con grande despliegue informativo y todo el glamour acusatorio y bélico correspondiente, al cabo del cual volverá a aparecer amenazada la seguridad nacional de la región y especialmente la de los Estados Unidos de Norteamérica, y con ello la obligación de desatar otra guerra preventiva contra estos oscuros rincones del mundo llamados Venezuela, Ecuador, Nicaragua, Bolivia, Cuba… escojan el nombre.

La creciente capacidad de Nuestra América para exorcizar el odio y el fratricidio, demostrada en la Cumbre de Río, asusta a los inseguros dueños del imperio y a los celestinos a quienes les han mantenido a cambio de su labor de Isacariotes, sus posiciones de prohombres.

Siempre les fue fácil a los amos del norte o a sus aliados europeos lanzarnos a unos contra otros y procurar un “todos contra todos” permanente y criminal entre nuestros pueblos, agotados por las ininterrumpidas hemorragias morales, sociales, políticas y económicas sufridas en estos cinco siglos de conquista y aniquilamiento, donde cansados ya de practicar el odio, se empieza, acaso sin saberlo -como diría Martí- a probar el amor.

El ALBA es el amanecer, la unidad y la fuerza de nuestros vilipendiados y maltratados pueblos. Ese amanecer tratan de oscurecerlo los vampiros que chupando nuestra sangre han sobrevivido y engordado hasta hoy en la más vergonzosa opulencia. La unidad que se ha ido logrando, si bien está en sus albores, es ya la estaca salvadora contra los chupasangres históricos, y tratarán de golpearla una y otra vez de distintas maneras, sin comprender que a las estacas mientras más se les da, más se clavan.

La fuerza está en la claridad y la justeza de nuestras ideas. ¡Adelante, América Latina!

martes, 19 de febrero de 2008

SIEMPRE SERÁS EL COMANDANTE EN JEFE


“Sé desaparecer, pero no

desaparecería mi pensamiento…”

José Martí


Medio mundo, o acaso el mundo entero, estará repitiendo con honestidad algunos y manipulada y miserablemente otros, el Mensaje del Comandante en Jefe aparecido esta mañana en los medios de prensa de nuestra amada Cuba: Fidel, próximo ya el día en que deberá constituirse nuestra nueva Asamblea Nacional y elegirse su Consejo de Estado, después de un transparente, masivo y democrático proceso eleccionario, nos dice que no aspirará ni aceptará los cargos de Presidente del Consejo de Estado ni de Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Los que hemos amanecido bajo la luz del sol esta mañana recordaremos siempre este día. Lección suprema es esta a la que habrá que sacarle todas sus enseñanzas cuando más tarde, lejos de los sentimientos que hoy nos entorpecen la posibilidad de evaluarla con justicia, volvamos los ojos a la historia presente.

Fidel continuará escribiendo y enseñando, como ha hecho hasta hoy durante más de 50 años, solo que esta vez será con sus tan necesarias Reflexiones. Nos brinda una vez más la posibilidad que no tuvimos cuando nos faltó Martí en los días vergonzosos de la ocupación yanqui, o cuando nos faltaron Mella, Guiteras y Chibás en los años oscuros de la neocolonia viciosa y corrompida que impuso el imperio norteamericano.

Sinceramente se veía venir una decisión de este tipo, el propio Fidel, como deja claro en su mensaje de hoy, nos venía preparando para ello. Cuando se estudian en junto las experiencias de procesos acontecidos en otras latitudes y lo difícil del momento en que la generación que ha conducido esos acontecimientos históricos ha comenzado a transmitir a sus continuadores las responsabilidades de llevarlo adelante, era de esperar, conociendo la inteligencia y el desprendimiento de Fidel, que algo así sucediera. Sin embargo, no deja de ser impactante y trascendente la decisión, porque revela en la realidad concreta lo que muchos enemigos y tal vez también amigos pusieron en duda: la capacidad de Fidel de renunciar a cargos que en verdad no necesita porque su conducta cotidiana, durante más de medio siglo de combate frontal contra un enemigo inconmensurablemente más poderoso económica y militarmente, le aseguran la autoridad moral suficiente como para que su voz sea escuchada.

Contar con la experiencia, el extraordinario tacto político, el magisterio insuperable de Fidel para la formación de los cuadros que tienen en sus manos el poder de decidir y llevar a la práctica los destinos del país, es un tesoro que los cubanos debemos evaluar en su justo e incalculable valor. Nos alegra saber que su recuperación continúa, y que se preserva para lo más útil, que es transmitir sus ideas.

Consecuente con su propia política, desde los combates en la Sierra Maestra contra la tiranía de Fulgencio Batista, de preservar a los cuadros más importantes, Fidel valora, sin envanecimientos que no es necesario esclarecer aquí, pues es conocida su proverbial modestia, la importancia de que su propia experiencia y su capacidad de análisis estén presentes para nuestro pueblo en este momento crítico de la humanidad, en que las guerras preventivas, la falta de capacidad de muchos en el mundo para comprender las amenazas que con el daño a la naturaleza le sobreviene a nuestra especie, y la ausencia del coraje suficiente como para poner freno de una vez a los desmanes del imperio, pueden llevar al mundo al desastre definitivo.

Cuando el próximo 24 de febrero, fecha en que conmemoraremos el 115 aniversario del inicio de la Guerra Necesaria, organizada y dirigida por José Martí, se constituya nuestra Asamblea Nacional y se elija al Consejo de Estado y a su nuevo Presidente, el pueblo de Cuba rendirá agradecido homenaje al hijo excepcional que ha sabido afrontar durante más de medio siglo de lucha incesante, todos los peligros y los desafíos para mantener limpio y en alto nuestro decoro de hombres y mujeres libres, en medio de un mundo donde imperan la opresión criminal y el sometimiento humillante.

Los medios de prensa reflejarán las Reflexiones del compañero Fidel, que continuará enseñándonos como hasta ahora a ver allí donde nuestra vista no alcanza, para salvarnos de viejos y nuevos peligros externos o internos, del enemigo o del peor enemigo que somos nosotros mismos. Pero acaso sucederá otra vez lo que en julio de 1873 aconteció en los potreros del Camagüey legendario en los tiempos de nuestra primera guerra: cuentan que luego de la caída en combate del Mayor General Ignacio Agramonte en los potreros de Jimaguayú, el 11 de mayo de ese año, el entonces Teniente Coronel Henry Reeve, joven norteamericano que se sumó a nuestras luchas independentistas alcanzando el grado de Brigadier y los más altos honores hasta su caída gloriosa en Yaguaramas, esperaba la llegada del Mayor General Máximo Gómez, dominicano que llegaría a ser General en Jefe de nuestro Ejército Libertador, y que a la sazón había sido designado por el presidente de la República en Armas, Carlos Manuel de Céspedes, para sustituir al Mayor, como llamaban cariñosamente sus soldados al General Ignacio Agramonte, y al acercarse una fuerza al campamento de Reeve, un soldado se le acercó corriendo y luego, parado en firme, lo saluda y le dice: “Ahí viene el Mayor”, a lo que Reeve riposta: “¿El Mayor? ¿Qué Mayor es ese?”, el soldado informa otra vez: “el Mayor Máximo Gómez, nombrado Jefe del Departamento”; tranquilizado Reeve vuelve a responder: “¡Ah! El General Máximo Gómez; y no diga usted el Mayor, porque el Mayor fue uno y murió en Jimaguayú.”

