Es imposible en los tiempos que corren hacer un análisis del papel que ha tenido la cultura en el proceso revolucionario cubano a lo largo de los últimos dos siglos, sin hablar de la influencia de acontecimientos acaecidos allende nuestras costas. Pocos hechos tienen lugar de manera aislada, siempre habrá un vínculo, un soplo, un reflejo que los una a otros sucesos humanos anteriores, posteriores o coetáneos. Por lo tanto hablaré desde Cuba sobre algunos temas de cuya solución depende en gran medida la supervivencia de la especie humana.
Desde esta perspectiva, los cubanos hemos aprendido que, además del exaltado patriotismo del padre Félix Varela y del sabio don José de la Luz, venimos también—por sólo citar algunos ejemplos—del afán visionario de Simón Rodríguez, aquel que, a más de moldeador del Libertador, le sobró voluntad para no humillarse ni rendirse en su auto asignada tarea de iluminar con el conocimiento y la cultura el porvenir de nuestros pueblos, y sus últimos días los dedicó a fabricar velas porque era ya—según dijo—la única manera que le quedaba para darle luces a la América. De allá venimos, del sueño colombéico de Francisco de Miranda, y del poeta sublime que también fue Simón Bolívar cuando en su delirio sobre el Chimborazo trazó la visión tremenda de su propia obra y del destino de nuestra patria grande. El fue, es y será inspiración fecunda no sólo de los bravos que empuñaron las armas para labrar el tronco de nuestra libertad, sino también de otros, no menos bravos, que dejaron al correr de sus plumas plasmadas en el papel, y al correr de su sangre plasmadas en la tierra, las memorias sagradas que convocaron nuevos brazos para las batallas posteriores, y siguen prestas a servir en la labor constante y necesaria de “echar a los hombres del envilecimiento a la dignidad”.
De José María Heredia venimos, el conspirador que cantó al Niágara para cantarle al mundo, y siguiendo a Bolívar se lo encontró el destierro, la nostalgia y la muerte. De la mano de Heredia en las tertulias de su maestro Mendive, entró José Martí al mundo americano, y se quedó a vivir en él para siempre. De Martí nos viene la vocación de universalidad en la cultura que condiciona en última instancia el internacionalismo y la solidaridad en lo político y en lo social. Sin conciencia clara de la “identidad universal del hombre” no es posible aspirar al ente solidario, altruista y generoso que necesita el mundo. Sólo el convencimiento de que en verdad “Patria es Humanidad”, puede hacer la maravilla de que hombres nacidos en la brevedad de una época y en la finitud de un paisaje, hayan decidido morir en los más diversos puntos de la geografía mundial. Ellos han escrito, sin saberlo acaso, el mejor poema que pueda escribirse, porque la poesía más difícil es la que está en los actos y en los hechos. Yo no creo ni podría creer en el poeta que es capaz de conmoverse ante un paisaje o una puesta de sol, y sin embargo puede permanecer impasible ente la miseria y el dolor humanos. Así podrá serse fabricador de versos, pero no poeta. Los versos--decía Martí—no se han de hacer para decir que se está contento o se está triste, sino para ser útil al mundo; que la poesía escrita es grado inferior de la virtud que la promueve, porque el hombre siempre será superior a la palabra.
Por supuesto, es esa conciencia universal, que sólo puede dar el conocimiento instintivo o instructivo de “la idea del bien”, la que moviliza lo mejor de lo humano hacia tales acciones. Sin conciencia y vocación humana puede serse conquistador o mercenario, pero jamás un hombre, mucho menos un revolucionario, que es, como lo calificara el Che, “el escalón más alto de la especie humana”. Sin cultura humanista puede haber masacre y exterminio, pero jamás lucha por la liberación humana. La visión clara de la felicidad del hombre como principio y fin de todo empeño, fue la que llevó a José Martí a pregonar “la guerra sin odio” contra el dominio colonial de España, jamás contra el español como individuo, ni contra España como nación y cultura. En nuestras guerras no se mataba por odio a España sino por amor a Cuba. No hemos sido los cubanos, en lo fundamental, soldados por vocación sino por necesidad. El iniciador de nuestras gestas independentistas, al que llamamos el Padre de la Patria, Carlos Manuel de Céspedes, era abogado, poeta, autor de una de nuestras canciones antológicas; amante de la música; un hombre de la cultura.
