miércoles, 26 de diciembre de 2007

La Revolución del decoro, el sacrificio y la cultura

“Ordenar la revolución del decoro, el sacrificio y la cultura
de modo que no quede el decoro de un solo hombre lastimado,
ni el sacrificio parezca inútil a un solo cubano,
ni la revolución inferior a la cultura del país, (…)
esos son los deberes, y los intentos, de la revolución.”

José Martí y Máximo Gómez
Manifiesto de Montecristi




Cuando en el discurso por los Cien Años de lucha del pueblo cubano, Fidel expresaba en La Demajagua, el 10 de octubre de 1968, que nuestra Revolución es una sola, desde Carlos Manuel de Céspedes hasta hoy, no hacía sino confirmar lo que los hechos demostraban a lo largo de ese siglo: el ansia de libertad que se alberga en el alma de las sucesivas generaciones de cubanos, y que nos ha llevado siempre a la disposición de inmolarnos en el ara de la patria digna a la que tenemos derecho.

La palabra Revolución ha entrañado siempre para nosotros el camino del cambio integral e interminable hacia el ideal de república que dibujaron en el horizonte los Padres Fundadores, enriquecido con lo mejor de la experiencia universal, donde la política se elevara a la acepción martiana de “arte de hacer felices a los hombres”. De ahí que haya sido tajante la respuesta de Fidel al producirse el golpe militar de Batista, el 10 de marzo de 1952: “¡Revolución no, zarpazo!”

Las revoluciones verdaderas son para los pueblos como las parteras de su historia. En la forja de nuestras ideas revolucionarias se consumieron los mejores cubanos de una época germinal, donde la pluma y la palabra crearon, con el ejemplo de sus mantenedores, el anhelo de independencia y el heroísmo cautivador que darían luego a los ejércitos de la libertad soldados para sus batallas. Y en el crisol de nación que fueron aquellos treinta años de lucha en la manigua redentora y en los destierros, vinieron a la luz los hombres y las mujeres que con las virtudes de sus corazones y el poder de sus manos escribieron con lágrimas, sudor y sangre cada una de las páginas de nuestra historia patria.

En los primeros cincuenta años del siglo pasado, el fuego de la revolución se mantuvo vivo en el coraje y el honor de los jóvenes que comprendían que en Cuba no se vivía en la república moral anunciada por José Martí, y entendieron que era su deber luchar por hacerla posible porque las repúblicas no se hacen solas, sino a base de sacrificio, trabajo, estudio, virtudes, errores y rectificaciones sucesivas. Muchos cayeron en aquellos intentos sin poder ver todavía el fruto de sus esfuerzos. Pero en los que quedaron se afianzó el compromiso reafirmado de nuevo con los muertos queridos, jóvenes en su mayoría, asesinados en la flor de la vida tratando de realizar el sueño de los que habían caído antes que ellos.

El asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, el 26 de julio de 1953, fue una nueva clarinada mambisa lanzada a los cuatro vientos de la isla para que despertaran las conciencias, para que el decoro no durmiera en medio de la podredumbre moral, y la cultura no pereciera ahogada bajo la bota de la tiranía. Era el nuevo aldabonazo de Chibás. Era también el año del Centenario del Natalicio de José Martí, el Apóstol que parecía que iba a morir en medio de tanta afrenta, y que con el influjo de su doctrina ética y libertaria se convirtió en el autor intelectual de aquella gesta. De los jóvenes que cayeron asesinados contra los muros oprobiosos del Moncada no se puede hablar sino como de aquellos otros de que hablara el Maestro: con la cabeza descubierta en señal de reverencia y respeto. Cada una de sus vidas llenas de luz podría iluminar a un continente.

Si en los diez años que duró la primera guerra, surgieron figuras como Céspedes, Agramonte, Maceo y Gómez—cada uno de ellos con grandeza suficiente como para dignificar a la especie humana—, en los casi seis años que transcurrieron desde el Moncada hasta el 1ro. de enero de 1959, Cuba dio a luz un semillero de hombres y mujeres de los cuales deben sentirse orgullosos todos los hombres de buena voluntad que en el mundo defiendan la justicia: Abel Santamaría, Juan Manuel Márquez, Ñico López, Frank País, José Antonio Echeverría, Camilo, el Che, Celia, Vilma, Haydeé, Melba, Raúl, Fidel…

Enamorados de la historia de Cuba, en ella se inscribieron para siempre por el desinterés de sus esfuerzos; tratando de realizar los sueños de los que habían dado sus vidas antes que ellos, estuvieron dispuestos en cada momento a dar las suyas y han dejado a las generaciones que venimos después a la vez nuevos sueños y nuevos y más grandes desafíos en la lucha por la felicidad de la patria que nos conquistaron.

Por todo eso, porque es ya inminente el advenimiento de casi medio siglo de Revolución victoriosa, y porque una vez más andan por ahí los agoreros del Apocalipsis revolucionario, fiando la muerte de la Patria Cubana a la desmemoria de las generaciones nuevas, debemos esgrimir como una espada de luz, ante los ojos de los asustadizos, los oportunistas y los mercenarios, esta profesión de fe lanzada por el Apóstol en su discurso por el 10 de octubre, en 1891: “Y es lo primero este año, porque ha pasado por el cielo una que otra ave de noche, proclamar que nunca fue tan vehemente ni tan tierno en nuestras almas el culto de la Revolución.”

miércoles, 12 de diciembre de 2007

Maestros

“¡Tiene el mundo quien tiene el poder
de poner sobre los niños las primeras manos!”
José Martí


Cuba es una nación soñada por maestros: maestros en el pensamiento y en los actos. Del torrente de ideas venidas de todas partes, se fraguaron en nuestros primeros patriotas aquellos sentimientos que, expresados con la pluma en el papel y con el sacrificio en las prisiones, en los destierros, en los cadalsos, provocaron las iras y las reflexiones que dieron luego a los más impetuosos, ejércitos para las grandes batallas por la independencia y la libertad. Y de todo eso, sublime y terrible, devino la idea superior de organización social que llamamos Patria Cubana.
Maestros de escuela fueron los Padres Fundadores: José Agustín Caballero, padre de nuestra Filosofía; Félix Varela, el primero que nos enseñó a pensar; José de la Luz y Caballero, el maestro de la juventud cubana, Rafael María de Mendive, aquel que al hablar de los que cayeron en el cadalso cubano se alzaba airado del sillón y le temblaba la barba, y maestro fue José Martí. Cinco generaciones de maestros pensadores confluyeron en esa síntesis suprema de nuestra Pedagogía que es el Apóstol. Ellos sentaron las bases de lo que en Cuba se entiende por educación, que es la instrucción del pensamiento y la dirección de los sentimientos. Su método fue, más que otro alguno, el del maestro convertido en espejo donde debía reflejarse el discípulo: como el evangelio vivo del que hablara Luz y Caballero.
A lo largo de dos siglos esa tradición ha sido salvada por un ejército de hombres y mujeres que a la hora de elegir sus destinos, eligieron dedicarse a perpetuar en la mente y en los corazones de las sucesivas generaciones de cubanos, el amor y el trabajo en beneficio de la patria. A ellos, pues, debemos lo que somos. Sin su fe en el futuro de Cuba no hubiera sido posible vencer el período funesto que sobrevino luego de la intervención norteamericana. Entre las primeras acciones de los ocupantes para arrancarnos los retoños de identidad que entre estertores de dolor y sangre venían a la vida, estuvo el de reinventarnos la historia, sustituyendo 30 años de guerra y casi un siglo de esfuerzos y penurias, por una caricatura burlesca donde se nos enseñaba a agradecer al vecino del norte la independencia añorada. Acto seguido, trasladaron a los maestros cubanos hasta la nueva metrópoli, para que aprendieran lo que tenían que enseñarnos: el papelazo de segundones de un nuevo amo disimulado.
No obstante la astucia de las vías y la brutalidad de las presiones, hubo siempre maestros que buscaron en la tradición oral de los participantes directos en la contienda, de sus descendientes, y en la experiencia propia, las verdades de la historia. Así pudo mantenerse vivo el nervio nacional, en el alma viril de maestros verdaderos que cuando vieron negada la república moral anunciada por Martí, en la parodia de república que nos simularon, lo dijeron sin miedo. Enrique José Varona fue el blasón de la dignidad de una generación nueva que había aprendido en las aulas a respirar el espíritu cubano. Junto a él se agruparon los jóvenes de la generación de los años 20 que haría huir al tirano: Mella, Villena y tantos otros.
Frente a la corrupción, los vicios y las tiranías, han estado siempre los maestros cubanos. Maestro era Frank País, con sus 22 años y su carga de amor a esa novia infinita que le robaba el alma: Cuba. Maestra es, todavía, entre el veguerío de San Juan y Martínez, Ester Montes de Oca, madre de los Hermanos Saíz, que con 17 y 18 años escribieron páginas visionarias sobre el futuro de Cuba.
Maestros fueron Conrado Benítez y Manuel Ascunce, símbolos de los miles que hicieron realidad el sueño martiano de regar por los campos un semillero de ciencia y de ternura. Maestros fueron Águedo Morales y los cien mil que se ofrecieron voluntarios para ocupar su lugar al ser asesinado por la contra nicaragüense. Maestros los que, cumpliendo con Bolívar, contribuyen a darle hoy a la América moral y luces. Y los que en otras partes desplazan la ignorancia con la luz del saber.
Nuestros maestros también protagonizaron la heroicidad colectiva del pueblo en los años más duros del período especial, cuando no se cerró un aula, y en los que afloraron en la realidad del cubano diferencias indeseables y tentaciones de todo tipo. Esa es la herencia gloriosa que reciben hoy los jóvenes que participan en los programas de Maestros Emergentes y Profesores Generales Integrales: la enseñanza de cómo hacer a un pueblo digno.
Maestro es Fidel, el mejor discípulo que ha tenido la breve, pero fecunda historia de esta pequeña isla. De los doscientos años de forja de nuestra nacionalidad, él ha sido durante medio siglo, el evangelio vivo, el espejo en el que se han mirado las generaciones que comparten su época. Nadie ha hecho más en tan escaso tiempo histórico por sintetizar la idea y el sentimiento de la nación cubana. Es el hijo de 150 años de lucha, y el padre de los últimos 50.
Para toda Cuba sobreviene una fecha sagrada: la de honrar a sus maestros, porque ellos, frutos a la vez de otros forjadores, tienen en sus manos a los hombres y mujeres de la patria futura. Tenía razón el sabio al sentenciar: “Tengamos los maestros, y Cuba será nuestra”. Será siempre nuestra, puesto que ellos existen.

miércoles, 28 de noviembre de 2007

La historia es la memoria de los pueblos

“Lo pasado es la raíz de lo presente.
Ha de saberse lo que fue, porque lo que fue
está en lo que es.”

José Martí


Hace unas horas pudimos participar en la marcha que a lo largo de la calle San Lázaro, desde la Escalinata de la Universidad de La Habana hasta las inmediaciones de la fortaleza de La Punta, desarrolló la Federación Estudiantil Universitaria en memoria de los ocho estudiantes de Medicina fusilados el 27 de noviembre de 1871 por los representantes del sistema colonial de España.

Observando a esos miles de jóvenes que marchaban lanzando sus consignas, y mirándoles los rostros alegres, recordé el discurso de Martí en que al referirse a los estudiantes fusilados, decía que a pesar de la crueldad y la injusticia de las que fueron víctimas inocentes, no pueden ser recordados con tristeza, y lanzaba aquella oración vivificadora: “Cantemos hoy, ante la tumba inolvidable, el himno de la vida”. Y otra vez volvió a cantarse, ante la tumba inolvidable, el himno de la vida.

Desde siempre los imperios y las oligarquías se han interesado en borrarles a los pueblos la memoria histórica. Sin embargo, como no lo han logrado, se han ocupado de tergiversarla o escamotearla dondequiera que les ha sido posible. ¿Por qué tanto empeño? Pues porque un pueblo sin memoria es como un árbol sin raíces, que cualquier vientecillo lo echa a tierra. ¿Qué vale un hombre sin la capacidad de recordar? No vale nada. Ellos lo saben y por eso procuran mantenerlo entretenido, preocupado por el instante, movido por sus instintos, desvalijado en su capacidad de pensar y comprender de conjunto su existencia. ¿Qué puede hacer un pueblo con su presente si no tiene la más remota idea de su pasado? ¿Cómo va a ir hacia el futuro? ¿Hacia qué futuro se puede marchar si no se está conciente de que el futuro está aquí, es hoy mismo porque si no siembras un árbol ahora no tendrás sombra donde cobijarte mañana?

Reza un viejo refrán que cuando no sepas a dónde vas, vuélvete a ver de dónde vienes. ¿Cuántas veces hemos salido hacia un lugar de la casa en busca de algo que a medio camino ya olvidamos, y para recordar a lo que íbamos tenemos que regresar al punto del que salimos o a la actividad que realizábamos?

Marchas como la de este 27 de noviembre nos recuerdan bien de dónde venimos y nos ayudan a comprender mejor hacia dónde debemos ir y hacia dónde no podríamos nunca volver a ir. El imperio apuesta el fin de la Revolución Cubana a la mala memoria de los jóvenes. Para ellos sí es verdad que esa juventud “está perdida”, porque ha sido ganada para la Patria.