Alguna vez creo haber escuchado a Raúl decir que Comandante en Jefe había uno, y que tal vez no hubiera ningún otro. No estoy seguro pero bien pudo ser conociendo la modestia de Raúl y su cariño y respeto por Fidel. Eso podrá ocurrir, o podrá ocurrir también que se mantenga el nombre del cargo para el nuevo compañero que deba desempeñarlo, y como las virtudes de todos los que pudieran ser elegidos por la Asamblea Nacional están a prueba sin discusión ni dudas de ninguna clase por los años de entrega al servicio de la Revolución, será recibido con beneplácito y respeto, y la cooperación de todos estará garantizada de antemano por la unidad del pueblo, su educación y su elevada cultura política, pero es evidente que así como tenemos un Apóstol, un Padre de la Patria, un Titán de Bronce, un Generalísimo, un Guerrillero Heroico y un Señor de la Vanguardia, Fidel Castro será siempre, bajo el cielo infinito de la patria cubana, el Comandante en Jefe.

martes, 12 de febrero de 2008

EL LLANTO DE PROMETEO: JOSÉ MARTÍ Y LA CONDICIÓN HUMANA EN EL NUEVO MILENIO

“Trágicamente, el hombre está perdiendo el diálogo con los demás y el reconocimiento del resto del mundo que lo rodea, siendo que es allí donde se dan el encuentro, la posibilidad del amor, los gestos supremos de la vida” . Así expresa el filósofo argentino Ernesto Sábato su visión de los hombres al despuntar el nuevo milenio.

José Martí confesó que el libro que hubiera querido escribir como legado al devenir humano llevaría por título El concepto de la vida. Sería un libro de esencias, donde revelaría “a la caediza y venal naturaleza humana” ese “cúmulo de verdades esenciales que caben en el ala de un colibrí, y son, sin embargo, la clave de la paz pública, la elevación espiritual y la grandeza patria.” Entre esas verdades esenciales estarían sin dudas las que revelarían al hombre su propia naturaleza, el sentido trascendente de su existencia, y la posibilidad infinita del mejoramiento humano, basado fundamentalmente en la utilidad de la virtud.

A 155 años del nacimiento de aquel “Hombre más puro de la raza”, como lo definiera Gabriela Mistral, el mensaje martiano conserva la frescura de lo cotidiano, como si hubiera sido escrito, acaso con más razón, para estos turbulentos días que corren. Y digo corren en el sentido literal del término. Corriendo existimos y con la misma prisa nos vamos de este mundo sin apenas vivir. Y he aquí lo que a mi juicio constituye uno de los principales mensajes de José Martí, que no está estrictamente señalado en un lugar determinado de su obra, sino en el conjunto de su propia vida: existir no es vivir. Por ello Marinello nos dirá que la del Apóstol, más que una vida, fue un hecho moral.

Alguien dijo, con gran acierto, que la mayoría de la gente existe, simplemente. Y así es, en efecto. Solo que en nuestros días se existe a una velocidad vertiginosa, sin tiempo siquiera para hacernos aquellas preguntas primigenias que dieron origen a la Filosofía, no a la filosofía cultiparlista y vocinglera que busca mostrar la presunta sapiencia del ponente más que contribuir a la ilustración del auditorio, sino aquella a la que se refería Don José de la Luz y Caballero cuando afirmaba que filosofía era el arte de explicar, con palabras sencillas, problemas muy complejos. Eran simples preguntas que buscaban aclarar nuestro objetivo en el mundo, nuestras semejanzas y diferencias con los objetos y los animales. Hoy parecería cosa de locos hacer tales preguntas. Parecen tan obvias las respuestas. Sin embargo, ahí están las claves del desastre que nos amenaza por los cuatro costados: la ignorancia y la apatía.
Lanzados al ruedo de la existencia, somos adiestrados –que no educados— por seres más apresurados que nosotros, y en el atolondramiento provocado por un cúmulo incesante de acontecimientos, no disponemos siquiera del tiempo imprescindible para pensar en nuestra propia vida. Y vivir requiere su tiempo, que va desde el descubrimiento de la vida hasta el disfrute de ella con todos los sentidos.

Confundimos la condición biológica de humanos, con la condición de ser humanos. “No basta nacer,--es preciso hacerse”, decía Martí. El hombre no nace hecho, hay que construirlo sobre la criatura biológica que viene al mundo, y ese proceso de construcción se inicia al nacer y no acaba sino con la muerte.

De seres regidos por los instintos, debemos elevarnos a la categoría de seres regidos por la cultura, en la que la razón y la imaginación se fecundan para hacer germinar las virtudes que se constituyen en el único freno posible a nuestra naturaleza. Martí nos dirá sin medias tintas que todo hombre lleva en sí una fiera dormida, pero el hombre es una fiera admirable, porque le es dado llevar las riendas de sí mismo. A la biología natural ha de cultivársele la razón y con ella el espíritu. Y hacia ahí deberá dirigirse la educación de los hombres si queremos levantar la especie humana y salvarla del estado de miseria moral y material al que la han llevado el goce excesivo, y por tanto pernicioso, de los instintos, y la falta de fe en la posibilidad de una vida superior basada en los placeres del conocimiento, que afianzan la conciencia de sí y hacen más fecunda y alegre la vida.

En tal sentido, la misión que el Maestro ve en la enseñanza es que “la educación ha de ir a donde va la vida. Es insensato que la educación ocupe el único tiempo de preparación que tiene el hombre, en no prepararlo. La educación ha de dar los medios de resolver los problemas que la vida ha de presentar. Los grandes problemas humanos son: la conservación de la existencia,--y el logro de los medios de hacerla grata y pacífica.”

Para la tradición pedagógica cubana, educar es cultivar el corazón además de la inteligencia. Hoy es mucho más difícil esta obra de amor en medio de tantas motivaciones a los instintos naturales de la criatura humana. Es más fácil, sin embargo, instruir, que como dijera Don Pepe, eso lo puede cualquiera, a diferencia de educar. Porque la instrucción permite al hombre dominar los descubrimientos de su inteligencia, un avión o una computadora, en cambio la educación es la que le permite dominarse a sí mismo, que es lo más difícil.

De esta manera para Martí la cultura de una persona no está definida por la cantidad de conocimientos que posea, sino por la capacidad de dominarse a sí mismo en beneficio de la convivencia armónica con sus semejantes. A tal efecto podemos comprobar la existencia entre nosotros de personas muy bien instruidas y sin embargo, tremendamente incultas, y también viceversa, como diría Benedetti. En el Manifiesto de Montecristi, el Maestro define que considera como verdadera cultura: “la profunda labor del hombre en el rescate y sostén de su dignidad”. La otra es la “extranjeriza y desautorizada cultura” exhibida por sus “estériles poseedores”.