Poetas fueron en su mayoría, y hombres de la cultura, quienes en los años de la república neocolonizada por la intervención norteamericana en nuestra última guerra contra España, en 1898, promovieron las ideas de José Martí, reconocido ya como el Apóstol de la independencia de Cuba. Ellos fundaron, bajo la guía de Julio Antonio Mella, la federación de estudiantes Universitarios, la Liga Antiimperialista, el Partido Comunista de Cuba, y la Universidad Popular José Martí, para que el pueblo tuviera “luces”, que como dijo Bolívar, junto a la moral, eran las primeras necesidades de nuestros pueblos, y lo serán siempre si queremos ser verdaderamente libres, y no víctimas de corruptos y ambiciosos.
Fue la vocación y la convicción de universalidad la que condujo al Comandante Che Guevara a estar dispuesto a dar su sangre y su vida por la libertad de cualquier pueblo del mundo, lo cual demostró con su participación en la Revolución Cubana, donde se forjó, la campaña en el Congo y su posterior hazaña de Bolivia, donde se sembró para siempre en la tierra y en la historia. Ha sido la claridad meridiana, la absoluta certeza de que el hombre es uno en todas partes y como tal merece vivir libre, feliz y dignamente, la que ha conducido a Fidel a colaborar en la felicidad de otros pueblos. La cultura y la educación forjadas por la Revolución en estos años desde 1959, siguiendo la tradición humanista que condujo hasta ella, ha preparado a las generaciones de cubanos que han llevado el mensaje solidario y humano de Cuba a los más insospechados parajes. Las misiones médica y educativa han sido fundamentales en la concreción de esa cultura acumulada.
Curar a un enfermo es salvar una vida. Enseñar a leer a un analfabeto es salvar a un ser humano; es levantar al animal que habla a la altura de lo humano. Instruirlo en el conocimiento esencial para entender el mundo en que vive y manejar las fuerzas que lo rigen, es completar en el ser humano al hombre consciente de su propia existencia. El conocimiento es el verdadero poder, el que sabe más, vale más, pero sólo si al conocimiento de la mente une la bondad del corazón. El saber que se asocia a la maldad es una aberración y deberá ser combatido en todas partes. “La inteligencia—decía José Martí—no es la facultad de imponerse, es el deber de ser útil”; y si “ser culto es el único modo de ser libre”, “ser bueno es el único modo de ser dichoso”. El pueblo chino atesora en proverbios una sabiduría ancestral, de ella tomo aquel que dice que la inteligencia camina más aprisa, pero el corazón llega más lejos. A lo racional ha de anteponérsele siempre lo razonable, porque si bien todo lo razonable es racional, no todo lo racional es razonable. Hay cosas que pueden hacerse desde el punto de vista de la razón, pero no deben hacerse desde el punto de vista de la ética. La bomba atómica se podía construir, desde la ciencia, pero no debió construirse, desde la ética.
La masificación de la educación y la instrucción, junto al afán de que el pueblo alcance una verdadera cultura general integral, es el único camino para alcanzar un mundo mejor. Si partimos del hecho real de que ese mundo mejor que es posible, sin dudas, no lo encontraremos a la vuelta de la esquina porque no existe, lo que existe es la posibilidad latente, necesaria y hoy obligatoria de construirlo con nuestras propias manos, entonces estaremos de acuerdo en que semejante reto no lo podremos vencer con la enorme masa analfabeta e inculta que hoy padece el mundo. Ellos no son la rémora sino el acicate, la posibilidad de sumar a este empeño la fuerza descomunal de las mayorías. El lastre son las exclusiones, los pesimismos, la filantropía y la inercia. Filantropía no es humanismo, no es con limosnas ni con las cacareadas “obras de caridad” como se alcanzará un mundo mejor, sino con solidaridad. No es dando lo que nos sobra, sino compartiendo lo que tenemos; no es combatiendo, eliminando o marginando al pobre, sino eliminando la pobreza. No será ignorando a las mayorías desposeídas desde una posición elitista, sino yendo hasta ellas a instruirlas, a levantarlas al conocimiento verdadero de la dignidad humana. Creo que como en los tiempos de Martí, la cruzada se ha de emprender ahora para revelar al hombre su propia naturaleza, para que sienta la dicha de ser criatura amable y cosa viviente en el magno universo.