Dentro de unas horas se conmemorará el 51 aniversario de alzamiento del 30 de noviembre en Santiago de Cuba. Muchas veces hemos visto las imágenes de nuestros pioneros realizando el alzamiento simbólico de aquella ciudad heroica y rebelde. Todos ellos conocen bien la historia de esa gesta. Saben lo que allí sucedió y por qué fue necesaria aquella acción. Saben también con qué sangre se escribió en la historia de nuestra patria esa página que ellos reviven. Esos momentos no se olvidan nunca por los que tienen la posibilidad de vivirlos.

El próximo 2 de diciembre también se cumplen 51 años de la epopeya del Granma, y muchas veces a lo largo de estos 48 años de Revolución, los jóvenes han realizado el desembarco simbólico de aquella expedición. Allí han estado otra vez Fidel, Raúl, Camilo, el Che, Ramiro, Almeida y tantos otros de entrañable recuerdo.

En estos doscientos años de forja de la nación cubana, hemos acumulado, gracias al sacrificio de muchos valiosos hijos de esta tierra, innumerables pertrechos con qué hacer frente a los desafíos de la desmemoria que siempre acecha a cada hombre que nace. A diferencia de nuestros padres fundadores, que tenían que buscar la inspiración en héroes reales o imaginarios creados por otros pueblos, los cubanos de hoy contamos con una inagotable y autóctona fuente de inspiración patriótica. Y ahí están también, cada vez más visibles y cercanos, los héroes infinitos de nuestra Madre América: Bolívar, Sucre, O´Higgins, Morazán, Miranda, Hostos, Juárez, Martí, Sandino, el Che... En la veneración de su memoria creceremos como pueblos. Véase cómo vamos creciendo en la misma medida en que crece su recuerdo y su presencia entre nosotros.

Los enemigos de los pueblos nos tildarán de mesiánicos o de idólatras, allá ellos, pero no lograrán que olvidemos a nuestros muertos sublimes ni a nuestra sagrada historia. Ellos son pan del alma, más necesario acaso que el diario pan del cuerpo. Nos esforzaremos cada día para producir más recursos y medios con qué satisfacer nuestras necesidades materiales, pero no olvidaremos nunca aquella sabia lección de José Martí: “Importa poco llenar de trigo los graneros si se desfigura, enturbia y desgrana el carácter nacional. Los pueblos no viven a la larga por el trigo, sino por el carácter.”

miércoles, 7 de noviembre de 2007

Consejeros y aconsejados, con background de sahumerios y cantos gregorianos

Cuando publiqué, el pasado 5 de septiembre, mi artículo “El AntiDieterich”, algunos pensaron tal vez que exageraba en mis juicios sobre Heinz Dieterich. Otros ya sabían cómo pensaba al respecto y por qué no había dicho públicamente mis opiniones. Y este por qué, lo aclaro para evitar especulaciones, está dado en lo fundamental por el hecho cierto de que ha sido históricamente una tendencia de los poderosos echar a pelear a sus enemigos para evitar que se unan en su contra. La vieja divisa romana de “divide y vencerás”, ha hecho posible que las izquierdas se entretengan durante mucho tiempo destripándose entre sí, en lugar de enfocar al verdadero enemigo y unir todas las fuerzas contra él, auque sea bajo el refrán de que “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”.

Pero la unidad revolucionaria, si bien puede establecerse sobre la base de métodos diferentes, ha de ser siempre consagrada por principios claramente establecidos y compartidos por el conjunto. Cuando algo pone en peligro esos principios, entonces hay que evaluar las maneras de enfrentar el problema. Es decir, si el daño que se hace a la unidad en sí misma, manteniendo dentro del conjunto a la parte que de forma manifiesta ha demostrado no honrar esos principios, no es mayor que el que pueda causarle separar sin paños tibios a esa parte.

Y lo del pensador alemán, a mi juicio, ya pasaba de castaño oscuro con sus prepotentes consejos a diestra y siniestra, sin el menor pudor al hablar de sí mismo y ensalzar sus propias teorías, y sin la menor reverencia a la obra real, concreta y tangible de dos figuras históricas de las dimensiones de Fidel Castro y Hugo Chávez.

Me limité entonces a unas simples preguntas a Dieterich en el artículo mencionado. Preguntas que hubiera preferido hacerlas a él mismo cuando en el teatro Teresa Carreño de Caracas, intervino en presencia de Chávez, Armando Hart y otros compañeros, y donde solo le faltó decir que Marx, Engels y Lenin eran dinosaurios filosóficos, sus escritos a lo sumo, incunables del marxismo, y que quien pretendiera ahora, en el siglo XXI, hablar de socialismo, debía regirse indefectiblemente por las teorías del socialismo telemático, informático y cibernético, que propugna el Nuevo Guía Tecnotrónico de los explotados de este mundo, cuyo nombre es Heinz Dieterich Steffan.

Ahora salta a la palestra, para asombro de algunos y confirmación de otros muchos, la traición del ahijado filosófico de Dieterich dentro del proceso bolivariano de Venezuela: el general retirado y ex Ministro de la Defensa, Raúl Isaías Baduel. Aunque Dieterich gusta de firmarse asesor del presidente Chávez, todos saben que en realidad a quien asesoraba era al general Baduel.

Chávez cuando solía citar a Dieterich lo indicaba tácitamente, es decir, dejaba claro que era una idea del pensador alemán, y luego comentaba al respecto si era preciso, pero no ha sido ostensible en sus discursos una influencia ajena a sus lecturas y análisis personales, permeados de cada libro nuevo que le cae en las manos de insaciable lector.

No así el general Baduel, cuyos discursos en los últimos tiempos eran más filosóficos que políticos, y aunque los salpicaba de Sun Tzu, Cristo, Lao-Tse, San Mateo, Kahlil Gibrán o Che Guevara, era evidente que sus parrafadas sobre el llamado “Socialismo del Siglo XXI” y el uso del instrumental referativo marxista no eran de su propia cosecha. Búsquense las intervenciones y las entrevistas de Baduel y compárese con el prólogo al libro de Dieterich “Hugo Chávez y el Socialismo del Siglo XXI”, firmado por el general y se notará la diferencia. Léase su discurso de traspaso de mando de la jefatura de la Fuerza Armada, y a penas podrá saberse si se está en presencia del discurso de un soldado, o de un artículo del autor del Nuevo Proyecto Histórico.

Hablando de entrevistas, es irónico que el título de la que les concedió el general Baduel a los periodistas cubanos Rosa Miriam Elizalde y Luis Báez sea “NADIE PODRÁ DECIR NUNCA QUE BADUEL TRAICIONÓ A CHÁVEZ”.

En esa extensa entrevista, hecha en el entorno habitual del general Baduel, en pleno apogeo de la efímera gloria que le rodeó (y de la que Dieterich fue uno de los más activos artífices) entre humos de sahumerios y cantos gregorianos, podemos leer cosas como estas, dichas por el general:

“Era muy perverso lo que estaba ocurriendo. A veces hasta me acariciaban el ego: “Usted es el hombre que tiene el fiel de la balanza”, y toda esa vaina. Ya sabíamos que el golpe se había desencadenado.”

Resulta sorprendente que este argumento que, según Baduel, le daban los pro golpistas, se parezca tanto a los que ofrece Dieterich en su artículo “¿Quién hizo fracasar el golpe militar contra Hugo Chávez?”, publicado en Rebelión, el 17 de abril de 2006. Inicia Dieterich su artículo con el subtítulo de “La historia secuestrada”, lanzando sobre el gobierno una acusación solapada: “En la 42 brigada de Infantería Paracaidista, de Maracay, Venezuela, del 10 al 12 de abril de 2006, comenzó a rescatarse la verdadera historia de la resistencia cívica-militar, que en el año 2002 derrotó el golpe militar contra Hugo Chávez”.

En ese artículo, al presentar a Baduel entre los asistentes al cónclave, en el que también Dieterich estuvo invitado, dice que fue el “centro de gravedad político-militar nacional de la resistencia que venció a los alzados”. Más adelante, en el análisis de los roles desempeñados por los diferentes actores, Dieterich solo invierte 13 líneas para evaluar la labor del pueblo venezolano, otras 13 para el papel de Chávez y del entonces Fiscal General de la nación, Isaías Rodríguez, y en cambio invierte 33 en celebrar la intervención de Baduel. En el último párrafo se atribuye el derecho de recomendarle a Chávez el destino que debía darle al general Baduel.

Por su parte el general, en la entrevista citada, al ser preguntado sobre si además de la disciplina militar y el respeto a la Constitución, en la actitud asumida por él en los sucesos de abril de 2002 también pesaron los afectos hacia el Presidente, respondió:

“Sí. En otros momentos de nuestras vidas, ha habido gente que ha querido especular sobre mi amistad con el Presidente y crear alguna cizaña. Pero nuestra relación responde a los llamados del corazón. Además de los ideales, están los afectos profundos.

“Aquí guardo la copia de una carta que le hice en diciembre de 1999, dándole cumplimiento de orden, cuando él me pidió que me movilizara para La Guaira (…) Entonces le dije, y lo repito: “Mi más caro sentimiento hacia usted, como un hermano del alma, un dilecto y entrañable amigo y un gran compañero de viaje”.

¿Será acaso que los mismos que ayudaron a convertir al general Baduel en “Héroe”, lo llevaron también, con ensalzamientos excesivos y susurros sibilinos, a convertirse en traidor? Con tales consejeros muy mal acabarán los aconsejados. Siempre será preferible enfrentarse a la espada desnuda de un enemigo abierto y desafiante, por más grande que sea, que al puñal miserable de un enemigo disfrazado de amigo.

Tenía razón mi abuelo cuando restallaba, en su lenguaje ríspido y contundente, aquel refrán antiguo e incontrastable: “De las aguas mansas líbreme Dios, que de las bravas me libro yo.”

jueves, 25 de octubre de 2007

¿Libertad? ¡No bromees!

Carta abierta al Presidente de los Estados Unidos


¡Conmovedor el discursito, Señor Emperador! ¡Eres tremendo tipo! ¡Qué chévere!

¿En qué mundo crees que vives, Míster? De verdad piensas que te vamos a creer el chistecito de que “no queremos nada de ustedes”. Compadre, en la escuela nos enseñaron que, había una vez, a finales del siglo XIX, en que un documento de tu país llamado Joint Resolution decía más o menos lo mismo: “El pueblo de Cuba es y de derecho debe ser libre e independiente”. ¡Y mira lo que pasó, viejo! Tus marines se limpiaron… las botas con el papelito y nadie más habló de él. Lo único que les ponían delante era la zanahoria letánica de “Remember the Maine”, para que trataran de encontrar algún asidero a sus desmanes que iban, desde izar su bandera en lugar de la nuestra, hasta ultrajar el monumento construido por el pueblo de Cuba a José Martí en el Parque Central de La Habana.

Tu discurso es como para morirse de la risa si no fuera porque sabemos de sobra que precisamente esa rancia ignorancia que te caracteriza, ha sido la base de toda la política interior y exterior de tu gobierno. Y aunque nos riamos de tus burradas cotidianas como aquella de que Sadam Hussein mató a Nelson Mandela y a todos los Mandelas, no podemos sino conmovernos hasta lo más profundo mirando como masacras al pueblo iraquí sin contemplaciones ni remordimientos, y luego digas que ha sido un mandato “di vino”. Sabemos que obedeciendo el mandato “del vino” también has llevado a la muerte a varios miles de jóvenes norteamericanos que soñaban “con un futuro lleno de esperanza” y tenían el optimismo “para hacer realidad esos sueños”.

Hablas de que “si Cuba ha de entrar en una nueva era, debe encontrar la manera de reconciliarse y perdonar a quienes han sido parte del sistema”, ¿y la licencia de tres días para matar revolucionarios, militantes comunistas y simpatizantes, que te pidieron tus socios de Miami, se te olvidó? No vayas a creer que eso solo se conoce en los documentos que tus servicios de inteligencia desclasificarán cualquier día de los años futuros y pueda ya hasta pedirse disculpas por cualquier “equivocación”. Pero ya lo sabemos, viejo, no te esfuerces en ocultarlo.

Y el colmo del analfabetismo histórico es que identifiques a tu “nueva Cuba” con la proliferación de partidos políticos y elecciones “libres y competitivas” como las que te llevaron a la Casa Blanca dos veces, burlándote descaradamente de los propios principios en nombre de los cuales le has caído a bombazos a medio mundo. Esa era la “vieja Cuba”, compadre, la de la chambelona, prostíbulos y garitos, en la que mandaban el sargento Fulgencio y sus amiguitos que ahora nostalgian en Miami.

La política cubana encontró desde el siglo XIX, con José Martí (a quien parece que finalmente desististe de citar) y el peligro anexionista que tu gobierno representaba ya entonces, lo más alto que ha producido en dos siglos de pensamiento y combate por la libertad, la independencia y la soberanía nacional: juntar a todos los cubanos de buena voluntad en un solo partido, que guiara a nuestro pueblo en la construcción de una sociedad lo más humana posible, y perseverar en ella hasta alcanzar “toda la justicia”.