El devenir del hombre está marcado por la tendencia acelerada a la especialización en detrimento de la integralidad del saber. Si hasta el renacimiento era ostensible aún la voluntad de procurarse disímiles saberes provenientes de las más variadas ciencias, la modernidad propició la separación de estos y la llamada postmodernidad los consagró en compartimientos estancos. Las ciencias naturales buscan, saltando en una pierna, lo que saltando en la otra buscan las ciencias sociales, sin encontrar al cabo ninguna de las dos más que medias verdades y sofismas.

En nuestro mundo ya no se forman hombres, se configuran consumidores. Raras veces se educa, se instruye apenas. Y es una realidad palpable y dolorosa, que en la sociedad cubana de estos días esos gérmenes simplificadores y enajenantes se hacen cada vez más visibles. Aunque hayan avanzado los medios de la instrucción, es ostensible, sin embargo, que la educación en tanto formación integral de un ser humano, ha declinado.

Según Martí, “educar es depositar en cada hombre toda la obra humana que le ha antecedido: es hacer a cada hombre resumen del mundo viviente, hasta el día en que vive: es ponerlo a nivel de su tiempo, para que flote sobre él, y no dejarlo debajo de su tiempo, con lo que no podrá salir a flote; es preparar al hombre para la vida.” De aquí que es evidente el papel que en la educación de ese hombre desempeña el conocimiento de la historia del mundo y sobre todo de su país. Sin conocer la historia no puede ser un hombre resumen de nada, porque en lugar de continuar el camino humano a partir del punto en que nació, está parado sobre la línea de partida de la especie. La historia es la memoria de los pueblos y de los hombres. Un pueblo o un hombre sin memoria es como un árbol sin raíces, que cualquier vientecillo lo echa a tierra. Fácil es manipular o variar el destino de un hombre o de un pueblo cuando ha perdido el sentido de la orientación, y éste está dado por la certeza que tengamos del punto de partida. Si no sabes de dónde vienes no sabrás donde estás ni tampoco hacia donde ir.

Así como el célebre ejemplo del pastel que Marx citaba no se componía solamente de la suma de los ingredientes que al cabo lo integraban, la historia de la humanidad tampoco está formada por una fría cronología de hechos, sazonada con unos cuantos nombres ilustres. Bastante se ha estudiado la historia de los hechos, al punto que en no pocos lugares las calificaciones de los exámenes están dadas por la capacidad memorística de precisar y ubicar fechas y hechos, a la antigua usanza escolástica que tanto combatieron el Padre Varela y los primeros fundadores de la nación cubana. No así con la historia de los hombres que impulsados por las ideas de que eran portadores y en muchos casos encarnación viva, convirtieron a los lugares donde las defendieron, en sitios históricos, el día en que las defendieron, en una fecha histórica y la porfía en que las defendieron en hechos históricos. No es costumbre de los tiempos que corren estudiar o escribir biografías.
Las obras literarias se conocen, fundamentalmente, a través de las versiones cinematográficas, con lo que el ingenuo o indolente espectador concede a otro la capacidad de imaginar y pensar por él. De tal manera no solo nos enfrentamos a la sistemática e inescrupulosa guerra que hacen los medios imperiales globalizados para dominar la mente de los hombres, pues sabemos que es allí donde se libran hoy las principales batallas, sino que también tendremos que vencer un obstáculo mayor: la abulia que mantiene a las personas en estado hipnótico frente a las pantallas de los televisores sometidos a lo que Ignacio Ramonet llamó un delicioso despotismo, o enajenados en el mundo alucinógeno de los modernos reproductores de sonido.

Sobre esta sutil esclavitud, nos dice Sábato en su libro citado: “La televisión nos tantaliza, quedamos como prendados de ella. Este efecto entre mágico y maléfico es obra, creo, del exceso de la luz que con su intensidad nos toma. No puedo menos que recordar ese mismo efecto que produce en los insectos, y aun en los grandes animales. Y entonces, no sólo nos cuesta trabajo abandonarla, sino que también perdemos la capacidad de ver lo cotidiano.”

Martí, por su parte, se dolía de la enajenación a la que en aras de la acumulación material sucumbían los hombres. Con tristeza nos dirá que la mayor parte de los hombres ha pasado dormida sobre la tierra, comieron y bebieron, pero no supieron de sí, y que todavía son los hombres máquinas de comer y relicarios de preocupaciones, y era preciso hacer de cada hombre una antorcha. Y a ese estado de iluminación se llega solo a través de la conciencia de lo que se es y, sobre todo, de lo que se puede llegar a ser si logramos ubicar como motor de nuestra vida la consecución de un ideal. Un hombre sin fe acabará siendo un hombre de mala fe.

El desarrollo científico y tecnológico de nuestros días parece haber convertido en cenizas las posibilidades de los hombres para perseguir un ideal que lo eleve a la superior condición humana. Sin embargo, el filósofo argentino, José Ingenieros, hace tiempo que se anticipó a tales creencias desafiando la racionalidad que excluía al espíritu, cuando dijo que “los ideales pueden no ser verdades; son creencias. Su fuerza estriba en sus elementos afectivos: influyen sobre nuestra conducta en la medida en que lo creemos. Por eso la representación abstracta de las variaciones futuras adquiere un valor moral: las más provechosas a la especie son concebidas como perfeccionamientos. Lo futuro se identifica con lo perfecto. Y los ideales, por ser visiones anticipadas de lo venidero, influyen sobre la conducta y son el instrumento natural de todo progreso humano.”

A la responsabilidad de la familia, la escuela y la sociedad, las cuales no habré más que apuntar en esta ocasión, se suma en grado determinante la responsabilidad del individuo. Si no logramos despertar en nuestros jóvenes y ciudadanos en general el afán de crecer como seres humanos, todo estará perdido, pues la educación no se impone. Y Martí apuntará que el mayor goce de un hombre es construirse a sí mismo desafiando a la casualidad indiferente.

De manera que al hablar de la ética martiana en los tiempos actuales, debemos decir que nunca fue tan necesaria a nuestra sociedad armarnos de sus elevados preceptos morales, profundamente humanistas, para impedir que el desastre que amenaza a la humanidad nos aniquile como especie.

Para Cuba es urgente propiciar que la mera instrucción no ahogue a la educación, y que no se olvide el cultivo de los corazones en aras de cultivar inteligencias, porque siempre será una verdad irrebatible aquel viejo proverbio de que “la inteligencia camina más a prisa, pero el corazón llega más lejos.”

viernes, 1 de febrero de 2008

Foro Juvenil Interancional El Hombre Nuevo para el Mundo Nuevo

En el Palacio de Convenciones de La Habana, del 28 al 30 de enero se desarrolló la II Confrencia Internacional José Martí Por el equilibrio del mundo. En ese espacio tuvo lugar el Segundo Foro Juvenil Internacional El Hombre Nuevo para el Mundo Nuevo, que contó con la participación de 150 jóvenes de 31 países.