Bolívar dijo que un pueblo ignorante es un instrumento ciego de su propia destrucción, demás está decir entonces que un pueblo instruido es el instrumento más eficiente de la construcción de su propia felicidad. Como vemos, el camino ha sido señalado desde hace doscientos años para los hijos de América, aunque ya Sócrates había dicho que el conocimiento es la virtud y que sólo si se sabe se puede divisar el bien. No hace falta por lo tanto empeñarnos en crear caminos nuevos, sino extraer de “la maleza ideológica de siglos” las señales del verdadero camino humano. Ese camino no será nunca hacia la oscuridad sino hacia la luz. Durante siglos los poderosos se han empeñado en ocultar las sendas verdaderas del ascenso humano, y siguiendo sus instintos egoístas se han erigido en guías hacia el exterminio de la especie. A pesar de que todas las épocas han contado con esos hombres luz que han sido asesinados, encarcelados o desaparecidos, hoy nos encontramos al borde de la catástrofe. Es necesario retomar el camino de la luz que es el de la felicidad de los hombres. Sólo la solidaridad y el humanismo nos llevarán de vuelta al sitio donde extraviamos el rumbo, cegados o poseídos por los cantos de sirenas.
En la búsqueda de ese camino creo obligatorio distinguir entre lo que es la verdadera cultura de nuestros pueblos, y como tal, patrimonio de toda la humanidad, y aquella seudo cultura fabricada por los poderosos como medio de dominación utilizando resortes culturales, porque no hay otra manera de llegar a los hombres sino a través de la cultura. Sabemos cuantas sutilezas se emplean para hipnotizar o idiotizar a las masas humanas empleando esos mecanismos creados por la cultura, sin embargo hay desfiguraciones demasiado burdas como para no ser reconocidas a simple vista. Rambo y Batman nada tienen que ver con lo mejor de la cultura norteamericana, por poner el ejemplo en el propio terreno de los manipuladores, sin embargo es lo que se promueve como símbolo del poder de una raza que no podía ser más híbrida producto de su propio desarrollo histórico. Se ha secuestrado la cultura original de los pueblos, incluyendo al norteamericano, y se ha sustituido por una grotesca caricatura que no refleja a pueblo alguno, antes por el contrario, ha sido hecha para ser reflejada por todos los pueblos en la búsqueda de una absurda homogenización fatídica que desnaturaliza las identidades dentro de la infinita diversidad de pueblos y culturas. Homogenización que nos reduce a simples marionetas: vestimos, pensamos, vivimos como nos dicen que debemos hacerlo, y por desgracia nuestra son más los que gustosa o indolentemente imitan que los que se resisten a ser colonizados culturales. Nuestro libre albedrío ha quedado reducido a la posibilidad de elegir de qué manera y por qué vía queremos consumir la mediocridad que se nos ofrece forrada de lentejuelas o como las mismas cuentas de vidrio de hace quinientos años.
El saber acumulado por la especie humana es suficiente para salvarse del exterminio, pero es preciso vincular este conocimiento a la ética y al sentimiento de bondad, de lo contrario seguiremos involucionando hasta quedar reducidos a animales parlantes, aunque creo que ni para eso tenemos tiempo ya. Recordemos siempre aquella advertencia de José Martí que cito en extenso: “Los hombres necesitan quien les mueva a menudo la compasión en el pecho, y las lágrimas en los ojos, y les haga el supremos bien de sentirse generosos: que por maravillosa compensación de la naturaleza aquel que se da, crece; y el que se repliega en sí, y vive de pequeños goces, y teme partirlos con los demás, y sólo piensa avariciosamente en beneficiar sus apetitos, se va trocando de hombre en soledad, y lleva en el pecho todas las canas del invierno, y llega a ser por dentro, y a parecer por fuera,--insecto.”
Construyamos pues, con paciencia y valor, hombres verdaderos, en el escaso tiempo que nos queda; y mantengamos los insectos en el límite indispensable al equilibrio de la naturaleza.
(Intervención en el encuentro de jóvenes intelectuales, efectuado en Caracas en el marco del 16 Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes)