lunes, 2 de julio de 2007

JOSÉ MARTÍ ANTE LA EXPANSIÓN NORTEAMERICANA

La obra de José Martí ante las apetencias expansionistas del entonces naciente imperialismo norteamericano es vastísima y ocupa múltiples aristas.

Mucho se ha hablado de tres de los momentos cumbres, pudiéramos decir, de esta oposición martiana a la rapacidad del Norte: a saber, la Conferencia Internacional Americana, más conocida como el Congreso de Washington, celebrada entre diciembre de 1889 y enero de 1890; y la Conferencia Monetaria Internacional, que tuvo lugar en 1891. El tercer momento a que hacemos referencia es la carta que dirigió el Apóstol a su amigo mexicano Manuel Mercado, considerada su Testamento Político, el 18 de mayo de 1895, un día antes de su caída en combate en los campos de Dos Ríos.

Sin embargo, cuando nos adentramos en el universo martiano, nos llama poderosamente la atención ver cómo desde los más diversos frentes y utilizando tanto los medios directos, como el periodismo en la época de las Conferencias señaladas, hasta los más sutiles, como La Edad de Oro, Martí desarrolla una intensa y extensa campaña antimperialista –no antinorteamericana—y en la que podemos definir al menos tres vertientes principales:

* El afán porque en los países de lo que él llamó Nuestra América se conocieran, junto a las virtudes que debíamos aprovechar de los Estados Unidos, los horrores morales y las ambiciones voraces que persistían en aquella sociedad y de los que debíamos cuidarnos; las oscuridades que reinaban detrás de las lujosas vitrinas donde, ya entonces, se nos pretendía vender un modelo de vida.

* La necesidad de que en los Estados Unidos se conocieran, no sólo las riquezas naturales, sino –y sobre todo—la historia heroica, las virtudes, los sentimientos, la capacidad de los que habitamos al sur del Río Grande. Veía Martí en esto un factor de primer orden para frenar las ansias expansionistas ganando el respeto del vecino ambicioso al que el desconocimiento de nuestras realidades, dolores y esperanzas lo llevaba a experimentar menosprecio en lugar de la admiración, y lo hacía creernos presa fácil.

* El esfuerzo titánico, continuo y constante por elevar el nivel cultural de los habitantes de nuestros pueblos, a través de una instrucción adecuada a las características de estos países y tomando lo mejor de la cultura universal. La preocupación porque el hijo de Hispanoamérica se sintiera orgulloso de su origen y no se subestimara con relación al anglosajón; y la utilidad de dar a conocer unas a otras las naciones de Nuestra América, porque los que van a pelear juntos deben darse prisa en conocerse, y sólo este conocimiento haría posible la unidad Latinoamericana, baluarte mayor contra el expansionismo imperialista.

Resultan significativas sus tempranas premoniciones respecto al destino de aquella gran nación. Así, en el Cuaderno de Apuntes número 1, escrito durante su primer destierro y cuando apenas tenía 18 años, encontramos este profundo examen sobre las diferencias culturales entre la América Hispana y la América Anglosajona:

“Los norteamericanos posponen a la utilidad el sentimiento.—Nosotros posponemos al sentimiento la utilidad.
Y si hay esta diferencia de organización, de vida, de ser, si ellos vendían mientras nosotros llorábamos, si nosotros reemplazamos su cabeza fría y calculadora por nuestra cabeza imaginativa, y su corazón de algodón y de buques por un corazón tan especial, tan sensible, tan nuevo que sólo puede llamarse corazón cubano, ¿cómo queréis que nosotros nos legislemos por las mismas leyes con que ellos se legislan?
Imitemos. ¡No!—Copiemos. ¡No!—Es bueno, nos dicen. Es americano, decimos.—Creemos porque tenemos necesidad de creer. Nuestra vida no se asemeja a la suya, ni debiera en muchos puntos asemejarse. La sensibilidad entre nosotros es muy vehemente. La inteligencia es menos positiva, las costumbres son más puras, ¿cómo con leyes iguales vamos a regir dos pueblos diferentes?
Las leyes americanas han dado al Norte alto grado de prosperidad, y lo han elevado también al más alto grado de corrupción. Lo han metalificado para hacerlo próspero. ¡Maldita sea la prosperidad a tanta costa![1]