Esta es la Declaración Final de ese Foro:



DECLARACIÓN FINAL FORO JUVENIL INTERNACIONAL “EL HOMBRE NUEVO PARA EL MUNDO NUEVO”


Los participantes en el Segundo Foro Juvenil Internacional, reunidos en el Palacio de las Convenciones de La Habana, como parte activa de la Segunda Conferencia Internacional Por el equilibrio del mundo, luego de compartir ideas, opiniones y esperanzas en torno al mundo que nos toca vivir y sobre todo, el mundo que espera a nuestros hijos, queremos dejar constancia de las conclusiones fundamentales a las que hemos llegado:
A saber, que el mundo nuevo y mejor al que aspiramos como legítimo y fundamental derecho humano, es realmente posible; que este no se producirá por generación espontánea, tenemos que construirlo con nuestras propias manos enfrentándonos resueltamente a cuantos elementos se opongan a esa noble aspiración; que ese empeño solo rendirá los frutos deseados si logramos juntar en esa causa a todas las personas de buena voluntad que estén dispuestas a asumir la responsabilidad histórica que las condiciones actuales nos indican, para la salvación de la especie humana y sus condiciones de vida; que entre todos los sistemas de organización social diseñados hasta el presente para regir la vida de las comunidades humanas, es el socialismo, despojado de dogmas excluyentes y reduccionistas, y ajustado a las condiciones específicas de cada país, especialmente a su cultura, el que ofrece mayores posibilidades de mejoramiento humano y de felicidad a los pueblos; que en las condiciones actuales en que nos encontramos los seres humanos, sometidos de forma permanente y despiadada a la enajenación promovida por los grandes medios de desinformación globalizados, es imprescindible y urgente desarrollar una campaña de ternura y de ciencia, como enseñó José Martí, para revelarle a los hombres su propia naturaleza, enseñándoles que la muerte no es fea, que la vida es un deber, y que nadie debe estar triste ni acobardarse mientras haya libros en las librerías y luz en el cielo, y amigos y madres; que mientras haya un bien que hacer, un derecho que defender, un libro sano y fuerte que leer, un rincón de monte, una mujer buena, un verdadero amigo, tendrá vigor el corazón sensible para amar y loar lo bello y ordenado de la vida, odiosa a veces por la brutal maldad con que suelen afearla la venganza y la codicia.
Los jóvenes somos conscientes de que solo la educación y la cultura pueden elevar a los seres humanos a un nivel que nos permita convivir armónicamente entre nosotros y en relación con la naturaleza de la que somos parte. Por ello habremos de promover en el lugar en que cada uno de nosotros actúe, los espacios de imprescindible intercambio entre aquellos a quienes interese contribuir a mejorar el mundo en que vivimos desde sus múltiples y complejas aristas y desde la cotidianidad, porque no habrá una conciencia cierta del mundo si no tenemos antes una conciencia cierta del barrio, de la comunidad, de esa porción de la humanidad que vemos más de cerca y en que nos tocó nacer, como dijera José Martí.
El hombre nuevo que hará posible el mundo nuevo no será un ser perfecto, no estará esperándonos en los próximos años, el hombre nuevo está aquí, con todas sus virtudes y todos sus defectos, dispuesto a dar su única, breve, hermosa e irrepetible vida en aras de la felicidad de todos; el hombre nuevo tendremos que ser nosotros mismos armados de la fe inextinguible en la posibilidad de mejoramiento humano, en la vida futura y en la utilidad de la virtud. Por eso hoy, lejos de concluir, dejamos abiertas las puertas hacia la construcción de un movimiento juvenil internacional que bajo la premisa del hombre nuevo que hará posible el mundo nuevo, trabaje sin descanso en cuanto esté a su alcance para HACER, que es la mejor manera de decir.

viernes, 11 de enero de 2008

HOMENAJE DE LOS TRABAJADORES SOCIALES: CELIA MULTIPLICADA

“Celia era y será siempre para todos sus compañeros,

la fibra más íntima y querida de la Revolución Cubana;

la más entrañable de nuestras hermanas.

La más autóctona flor de la Revolución”.

Armando Hart Dávalos

Al pie del monumento erigido a su memoria en el Parque Lenin de La Habana, han querido los participantes en la primera reunión nacional del Programa de Trabajadores Sociales, depositar sus ramos de mariposas blancas como tributo y compromiso con quien fuera ejemplo de entrega a la Revolución, amor y dedicación por el pueblo, y lealtad sin límites a Fidel: la inolvidable Celia Sánchez Manduley.

A 28 años de su siembra fecunda en el alma del pueblo cubano, Celia se erige en símbolo y paradigma para las nuevas generaciones que deben aprender en el estudio de su vida, la concreción práctica de aquella “utilidad de la virtud” proclamada por José Martí, donde la sencillez es la grandeza y ser útil vale más que ser príncipe.

No es casual que este ejército de trabajadores sociales, compuesto por más de 42 mil miembros, en casi un 75 % mujeres, haya escogido este lugar sagrado de la patria para iniciar un año de labor en el que se propone “trabajar duro”, como convocó Raúl en su discurso en la Asamblea Nacional del Poder Popular.

En el empeño de ser útiles a la Revolución, de trabajar con eficiencia y eficacia, de rendir el máximo en cualquier tarea, de tener en cuenta los más mínimos detalles de cada situación analizada, de ser fieles a la verdad, de responder a las preocupaciones de la gente, de preocuparse y ocuparse de los problemas del pueblo como de problemas propios, en todo eso grande y sublime que hacen posible una patria feliz, encuentran los trabajadores sociales un paradigma en Celia.

Por ello uno de los principales empeños de esta fuerza joven para el año 2008, es alcanzar niveles superiores de organización, que les permitan dar respuestas mucho más efectivas e inmediatas a las numerosas tareas que tienen encomendadas y a otras que puedan surgir. Asimismo, la capacitación de sus miembros para cada tarea, y la superación política e ideológica basada en la formación de los valores fundamentales que han hecho posible a la nación cubana, están entre las prioridades de trabajo.

En este sencillo y profundo homenaje de los trabajadores sociales, como en el que le rinden los Instructores de Arte, los Maestros Emergentes, los Profesores Generales Integrales…en fin, la juventud cubana en el año 50 de la Revolución, Celia se multiplica y se agiganta como un inmenso e invulnerable escudo que con la pureza inmaculada de su patriotismo, conjura los peligros perennes que amenazan a Cuba.

sábado, 5 de enero de 2008

FIDEL Y OTRO SUEÑO CUMPLIDO: LA UNIVERSIDAD UNIVERSALIZADA

“Yo creo que podemos convertir la nación entera en una universidad.

Teníamos una, después dos más, ahora decenas. Están en

todas partes y simplemente me parece ver la posibilidad de

una nación convertida en universidad; es un sueño.”