Pero seguramente, así como ni Lula pudo convencerte de que en Brasil también hay negros, ahora tú crees que eso de un solo partido es un invento de Fidel y de los comunistas. Y entre tus asesores nostálgicos y tus carencias culturales te han armado tal embrollo en la mollera, que conviertes una ley de la segunda mitad del siglo XIX dictada por el general Blas Villate, Conde de Balmaceda, que prohibía que más de tres cubanos se reunieran, en una ley aún vigente en Cuba. ¡Le zumba el merequetén escucharte decir que no podemos mudarnos de casa ni cambiar de trabajo!

Desbarras de nuestra economía y vas desde los viejos autos de las décadas del 40 y 50 que circulan todavía, hasta una presunta versión comunista del apartheid (tal parece como si criticaras a ese régimen segregacionista que tu gobierno ayudó a sostener durante tanto tiempo y que no se vino abajo hasta que las tropas cubanas, agolanas, mozambicanas y los heroicos combatientes de la resistencia sudafricana lo derribaron) pero cuando hablas del criminal bloqueo que tu gobierno arrecia cada vez más contra nuestro país, lo llamas eufemísticamente “embargo”, anuncias con pose de cowboy de Hollywood que se mantendrá hasta tenernos con la lengua afuera, y todavía dices que los líderes cubanos lo usan “como chivo expiatorio para las miserias de Cuba”.

Ah, pero a nosotros, compadre, que sufrimos el recrudecimiento alevoso y oportunista de tu “embargo”, que “pasamos el Niágara en bicicleta” todos esos años de período especial luego del derrumbe del socialismo europeo y el desplome soviético; a nosotros que aprendimos a inventar instrumentos musicales con la voz, hacer andar una guagua con el motor de un tractor, fabricar un taxi “limosina” con dos Ladas empatados para que cupieran más pasajeros, lavar la ropa con hojas del monte y comer picadillo de cáscara de plátano, a nosotros tú no nos engañas. Tu discursito da lástima realmente. Demuestra una ignorancia supina por la historia de este pueblo, que según tú mismo, ha constituido para los gobiernos de tu país uno de los problemas más largos y difíciles a los que se ha enfrentado. Debían conocernos mejor. Pero se dejan llevar por las versiones distorsionadas que representan los asistentes a tu show de ayer en la Casa Blanca.

Como soy profesor, me permitiré invertir unas líneas en ilustrarte históricamente sobre los efectos que causan en el pueblo cubano las privaciones y los ensañamientos de sus enemigos. Voy a regalarte estos párrafos escritos por un humilde soldado dominicano-cubano que fue General en Jefe de nuestro Ejército Libertador en las luchas contra el colonialismo español en el siglo XIX, Máximo Gómez, (te digo el nombre para que no vayas a confundirte y decir mañana que fue Willy Chirino).

Escribe el general Máximo Gómez sobre su experiencia de diez años en la manigua cubana:

“Del acosamiento y la persecución sin descanso, de la matanza sin piedad, de las terribles y constantes privaciones, de todo eso, grande y feroz, resultó otra cosa más poderosa e incontrastable y sublime: la necesidad. Ésa es una madre severa, pero buena. España no supo lo que hizo. Nos enseñó a pelear de firme. Llegando a los extremos, nos hicimos seriamente cargo de nuestra situación, y la aceptamos. Hubo más, la amamos. ¡Qué amor tan grande! El combatiente amó la montaña, el matorral, la sabana; amó las palmas, el arroyo, la vereda tortuosa para la emboscada; amó la noche oscura, lóbrega, para el descanso suyo y para el asalto al descuidado o vigilado fuerte enemigo.

Amó más aún la lluvia que obstruía el paso al enemigo y denunciaba su huella; amó el tronco en que hacía fuego a cubierto, y certero; amó el rifle, idolatró al caballo y al machete. Y cuando tal amor fue correspondido y supo acomodarlo a sus miras y propósitos, entonces el combatiente se sintió gigante y se rió de España. España estaba perdida.”

domingo, 30 de septiembre de 2007

Canción del panadero

“Ganado tengo el pan; hágase el verso”.
José Martí



Panadero que quieres cantar frente a la harina
ese dolor de amante incomprendido,
en las noches oscuras desde aquella ventana
suspirando a los vientos todos los desvaríos
de la imaginación exacerbada.
Puedes cantar
sí puedes entonar nuevos cantos
a todos los motivos que encuentres a tu paso,
pero mientras tú cantas frente al horno encendido,
frente a la mesa donde debe ser amasada
la harina que cantaste, ¿quién hace el pan?
¿quién alimenta al horno, si tus manos
no se mueven al ritmo de tus canciones nuevas?
Canta y trabaja. Canta y no detengas
tus manos en la masa ni tu poema en los labios.
Canta y construye con versos en los labios
el poema de tus manos.

martes, 25 de septiembre de 2007

AUGURES Y AUGURIOS


“Analfabeto no es solo el que no sabe escribir,

sino el que no sabe interpretar la realidad.”

Paulo Freire


A falta de capacidad para ver la realidad de las cosas, los sempiternos augures del desastre de la Revolución Cubana han fabricado siempre todo tipo de conflictos y hasta han competido entre ellos a ver cuál refleja mejor sus deseos. Son incontables las veces en que la llamada “prensa libre”, ya en la segunda mitad del siglo XIX, y representada “dignamente” en la colonia que fuimos por el Diario de la Marina, fabricaba o edulcoraba intrigas sobre las relaciones entre los líderes revolucionarios y celebraba o anunciaba su muerte. Las mismas páginas que celebraron la muerte de José Martí celebrarían después la de Antonio Maceo, la de Antonio Guiteras, y tantos otros hasta la reiterada y nunca vista muerte de Fidel Castro. Pudieran ellos, acaso con más razón por el número y los años de frustraciones, repetir lo que un reconocido científico amigo de Cuba, cuando decía que no está demostrado científicamente que Fidel también tenga que morirse. Han sido tantas las cosas que ha hecho realidad contra todos los vaticinios y los vaticinadores, que es como para pensarlo.

El caso es que la reciente aparición del Caguairán en la televisión cubana echó a tierra a las intrigas y a los intrigantes, a los profetas y a sus profecías. y más allá de amigos o enemigos, de los que se alegran y los que se entristecen, medio mundo volvió a quedar desilusionado por la cacareada “prensa libre”. Los tanques pensantes reciclan sus profecías, les dan un baño de autocrítica y la vuelven a lanzar al ruedo. No importa que sea mentira, lo que importa es repetirla, por aquello de Goebels.

Ante el “empeño” de Fidel de no morirse, no les queda más salida a los profetas del Apocalipsis revolucionario que pintarle al mundo un también reciclado cuadro alejandrino. No hablo de la métrica poética sino del mundo y el tiempo de Alejandro Magno. Dibujan estos augures tal embrollo en las relaciones entre Fidel y Raúl, los Comandantes de la Revolución y otros cuadros civiles y militares cubanos, como si quisieran hacerle ver al mundo que una vez desaparecido el líder, su obra fuera a quedar a merced de los generales de Alejandro. No conocen a Cuba. No tienen idea de los valores que en este medio siglo, la Revolución ha sembrado en el alma de los hombres y las mujeres de esta Isla Infinita. No los culpo: nadie puede entender lo que no conoce.

Ah!, los oráculos de la derecha, que, si conocen las leyes de la dialéctica, tal vez las repitan de memoria pero jamás las entienden. Ah!, los oráculos de las izquierdas que olvidan que la política, como la Tierra, también es redonda y que mientras más navegas hacia el oriente más te acercas a occidente.

Para los augures del fin revolucionario de Cuba todo se reduce a operaciones bursátiles, como si entre los seres humanos no mediaran más relaciones que los intereses materiales. Tampoco los culpo. Solo el que sabe por cuánto se vendería, es capaz de ponerle precio a otro hombre.

El que conoce de cerca la realidad cubana y a sus líderes civiles y militares, sabe cuanto de lealtad a las ideas por las que se han jugado la vida desde eran casi adolescentes, hay en cada uno de ellos. Han seguido sin vacilar a un líder porque ese líder encarnó como nadie las ideas de justicia social y los principios éticos por los que decidieron guiarse en su paso por el mundo. No hubo para ellos después de cada combate, prebendas ni botines de guerra, sino más sacrificio, más exigencia y como consecuencia nuevas victorias. No han seguido a un “caudillo” a la usanza común de las matonerías históricas. Fidel ha sido más que el jefe, el amigo, el compañero, el que jamás abandonó a ninguno de sus hombres, el que nunca perdió la fe en la vergüenza de los hombres, el que los ha sabido conducir de victoria en victoria. Y la amistad, señores augures, no se traiciona sin traicionarse a uno mismo. Por eso los que han hecho tal y se han envanecidos de lo que sin él no hubieran podido llegar a ser, han terminado consumidos por su mala conciencia, destilando el veneno de su propia frustración. Aunque no lo confiesen, es difícil después de haber sido útiles a una idea noble, resignarse a ser un resentido. No es fácil, señores augures, desertar de la dignidad y del honor. Ustedes no conocen esos “sitios”. Tal vez por eso mismo, tampoco puedan comprenderme ahora, y me acusen otra vez, unos de “talibán” o de “matón de barrio”, y otros de “idealista” y hasta de “religioso”. Mi religión es tan sencilla como la propia vida: tratar de comprender el mundo en que vivo, no hacerle mal a nadie, y hacer todo el bien que esté a mi alcance.

A mí, formado por la Revolución, me cuesta mucho trabajo hablar de “civiles y militares”, por dos razones: una, porque en un proceso histórico empujado a fuerza del valor de sus mejores hijos, la mayoría de los cuales ha sido soldado por imperio de las circunstancias y no por amor a la guerra, desde el Padre de la Patria, Carlos Manuel de Céspedes, pasando por el Mayor General José Martí, hasta el Comandante en Jefe Fidel Castro, no logro establecer la diferencia entre unos y otros porque todavía hoy se cumple aquella verdad expresada por el inolvidable Camilo Cienfuegos, de que nuestro ejército es el pueblo uniformado. La otra razón es que eso de “civiles y militares” me trae a la mente las dictaduras de nuestras sufridas repúblicas americanas, y para más desgracia estamos en septiembre. Es suficiente con otros septiembres más cercanos que dieron motivo a las catástrofes mundiales que hoy padecemos.

No logro descifrar el acertijo de “casta militar” cuando recuerdo a mi bisabuelo mambí, mi abuelo miliciano, mi padre reservista. No, señores augures, revisen sus augurios o sus fuentes: los militares cubanos somos nosotros mismos, los maestros, los poetas, los obreros, los campesinos, los jóvenes, en fin, gente que siempre ha preferido sembrar la tierra, escribir poemas, bailar o cantar, a disparar contra otro ser humano. Cuando llegado el momento hemos sido obligados por nuestros enemigos a cambiar la pluma por la espada, lo hemos hecho sin vacilación pero también sin odio, por amor a lo nuestro, a lo que hemos podido construir en medio de increíbles sacrificios.

Nadie debe olvidar, concienzudos oráculos, que esta pequeña isla ha sido en quinientos años, durante cuatro siglos colonia de España, y 60 años neo colonia yanqui. Hace solo 48 años que estamos gobernándonos por nosotros mismos. Tenemos derecho a equivocarnos. Sin embargo, no necesitamos para recuperarnos el tiempo que demoraron nuestros dueños en hundirnos en el cieno de la ignominia y la vergüenza. En apenas medio siglo nos hemos levantado a los ojos del mundo como un gigante moral, gracias a la fuerza que dan los principios éticos que hemos defendido para todos los seres humanos, no solo para Cuba.

De cualquier forma, ahí está la realidad testaruda y tranquila, que no necesita de elucubraciones sonambulescas ni permite optimismos panglosianos. Mientras ustedes, augures, juegan sobre el tablero de Cuba el ajedrez macabro de la intriga y la maledicencia, armando dos presuntos ejércitos generacionales contendientes, para atizar el show que les dará más ingresos, el mundo va descubriendo entre las brumas y los tufos de tanta verborrea paniaguada y ridícula, una verdad insoslayable: ustedes siempre buscan buen dinero en su tarea profética. Desde hace 48 años escriben libros sobre nuestra próxima caída, sobre por qué resistimos, sobre por qué nos caeremos, y así continuarán… hasta el fin de los días.

lunes, 24 de septiembre de 2007

ODA A PABLO NERUDA

“Acecharon su muerte y entonces la ofendieron:
solo porque su boca está cerrada
y ya no puede contestar su canto.”
Pablo Neruda
(Pobres poetas)



I

Yo iba a cumplir dos años
cuando te fuiste, Pablo.
Era un tiempo dramático el de aquella partida.
Los ayes de tu tierra coronaban los Andes
y las hienas bebían sangre del pueblo
en las alcantarillas de Santiago.
Todo era gris, cuando menos, oscuro.
Hasta la luz se declaró proscrita
y un lamento oceánico flotaba en Isla Negra.
No pudiste escoger mejor momento
para lanzar tu póstuma protesta,
la más viril, la más incontestable
de cuantas habías hecho. No pudieron
callarla. No alcanzaron disimular el trueno
de tu silencio puro, tenaz, definitivo,
contra los asesinos de tu sueño,
del Presidente amigo, del trovador
que lejos de sus manos
seguía cantando al pueblo.