Más adelante, en otro de estos apuntes señala:

“Nunca fue Roma más ilustrada que cuando la mató su vileza.—Nunca estaba Francia más civilizada que cuando entregó cobardemente su libertad.—No se me oculta que va acercándose más a Dios la civilización americana.—Pero yo preveo que morirá sin llegar a él, porque comienza a debilitarse en su principio.—No es Mesalina, como Roma. No es sierva de sus vicios como Francia;--pero tiene algo de romana, y esto la conducirá a morir aún como francesa.”[2]

Estas proféticas palabras nos llevan a pensar que desde los días de alumno del Colegio San Pablo y las tertulias en casa de su maestro Rafael María de Mendive, donde participaban numerosos revolucionarios para analizar la situación del país y del mundo, el joven Martí mostró interés por el desarrollo de la poderosa nación del norte y por su historia. Recordemos que en esta época, junto a otros condiscípulos y a su maestro, llevó al brazo, durante una semana y a pesar del gobierno colonial de España, la banda negra que significaba el luto por el asesinato del leñador bueno, del Presidente Abraham Lincoln.

Una etapa fundamental dentro del proceso de maduración del pensamiento político, revolucionario y antimperialista de José Martí fue durante su estancia en México. El conocer la realidad mexicana de cerca, a través de los círculos intelectuales donde lo introdujo su amigo Manuel Mercado, muy vinculado al gobierno del Presidente Sebastián Lerdo de Tejada, contribuyó a que el cubano comprobara en la práctica la voracidad de la nación del Norte.

Los conflictos que constantemente se sucedían en la frontera entre México y los Estados Unidos, azuzados en su mayoría por los periódicos norteamericanos al servicio de grandes intereses económicos, fueron analizados por Martí, quien a través de sus boletines alertaba del peligro latente y proponía los modos de contrarrestarlo. Al respecto escribiría razones como estas:

“La prensa norteamericana se ocupa incesantemente de los acontecimientos de la frontera: unos periódicos excitan a sus compatriotas contra México: otros, los más escasos, acusan al gobierno de proteger los sucesos de las tierras fronterizas para crear reclamaciones graves con motivo de ellos.
Los que halagan las pasiones pueden más que los que las contienen: el número de los periódicos que excita es mucho mayor que el de los que ven con calma la cuestión.
No se contentan los diarios americanos con comentar hostilmente los hechos, abultados como en la prensa del país vecino es costumbre y especulación: ya piden represalias, ya hay quien haya propuesto la invasión y anexión del territorio.”[3]

Es sorprendente cómo Martí es capaz de desentrañar las sutiles maniobras de los políticos para lograr sus fines, cuestión esta que no era sólo válida para su tiempo, sino que está muy vigente en la actual política norteamericana, recordemos el discurso oficial a raíz de los atentados terroristas del 11 de septiembre del 2001, donde se invocaba, en nombre del patriotismo, la guerra contra Afganistán. Evidenciando la manipulación a la que era sometido el pueblo estadounidense, Martí señala en este mismo escrito:

“la suspicacia es un enemigo terrible, porque no se ve la mano con que ataca: en los Estados Unidos, el pueblo es el dueño, por eso se excita y se conmueve al pueblo: se halagan sus pasiones, para aprovecharse de la situación política que crean sus pasiones excitadas.
...
“¿Se puede pensar sin dolor que un país que nos tiende la mano desde sus puertos, y nos dice que quiere estrechar sus relaciones con nosotros, con la otra mano azuce la guerra en nuestras fronteras, y diariamente inserte en sus periódicos noticias sordas y repetidas que han de alzar a su pueblo contra el pueblo amigo? ¿No es locura imaginar que un pueblo demócrata piense en conquistar y en invadir?
...
“Debe evitarse lo que luego no se podría reprimir: obre la diplomacia contra la diplomacia: así no se encienden rencores: así no se alimentan deseos extraños: así se salva de un peligro probable a la nación.”[4]

En otro de sus Boletines, por esta misma época de litigios fronterizos entre la patria de Juárez y la tierra de Walker, Martí profundiza aún más en sus razones en cuanto al peligro real que representaban las ambiciones de los gobernantes del Norte:

“Vienen acumulándose sucesos, vienen dándose opiniones, vienen presentándose dictámenes en la misma Cámara de Representantes de los Estados Unidos, que están creando en la vecina república una atmósfera que nos es perjudicial, por cuanto quiere llevarse a la opinión pública, norma allí del gobierno, el convencimiento de que es justo, necesario y útil la invasión de una parte del territorio mexicano.”[5]

Y véanse estas conclusiones:

“La cuestión de México, como la cuestión de Cuba, depende en gran parte en los Estados Unidos de la imponente voluntad de un número no pequeño ni despreciable de afortunados agiotistas, que son los dueños naturales de un país en que todo se sacrifica al logro de una riqueza material.”[6]

Hay un pasaje más dentro de estos escritos de Martí, que nos demuestra la utilidad que los días charros aportaron a la evolución política de su pensamiento. Es el siguiente:

“La prensa norteamericana pretende hacernos daño: conviértase al inglés la prensa de México, y vayamos a decir la verdad en su mismo país, para que la opinión vacile y estudie, y no sin detenido examen, se pronuncie en contra nuestra.
Esto urge: hay en los Estados Unidos Mexicanos sobrado patriotas, sobrados inteligentes para hacer esta obra precisa, con toda la prontitud, y el vigor y la actividad que para impedir un mal ya adelantado son ahora de todo punto necesarias.
El mal principia a hacerse: se comienza a creer allí que una invasión a México es justa; se explota el sentimiento de honor patrio, y se aprovecha la exquisita sensibilidad mercantil del pueblo americano: se lleva ya a la Cámara este mal pensamiento, y se lleva engañándola, precisamente en el raciocinio capital en que descansa el dictamen cuya aprobación se pretende. Es fuerza acudir al remedio, con la misma energía, con la misma rapidez, con el mismo ardor con que se hace en la república vecina la propaganda contraria.”[7]
Años después, al destaparse el conflicto del Cayo con los emigrados cubanos, Martí comentaría en una carta la necesidad de dirigirse inmediatamente allá, a decirles a los patronos gringos, en su inglés, las razones que pudieran frenar tal villanía.

No cabe duda de que es en México donde Martí comienza a formarse una visión más objetiva de la realidad latinoamericana. Allí madura, podríamos decir, su sentimiento latinoamericanista. Al marcharse de aquel país hermano, luego del derrocamiento de Lerdo de Tejada y el triunfo del General Porfirio Díaz, el joven cubano dejará para la historia, en breves apuntes, el desgarramiento interior que le produce su partida y el conocimiento de los peligros que amenazan a esta parte de América:

“¡Oh México querido! ¡Oh México adorado, ve los peligros que te cercan! ¡Oye el clamor de un hijo tuyo que no nació de ti! Por el Norte un vecino avieso se cuaja: por el Sur &.&. Tú te ordenarás; tú entenderás; tú te guiarás; yo habré muerto, oh México, por defenderte y amarte, pero si tus manos flaqueasen, y no fueras digno de tu deber continental, yo lloraría, debajo de la tierra, con lágrimas que serían luego vetas de hierro para lanzas,--como un hijo clavado a su ataúd que ve que un gusano le come a la madre las entrañas.”[8]

De México parte Martí hacia Guatemala, donde desarrolla una intensa labor propagandística en función de dar a conocer en ella lo que de bueno y útil se producía en el mundo, principalmente en las demás repúblicas de América, y al mismo tiempo resaltar –él que venía precedido por la fama de orador y literato—las virtudes de esta tierra que debían ser motivo de orgullo para sus hijos. Con este objetivo prepara el proyecto de una Revista Guatemalteca que nunca verá la luz por su pronta salida de aquel país causada por las discrepancias con los procederes del Presidente Justo Rufino Barrios.

No obstante, en su libro Guatemala, Martí expone ideas que demuestran las intenciones vindicadoras de que hemos hablado:

“Estudiaré a la falda de la eminencia histórica del Carmen, en medio de las ruinas de la Antigua, a la ribera de la laguna Amatitlán, las causas de nuestro estado mísero, los medios de renacer y de asombrar. Derribaré el cacaxte de los indios, el huacal ominoso, y pondré en sus manos el arado, y en su seno dormido la conciencia.”[9]

Muestra su intención de hacer conocer en México “cuánto es bella y notable, y fraternal y próspera, la tierra guatemalteca, donde el trabajo es hábito, naturaleza la virtud, tradición el cariño, azul el cielo, fértil la tierra, hermosa la mujer, y bueno el hombre.
Amar y agradecer.

“Allá, en horas perdidas, buscan los curiosos, periódicos de Sur y Centroamérica, por saber quién manda y quién dejó de mandar, y no se sabe en la una República lo que hay de fértil, de aprovechable y de grandioso en la otra.”[10]

La causa de este desconocimiento –obstáculo mayor para la realización del gran sueño de Bolívar—la sitúa en la génesis misma del sistema colonial de España. En tal sentido abunda con reflexiones precisas:

“Pero ¿qué haremos, indiferentes, hostiles, desunidos? ¿Qué haremos para dar todos más color a las alas dormidas del insecto? ¡Por primera vez me parece buena una cadena para atar dentro de un cerco mismo a todos los pueblos de mi América!
Pizarro conquistó al Perú cuando Atahualpa guerreaba con Huáscar; Cortés venció a Cauhtémoc porque Xicontencatl lo ayudó en la empresa; entró Alvarado en Guatemala porque los quichés rodeaban a los zutujiles. Puesto que la desunión fue nuestra muerte ¿qué vulgar entendimiento, ni corazón mezquino ha menester que se le diga que de la unión depende nuestra vida? Idea que todos repiten, para la que no se buscan soluciones prácticas.”[11]

Una de las barreras más sólidas que Martí trata de oponerle al peligro de la civilización anglosajona está en la gran campaña cultural que pretende lanzar sobre los pueblos hispanoamericanos. Ésta se percibe en sus diversos proyectos editoriales, la mayoría truncos, como esta Revista Guatemalteca o distintos periódicos que nunca llegaron a materializarse; otros como La Revista Venezolana y La Edad de Oro, fue inevitable suspenderlos ante determinados condicionamientos de tipo éticos con los que Martí no comulgaba. De todos estos proyectos, sólo el periódico Patria se mantuvo el tiempo necesario para ver morir a su creador y dedicarle un postrer homenaje.

Todos coincidimos en que el período más fecundo en la labor antiexpansionista martiana se enmarca en los 15 años que vivió en las entrañas del monstruo, desde el 3 de enero de 1880 –con una breve estancia de 6 meses en Venezuela en 1881—hasta 1895, que sale de Nueva York para venir a ocupar su lugar en la Guerra Necesaria que había hecho estallar el 24 de febrero de ese propio año y de la que no regresaría más.

En los escritos norteamericanos del Apóstol, encontramos un hecho evidente: nunca niega Martí las virtudes de la gran república del Norte, al contrario, es el primero en reconocerlas, obsérvese si no sus Impresiones de Américas, escritas bajo el seudónimo de Un Español muy fresco; sin embargo, el desarrollo alcanzado por este país no llega a deslumbrarlo al punto de no reconocer sus males, los que yacían muy hondo, en el subsuelo –como decía él.

Las Escenas de Nueva York, su correspondencia con diversos diarios hispanoamericanos como La Nación, de Buenos Aires, o La Opinión Nacional, de Caracas, o los discursos patrióticos que pronunció en su campaña de preparación del Partido Revolucionario Cubano y la Guerra Necesaria, revelan un estudio minucioso de las esencias de aquel país, de las fuerzas que en él se movían y los factores que lo componían. Con estos estudios se confirman atisbos como este:

“Los pueblos inmorales tienen todavía una salvación: el arte. El arte es la forma de lo divino, la revelación de lo extraordinario; la venganza que el hombre tomó al cielo por haberlo hecho hombre, arrebatándole los sonidos de su arpa, desentrañando con luz de oro el seno de colores de sus nubes. El ritmo de la poesía, el eco de la música, el éxtasis beatífico que produce en el ánimo la contemplación de un cuadro bello, la suave melancolía que se adueña del espíritu después de esos contactos sobrehumanos, son vestimientos místicos, y apacibles augurios de un tiempo que será todo claridad. ¡Ay, que esta luz de siglos le ha sido negada al pueblo de la América del Norte! El tamaño es la única grandeza de esta tierra. ¡Qué mucho, si nunca mayor nube de ambiciones cayó sobre mayor extensión de tierra virgen! Se acabarán las fuentes, se secarán los ríos, se cerrarán los mercados, ¿qué quedará después al mundo de esta colosal grandeza pasajera?..”[12]