Fidel

Enero de 2002

Acaba de cumplir 280 años la Universidad de La Habana, y nunca fue tan joven en espíritu e intentos. Luego de casi tres siglos de avatares y experiencias acumuladas, todos sus saberes se desbordan a través de los muros ancestrales, y se expanden iluminando los más inesperados parajes de la patria.

Cuando el 1ro. de enero de 1959 la Revolución llega al poder, solo existían en Cuba 3 universidades públicas: en La Habana, Santiago de Cuba y las Villas, en ese orden surgieron. Todas estaban cerradas por la dictadura batistiana. En el afán de crecer como pueblo mediante la cultura, y como parte consustancial del proceso de reivindicaciones que llevó a cabo el gobierno revolucionario, en los años subsiguientes se crearon nuevas universidades, centros universitarios e institutos superiores.

Las ideas de Fidel sobre lo que debían ser la universidad, y la educación en general, en un país que luchara por la justicia social son muy radicales y se manifiestan tempranamente. Si en julio de1959, durante la inauguración de una planta de televisión en Camagüey, está proponiendo abrir una cadena televisiva para educar masivamente al pueblo, ya en diciembre de 1964 durante la inauguración de la CUJAE expresa que “en el futuro no habrá ciudad capaz de albergar una universidad; en el futuro el concepto de universidad será demasiado grande para que pueda estar contenido en un número de edificaciones.”

Como consecuencia de los programas de alfabetización, primero, y de continuidad de estudios después, en la década de los años 70 la matrícula de los centros preuniversitarios y tecnológicos había aumentado considerablemente, y era necesario preparar el camino para que ese caudal de talento encontrara espacio fértil donde emplearse. Ante tal perspectiva, Fidel expresa en febrero de 1967 una de las ideas precursoras de la realidad de hoy: “el día en que ese medio millón del año 1975, que estará en la enseñanza media y superior, presione y, como resultado de la misma revolución que en el campo de la educación se lleva a cabo, no quiera quedarse atrás y quiera alcanzar estudios superiores, no se podrá concebir una universidad de trescientos mil estudiantes. Y entonces todo el país se convertirá en una universidad, cada fábrica se convertirá en una universidad, cada granja se convertirá en una universidad, cada unidad de producción se convertirá en una universidad”.

En 1980, durante el II Congreso de la FEU vuelve sobre el tema, esta vez dejando establecido un concepto: “¿Qué significa universalización de la universidad? Facilidades para que todo el mundo estudie sin límites. La sociedad ha de crear condiciones hasta donde alcancen sus recursos.” Y en septiembre de 2002, ante la realidad que vive el país, como consecuencia de los nuevos programas sociales, expresa: “La universidad va a los centrales azucareros. Se hablará de miles de sedes universitarias y de cientos de miles de estudiantes. Estamos creando una sociedad donde todo el mundo pueda tener una carrera universitaria.”

Hace apenas un lustro se inició el programa de universalización de la enseñanza superior y los primeros frutos ya ofrecen su aroma. Más de tres mil sedes diseminadas a lo largo y ancho de la isla. Más de medio millón de cubanos conforman la matrícula de las 47 especialidades que se imparten en las Sedes Universitarias Municipales, y sus claustros los nutren más de cien mil profesores. Esas estadísticas significan cientos de miles de cubanos a los que se les facilita aún más el acceso a una calidad de vida superior al poder contar con nuevos y cada vez mayores conocimientos, jóvenes que por diversas razones veían tronchados su sueños de convertirse en profesionales y han podido llegar a realizarlos o están camino a ello; significan también miles de profesionales a los cuales la actividad práctica de sus profesiones les había hecho caer en la rutina, o no tenían aspiraciones de hacer estudios de posgrados, o no veían las posibilidades a su alcance.

Como idea transformadora, el establecimiento de estos revolucionarios conceptos en los estudios superiores, ha tenido que vencer también obstáculos. Escepticismos y enfoques elitistas sobre la calidad de la educación no han faltado, pero la perseverancia, el sacrificio y la buena voluntad de miles de profesionales, académicos, investigadores, docentes, acompañados por la disposición y el entusiasmo de centenares de miles de estudiantes, han permitido demostrar que ese es el camino.

Apenas se está comenzando y lo que falta por hacer es casi todo, pero los que participan de esta revolución en la enseñanza superior masiva, sin paralelo en el mundo, podrán lucir siempre como blasón de orgullo, el haberse atrevido a desafiar siglos de exclusiones injustificables en el acceso pleno del hombre al conocimiento acumulado por la especie humana en su devenir histórico.

Tenía razón Martí: “Al mundo nuevo corresponde la Universidad nueva”.

miércoles, 26 de diciembre de 2007

La Revolución del decoro, el sacrificio y la cultura

“Ordenar la revolución del decoro, el sacrificio y la cultura
de modo que no quede el decoro de un solo hombre lastimado,
ni el sacrificio parezca inútil a un solo cubano,
ni la revolución inferior a la cultura del país, (…)
esos son los deberes, y los intentos, de la revolución.”

José Martí y Máximo Gómez
Manifiesto de Montecristi




Cuando en el discurso por los Cien Años de lucha del pueblo cubano, Fidel expresaba en La Demajagua, el 10 de octubre de 1968, que nuestra Revolución es una sola, desde Carlos Manuel de Céspedes hasta hoy, no hacía sino confirmar lo que los hechos demostraban a lo largo de ese siglo: el ansia de libertad que se alberga en el alma de las sucesivas generaciones de cubanos, y que nos ha llevado siempre a la disposición de inmolarnos en el ara de la patria digna a la que tenemos derecho.

La palabra Revolución ha entrañado siempre para nosotros el camino del cambio integral e interminable hacia el ideal de república que dibujaron en el horizonte los Padres Fundadores, enriquecido con lo mejor de la experiencia universal, donde la política se elevara a la acepción martiana de “arte de hacer felices a los hombres”. De ahí que haya sido tajante la respuesta de Fidel al producirse el golpe militar de Batista, el 10 de marzo de 1952: “¡Revolución no, zarpazo!”

Las revoluciones verdaderas son para los pueblos como las parteras de su historia. En la forja de nuestras ideas revolucionarias se consumieron los mejores cubanos de una época germinal, donde la pluma y la palabra crearon, con el ejemplo de sus mantenedores, el anhelo de independencia y el heroísmo cautivador que darían luego a los ejércitos de la libertad soldados para sus batallas. Y en el crisol de nación que fueron aquellos treinta años de lucha en la manigua redentora y en los destierros, vinieron a la luz los hombres y las mujeres que con las virtudes de sus corazones y el poder de sus manos escribieron con lágrimas, sudor y sangre cada una de las páginas de nuestra historia patria.