II

Luego he sabido, Pablo,
que allá en los balbuceos
de mis primeros pasos,
me hacía llamar Allende, y ese nombre,
repetido mil veces en salmos cotidianos
junto al viejo retrato colgado en las paredes
de todos los vecinos,
acompañó mi vida.



III


Después vino la edad de la conquista
y en tus versos cabalgaron, jinetes,
mis suspiros de eterno enamorado. Cada noche
podía escribir los versos más tristes
sobre los labios vírgenes de alguna adolescente.
Yo te citaba, Pablo, en los parques y en los campamentos,
fueran los días de sol o noches sin estrellas,
tú ibas siempre conmigo
en gastadas libretas de rasgo indefinible
y mala ortografía.
¡Cuánto divino instante me diste, compañero!
Desde aquel tu pasado que era entonces a un tiempo
la verdad del presente y el sueño del futuro.



IV


Ahora te pienso, Pablo, más allá de tus versos,
después de treinta años de amistad inconfesa,
y contemplo gigante tu estructura de piedras,
de caracol, de mar, de pájaro furtivo,
que vuela como el cóndor sobre el cielo de América.
No hay que esperar cien años a que otra vez despiertes,
si los pueblos que amaste ya invocaron tu nombre
desde las altas cumbres, desde las hondas cuevas,
izaron las banderas azules con los peces
que escrutan el Pacífico hasta que cualquier día
un mascarón Neruda surja en el horizonte.

jueves, 13 de septiembre de 2007

EL HOMBRE NUEVO PARA UN MUNDO NUEVO

De la tierra, y de lo más escondido y hondo de ella, lo recogeremos todo, y lo pondremos donde se le conozca y reverencie; porque es sagrado, sea cosa o persona, cuanto recuerda a un país, y a la caediza y venal naturaleza humana, la época en que los hombres, desprendidos de sí, daban su vida por la ventura y el honor ajenos.

José Martí




“Un mundo mejor es posible”, es una consigna que se repite muy a menudo en estos tiempos. Y aunque no se haya dicho textualmente así, hace mucho que los seres humanos aspiran a que el mundo en que viven sea mejor de lo que es. A esa posibilidad, a ese mejoramiento, a ese “deber ser”, se le ha llamado Utopía, como la isla de Tomás Moro.

Sin embargo, aunque muchos han creído en la certeza de esa esperanza, también es cierto que ese mundo mejor al que se aspira no va a producirse por generación espontánea, ni caerá, como el maná, del cielo. Ese mundo nuevo, mejor y posible ha dejado de ser una utopía más para convertirse en la única esperanza de sobrevivencia de la especie humana. No es ya un sueño tras el que corrían candidatos a héroes y poetas del verso o del espíritu. Hoy es una necesidad para todos los seres vivos que habitamos el planeta, y también por respeto a la memoria de los muertos. Así es que nadie queda excluido de esta disyuntiva. Pasado, presente y futuro están abocados a desaparecer víctimas de la irracionalidad y el egoísmo de unos pocos, apoyados por la desidia y la apatía de la mayoría. Es lamentable ver la enajenación en que caen, como flores en el fango, inteligencias que pudieron ser útiles a ese esfuerzo por vivir más felices y se pierden detrás de las lucecitas de colores de los supermercados y las televisoras entrenadas en “entretener” a las personas.

No siempre se ha tenido muy claro la diferencia entre vivir y existir. Vivir es gastar la vida que nos fue regalada. Existir es apenas comprender que estás vivo. La mayor parte de la gente existe, simplemente. Decía José Martí que la mayor parte de los hombres ha pasado dormida sobre la tierra, comieron y bebieron pero no supieron de sí, y que todavía son los hombres máquinas de comer y relicarios de preocupaciones, por eso es preciso hacer de cada hombre una antorcha.

Para que exista un mundo nuevo es requisito previo crear al hombre nuevo que lo hará posible, o al menos que esté dispuesto a construirlo con sus propias manos, sin exigir nada a cambio, sin explotar a nadie, sin engañar a nadie, como diría el Che. Y el hombre nuevo no es una utopía, ha existido siempre. Lo que sucede es que han tratado de confundirlo con “el hombre perfecto”, y ese sí que no existe. El hombre nuevo es un hombre común, como cualquier otro, solo lo eleva a la categoría de extraordinario su afán de ser mejor cada día, de darse entero en beneficio de un ideal noble y justo, aunque en ello le vaya la vida. Pero no es un ser extraterrestre. Hombres nuevos hemos tenido en cada jalón histórico del camino humano. Todos los grandes próceres fueron los hombres nuevos de su tiempo, los que apostaron a una idea justa y lucharon por ella. Nunca esas épocas alcanzaron la plenitud a que aspiraron aquellos escogidos, pero es cierto que cuanto avanzaron en el camino de la luz, a ellos lo deben.

Los cubanos tenemos muchos ejemplos en la historia de nuestra pequeña isla. Hombres que nacidos en la brevedad de esta geografía jamás mancharon sus ideas con nacionalismos estrechos, al contrario, siempre ha llamado la atención de los estudiosos, el espíritu universal que ha animado a los líderes de este país, desde José Martí hasta Fidel Castro.

Pero un ejemplo hay en nuestros días que merece la pena recordar otra vez, un día como hoy: son los cinco jóvenes patriotas, luchadores antiterroristas, Héroes de la República de Cuba, que están secuestrados en las cárceles del imperio por tratar de alertar a los pueblos de Cuba y Estados Unidos de los actos terroristas promovidos, con el auspicio del imperio, por elementos sin escrúpulos que suelen habitar al sur de la Florida.

Gerardo Hernández, René González, Ramón Labañino, Fernando González y Antonio Guerrero, desde sus prisiones injustas y miserables adonde los lanzó el odio y la impotencia de los poderosos y sus hienas, son el ejemplo más elocuente del tipo de hombres que necesitará el mundo para renovarse, y escapar del abismo al que lo tienen inclinado sujeto por el cuello. Abandonando sus familias y su país, soportando las más duras pruebas a que puedan someterse espíritus sensibles como los suyos, se fueron a la guarida de las hienas, a penetrar las redes de la mafia terrorista que ha crecido en el odio, el rencor y la impotencia, como chacales enjaulados, rumiando venganza contra el pueblo valiente y generoso que no se resiste a tener amos.

En sus reflexiones de hoy, Fidel explica entre otras cosas, como un luchador antiterrorista cubano pudo, con la información suministrada a tiempo y transmitida por el gobierno cubano a las autoridades norteamericanas, salvarle la vida al presidente de los Estados Unidos, Ronald Reagan, sin que las canalladas contra Cuba del gobierno que Reagan presidía, influyeran un ápice como para permitir que el magnicidio se llevara a cabo.

El 20 de mayo de 2005, en su discurso en la Tribuna Antiimperialista José Martí, Fidel explicó los pormenores de un intercambio de informaciones sobre planes terroristas, que había tenido lugar en junio de 1998, entre los gobiernos de Cuba y Estados Unidos, ya que estos planes involucraban a ambos gobiernos y posiblemente a otros más. Queda claro que fue a raíz de esos intercambios de información que las autoridades norteamericanas, faltando a la hidalguía que les hubiera hecho tanto honor, y al más elemental sentido de la ética, en lugar de perseguir y apresar a los terroristas, se dedicaron a tratar de descubrir las fuentes gracias a las cuales se les podía ofrecer la valiosa información que poseían y que podía salvar la vida de muchos ciudadanos cubanos, norteamericanos y de otras nacionalidades. Así llegan a apresar un día como hoy, el 12 de septiembre de 1998, a nuestros cinco hermanos, que con su actitud y firmeza ante las crueldades a que han sido sometidos por el imperio prepotente e impotente, dan fe de que es verdad que lo que vale no es el número de armas en las manos sino el número de estrellas en la frente.

En este noveno aniversario de su encierro, en medio de la hipocresía del gobierno de W. Bush, que en nombre de la lucha contra el terrorismo masacra en Afganistán, destruye Iraq y con él al invaluable patrimonio que constituye para el mundo esa civilización hermosa e inolvidable que a más de los héroes reales nos dio a Simbad, a Zcherezada y Las mil y una noches, invitamos a los hombres y las mujeres de buena voluntad que reconocen que es imposible un mundo mejor en medio de la guerra, la destrucción y la muerte, a que se sumen a esta campaña internacional por la liberación de los Cinco Héroes Cubanos prisioneros en cárceles del imperio por luchar contra el terrorismo.

Construyamos en nosotros mismos el hombre nuevo que hará posible al mundo nuevo, luchando sin descanso contra la guerra, el odio y el egoísmo.

Recordaré una vez más, aquella parábola, muy conocida, que cuenta que un científico en su laboratorio trataba de distraer a su pequeño hijo para que no le interrumpiera sus investigaciones, y a falta de algo mejor, arrancó una página de un libro donde había impreso un mapa del mundo. El científico rasgó la página en varios pedazos y le pidió al pequeño que se sentara a armar aquel “rompecabezas”, seguro de que no lo lograría por sus escasos años. Pero cuenta la historia que un rato después el pequeño llamaba a su papá para que viera lo bien que le había quedado el mundo. El científico asombrado comprobó que cada país estaba en su sitio, y le preguntó al hijo: ¿cómo fuiste capaz de saber dónde iba cada país? A lo que el pequeño respondió ingenuamente: Papá, yo no sé cómo está hecho el mundo, pero sé como está hecho el hombre. Por el lado contrario de tu rompecabezas había dibujada la figura de un hombre; yo volví la página, arreglé al hombre y cuando la viré de nuevo, estaba armado el mundo.

Si queremos mejorar al mundo tenemos primero que mejorar al hombre que lo habita, porque solo él, con sus virtudes y sus defectos, pero sobre todo con la capacidad infinita de ser mejor cada día, podrá salvar, más allá de los sistemas filosóficos, políticos, sociales o religiosos, a la especie humana. Para esa tarea son necesarias todas las inteligencias, porque todos nosotros juntos sabremos más que cualquiera de nosotros solos, porque la especie humana no se salvará gracias al sortilegio de un genio superior que le marque el destino, sino que el problema debemos resolverlo nosotros mismos con nuestras propias manos.

Es necesario un elemental sentido de la vida para comprender esta verdad tremenda que está ahí, aunque no quieran verla los pesimistas ni los optimistas excesivos. Y es preciso también volver a los tiempos de la entrega incondicional, la solidaridad y la humildad, para aprovechar toda la experiencia acumulada por el hombre en su devenir histórico.

martes, 11 de septiembre de 2007

11 DE SEPTIEMBRE

- A Salvador Allende.

“Yo pisaré las calles nuevamente
de lo que fue Santiago ensangrentada,
y en una hermosa plaza liberada
me detendré a llorar por los ausentes.”
Pablo Milanés


Para honrar tu memoria, presidente,
en un nuevo Septiembre de Cenizas,
dejando en un lugar todas mis prisas,
yo pisaré las calles nuevamente.

A La Moneda iré en la madrugada
a poner una flor sobre tu mesa,
y acaso a recordar esa tristeza
de lo que fue Santiago ensangrentada.

Así, mirando a todos los presentes
caminar con descuido en la alborada,
y en una hermosa plaza liberada,

-para alivio de tantos inocentes-
junto a tu imagen siempre recordada,
me detendré a llorar por los ausentes.

miércoles, 5 de septiembre de 2007

NUESTRA AMÉRICA Y EL SOCIALISMO EN EL SIGLO XXI O EL “ANTIDIETERICH”

Cuando el 11 de junio de 1878, Federico Engels escribía en Londres el prólogo a la primera edición del AntiDühring, apuntaba esta idea que cito íntegramente: “Desde hace tiempo, en Alemania brotan por decenas, como las setas después de la lluvia, los sistemas de cosmogonía, de filosofía de la naturaleza en general, de política, de economía, etc. El más insignificante doctor en filosofía y hasta el más oscuro estudiante no se contenta con menos de un “sistema” completo. Y tal parece como si en la ciencia quisiera también aplicarse ese postulado de la economía según el cual todo consumidor conoce al dedillo todas las mercancías que necesita para el sustento de su vida. La libertad científica consiste en escribir de todo aquello que no se ha estudiado, haciéndolo pasar como el único método rigurosamente científico. Y el señor Dühring es uno de los tipos más representativos de esa ruidosa seudociencia que por todas partes se coloca hoy en Alemania, a fuerza de codazos, en primera fila y que atruena el espacio con su estrepitoso…ruido de latón. Ruido de latón en poesía, en filosofía, en política, en economía, en historiografía; ruido de latón en la cátedra y en la tribuna; ruido de latón por todas partes; ruido de latón que se arroga una gran superioridad y profundidad de pensamiento, a diferencia del simple, trivial, vulgar ruido de latón de otros pueblos.”