En 1891 verá la luz su ensayo mayor: Nuestra América. En él Martí hace un análisis de las causas y factores que intervienen en el atraso en que se encuentran nuestros pueblos. Revela los elementos que los frenan, los que los hacen vulnerables y los que los amenazan:

“Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea, y con tal que él quede de alcalde, o le mortifiquen al rival que le quitó la novia, o le crezcan en la alcancía los ahorros ya da por bueno el orden universal, sin saber de los gigantes que llevan siete leguas en las botas, y le pueden poner la bota encima, ni de la pelea de los cometas en el cielo, que van por el aire dormidos engullendo mundos. Lo que quede de aldea en América ha de despertar.”[13]

Y otro de los temas en los que ha venido haciendo énfasis desde años atrás:

“El gobierno ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser el del país. La forma del gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país. El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país.
Por eso el libro importado ha sido vencido en América por el hombre natural. Los hombres naturales han vencido a los letrados artificiales. El mestizo autóctono ha vencido al criollo exótico. No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza.”[14]

Sin remilgos ya, Martí deja sentado cuál es el peligro mayor de los pueblos americanos:

“De todos sus peligros se va salvando América. Sobre algunas repúblicas, está durmiendo el pulpo. Otras, por la ley del equilibrio, se echan a pie a la mar, a recobrar, con prisa loca y sublime, los siglos perdidos. Otras, olvidando que Juárez paseaba en un coche de mulas, ponen coche de viento, y de cochero a una bomba de jabón: el lujo venenoso, enemigo de la libertad, pudre al hombre liviano, y abre la puerta al extranjero. Otras acendran, con el espíritu épico de la independencia amenazada, el carácter viril. Otras crían, en la guerra rapaz contra el vecino, la soldadesca que puede devorarlas. Pero otro peligro corre, acaso, nuestra América, que no le viene de sí, sino de la diferencia de orígenes, métodos e intereses entre los dos factores continentales, y es la hora próxima en que se le acerque, demandando relaciones íntimas, un pueblo emprendedor y pujante que la desconoce y la desdeña. Y como los pueblos viriles, que se han hecho de sí propios, con la escopeta y la ley, aman, y sólo aman, a los pueblos viriles;--como la hora del desenfreno y la ambición, de que acaso se libre, por el predominio de lo más puro de su sangre, la América del Norte, o en que pudieran lanzarla sus masas vengativas y sórdidas, la tradición de conquista y el interés de un caudillo hábil, no está tan cercana aún a los ojos del más espantadizo, que no dé tiempo a la prueba de altivez, continua y discreta, con que se la pudiera encarar y desviarla;--como su decoro de república pone a la América del Norte, ante los pueblos atentos del Universo, un freno que no le ha de quitar la provocación pueril o la arrogancia ostentosa, o la discordia parricida de nuestra América,--el deber urgente de nuestra América es enseñarse como es, una en alma e intento, vencedora veloz de un pasado sofocante, manchada sólo con la sangre de abono que arranca a las manos la pelea con las ruinas,--y la de las venas que nos dejaron picadas nuestros dueños. El desdén del vecino formidable que no la conoce es el peligro mayor de nuestra América; y urge, porque el día de la visita está próximo, que el vecino la conozca, la conozca pronto, para que no la desdeñe. Por ignorancia llegaría, tal vez, a poner en ella la codicia. Por el respeto, luego que la conociese, sacaría de ella las manos.”[15]

Dentro del hondo análisis que se realiza, Martí continuamente resalta los valores de nuestros pueblos. En dos momentos, dentro del mismo ensayo, escribe casi textualmente lo mismo,--¿podría acusársele de descuido, a él que dominaba la lengua como un clásico? ¡No! La intensión evidente es resaltar la valía de nuestras tierras:

“¿Ni en qué patria puede tener un hombre más orgullo que en nuestras repúblicas dolorosas de América, levantadas entre las masas mudas de indios, al ruido de la pelea del libro con el cirial, sobre los brazos sangrientos de un centenar de apóstoles?”