En los primeros cincuenta años del siglo pasado, el fuego de la revolución se mantuvo vivo en el coraje y el honor de los jóvenes que comprendían que en Cuba no se vivía en la república moral anunciada por José Martí, y entendieron que era su deber luchar por hacerla posible porque las repúblicas no se hacen solas, sino a base de sacrificio, trabajo, estudio, virtudes, errores y rectificaciones sucesivas. Muchos cayeron en aquellos intentos sin poder ver todavía el fruto de sus esfuerzos. Pero en los que quedaron se afianzó el compromiso reafirmado de nuevo con los muertos queridos, jóvenes en su mayoría, asesinados en la flor de la vida tratando de realizar el sueño de los que habían caído antes que ellos.

El asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, el 26 de julio de 1953, fue una nueva clarinada mambisa lanzada a los cuatro vientos de la isla para que despertaran las conciencias, para que el decoro no durmiera en medio de la podredumbre moral, y la cultura no pereciera ahogada bajo la bota de la tiranía. Era el nuevo aldabonazo de Chibás. Era también el año del Centenario del Natalicio de José Martí, el Apóstol que parecía que iba a morir en medio de tanta afrenta, y que con el influjo de su doctrina ética y libertaria se convirtió en el autor intelectual de aquella gesta. De los jóvenes que cayeron asesinados contra los muros oprobiosos del Moncada no se puede hablar sino como de aquellos otros de que hablara el Maestro: con la cabeza descubierta en señal de reverencia y respeto. Cada una de sus vidas llenas de luz podría iluminar a un continente.

Si en los diez años que duró la primera guerra, surgieron figuras como Céspedes, Agramonte, Maceo y Gómez—cada uno de ellos con grandeza suficiente como para dignificar a la especie humana—, en los casi seis años que transcurrieron desde el Moncada hasta el 1ro. de enero de 1959, Cuba dio a luz un semillero de hombres y mujeres de los cuales deben sentirse orgullosos todos los hombres de buena voluntad que en el mundo defiendan la justicia: Abel Santamaría, Juan Manuel Márquez, Ñico López, Frank País, José Antonio Echeverría, Camilo, el Che, Celia, Vilma, Haydeé, Melba, Raúl, Fidel…

Enamorados de la historia de Cuba, en ella se inscribieron para siempre por el desinterés de sus esfuerzos; tratando de realizar los sueños de los que habían dado sus vidas antes que ellos, estuvieron dispuestos en cada momento a dar las suyas y han dejado a las generaciones que venimos después a la vez nuevos sueños y nuevos y más grandes desafíos en la lucha por la felicidad de la patria que nos conquistaron.

Por todo eso, porque es ya inminente el advenimiento de casi medio siglo de Revolución victoriosa, y porque una vez más andan por ahí los agoreros del Apocalipsis revolucionario, fiando la muerte de la Patria Cubana a la desmemoria de las generaciones nuevas, debemos esgrimir como una espada de luz, ante los ojos de los asustadizos, los oportunistas y los mercenarios, esta profesión de fe lanzada por el Apóstol en su discurso por el 10 de octubre, en 1891: “Y es lo primero este año, porque ha pasado por el cielo una que otra ave de noche, proclamar que nunca fue tan vehemente ni tan tierno en nuestras almas el culto de la Revolución.”

miércoles, 12 de diciembre de 2007

Maestros

“¡Tiene el mundo quien tiene el poder
de poner sobre los niños las primeras manos!”
José Martí


Cuba es una nación soñada por maestros: maestros en el pensamiento y en los actos. Del torrente de ideas venidas de todas partes, se fraguaron en nuestros primeros patriotas aquellos sentimientos que, expresados con la pluma en el papel y con el sacrificio en las prisiones, en los destierros, en los cadalsos, provocaron las iras y las reflexiones que dieron luego a los más impetuosos, ejércitos para las grandes batallas por la independencia y la libertad. Y de todo eso, sublime y terrible, devino la idea superior de organización social que llamamos Patria Cubana.
Maestros de escuela fueron los Padres Fundadores: José Agustín Caballero, padre de nuestra Filosofía; Félix Varela, el primero que nos enseñó a pensar; José de la Luz y Caballero, el maestro de la juventud cubana, Rafael María de Mendive, aquel que al hablar de los que cayeron en el cadalso cubano se alzaba airado del sillón y le temblaba la barba, y maestro fue José Martí. Cinco generaciones de maestros pensadores confluyeron en esa síntesis suprema de nuestra Pedagogía que es el Apóstol. Ellos sentaron las bases de lo que en Cuba se entiende por educación, que es la instrucción del pensamiento y la dirección de los sentimientos. Su método fue, más que otro alguno, el del maestro convertido en espejo donde debía reflejarse el discípulo: como el evangelio vivo del que hablara Luz y Caballero.
A lo largo de dos siglos esa tradición ha sido salvada por un ejército de hombres y mujeres que a la hora de elegir sus destinos, eligieron dedicarse a perpetuar en la mente y en los corazones de las sucesivas generaciones de cubanos, el amor y el trabajo en beneficio de la patria. A ellos, pues, debemos lo que somos. Sin su fe en el futuro de Cuba no hubiera sido posible vencer el período funesto que sobrevino luego de la intervención norteamericana. Entre las primeras acciones de los ocupantes para arrancarnos los retoños de identidad que entre estertores de dolor y sangre venían a la vida, estuvo el de reinventarnos la historia, sustituyendo 30 años de guerra y casi un siglo de esfuerzos y penurias, por una caricatura burlesca donde se nos enseñaba a agradecer al vecino del norte la independencia añorada. Acto seguido, trasladaron a los maestros cubanos hasta la nueva metrópoli, para que aprendieran lo que tenían que enseñarnos: el papelazo de segundones de un nuevo amo disimulado.
No obstante la astucia de las vías y la brutalidad de las presiones, hubo siempre maestros que buscaron en la tradición oral de los participantes directos en la contienda, de sus descendientes, y en la experiencia propia, las verdades de la historia. Así pudo mantenerse vivo el nervio nacional, en el alma viril de maestros verdaderos que cuando vieron negada la república moral anunciada por Martí, en la parodia de república que nos simularon, lo dijeron sin miedo. Enrique José Varona fue el blasón de la dignidad de una generación nueva que había aprendido en las aulas a respirar el espíritu cubano. Junto a él se agruparon los jóvenes de la generación de los años 20 que haría huir al tirano: Mella, Villena y tantos otros.
Frente a la corrupción, los vicios y las tiranías, han estado siempre los maestros cubanos. Maestro era Frank País, con sus 22 años y su carga de amor a esa novia infinita que le robaba el alma: Cuba. Maestra es, todavía, entre el veguerío de San Juan y Martínez, Ester Montes de Oca, madre de los Hermanos Saíz, que con 17 y 18 años escribieron páginas visionarias sobre el futuro de Cuba.
Maestros fueron Conrado Benítez y Manuel Ascunce, símbolos de los miles que hicieron realidad el sueño martiano de regar por los campos un semillero de ciencia y de ternura. Maestros fueron Águedo Morales y los cien mil que se ofrecieron voluntarios para ocupar su lugar al ser asesinado por la contra nicaragüense. Maestros los que, cumpliendo con Bolívar, contribuyen a darle hoy a la América moral y luces. Y los que en otras partes desplazan la ignorancia con la luz del saber.
Nuestros maestros también protagonizaron la heroicidad colectiva del pueblo en los años más duros del período especial, cuando no se cerró un aula, y en los que afloraron en la realidad del cubano diferencias indeseables y tentaciones de todo tipo. Esa es la herencia gloriosa que reciben hoy los jóvenes que participan en los programas de Maestros Emergentes y Profesores Generales Integrales: la enseñanza de cómo hacer a un pueblo digno.
Maestro es Fidel, el mejor discípulo que ha tenido la breve, pero fecunda historia de esta pequeña isla. De los doscientos años de forja de nuestra nacionalidad, él ha sido durante medio siglo, el evangelio vivo, el espejo en el que se han mirado las generaciones que comparten su época. Nadie ha hecho más en tan escaso tiempo histórico por sintetizar la idea y el sentimiento de la nación cubana. Es el hijo de 150 años de lucha, y el padre de los últimos 50.
Para toda Cuba sobreviene una fecha sagrada: la de honrar a sus maestros, porque ellos, frutos a la vez de otros forjadores, tienen en sus manos a los hombres y mujeres de la patria futura. Tenía razón el sabio al sentenciar: “Tengamos los maestros, y Cuba será nuestra”. Será siempre nuestra, puesto que ellos existen.