Obviamente ni el contexto es el mismo, ni yo soy Federico Engels (ni me pretendo comparar siquiera con ese verdadero sabio alemán (que tuvo la humildad (tan necesaria a Dieterich) de proclamar que el sabio era Carlos Marx, y él a lo sumo un hombre de talento)), ni Heinz Dieterich es el señor Dühring. Sin embargo, el empeño por aplicarle su “receta infalible” al renacer de viejos sueños libertarios en los países de lo que José Martí llamó Nuestra América, lo acerca bastante a ese antiguo (como se ve en la cita de Engels) padecimiento teutón de querer encerrarlo todo en un sistema que incluya etapas, períodos y plicas de cualquier tipo, como si el decursar de la existencia humana pudiera predecirse en un papel como si fuera el plan de estudios de la universidad.

No voy a ponerme a desbarrar de este reconocido, potenciado y controvertido pensador alemán asentado en México, que se suma a los llamados internacionales en defensa de la Revolución Cubana y al mismo tiempo pretende empinársele de agorero de sus destinos, condicionando la supervivencia del proceso cubano a la adhesión o no del mismo a su acuñado concepto de “Socialismo del Siglo XXI”, que según creo, comenzó sus afanes hegemónicos en la esfera del pensamiento de izquierda con el nada humilde nombre de “Nuevo Proyecto Histórico”.

Mucho menos cuestionaré su nivel “académico”, sin duda muy superior al mío, pero el más elemental sentido común me lleva a preguntarle al señor Dieterich lo que cualquier guajiro cubano, después de leer por sí mismo (porque no son analfabetos, como es sabido) la altanería de sus pretendidas lecciones a la dirección revolucionaria de Cuba, podría preguntarle mirándole fijamente a los ojos: a saber, ¿Cuántas revoluciones ha hecho usted, señor Dieterich? ¿Dónde están sus heridas en combate? ¿Cuánto tiempo guardó prisión por intentar guiar a un pueblo a la lucha por conquistar para todos sus ciudadanos “la mayor suma de felicidad posible”, como quería Simón Bolívar? ¿Qué tiempo ha tenido que ocultarse en la clandestinidad para escapar de las persecuciones de los asesinos de los pueblos? ¿A cuántos miles de analfabetos ha enseñado a leer, aunque sea para que lean sus tesis sobre cómo eliminar el analfabetismo de América Latina en una semana, gracias a la alquimia posmoderna de la tecnotrónica y la cibernética? ¿A cuántos hambrientos ha enseñado a pescar para quitarle el hambre de por vida, o simplemente se ha limitado a darles un pescado para quitarle el hambre de esa jornada?

Ya no más preguntas “por ahora”, (como dijo Chávez cuando la rebelión militar que dirigió en 1992).

Siempre le agradeceremos a Dieterich su apoyo a Cuba, pero tenemos el derecho de responder cuando consideremos que algo de lo que diga respecto a nuestro país no se atiene a las realidades contundentes de un proceso histórico social cuyos orígenes, dos siglos atrás, probablemente Dieterich desconozca o conozca solo a medias.

“¿Dónde iremos a buscar modelos? La América Española es original. Originales han de ser sus instituciones y su Gobierno. Y originales los medios de fundar unas y otro. O inventamos o erramos”, dijo el socialista Simón Rodríguez, maestro de Bolívar. “Somos un pequeño género humano”, dijo El Libertador; “Con un decreto de Hamilton no se le para la pechada al potro del llanero”, dijo Martí, que además llamó a los habitantes de estas tierras “una raza original, fiera y artística“. Para no hablar del Benemérito de las Américas, don Benito Juárez y sus definiciones sobre el socialismo. Ese pensamiento autóctono se ha mantenido pese a cuanto hayan hecho de buena o de mala fe unos y otros por desconocerlo o sustituirlo, bajo el signo del colonizado cultural o del deslumbramiento. Desde la propuesta de socialismo indoamericano del Amauta y su afirmación categórica de que el socialismo en América no podía ser calco ni copia, sino creación heroica, hasta la “temeraria” decisión de Fidel de que en medio de los derrumbes y las claudicaciones había que salvar la Patria, la Revolución y el Socialismo, cuando otros no solo desertaban de las filas de la izquierda sino que procuraban contagiar a todo el que podían con sus flojeras y sus vacilaciones.

Es pecado, señor Dieterich, entrar a la Historia con el dedo levantado. Las revoluciones, como las religiones, sobreviven a la larga no tanto por la elocuencia de sus predicadores, sino por la altura moral de sus apóstoles.

Hacer es la mejor manera de decir, como enseñó José Martí.

domingo, 2 de septiembre de 2007

CANTOS AL HOMBRE

Hombre que vas camino de la vida,
no pierdas la esperanza.
La esperanza está en ti,
eres tú mismo, lo que hagas de tus pasos.
Solo debe preocuparte el norte de tu brújula.
Ella son tus ideas, ¡cultívalas!
Si supieras leer, lee,
y si no sabes, solo observa y piensa;
pero aunque sepas, siempre observa y piensa.
Y sobre todo, piensa.



I

¿Sabes que nadie tiene derecho a la tristeza?
¡Has pensado en la magia de estar vivo!
¿No es un milagro respirar?
¿Cuántos espermatozoides persiguen fecundar al óvulo?
Dichoso tú. Eres uno entre millones.
Bien pudiste no ser, pero ahí estás,
y sin embargo, lloras de tristeza.



II

No des un solo paso en busca de la felicidad.
Ella no está delante ni detrás;
no es un destino.
No es un lugar ni un tiempo.
Es un estado del espíritu.
Quédate quieto y siente
la vida que transcurre junto a ti.
De mil maneras te recuerda que vives.
Súmate a este torrente de alegría
que te ha sido regalado,
es un derecho y también un deber
con los que no pudieron,
con los que ya no están.
Comprende que la felicidad es el camino.



III

¿Viste el amanecer de este día que termina?
Nada hay más importante que esperar cada día
con los ojos, la mente y el corazón dispuestos.
Darle la bienvenida y suspirar alegre
porque has llegado aquí.
Mañana no sabemos.
La vida es delicada mariposa
que vuela distraída
sobre el turbión perenne de la muerte,
y su vuelo es muy corto;
disfrútalo, no vayas en cualquier dirección.
Descubre a tiempo la flor de más fragancia,
detente allí, dedícale un instante
para tomar impulso, seguir vuelo,
y ayudar a las otras mariposas
a continuar su viaje, lo más lejos posible,
sobre el turbión perenne de la muerte.


IV

Busca dentro de ti;
ahí está todo lo que necesitas para vivir feliz.
No creas falsas angustias
provocadas por los deseos efímeros.
No te entretengas, ¡vive!
Que el tiempo de vivir no te fue dado
para que lo malgastes.
El reloj de la muerte no se para.


V

Respóndete a ti mismo si es que de verdad vives
o si apenas existes.
Vivir es gastar cada instante que respiras;
existir es ni siquiera tener conciencia de ello.
Vivir es aprovechar al máximo
todo lo que te ha sido dado, y compartir;
existir es nada más tener y acumular.
Vivir es ocuparte de todo lo que te dice que estás vivo;
existir es ocuparte solo de ti.

Es triste comprender que la mayor parte de los hombres
existe, simplemente.


VI

No te angustie la muerte,
no le temas.
Es la que da sentido a nuestra vida.
Sabes que vives porque existe ella;
como que está segura al final del camino,
el camino se vuelve más hermoso;
como vendrá hacia ti en cualquier momento,
te obliga a vivir cada instante como si fuera el último.
Vive sincera, intensa, claramente,
para que puedas recordar con alegría tus pasos
en cada trecho del camino,
cuando ella llegue y se te pare en frente
a decirte que tu tiempo ha terminado.

miércoles, 29 de agosto de 2007

José Martí ante la expansión norteamericana

La obra de José Martí ante las apetencias expansionistas del entonces naciente imperialismo norteamericano es vastísima y ocupa múltiples aristas.

Mucho se ha hablado de tres de los momentos cumbres, pudiéramos decir, de esta oposición martiana a la rapacidad del Norte: a saber, la Conferencia Internacional Americana, más conocida como el Congreso de Washington, celebrada entre diciembre de 1889 y enero de 1890; y la Conferencia Monetaria Internacional, que tuvo lugar en 1891. El tercer momento a que hacemos referencia es la carta que dirigió el Apóstol a su amigo mexicano Manuel Mercado, considerada su Testamento Político, el 18 de mayo de 1895, un día antes de su caída en combate en los campos de Dos Ríos.

Sin embargo, cuando nos adentramos en el universo martiano, nos llama poderosamente la atención ver cómo desde los más diversos frentes y utilizando tanto los medios directos, como el periodismo en la época de las Conferencias señaladas, hasta los más sutiles, como La Edad de Oro, Martí desarrolla una intensa y extensa campaña antimperialista –no antinorteamericana—y en la que podemos definir al menos tres vertientes principales:

* El afán porque en los países de lo que él llamó Nuestra América se conocieran, junto a las virtudes que debíamos aprovechar de los Estados Unidos, los horrores morales y las ambiciones voraces que persistían en aquella sociedad y de los que debíamos cuidarnos; las oscuridades que reinaban detrás de las lujosas vitrinas donde, ya entonces, se nos pretendía vender un modelo de vida.

* La necesidad de que en los Estados Unidos se conocieran, no sólo las riquezas naturales, sino –y sobre todo—la historia heroica, las virtudes, los sentimientos, la capacidad de los que habitamos al sur del Río Grande. Veía Martí en esto un factor de primer orden para frenar las ansias expansionistas ganando el respeto del vecino ambicioso al que el desconocimiento de nuestras realidades, dolores y esperanzas lo llevaba a experimentar menosprecio en lugar de la admiración, y lo hacía creernos presa fácil.

* El esfuerzo titánico, continuo y constante por elevar el nivel cultural de los habitantes de nuestros pueblos, a través de una instrucción adecuada a las características de estos países y tomando lo mejor de la cultura universal. La preocupación porque el hijo de Hispanoamérica se sintiera orgulloso de su origen y no se subestimara con relación al anglosajón; y la utilidad de dar a conocer unas a otras las naciones de Nuestra América, porque los que van a pelear juntos deben darse prisa en conocerse, y sólo este conocimiento haría posible la unidad Latinoamericana, baluarte mayor contra el expansionismo imperialista.

Resultan significativas sus tempranas premoniciones respecto al destino de aquella gran nación. Así, en el Cuaderno de Apuntes número 1, escrito durante su primer destierro y cuando apenas tenía 18 años, encontramos este profundo examen sobre las diferencias culturales entre la América Hispana y la América Anglosajona:

“Los norteamericanos posponen a la utilidad el sentimiento.—Nosotros posponemos al sentimiento la utilidad.
Y si hay esta diferencia de organización, de vida, de ser, si ellos vendían mientras nosotros llorábamos, si nosotros reemplazamos su cabeza fría y calculadora por nuestra cabeza imaginativa, y su corazón de algodón y de buques por un corazón tan especial, tan sensible, tan nuevo que sólo puede llamarse corazón cubano, ¿cómo queréis que nosotros nos legislemos por las mismas leyes con que ellos se legislan?
Imitemos. ¡No!—Copiemos. ¡No!—Es bueno, nos dicen. Es americano, decimos.—Creemos porque tenemos necesidad de creer. Nuestra vida no se asemeja a la suya, ni debiera en muchos puntos asemejarse. La sensibilidad entre nosotros es muy vehemente. La inteligencia es menos positiva, las costumbres son más puras, ¿cómo con leyes iguales vamos a regir dos pueblos diferentes?
Las leyes americanas han dado al Norte alto grado de prosperidad, y lo han elevado también al más alto grado de corrupción. Lo han metalificado para hacerlo próspero. ¡Maldita sea la prosperidad a tanta costa!

Más adelante, en otro de estos apuntes señala:

“Nunca fue Roma más ilustrada que cuando la mató su vileza.—Nunca estaba Francia más civilizada que cuando entregó cobardemente su libertad.—No se me oculta que va acercándose más a Dios la civilización americana.—Pero yo preveo que morirá sin llegar a él, porque comienza a debilitarse en su principio.—No es Mesalina, como Roma. No es sierva de sus vicios como Francia;--pero tiene algo de romana, y esto la conducirá a morir aún como francesa.”

Estas proféticas palabras nos llevan a pensar que desde los días de alumno del Colegio San Pablo y las tertulias en casa de su maestro Rafael María de Mendive, donde participaban numerosos revolucionarios para analizar la situación del país y del mundo, el joven Martí mostró interés por el desarrollo de la poderosa nación del norte y por su historia. Recordemos que en esta época, junto a otros condiscípulos y a su maestro, llevó al brazo, durante una semana y a pesar del gobierno colonial de España, la banda negra que significaba el luto por el asesinato del leñador bueno, del Presidente Abraham Lincoln.

Una etapa fundamental dentro del proceso de maduración del pensamiento político, revolucionario y antimperialista de José Martí fue durante su estancia en México. El conocer la realidad mexicana de cerca, a través de los círculos intelectuales donde lo introdujo su amigo Manuel Mercado, muy vinculado al gobierno del Presidente Sebastián Lerdo de Tejada, contribuyó a que el cubano comprobara en la práctica la voracidad de la nación del Norte.