Más adelante escribiría:

“La universidad europea ha de ceder a la universidad americana. La historia de América, de los incas a acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria. Los políticos nacionales han de reemplazar a los políticos exóticos. Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas. Y calle el pedante vencido; que no hay patria en que pueda tener el hombre más orgullo que en nuestras dolorosas repúblicas americanas.”[16]

Al producirse la publicación del artículo ¿Queremos a Cuba? en el diario The Manufacturer, de Filadelfia, Martí riposta de forma contundente dando a conocer las virtudes del pueblo cubano, ante el ataque directo e irrespetuoso que nos hace el articulista:

“...porque nuestros mestizos y nuestros jóvenes de ciudad son generalmente de cuerpo delicado, locuaces y corteses, ocultando bajo el guante que pule el verso, la mano que derriba al enemigo, ¿se nos ha de llamar como The Manufacturer nos llama, un pueblo “afeminado”? Esos jóvenes de ciudad y mestizos de poco cuerpo supieron levantarse un día contra un gobierno cruel, pagar su pasaje al sitio de la guerra con el producto de su reloj y de sus dijes, vivir de su trabajo mientras retenía sus buques el país de los libres en el interés de los enemigos de la libertad, obedecer como soldados, dormir en el fango, comer raíces, pelear diez años sin paga, vencer al enemigo con una rama de árbol, morir—estos hombres de diez y ocho años, estos herederos de casas poderosas, estos jovenzuelos de color de aceituna—de una muerte de la que nadie debe hablar sino con la cabeza descubierta; murieron esos otros hombres nuestros que saben, de un golpe de machete, hacer volar una cabeza o de una vuelta de la mano, arrodillar a un toro. Estos cubanos “afeminados” tuvieron una vez valor bastante para llevar al brazo una semana, cara a cara de un gobierno despótico, el luto de Lincoln.”[17]

Y para concluir su respuesta escribe:
“Y es la verdad triste que nuestros esfuerzos se habrían, en toda probabilidad, renovado con éxito, a no haber sido, en algunos de nosotros, por la esperanza poco viril de los anexionistas, de obtener la libertad sin pagarla a su precio, y por el temor justo de otros, de que nuestros muertos, nuestras memorias sagradas, nuestras ruinas empapadas en sangre, no vinieran a ser más que el abono del suelo para el crecimiento de una planta extranjera, o la ocasión de una burla para The Manufacturer de Filadelfia.”[18]

En Patria, Martí crea una sección que se llama Apuntes sobre los Estados Unidos, en ella quería dar a conocer la verdad sobre ese país y la necesidad de que nuestros pueblos tuvieran en cuenta estos elementos, y revelar “las dos verdades útiles a nuestra América:--el carácter crudo, desigual y decadente de los Estados Unidos,--y la existencia en ellos continua, de todas las violencias, discordias, inmoralidades y desórdenes de que se culpa a los pueblos hispanoamericanos.”[19]

En esta sección escribe:

“Lo que ha de observar el hombre honrado, es precisamente, que no sólo no han podido fundirse, en tres siglos de vida común, o uno de ocupación política, los elementos de origen y tendencia diversos con que se crearon los Estados Unidos, sino que la comunidad forzosa exacerba y acentúa sus diferencias primarias, y convierte la federación innatural en un estado, áspero, de violenta conquista. Es de gente menor, y de la envidia incapaz y roedora, el picar puntos a la grandeza patente y negarla en redondo, por uno u otro lunar, o empinársele de agorero, como quien quita una mota al sol. Pero no augura, sino certifica, el que observa cómo en los Estados Unidos, en vez de apretarse las causas de unión, se aflojan; en vez de resolverse los problemas de la humanidad, se reproducen; en vez de amalgamarse en la política nacional las localidades, las dividen y enconan; en vez de robustecerse la democracia y salvarse del odio y miseria de las monarquías, se corrompe y aminora la democracia, y renacen, amenazantes, el odio y la miseria. Y no cumple con su deber quien lo calla, sino quien lo dice. Ni con el deber de hombre cumple, de conocer la verdad y esparcirla; ni con el deber de buen americano, que sólo ve seguras la gloria y paz del continente en el desarrollo franco y libre de sus distintas entidades naturales; ni con su deber de hijo de nuestra América, para que por ignorancia, o deslumbramiento o impaciencia no caigan los pueblos de casta española, al consejo de la toga remilgada y el interés asustadizo, en la servidumbre inmoral y enervante de una civilización dañada y ajena. Es preciso que se sepa en nuestra América la verdad de los Estados Unidos.
Lo malo se ha de aborrecer, aunque sea nuestro;--y aun cuando no lo sea. Lo bueno no se ha de desamar sólo porque no sea nuestro.”[20]