miércoles, 28 de noviembre de 2007

La historia es la memoria de los pueblos

“Lo pasado es la raíz de lo presente.
Ha de saberse lo que fue, porque lo que fue
está en lo que es.”

José Martí


Hace unas horas pudimos participar en la marcha que a lo largo de la calle San Lázaro, desde la Escalinata de la Universidad de La Habana hasta las inmediaciones de la fortaleza de La Punta, desarrolló la Federación Estudiantil Universitaria en memoria de los ocho estudiantes de Medicina fusilados el 27 de noviembre de 1871 por los representantes del sistema colonial de España.

Observando a esos miles de jóvenes que marchaban lanzando sus consignas, y mirándoles los rostros alegres, recordé el discurso de Martí en que al referirse a los estudiantes fusilados, decía que a pesar de la crueldad y la injusticia de las que fueron víctimas inocentes, no pueden ser recordados con tristeza, y lanzaba aquella oración vivificadora: “Cantemos hoy, ante la tumba inolvidable, el himno de la vida”. Y otra vez volvió a cantarse, ante la tumba inolvidable, el himno de la vida.

Desde siempre los imperios y las oligarquías se han interesado en borrarles a los pueblos la memoria histórica. Sin embargo, como no lo han logrado, se han ocupado de tergiversarla o escamotearla dondequiera que les ha sido posible. ¿Por qué tanto empeño? Pues porque un pueblo sin memoria es como un árbol sin raíces, que cualquier vientecillo lo echa a tierra. ¿Qué vale un hombre sin la capacidad de recordar? No vale nada. Ellos lo saben y por eso procuran mantenerlo entretenido, preocupado por el instante, movido por sus instintos, desvalijado en su capacidad de pensar y comprender de conjunto su existencia. ¿Qué puede hacer un pueblo con su presente si no tiene la más remota idea de su pasado? ¿Cómo va a ir hacia el futuro? ¿Hacia qué futuro se puede marchar si no se está conciente de que el futuro está aquí, es hoy mismo porque si no siembras un árbol ahora no tendrás sombra donde cobijarte mañana?

Reza un viejo refrán que cuando no sepas a dónde vas, vuélvete a ver de dónde vienes. ¿Cuántas veces hemos salido hacia un lugar de la casa en busca de algo que a medio camino ya olvidamos, y para recordar a lo que íbamos tenemos que regresar al punto del que salimos o a la actividad que realizábamos?

Marchas como la de este 27 de noviembre nos recuerdan bien de dónde venimos y nos ayudan a comprender mejor hacia dónde debemos ir y hacia dónde no podríamos nunca volver a ir. El imperio apuesta el fin de la Revolución Cubana a la mala memoria de los jóvenes. Para ellos sí es verdad que esa juventud “está perdida”, porque ha sido ganada para la Patria.

Dentro de unas horas se conmemorará el 51 aniversario de alzamiento del 30 de noviembre en Santiago de Cuba. Muchas veces hemos visto las imágenes de nuestros pioneros realizando el alzamiento simbólico de aquella ciudad heroica y rebelde. Todos ellos conocen bien la historia de esa gesta. Saben lo que allí sucedió y por qué fue necesaria aquella acción. Saben también con qué sangre se escribió en la historia de nuestra patria esa página que ellos reviven. Esos momentos no se olvidan nunca por los que tienen la posibilidad de vivirlos.

El próximo 2 de diciembre también se cumplen 51 años de la epopeya del Granma, y muchas veces a lo largo de estos 48 años de Revolución, los jóvenes han realizado el desembarco simbólico de aquella expedición. Allí han estado otra vez Fidel, Raúl, Camilo, el Che, Ramiro, Almeida y tantos otros de entrañable recuerdo.

En estos doscientos años de forja de la nación cubana, hemos acumulado, gracias al sacrificio de muchos valiosos hijos de esta tierra, innumerables pertrechos con qué hacer frente a los desafíos de la desmemoria que siempre acecha a cada hombre que nace. A diferencia de nuestros padres fundadores, que tenían que buscar la inspiración en héroes reales o imaginarios creados por otros pueblos, los cubanos de hoy contamos con una inagotable y autóctona fuente de inspiración patriótica. Y ahí están también, cada vez más visibles y cercanos, los héroes infinitos de nuestra Madre América: Bolívar, Sucre, O´Higgins, Morazán, Miranda, Hostos, Juárez, Martí, Sandino, el Che... En la veneración de su memoria creceremos como pueblos. Véase cómo vamos creciendo en la misma medida en que crece su recuerdo y su presencia entre nosotros.

Los enemigos de los pueblos nos tildarán de mesiánicos o de idólatras, allá ellos, pero no lograrán que olvidemos a nuestros muertos sublimes ni a nuestra sagrada historia. Ellos son pan del alma, más necesario acaso que el diario pan del cuerpo. Nos esforzaremos cada día para producir más recursos y medios con qué satisfacer nuestras necesidades materiales, pero no olvidaremos nunca aquella sabia lección de José Martí: “Importa poco llenar de trigo los graneros si se desfigura, enturbia y desgrana el carácter nacional. Los pueblos no viven a la larga por el trigo, sino por el carácter.”

miércoles, 7 de noviembre de 2007

Consejeros y aconsejados, con background de sahumerios y cantos gregorianos

Cuando publiqué, el pasado 5 de septiembre, mi artículo “El AntiDieterich”, algunos pensaron tal vez que exageraba en mis juicios sobre Heinz Dieterich. Otros ya sabían cómo pensaba al respecto y por qué no había dicho públicamente mis opiniones. Y este por qué, lo aclaro para evitar especulaciones, está dado en lo fundamental por el hecho cierto de que ha sido históricamente una tendencia de los poderosos echar a pelear a sus enemigos para evitar que se unan en su contra. La vieja divisa romana de “divide y vencerás”, ha hecho posible que las izquierdas se entretengan durante mucho tiempo destripándose entre sí, en lugar de enfocar al verdadero enemigo y unir todas las fuerzas contra él, auque sea bajo el refrán de que “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”.