Los conflictos que constantemente se sucedían en la frontera entre México y los Estados Unidos, azuzados en su mayoría por los periódicos norteamericanos al servicio de grandes intereses económicos, fueron analizados por Martí, quien a través de sus boletines alertaba del peligro latente y proponía los modos de contrarrestarlo. Al respecto escribiría razones como estas:

“La prensa norteamericana se ocupa incesantemente de los acontecimientos de la frontera: unos periódicos excitan a sus compatriotas contra México: otros, los más escasos, acusan al gobierno de proteger los sucesos de las tierras fronterizas para crear reclamaciones graves con motivo de ellos.
Los que halagan las pasiones pueden más que los que las contienen: el número de los periódicos que excita es mucho mayor que el de los que ven con calma la cuestión.
No se contentan los diarios americanos con comentar hostilmente los hechos, abultados como en la prensa del país vecino es costumbre y especulación: ya piden represalias, ya hay quien haya propuesto la invasión y anexión del territorio.”

Es sorprendente cómo Martí es capaz de desentrañar las sutiles maniobras de los políticos para lograr sus fines, cuestión esta que no era sólo válida para su tiempo, sino que está muy vigente en la actual política norteamericana, recordemos el discurso oficial a raíz de los atentados terroristas del 11 de septiembre del 2001, donde se invocaba, en nombre del patriotismo, la guerra contra Afganistán. Evidenciando la manipulación a la que era sometido el pueblo estadounidense, Martí señala en este mismo escrito:

“la suspicacia es un enemigo terrible, porque no se ve la mano con que ataca: en los Estados Unidos, el pueblo es el dueño, por eso se excita y se conmueve al pueblo: se halagan sus pasiones, para aprovecharse de la situación política que crean sus pasiones excitadas.
...
“¿Se puede pensar sin dolor que un país que nos tiende la mano desde sus puertos, y nos dice que quiere estrechar sus relaciones con nosotros, con la otra mano azuce la guerra en nuestras fronteras, y diariamente inserte en sus periódicos noticias sordas y repetidas que han de alzar a su pueblo contra el pueblo amigo? ¿No es locura imaginar que un pueblo demócrata piense en conquistar y en invadir?
...
“Debe evitarse lo que luego no se podría reprimir: obre la diplomacia contra la diplomacia: así no se encienden rencores: así no se alimentan deseos extraños: así se salva de un peligro probable a la nación.”

En otro de sus Boletines, por esta misma época de litigios fronterizos entre la patria de Juárez y la tierra de Walker, Martí profundiza aún más en sus razones en cuanto al peligro real que representaban las ambiciones de los gobernantes del Norte:

“Vienen acumulándose sucesos, vienen dándose opiniones, vienen presentándose dictámenes en la misma Cámara de Representantes de los Estados Unidos, que están creando en la vecina república una atmósfera que nos es perjudicial, por cuanto quiere llevarse a la opinión pública, norma allí del gobierno, el convencimiento de que es justo, necesario y útil la invasión de una parte del territorio mexicano.”

Y véanse estas conclusiones:

“La cuestión de México, como la cuestión de Cuba, depende en gran parte en los Estados Unidos de la imponente voluntad de un número no pequeño ni despreciable de afortunados agiotistas, que son los dueños naturales de un país en que todo se sacrifica al logro de una riqueza material.”

Hay un pasaje más dentro de estos escritos de Martí, que nos demuestra la utilidad que los días charros aportaron a la evolución política de su pensamiento. Es el siguiente:

“La prensa norteamericana pretende hacernos daño: conviértase al inglés la prensa de México, y vayamos a decir la verdad en su mismo país, para que la opinión vacile y estudie, y no sin detenido examen, se pronuncie en contra nuestra.
Esto urge: hay en los Estados Unidos Mexicanos sobrado patriotas, sobrados inteligentes para hacer esta obra precisa, con toda la prontitud, y el vigor y la actividad que para impedir un mal ya adelantado son ahora de todo punto necesarias.
El mal principia a hacerse: se comienza a creer allí que una invasión a México es justa; se explota el sentimiento de honor patrio, y se aprovecha la exquisita sensibilidad mercantil del pueblo americano: se lleva ya a la Cámara este mal pensamiento, y se lleva engañándola, precisamente en el raciocinio capital en que descansa el dictamen cuya aprobación se pretende. Es fuerza acudir al remedio, con la misma energía, con la misma rapidez, con el mismo ardor con que se hace en la república vecina la propaganda contraria.”
Años después, al destaparse el conflicto del Cayo con los emigrados cubanos, Martí comentaría en una carta la necesidad de dirigirse inmediatamente allá, a decirles a los patronos gringos, en su inglés, las razones que pudieran frenar tal villanía.

No cabe duda de que es en México donde Martí comienza a formarse una visión más objetiva de la realidad latinoamericana. Allí madura, podríamos decir, su sentimiento latinoamericanista. Al marcharse de aquel país hermano, luego del derrocamiento de Lerdo de Tejada y el triunfo del General Porfirio Díaz, el joven cubano dejará para la historia, en breves apuntes, el desgarramiento interior que le produce su partida y el conocimiento de los peligros que amenazan a esta parte de América:

“¡Oh México querido! ¡Oh México adorado, ve los peligros que te cercan! ¡Oye el clamor de un hijo tuyo que no nació de ti! Por el Norte un vecino avieso se cuaja: por el Sur &.&. Tú te ordenarás; tú entenderás; tú te guiarás; yo habré muerto, oh México, por defenderte y amarte, pero si tus manos flaqueasen, y no fueras digno de tu deber continental, yo lloraría, debajo de la tierra, con lágrimas que serían luego vetas de hierro para lanzas,--como un hijo clavado a su ataúd que ve que un gusano le come a la madre las entrañas.”

De México parte Martí hacia Guatemala, donde desarrolla una intensa labor propagandística en función de dar a conocer en ella lo que de bueno y útil se producía en el mundo, principalmente en las demás repúblicas de América, y al mismo tiempo resaltar –él que venía precedido por la fama de orador y literato—las virtudes de esta tierra que debían ser motivo de orgullo para sus hijos. Con este objetivo prepara el proyecto de una Revista Guatemalteca que nunca verá la luz por su pronta salida de aquel país causada por las discrepancias con los procederes del Presidente Justo Rufino Barrios.

No obstante, en su libro Guatemala, Martí expone ideas que demuestran las intenciones vindicadoras de que hemos hablado:

“Estudiaré a la falda de la eminencia histórica del Carmen, en medio de las ruinas de la Antigua, a la ribera de la laguna Amatitlán, las causas de nuestro estado mísero, los medios de renacer y de asombrar. Derribaré el cacaxte de los indios, el huacal ominoso, y pondré en sus manos el arado, y en su seno dormido la conciencia.”

Muestra su intención de hacer conocer en México “cuánto es bella y notable, y fraternal y próspera, la tierra guatemalteca, donde el trabajo es hábito, naturaleza la virtud, tradición el cariño, azul el cielo, fértil la tierra, hermosa la mujer, y bueno el hombre.
Amar y agradecer.

“Allá, en horas perdidas, buscan los curiosos, periódicos de Sur y Centroamérica, por saber quién manda y quién dejó de mandar, y no se sabe en la una República lo que hay de fértil, de aprovechable y de grandioso en la otra.”

La causa de este desconocimiento –obstáculo mayor para la realización del gran sueño de Bolívar—la sitúa en la génesis misma del sistema colonial de España. En tal sentido abunda con reflexiones precisas:

“Pero ¿qué haremos, indiferentes, hostiles, desunidos? ¿Qué haremos para dar todos más color a las alas dormidas del insecto? ¡Por primera vez me parece buena una cadena para atar dentro de un cerco mismo a todos los pueblos de mi América!
Pizarro conquistó al Perú cuando Atahualpa guerreaba con Huáscar; Cortés venció a Cauhtémoc porque Xicontencatl lo ayudó en la empresa; entró Alvarado en Guatemala porque los quichés rodeaban a los zutujiles. Puesto que la desunión fue nuestra muerte ¿qué vulgar entendimiento, ni corazón mezquino ha menester que se le diga que de la unión depende nuestra vida? Idea que todos repiten, para la que no se buscan soluciones prácticas.”

Una de las barreras más sólidas que Martí trata de oponerle al peligro de la civilización anglosajona está en la gran campaña cultural que pretende lanzar sobre los pueblos hispanoamericanos. Ésta se percibe en sus diversos proyectos editoriales, la mayoría truncos, como esta Revista Guatemalteca o distintos periódicos que nunca llegaron a materializarse; otros como La Revista Venezolana y La Edad de Oro, fue inevitable suspenderlos ante determinados condicionamientos de tipo éticos con los que Martí no comulgaba. De todos estos proyectos, sólo el periódico Patria se mantuvo el tiempo necesario para ver morir a su creador y dedicarle un postrer homenaje.

Todos coincidimos en que el período más fecundo en la labor antiexpansionista martiana se enmarca en los 15 años que vivió en las entrañas del monstruo, desde el 3 de enero de 1880 –con una breve estancia de 6 meses en Venezuela en 1881—hasta 1895, que sale de Nueva York para venir a ocupar su lugar en la Guerra Necesaria que había hecho estallar el 24 de febrero de ese propio año y de la que no regresaría más.

En los escritos norteamericanos del Apóstol, encontramos un hecho evidente: nunca niega Martí las virtudes de la gran república del Norte, al contrario, es el primero en reconocerlas, obsérvese si no sus Impresiones de Américas, escritas bajo el seudónimo de Un Español muy fresco; sin embargo, el desarrollo alcanzado por este país no llega a deslumbrarlo al punto de no reconocer sus males, los que yacían muy hondo, en el subsuelo –como decía él.

Las Escenas de Nueva York, su correspondencia con diversos diarios hispanoamericanos como La Nación, de Buenos Aires, o La Opinión Nacional, de Caracas, o los discursos patrióticos que pronunció en su campaña de preparación del Partido Revolucionario Cubano y la Guerra Necesaria, revelan un estudio minucioso de las esencias de aquel país, de las fuerzas que en él se movían y los factores que lo componían. Con estos estudios se confirman atisbos como este:

“Los pueblos inmorales tienen todavía una salvación: el arte. El arte es la forma de lo divino, la revelación de lo extraordinario; la venganza que el hombre tomó al cielo por haberlo hecho hombre, arrebatándole los sonidos de su arpa, desentrañando con luz de oro el seno de colores de sus nubes. El ritmo de la poesía, el eco de la música, el éxtasis beatífico que produce en el ánimo la contemplación de un cuadro bello, la suave melancolía que se adueña del espíritu después de esos contactos sobrehumanos, son vestimientos místicos, y apacibles augurios de un tiempo que será todo claridad. ¡Ay, que esta luz de siglos le ha sido negada al pueblo de la América del Norte! El tamaño es la única grandeza de esta tierra. ¡Qué mucho, si nunca mayor nube de ambiciones cayó sobre mayor extensión de tierra virgen! Se acabarán las fuentes, se secarán los ríos, se cerrarán los mercados, ¿qué quedará después al mundo de esta colosal grandeza pasajera?..”

En 1891 verá la luz su ensayo mayor: Nuestra América. En él Martí hace un análisis de las causas y factores que intervienen en el atraso en que se encuentran nuestros pueblos. Revela los elementos que los frenan, los que los hacen vulnerables y los que los amenazan:

“Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea, y con tal que él quede de alcalde, o le mortifiquen al rival que le quitó la novia, o le crezcan en la alcancía los ahorros ya da por bueno el orden universal, sin saber de los gigantes que llevan siete leguas en las botas, y le pueden poner la bota encima, ni de la pelea de los cometas en el cielo, que van por el aire dormidos engullendo mundos. Lo que quede de aldea en América ha de despertar.”

Y otro de los temas en los que ha venido haciendo énfasis desde años atrás:

“El gobierno ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser el del país. La forma del gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país. El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país.
Por eso el libro importado ha sido vencido en América por el hombre natural. Los hombres naturales han vencido a los letrados artificiales. El mestizo autóctono ha vencido al criollo exótico. No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza.”

Sin remilgos ya, Martí deja sentado cuál es el peligro mayor de los pueblos americanos:

“De todos sus peligros se va salvando América. Sobre algunas repúblicas, está durmiendo el pulpo. Otras, por la ley del equilibrio, se echan a pie a la mar, a recobrar, con prisa loca y sublime, los siglos perdidos. Otras, olvidando que Juárez paseaba en un coche de mulas, ponen coche de viento, y de cochero a una bomba de jabón: el lujo venenoso, enemigo de la libertad, pudre al hombre liviano, y abre la puerta al extranjero. Otras acendran, con el espíritu épico de la independencia amenazada, el carácter viril. Otras crían, en la guerra rapaz contra el vecino, la soldadesca que puede devorarlas. Pero otro peligro corre, acaso, nuestra América, que no le viene de sí, sino de la diferencia de orígenes, métodos e intereses entre los dos factores continentales, y es la hora próxima en que se le acerque, demandando relaciones íntimas, un pueblo emprendedor y pujante que la desconoce y la desdeña. Y como los pueblos viriles, que se han hecho de sí propios, con la escopeta y la ley, aman, y sólo aman, a los pueblos viriles;--como la hora del desenfreno y la ambición, de que acaso se libre, por el predominio de lo más puro de su sangre, la América del Norte, o en que pudieran lanzarla sus masas vengativas y sórdidas, la tradición de conquista y el interés de un caudillo hábil, no está tan cercana aún a los ojos del más espantadizo, que no dé tiempo a la prueba de altivez, continua y discreta, con que se la pudiera encarar y desviarla;--como su decoro de república pone a la América del Norte, ante los pueblos atentos del Universo, un freno que no le ha de quitar la provocación pueril o la arrogancia ostentosa, o la discordia parricida de nuestra América,--el deber urgente de nuestra América es enseñarse como es, una en alma e intento, vencedora veloz de un pasado sofocante, manchada sólo con la sangre de abono que arranca a las manos la pelea con las ruinas,--y la de las venas que nos dejaron picadas nuestros dueños. El desdén del vecino formidable que no la conoce es el peligro mayor de nuestra América; y urge, porque el día de la visita está próximo, que el vecino la conozca, la conozca pronto, para que no la desdeñe. Por ignorancia llegaría, tal vez, a poner en ella la codicia. Por el respeto, luego que la conociese, sacaría de ella las manos.”

Dentro del hondo análisis que se realiza, Martí continuamente resalta los valores de nuestros pueblos. En dos momentos, dentro del mismo ensayo, escribe casi textualmente lo mismo,--¿podría acusársele de descuido, a él que dominaba la lengua como un clásico? ¡No! La intensión evidente es resaltar la valía de nuestras tierras:

“¿Ni en qué patria puede tener un hombre más orgullo que en nuestras repúblicas dolorosas de América, levantadas entre las masas mudas de indios, al ruido de la pelea del libro con el cirial, sobre los brazos sangrientos de un centenar de apóstoles?”

Más adelante escribiría:

“La universidad europea ha de ceder a la universidad americana. La historia de América, de los incas a acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria. Los políticos nacionales han de reemplazar a los políticos exóticos. Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas. Y calle el pedante vencido; que no hay patria en que pueda tener el hombre más orgullo que en nuestras dolorosas repúblicas americanas.”

Al producirse la publicación del artículo ¿Queremos a Cuba? en el diario The Manufacturer, de Filadelfia, Martí riposta de forma contundente dando a conocer las virtudes del pueblo cubano, ante el ataque directo e irrespetuoso que nos hace el articulista:

“...porque nuestros mestizos y nuestros jóvenes de ciudad son generalmente de cuerpo delicado, locuaces y corteses, ocultando bajo el guante que pule el verso, la mano que derriba al enemigo, ¿se nos ha de llamar como The Manufacturer nos llama, un pueblo “afeminado”? Esos jóvenes de ciudad y mestizos de poco cuerpo supieron levantarse un día contra un gobierno cruel, pagar su pasaje al sitio de la guerra con el producto de su reloj y de sus dijes, vivir de su trabajo mientras retenía sus buques el país de los libres en el interés de los enemigos de la libertad, obedecer como soldados, dormir en el fango, comer raíces, pelear diez años sin paga, vencer al enemigo con una rama de árbol, morir—estos hombres de diez y ocho años, estos herederos de casas poderosas, estos jovenzuelos de color de aceituna—de una muerte de la que nadie debe hablar sino con la cabeza descubierta; murieron esos otros hombres nuestros que saben, de un golpe de machete, hacer volar una cabeza o de una vuelta de la mano, arrodillar a un toro. Estos cubanos “afeminados” tuvieron una vez valor bastante para llevar al brazo una semana, cara a cara de un gobierno despótico, el luto de Lincoln.”

Y para concluir su respuesta escribe:
“Y es la verdad triste que nuestros esfuerzos se habrían, en toda probabilidad, renovado con éxito, a no haber sido, en algunos de nosotros, por la esperanza poco viril de los anexionistas, de obtener la libertad sin pagarla a su precio, y por el temor justo de otros, de que nuestros muertos, nuestras memorias sagradas, nuestras ruinas empapadas en sangre, no vinieran a ser más que el abono del suelo para el crecimiento de una planta extranjera, o la ocasión de una burla para The Manufacturer de Filadelfia.”

En Patria, Martí crea una sección que se llama Apuntes sobre los Estados Unidos, en ella quería dar a conocer la verdad sobre ese país y la necesidad de que nuestros pueblos tuvieran en cuenta estos elementos, y revelar “las dos verdades útiles a nuestra América:--el carácter crudo, desigual y decadente de los Estados Unidos,--y la existencia en ellos continua, de todas las violencias, discordias, inmoralidades y desórdenes de que se culpa a los pueblos hispanoamericanos.”

En esta sección escribe:

“Lo que ha de observar el hombre honrado, es precisamente, que no sólo no han podido fundirse, en tres siglos de vida común, o uno de ocupación política, los elementos de origen y tendencia diversos con que se crearon los Estados Unidos, sino que la comunidad forzosa exacerba y acentúa sus diferencias primarias, y convierte la federación innatural en un estado, áspero, de violenta conquista. Es de gente menor, y de la envidia incapaz y roedora, el picar puntos a la grandeza patente y negarla en redondo, por uno u otro lunar, o empinársele de agorero, como quien quita una mota al sol. Pero no augura, sino certifica, el que observa cómo en los Estados Unidos, en vez de apretarse las causas de unión, se aflojan; en vez de resolverse los problemas de la humanidad, se reproducen; en vez de amalgamarse en la política nacional las localidades, las dividen y enconan; en vez de robustecerse la democracia y salvarse del odio y miseria de las monarquías, se corrompe y aminora la democracia, y renacen, amenazantes, el odio y la miseria. Y no cumple con su deber quien lo calla, sino quien lo dice. Ni con el deber de hombre cumple, de conocer la verdad y esparcirla; ni con el deber de buen americano, que sólo ve seguras la gloria y paz del continente en el desarrollo franco y libre de sus distintas entidades naturales; ni con su deber de hijo de nuestra América, para que por ignorancia, o deslumbramiento o impaciencia no caigan los pueblos de casta española, al consejo de la toga remilgada y el interés asustadizo, en la servidumbre inmoral y enervante de una civilización dañada y ajena. Es preciso que se sepa en nuestra América la verdad de los Estados Unidos.
Lo malo se ha de aborrecer, aunque sea nuestro;--y aun cuando no lo sea. Lo bueno no se ha de desamar sólo porque no sea nuestro.”

También el antillanismo martiano está signado por la necesidad de frenar el empuje que ejercen los Estados Unidos sobre los pueblos libres de la América Hispana, oponiéndoles unas Antillas libres e integradas a la gran patria común.

Al cumplirse el Tercer Año del Partido Revolucionario Cubano, Martí hace explícita esta intención:

“en el fiel de América están las Antillas, que serían, si esclavas, mero pontón de la guerra de una república imperial contra el mundo celoso y superior que se prepara ya a negarle el poder,--mero fortín de la Roma americana;--y si libres—y dignas de serlo por el orden de la libertad equitativa y trabajadora—serían en el continente la garantía del equilibrio, la de la independencia para la América española aún amenazada y la del honor para la gran república del Norte, que en el desarrollo de su territorio –por desdicha, feudal ya, y repartido en secciones hostiles—hallará más segura grandeza que en la innoble conquista de sus vecinos menores, y en la pelea inhumana que con la posesión de ellas abriría contra las potencias del orbe por el predominio del mundo.”

Y en carta a Federico Henríquez y Carvajal, expresa:

“Para mí, ya es hora. Pero aún puedo servir a este único corazón de nuestras repúblicas. Las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra América, y el honor ya dudoso y lastimado de la América inglesa, y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio del mundo.”

El 18 de mayo de 1895, un día antes de caer en combate en los campos de Cuba Libre, Martí expresa la estrategia mayor de su lucha en carta al amigo mexicano Manuel Mercado:
“Mi hermano queridísimo: Ya puedo escribir, ya puedo decirle con qué ternura y agradecimiento y respeto lo quiero, y a esa casa que es mía y mi orgullo y obligación; ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber—puesto que lo entiendo y tengo ánimos con qué realizarlo—de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso. En silencio ha tenido que ser y como indirectamente, porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas, y de proclamarse en lo que son levantarían dificultades demasiado recias para alcanzar sobre ellas el fin. Las mismas obligaciones menores y públicas de los pueblos—como ese de Vd. y mío,--más vitalmente interesados en impedir que en Cuba se abra, por la anexión de los imperialistas de allá y los españoles, el camino, que se ha de cegar, y con nuestra sangre estamos cegando, de la anexión de los pueblos de nuestra América, al Norte revuelto y brutal que los desprecia,--les habían impedido la adhesión ostensible y ayuda patente a este sacrificio, que se hace en bien inmediato de ellos. Viví en el monstruo, y le conozco las entrañas:--y mi honda es la de David.”

Todo lo dicho es sólo un acercamiento al tema que se ha tratado, pero el mensaje queda claro para las nuevas generaciones hispanoamericanas: “Las manos que han surgido de una tierra virgen no han debido ser hechas para aplaudir las postrimerías de una tierra cansada y moribunda.”

viernes, 24 de agosto de 2007

MADRE AMÉRICA

-A Pablo Neruda

“Patria, mi patria
toda rodeada de agua combatiente (…)
sola, en la inmensidad de América dormida.”

Pablo Neruda
Canto General de Chile
Patria, mi patria,
América infinita que despiertas
tras cien años de crueles pesadillas;
tierra de aromas nuevos y encendidas entrañas,
¡Cuánta sangre tan pura se ha sembrado en tu suelo!

Hay un alba perenne amaneciendo
detrás de los insomnios;
¡Cuánta semilla tierna ha germinado
regada solo a llanto y aguacero
de balas,
Sola, en la inmensidad de América dormida!

Patria, mi patria,
digna te levantas
sacudiéndote el polvo de los huesos,
para arrimar tus hijos a esos brazos
de hierro y cobre, y sobre el pecho fuerte,
el profundo latir de tu estructura,
toda rodeada de agua combatiente.


***

La Habana, 23 de agosto de 2007

domingo, 19 de agosto de 2007

OTROS APUNTES EN TORNO A LAS IDEAS SOCIALES DE JOSÉ MARTÍ Y A LA CULTURA DEL DEBATE

En el cuarto número de la revista La Edad de Oro, publicada por José Martí para los niños de América, en 1889, inicia el Maestro con un trabajo excepcional titulado “Un paseo por la tierra de los anamitas”, que ha sido calificado como uno de los mejores estudios realizados en occidente sobre la religión budista. En ese trabajo Martí cuenta que cuatro ciegos iban camino de la tienda del rajá para saber cómo era un elefante, y luego de algunas peripecias, cuando llegaron delante del elefante que estaba comiendo sus tortas de arroz y de maíz “uno se le abrazó por una pata: el otro se le prendió de la trompa, y subía en el aire y bajaba, sin quererla soltar: el otro le sujetaba la cola: otro tenía agarrada un asa de fuente del arroz y el maíz. “Ya sé”, decía el de la pata: “el elefante es alto y redondo, como una torre que se mueve.” “¡No es verdad!”, decía el de la trompa: “el elefante es largo, y acaba en pico, como un embudo de carne.” “¡Falso y muy falso”, decía el de la cola: “el elefante es como un badajo de campana!” “Todos se equivocan, todos; el elefante es de figura de anillo, y no se mueve”, decía el del asa de la fuente. Y así son los hombres, que cada uno cree que sólo lo que él piensa y ve es la verdad, y dice en verso y en prosa que no se debe creer sino lo que él cree, lo mismo que los cuatro ciegos del elefante, cuando lo que se ha de hacer es estudiar con cariño lo que los hombres han pensado y hecho, y eso da un gusto grande, que es ver que todos los hombres tienen las mismas penas, y la historia igual, y el mismo amor, y que el mundo es un templo hermoso donde caben en paz los hombres todos de la tierra, porque todos han querido conocer la verdad, y han escrito en sus libros que es útil ser bueno, y han padecido y peleado por ser libres, libres en su tierra, libres en el pensamiento.”

Partiendo de esos presupuestos, es imposible creer que alguien pueda a estas alturas empinarse de agorero de los asuntos de un país, como para tener verdades absolutas. Sin embargo todos tenemos nuestros puntos de vista. Yo puedo no estar de acuerdo con lo que diga otro, pero defiendo su derecho a decirlo. Entendiendo martianamente que el derecho de un hombre termina donde empieza el derecho del otro, y el derecho de un individuo es respetable solo si no pone en peligro el derecho de una comunidad. De lo contrario habría que permitirle al asesino asesinar sin trabas, o a Bush bombardear sin contemplaciones porque según su “filosofía”, está defendiendo el derecho de los poderosos a seguir explotando a todo el que le muestre un lado flaco, o le estorbe un interés.

No podrá encontrarse en mi anterior artículo sobre Martí y el socialismo una sola ofensa a persona alguna, me respeto demasiado a mí mismo y a los dos siglos de pensamiento cubano que me preceden. Hace ya mucho tiempo que sé por Martí que “es el estigma de la pequeñez propia el suponer la pequeñez ajena.” Cada uno es libre de entender lo que estime conveniente. Solo me detendré a dejar sentado, por un elemental sentido del deber, para quienes a pesar de la claridad de mi escrito, al punto que algunos se ofendieron por ello, no entendieron al servicio de quien estaban aquellas páginas. Mi respuesta es sencilla: ese escrito y todos los demás están al servicio de “los que aman y fundan”, no de “los que odian y deshacen”, que para mí no hay más división entre los hombres. Un hombre honrado será honrado en todas partes y en todas las épocas, no importa del color que sea ni en qué religión crea, no importa su filosofía ni su filiación política. “Hay un cúmulo de verdades esenciales que caben en el ala de un colibrí y son, sin embargo, la clave de la paz pública, la elevación espiritual y la grandeza patria”, decía Martí. Hay un número de normas éticas universales, escritas o no, sobre lo que es correcto e incorrecto en el comportamiento humano. En la mayoría de los pueblos de occidente esas normas tienen su basamento en los preceptos fundamentales de la religión de los esclavos de Roma: el cristianismo. Y sobre esos preceptos se han levantado la inmensa mayoría de sus instituciones. Ya sabemos por Martí que todas ellas, puestas una al lado de la otra, no se llevan un cabo ni una punta. Todas han nacido por las mismas necesidades, se han desarrollado por las mismas virtudes y se han corrompido por los mismos males. Hombres malos y buenos hay en toda agrupación humana: “Yo, decía Martí, pienso para los de mente alta, y siento para los de alma grande, no cuido de los otros.” El odio no sirve para nada bueno, ni el rencor, ni la frustración, ni la envidia.

Cada uno da de lo que tiene, porque no puede darse lo que no se posee. Y es lamentable que en tiempos de tanto desarrollo tecnológico la cultura del hombre que ha de convivir con esa tecnología no esté a su altura. Sobre todo porque, como confirmaba el Apóstol, un hombre no es más, cuando más es, que una fiera educada. De ahí que al faltarle la educación y la cultura, solo quede la fiera.

Aclarado el asunto de para quién escribo, y definido que escribo para la verdad en la creo, a la que he dedicado sin tiempo ni remilgos estos años mejores que son los de la juventud, y que esa verdad es la que sostiene a la Revolución que me educó y me hizo hombre; y aclarado también que jamás dejaré de decir donde debo, a quienes debo y en la forma en que debo, las verdades que a mi juicio puedan mejorar la obra que tanto ha costado a varias generaciones de cubanos, pero que jamás andaré lanzando piedras a la luna para congraciarme con unos o con otros, porque Martí también nos enseñó que “es preferible dejarse morir de las heridas que permitir que las vea el enemigo”, cumplo con la promesa de poner en manos de los lectores algunos escritos de Martí en relación con los Estados Unidos. Apunto solamente que en todos estos años de combate frontal contra los gobiernos del imperio, si bien hemos heredado y fomentado un sentimiento antiimperialista, jamás, de Martí hasta Fidel, se ha tratado de despertar en los cubanos un sentimiento antinorteamericano. Ahí están los turistas que vienen, en ningún país tendrán mayores garantías a su seguridad, y también su sede diplomática ante la que hemos marchado por millones durante tanto tiempo, con sobrada indignación cada vez, sin que jamás se le haya lanzado un zapato a aquellos cristales oscuros que esconden intenciones más oscuras aún. Eso hace un pueblo culto.

LA VERDAD SOBRE LOS ESTADOS UNIDOS

Por José Martí

Es preciso que se sepa en nuestra América la verdad de los Estados Unidos. Ni se debe exagerar sus faltas de propósito, por el purito de negarles toda virtud, ni se ha de esconder sus faltas, o pregonarlas como virtudes. No hay razas: no hay más que modificaciones diversas del hombre, en los detalles de hábito y formas que no les cambian lo idéntico y esencial, según las condiciones de clima e historia en que viva. Es de hombres de prólogo y superficie, -que no hayan hundido los brazos en las entrañas humanas, que no vean desde la altura imparcial hervir en igual horno las naciones, que en el huevo y tejido de todas ellas no hallen el mismo permanente duelo del desinterés constructor y el odio inicuo,-el entretenimiento de hallar variedad sustancial entre el egoísta sajón y el egoísta latino, el sajón generoso o el latino generoso, el latino burómano o el burómano sajón: de virtudes y defectos son capaces por igual latinos y sajones. Lo que varía es la consecuencia peculiar de la distinta agrupación histórica: en un pueblo de ingleses y holandeses y alemanes afines, cualesquiera que sean los disturbios, mortales tal vez, que le acarree el divorcio original del señorío y la llaneza que a un tiempo lo fundaron, y la hostilidad inevitable, y en la especie humana indígena, de la codicia y vanidad que crean las aristocracias contra el derecho y la abnegación que se les revelan, no puede producirse la confusión de hábitos políticos y la revuelta hornalla de los pueblos en que la necesidad del conquistador dejó viva la población natural, espantada y diversa a quien aún cierra el paso con parricida ceguedad la casta privilegiada que engendró en ella el europeo. Una nación de mocetones del Norte, hechos de siglos atrás al mar y a la nieve; y a la hombría favorecida por la perenne defensa de las libertades locales, no puede ser como una isla del trópico, fácil y sonriente, donde trabajan por su ajuste, bajo un gobierno que es como piratería política, la excrescencia famélica de un pueblo europeo, soldadesco y retrasado, los descendientes de esta tribu áspera e inculta, divididos por el odio de la docilidad acomodaticia a la virtud rebelde, y los africanos pujantes y sencillos, o envilecidos y rencorosos, que de una espantable esclavitud y una sublime guerra han entrado a la conciudadana con los que los compraron y los vendieron, y, gracias a los muertos de la guerra sublime, saludan hoy como a igual al que hacían ayer bailar a latigazos. En lo que se ha de ver si sajones y latinos son distintos, y en lo que únicamente se les puede comparar, es en aquello en que les hayan rodeado condiciones comunes: y es un hecho que en los Estados del Sur de la Unión Americana, donde hubo esclavos negros, el carácter dominante es tan soberbio, tan perezoso, tan inclemente, tan desvalido, como pudiera ser, en consecuencia de la esclavitud, el de los hijos de Cuba. Es de supina ignorancia, y de ligereza infantil y punible, hablar de los Estados Unidos y de las conquistas reales o aparentes de una comarca suya o grupo de ellas, como de una nación total e igual, de libertad unánime y de conquistas definitivas; semejantes Estados Unidos son una ilusión o una superchería. De las covachas de Dakota, y la nación que por allá va alzándose, bárbara y viril, hay todo un mundo a las ciudades del Este, arrellanadas, privilegiadas, encastadas, sensuales, injustas. Hay un mundo, con sus casas de cantería y libertad señorial, del norte de Schenectady a la estación zancuda y lúgubre del sur de Petersburg,-del pueblo limpio e interesado del Norte, a la tienda de holgazanes, sentados en el coro de barriles, de los pueblos coléricos, paupérrimos, descascarados, agrios, grises del Sur. Lo que ha de observar el hombre honrado, es precisamente, que no sólo no han podido fundirse, en tres siglos de vida común, o uno de ocupación política, los elementos de origen
y tendencia diversos con que se crearon los Estados Unidos, sino que fa comunidad forzosa exacerba y acentúa sus diferencias primarias, y convierte la federación innatural en un estado, áspero, de violenta conquista. Es de gente menor, y de fa envidia incapaz y roedora, el picar puntos a la grandeza patente y negarla en redondo, por uno u otro lunar, o empinársele de agorero, como quien quita una mota al sol. Pero no augura, sino certifica, el que observa cómo en los Estados Unidos, en vez de apretarse las causas de unión, se aflojan; en vez de resolverse los problemas de la humanidad, se reproducen; en vez de amalgamarse en fa política nacional las localidades, la dividen y la enconan; en vez de robustecerse la democracia y salvarse del odio y miseria de las monarquías, se corrompe y aminora la democracia, y renacen, amenazantes, el odio y la miseria. Y no cumple con su deber quien lo calla, sino quien lo dice. Ni con el deber de hombre cumple, de conocer la verdad y esparcirla; ni con el deber de buen americano, que sólo ve seguras la gloria y paz del continente en el desarrollo franco y libre de sus distintas entidades naturales; ni con su deber de hijo de nuestra América, para que por ignorancia, o deslumbramiento o impaciencia no caigan los pueblos de casta española, al consejo de la toga remilgada y el interés asustadizo, en la servidumbre inmoral y enervante de una civilización dañada y ajena. Es preciso que se sepa en nuestra América la verdad de los Estados Unidos.

Lo malo se ha de aborrecer, aunque sea nuestro;-y aun cuando no lo sea. Lo bueno no se ha de desamar sólo porque no sea nuestro. Pero es aspiración irracional y nula, cobarde aspiración de gente segundona e ineficaz, la de llegar a la firmeza de un pueblo extraño por vías distintas de las que llevaron a la seguridad y al orden al pueblo envidiado. .-por el esfuerzo propio y por la adaptación de la libertad humana a las formas requeridas por la constitución peculiar del país. En unos es el excesivo amor al Norte la expresión, explicable e imprudente, de un deseo de progreso tan vivaz y fogozo, que no ve que las ideas, como los árboles, han de venir de larga raíz, y de ser de suelo afín, para que prendan y prosperen, y que al recién nacido no se fe da la sazón de la madurez porque se le cuelguen al rostro blando los bigotes y patillas de la edad mayor: Monstruos se crean así, y no pueblos: hay que vivir de sí y sudar fa calentura. En otros la yanquimanía es inocente fruto de uno u otro saltito de placer, como quien juzga de las entrañas de una casa, y de las almas que en ella ruegan o fallecen,
por la sonrisa y lujo del salón de recibir, o por la champaña y el clavel de la mesa del convite; padézcase; carézcase; trabájese; ámese, y en vano; estúdiese, con el valor y libertad de sí; vélese, con los pobres; llórese, con los miserables; ódiese, la brutalidad de la riqueza; vívase, en el palacio y en la ciudadela, en el salón de la escuela y en sus zaguanes, en el palco del teatro, de jaspes y oro, y en los bastidores, fríos y desnudos; y así se podrá opinar, con asomos de razón, sobre la república autoritaria y codiciosa, y la sensualidad creciente, de los Estados Unidos. En otros póstumos enclenques del dandismo literario del segundo imperio, o escépticos postizos bajo cuya máscara de indiferencia suele latir un corazón de oro, fa moda es el desdén, y más, de lo nativo; y no les parece que haya elegancia mayor que la de beberle al extranjero los pantalones y las ideas, e ir por el mundo erguido, como el faldero acariciado, el pompón de la cola. En otro es como sutil aristocracia, con la que, amando en público lo rubio como propio y natural, intentan encubrir el origen que tienen por mestizo y humilde, sin ver que fue siempre entre hombres señal de bastardía el andar tildando de ella a los demás, y no hay denuncia más segura del pecado de una mujer que el alardear de desprecio a las pecadoras. Sea la causa cualquiera,- impaciencia de la libertad o miedo de ella, pereza moral o aristocracia risible, idealismo político o ingenuidad recién llegada,-es cierto que conviene, y aun urge, poner delante de nuestra América fa verdad toda americana, de lo sajón como de lo latino, a fin de que la fe excesiva en la virtud ajena no nos debilite, en nuestra época de fundación, con la desconfianza inmotivada y funesta de lo propio. En una sola guerra, en la de secesión, que fue más para disputarse entre Norte y Sur el predominio en la República que para abolir la esclavitud, perdieron los Estados Unidos, hijos de la práctica republicana de tres siglos en un país de elementos menos hostiles que otro alguno, más hombres que los que en tiempo igual, y con igual número de habitantes, han perdido juntas todas las repúblicas españolas de América, en la obra naturalmente lenta, y de México a Chile vencedora, de poner a flor del mundo nuevo, sin más empuje que el apostolado retórico de una gloriosa minoría y el instinto popular, los pueblos remotos de núcleos distantes y de razas adversas, donde dejo el mando de España toda la rabia e hipocresía de la teocracia, y la desidia y el recelo de una prolongada servidumbre. Y es de justicia, y de legítima ciencia social, reconocer que, en relación con las facilidades del uno y los obstáculos del otro, el carácter norteamericano ha descendido desde la independencia, y es hoy menos humano y viril, mientras que el hispanoamericano, a todas luces, es superior hoy, a pesar de sus confusiones y fatigas, a lo que era cuando empezó a surgir de la masa revuelta de clérigos logreros, imperitos ideólogos e ignorantes o silvestres indios.-Y para ayudar al conocimiento de la realidad política de América, y acompañar a corregir, con la fuerza serena del hecho, el encomio inconsulto,-y, en lo excesivo, pernicioso--de la vida política y el carácter norteamericanos, Patria inaugura, en el número de hoy una sección permanente de Apuntes sobre los Estados Unidos, donde, estrictamente traducidos de los primeros diarios del país, y sin comentario ni mudanza de la redacción, se publiquen aquellos sucesos por donde se revelen, no el crimen o la falta accidental-y en todos los pueblos posibles en que sólo el espíritu mezquino halla cebo y contento, sino aquellas calidades de constitución que, por su constancia y autoridad, demuestren las dos verdades útiles a nuestra América:-el carácter crudo, desigual y decadente de los Estados Unidos,-y la existencia, en ellos continua, de todas las violencias, discordias, inmoralidades y desórdenes de que se culpa a los pueblos hispanoamericanos.

Patria, Nueva York, 23 de marzo de 1894