También el antillanismo martiano está signado por la necesidad de frenar el empuje que ejercen los Estados Unidos sobre los pueblos libres de la América Hispana, oponiéndoles unas Antillas libres e integradas a la gran patria común.

Al cumplirse el Tercer Año del Partido Revolucionario Cubano, Martí hace explícita esta intención:

“en el fiel de América están las Antillas, que serían, si esclavas, mero pontón de la guerra de una república imperial contra el mundo celoso y superior que se prepara ya a negarle el poder,--mero fortín de la Roma americana;--y si libres—y dignas de serlo por el orden de la libertad equitativa y trabajadora—serían en el continente la garantía del equilibrio, la de la independencia para la América española aún amenazada y la del honor para la gran república del Norte, que en el desarrollo de su territorio –por desdicha, feudal ya, y repartido en secciones hostiles—hallará más segura grandeza que en la innoble conquista de sus vecinos menores, y en la pelea inhumana que con la posesión de ellas abriría contra las potencias del orbe por el predominio del mundo.”[21]

Y en carta a Federico Henríquez y Carvajal, expresa:

“Para mí, ya es hora. Pero aún puedo servir a este único corazón de nuestras repúblicas. Las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra América, y el honor ya dudoso y lastimado de la América inglesa, y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio del mundo.”[22]

El 18 de mayo de 1895, un día antes de caer en combate en los campos de Cuba Libre, Martí expresa la estrategia mayor de su lucha en carta al amigo mexicano Manuel Mercado:
“Mi hermano queridísimo: Ya puedo escribir, ya puedo decirle con qué ternura y agradecimiento y respeto lo quiero, y a esa casa que es mía y mi orgullo y obligación; ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber—puesto que lo entiendo y tengo ánimos con qué realizarlo—de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso. En silencio ha tenido que ser y como indirectamente, porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas, y de proclamarse en lo que son levantarían dificultades demasiado recias para alcanzar sobre ellas el fin. Las mismas obligaciones menores y públicas de los pueblos—como ese de Vd. y mío,--más vitalmente interesados en impedir que en Cuba se abra, por la anexión de los imperialistas de allá y los españoles, el camino, que se ha de cegar, y con nuestra sangre estamos cegando, de la anexión de los pueblos de nuestra América, al Norte revuelto y brutal que los desprecia,--les habían impedido la adhesión ostensible y ayuda patente a este sacrificio, que se hace en bien inmediato de ellos. Viví en el monstruo, y le conozco las entrañas:--y mi honda es la de David.”[23]

Todo lo dicho es sólo un acercamiento al tema que se ha tratado, pero el mensaje queda claro para la nuevas generaciones hispanoamericanas: “Las manos que han surgido de una tierra virgen no han debido ser hechas para aplaudir las postrimerías de una tierra cansada y moribunda.”



[1] José Martí, Obras Completas, tomo 21, pág., 15-16
[2] Íbidem, T.21, p. 42.
[3] José Martí, Obras Escogidas en tres tomos, tomo 1, páginas 79-81.
[4] Íbidem.
[5] Íbidem, T.1, p.93-97.
[6] Ïbidem.
[7] Íbidem.
[8] José Martí, O.C., t.19, p.22.
[9] Ídem. t.7, p.113-158
[10] Íbidem.
[11] Íbidem.
[12] Idem.t.19, p.17.
[13] Ídem. t.6, p.15-23
[14] Íbidem.
[15] Íbidem.
[16] Íbidem.
[17] Ídem. t.1,p.236-261
[18] Íbídem.
[19] Ídem. t.28,p.290-294
[20] Ibídem.
[21] Ídem. t.3,p.142.
[22] Ídem. t.4,p.110-112
[23] Ídem. t.20,p.161-164.