Pero la unidad revolucionaria, si bien puede establecerse sobre la base de métodos diferentes, ha de ser siempre consagrada por principios claramente establecidos y compartidos por el conjunto. Cuando algo pone en peligro esos principios, entonces hay que evaluar las maneras de enfrentar el problema. Es decir, si el daño que se hace a la unidad en sí misma, manteniendo dentro del conjunto a la parte que de forma manifiesta ha demostrado no honrar esos principios, no es mayor que el que pueda causarle separar sin paños tibios a esa parte.

Y lo del pensador alemán, a mi juicio, ya pasaba de castaño oscuro con sus prepotentes consejos a diestra y siniestra, sin el menor pudor al hablar de sí mismo y ensalzar sus propias teorías, y sin la menor reverencia a la obra real, concreta y tangible de dos figuras históricas de las dimensiones de Fidel Castro y Hugo Chávez.

Me limité entonces a unas simples preguntas a Dieterich en el artículo mencionado. Preguntas que hubiera preferido hacerlas a él mismo cuando en el teatro Teresa Carreño de Caracas, intervino en presencia de Chávez, Armando Hart y otros compañeros, y donde solo le faltó decir que Marx, Engels y Lenin eran dinosaurios filosóficos, sus escritos a lo sumo, incunables del marxismo, y que quien pretendiera ahora, en el siglo XXI, hablar de socialismo, debía regirse indefectiblemente por las teorías del socialismo telemático, informático y cibernético, que propugna el Nuevo Guía Tecnotrónico de los explotados de este mundo, cuyo nombre es Heinz Dieterich Steffan.

Ahora salta a la palestra, para asombro de algunos y confirmación de otros muchos, la traición del ahijado filosófico de Dieterich dentro del proceso bolivariano de Venezuela: el general retirado y ex Ministro de la Defensa, Raúl Isaías Baduel. Aunque Dieterich gusta de firmarse asesor del presidente Chávez, todos saben que en realidad a quien asesoraba era al general Baduel.

Chávez cuando solía citar a Dieterich lo indicaba tácitamente, es decir, dejaba claro que era una idea del pensador alemán, y luego comentaba al respecto si era preciso, pero no ha sido ostensible en sus discursos una influencia ajena a sus lecturas y análisis personales, permeados de cada libro nuevo que le cae en las manos de insaciable lector.

No así el general Baduel, cuyos discursos en los últimos tiempos eran más filosóficos que políticos, y aunque los salpicaba de Sun Tzu, Cristo, Lao-Tse, San Mateo, Kahlil Gibrán o Che Guevara, era evidente que sus parrafadas sobre el llamado “Socialismo del Siglo XXI” y el uso del instrumental referativo marxista no eran de su propia cosecha. Búsquense las intervenciones y las entrevistas de Baduel y compárese con el prólogo al libro de Dieterich “Hugo Chávez y el Socialismo del Siglo XXI”, firmado por el general y se notará la diferencia. Léase su discurso de traspaso de mando de la jefatura de la Fuerza Armada, y a penas podrá saberse si se está en presencia del discurso de un soldado, o de un artículo del autor del Nuevo Proyecto Histórico.

Hablando de entrevistas, es irónico que el título de la que les concedió el general Baduel a los periodistas cubanos Rosa Miriam Elizalde y Luis Báez sea “NADIE PODRÁ DECIR NUNCA QUE BADUEL TRAICIONÓ A CHÁVEZ”.

En esa extensa entrevista, hecha en el entorno habitual del general Baduel, en pleno apogeo de la efímera gloria que le rodeó (y de la que Dieterich fue uno de los más activos artífices) entre humos de sahumerios y cantos gregorianos, podemos leer cosas como estas, dichas por el general:

“Era muy perverso lo que estaba ocurriendo. A veces hasta me acariciaban el ego: “Usted es el hombre que tiene el fiel de la balanza”, y toda esa vaina. Ya sabíamos que el golpe se había desencadenado.”

Resulta sorprendente que este argumento que, según Baduel, le daban los pro golpistas, se parezca tanto a los que ofrece Dieterich en su artículo “¿Quién hizo fracasar el golpe militar contra Hugo Chávez?”, publicado en Rebelión, el 17 de abril de 2006. Inicia Dieterich su artículo con el subtítulo de “La historia secuestrada”, lanzando sobre el gobierno una acusación solapada: “En la 42 brigada de Infantería Paracaidista, de Maracay, Venezuela, del 10 al 12 de abril de 2006, comenzó a rescatarse la verdadera historia de la resistencia cívica-militar, que en el año 2002 derrotó el golpe militar contra Hugo Chávez”.

En ese artículo, al presentar a Baduel entre los asistentes al cónclave, en el que también Dieterich estuvo invitado, dice que fue el “centro de gravedad político-militar nacional de la resistencia que venció a los alzados”. Más adelante, en el análisis de los roles desempeñados por los diferentes actores, Dieterich solo invierte 13 líneas para evaluar la labor del pueblo venezolano, otras 13 para el papel de Chávez y del entonces Fiscal General de la nación, Isaías Rodríguez, y en cambio invierte 33 en celebrar la intervención de Baduel. En el último párrafo se atribuye el derecho de recomendarle a Chávez el destino que debía darle al general Baduel.

Por su parte el general, en la entrevista citada, al ser preguntado sobre si además de la disciplina militar y el respeto a la Constitución, en la actitud asumida por él en los sucesos de abril de 2002 también pesaron los afectos hacia el Presidente, respondió:

“Sí. En otros momentos de nuestras vidas, ha habido gente que ha querido especular sobre mi amistad con el Presidente y crear alguna cizaña. Pero nuestra relación responde a los llamados del corazón. Además de los ideales, están los afectos profundos.

“Aquí guardo la copia de una carta que le hice en diciembre de 1999, dándole cumplimiento de orden, cuando él me pidió que me movilizara para La Guaira (…) Entonces le dije, y lo repito: “Mi más caro sentimiento hacia usted, como un hermano del alma, un dilecto y entrañable amigo y un gran compañero de viaje”.

¿Será acaso que los mismos que ayudaron a convertir al general Baduel en “Héroe”, lo llevaron también, con ensalzamientos excesivos y susurros sibilinos, a convertirse en traidor? Con tales consejeros muy mal acabarán los aconsejados. Siempre será preferible enfrentarse a la espada desnuda de un enemigo abierto y desafiante, por más grande que sea, que al puñal miserable de un enemigo disfrazado de amigo.

Tenía razón mi abuelo cuando restallaba, en su lenguaje ríspido y contundente, aquel refrán antiguo e incontrastable: “De las aguas mansas líbreme Dios, que de las bravas me libro yo.”