jueves, 19 de julio de 2007

UN VIAJE A LA RAÍZ



Llevaba casi veinte minutos frente a la hoja en blanco que me miraba como una araña peluda bocarriba, como una ventana al vacío donde podía pintar una historia que existía desde siempre. Dura tarea la de escribir. La mente flota sobre la música de Bach sin encontrar asideros a una historia que necesita ser contada. Comienzo a teclear sin descanso. Algo saldrá, sin duda, un ejercicio de redacción al menos, y eso es útil, probar que no he perdido la capacidad de fabular.
De pronto, por entre las brumas de la mente aparece Katrina, la yegua noble del abuelo. Un animal hermoso. Le brillaban los ojos cuando la traían debajo de la guásima del patio para ensillarle el carretón. Habría viaje, sin duda, a la tienda o al río, a veces al carnaval, que era el peor paseo, porque volvían muy tarde, con mucha gente arriba, todo el mundo gritando, alegres, y ella también, pero se cansaba más.
El paseo a la tienda del pueblo no era malo, podía caminar despacio porque el abuelo no le apuraba el paso, en el fondo era un viejo manso, como ella, sin apuros. Le gustaba cruzarse con otros viajeros por el camino para oír con qué respeto saludaban al abuelo los demás hombres: “Niño, como anda usted”, “¿Cómo anda la familia, Niño?” “¿Cómo va esa salud?” “¿Qué le parece, Niño, el aguacerito de ayer para el maíz?”, y el viejo a todo contestaba “bien ¿y usted?” o "¡Ahí, regular, ¿y tú?", y saludaba en agradecimiento, con el eterno sombrero de yarey amoldado como un tricornio inglés.
Después, mientras el abuelo hacía la cola del pan o los mandados, ella esperaba amarrada al poste de la corriente, con la rienda larga para que pudiera rapiñar las yerbitas que crecían tiernas después de la llovizna. Antes llovía mucho por acá. Ahora no se recuerda ni el olor de la lluvia, de la tierra mojada, ese olor único que me hacía tan feliz. Esperaba hasta que el viejo saliera cargado de bolsos, aquellos bolsos de saco de yute del central, que la abuela hacía bien fuertes para que no se rompieran tan pronto. Y los ponía en el piso de tablas del carretón. Luego subía con su santa paciencia y se acomodaba en el tablón de algarroba que servía de banco. Y salían otra vez por el camino a casa donde esperaba el nieto para preguntarle “qué me trajiste, abuelo”, y enseñarle el juego de damas que no duraría hasta el próximo viaje a la tienda, o una lata de leche condensada que era el dulce preferido del muchacho. Después le quitaban el carretón y los avíos, y le daban un baño antes de soltarla en el potrero con las vacas, las ovejas y los otros caballos.
De todos los paseos, el del río le gustaba más. Era el mejor día de fiesta para la familia. Colocaban encima del carretón unos calderos con tamales, congris y viandas, y en un saco el puerco que asarían para el almuerzo. Casi siempre iban los primos en el carretón del tío Pepe, y su caballo alazán; y hasta los abuelos se embullaban de vez en cuando. Entonces el abuelo ensillaba a Bembón, el caballo negro resabioso que sólo a él respetaba, y cuando los soltaban en el potrero cerca del río, siempre andaba detrás de ella para montarla. Pero a Katrina le gustaba oír la risa de los niños, su chapoleteo en el río, y el barullo que armaban cuando se iban a repartir los anoncillos o los mangos. A la hora del almuerzo, cuando ya se había asado el puerco, los llamaban y les servían en unos platos recortados de yagua verde que aumentaban el olor y el sabor del alimento. Todo era tan natural. Hoy apenas si quedan palmas en estos montes, y no hay quien siembre otras, por lo que es seguro que un día no habrá ninguna, entonces el monte se verá muy triste, será solo un montón de matojos y bejucos.

La vida no cambia, cambia la gente que se despreocupa del mundo y deja todo como está sin pensar que no siempre las cosas estuvieron ahí, alguien en algún momento tuvo que sembrar o al menos dejar crecer esas palmas, esos mangos, esos anoncillos que los niños comían a la orilla del río. Pero no, creemos que el mundo se reproducirá solo, que los paisajes nunca dejarán de estar donde están porque no pueden moverse, peor, pueden cambiar sin irse y nunca ser los mismos, y eso es más triste que si se hubieran ido porque al menos nos quedaría la esperanza de que podrían volver.

Yo habría querido pensar así hace tiempo, cuando también cazaba pajaritos y cortaba palos en el monte sin pensar que un día me sentiría culpable de una tristeza colectiva, la de no encontrar, por más que busco, aquellos lugares donde un día paseé en el carretón con mi familia, camino de aquel río que hoy es solo un charco estancado de aguas sucias, desde las que el abuelo me sonríe con sus aires cortados por el asma que nunca lo dejó, para que yo no olvide lo que soy de verdad, y no me acuerde de ello sólo cuando tengo delante una hoja en blanco que me mira como una araña peluda bocarriba.


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La Habana, 20 de marzo de 2005