Muchos y de muy diversos modos fueron los influjos que recibió José Martí de los Hombres del 68. Adolescente aún, en la casa del maestro Mendive, observaba como éste “seguía, de codos en el piano, la marcha de Céspedes en el mapa de Cuba”[1]; recitaba en el patio, al pie de los plátanos, junto a los otros muchachos del colegio San Pablo, el soneto del “Señor Mendive” a Lersundi; o veía, en aquellas noches de la calle del Prado, cómo en el propio cuarto de Mendive se ocultaba de la policía española que lo perseguía, el patriota camagüeyano José de Armas y Céspedes. En este clima, su mente y su corazón se hallaban prestos a recibir como tierra fértil la semilla del patriotismo que germinaría en él con fuerza incontenible. Temprano y de cerca sintió Martí los influjos del Camagüey legendario, y especialmente de aquel que habría de convertirse con el tiempo, por la fuerza y la nobleza de su carácter, en la mayor leyenda: Ignacio Agramonte.
El maestro Cintio Vitier ha dicho que “en cuanto a Ignacio Agramonte, Martí lo ve como el prototipo de la eticidad épica cubana y tuvo por él, entre los hombres de acción, preferencia comparable a la que sintió por Luz entre los hombres de pensamiento.”[2]
El respeto tributado por Martí a los padres fundadores fue constante; es ostensible en sus escritos, en las referencias que hace a ellos de manera pública o en la intimidad de una correspondencia epistolar. Estudió en el destierro y con toda la profundidad que le permitieron las fuentes de que pudo disponer, los caracteres más sobresalientes de la Guerra Grande, porque creía que “las glorias no se deben enterrar sino sacar a la luz”[3], como le dice en su primera carta al general Máximo Gómez, escrita presumiblemente en 1878, y donde le pide información para un libro que estaba escribiendo sobre la guerra de Cuba; “Seré cronista, ya que no puedo ser soldado”[4],--dice, y como tal necesitaba saber de primera mano los cargos que podían hacérsele y las razones que podían esgrimirse en defensa de Céspedes. Y en esta carta, a renglón seguido, aparece ya su interés por el Bayardo Camagüeyano, al confesar que sobre todo, necesitaba saber “qué fue una carta que Ignacio Agramonte envió a Céspedes sobre renuncia de mando y mantenimiento de pensión.”[5]
Del libro en cuestión no se tiene más noticia que la referencia que hace en la carta a Manuel Mercado desde Guatemala, el 6 de julio de 1878, donde cuenta la triste decisión que se había visto obligado a tomar de volver a Cuba, --concertada ya la paz del Zanjón--, por los ruegos de su esposa y para que naciera en ella su hijo, y la pena que le embargaba al ver burlada su absoluta creencia de que era imposible la extinción de la guerra en Cuba, y el hecho de que esto ocurriera precisamente “¡Ahora que tenía casi terminada—escribe--, con el amor y ardor que V. me sabe, la historia de los primeros años de nuestra Revolución!—Había revelado a nuestros héroes, escrito con fuego sus campañas, intentado eternizar nuestros martirios. Con minucioso afán, había procurado enaltecer a los muertos y enseñar algo a los vivos. Ningún detalle me había parecido nimio. Todo lo hacía yo resplandecer con rayos de grandeza:--de su eterna grandeza.--¡Y esta obra noble y filial de un espíritu libre, irá ahora clavada como un crimen en el fondo de un baúl!—Mucho he de padecer en una tierra donde no puede entrar semejante libro.”[6]
Se supone que este texto se encontraba entre la papelería que Martí ordenó quemar cuando fue apresado en La Habana en septiembre de 1879 y conducido a su segundo destierro. Aunque nos hubiera gustado disfrutar de aquellas narraciones escritas por la pluma fogosa de Martí y acrisoladas por su acendrado patriotismo, debemos concluir que no todo se perdió con la desaparición del libro, pues es evidente que la preparación del mismo le facilitó a su autor la realización de un estudio minucioso de la atmósfera en que se desenvolvió la campaña de la década heroica; las corrientes de pensamiento que se movían en ella, las flojedades de ánimo, intrigas, celos y diferencias que al cabo dieron al traste con la revolución.
La evidencia mayor de esta afirmación la tenemos en el análisis detallado de la situación cubana que realiza Martí, recién llegado a Nueva York, en su Lectura en Steck Hall, el 24 de enero de 1880, ante los emigrados cubanos. En aquella ocasión, Martí realiza el desmontaje de los acontecimientos más relevantes de los diez años de lucha; las causas y condiciones del debilitamiento de la revolución; levanta con su palabra al lugar de honor donde todos han de verlos, a los que pudiendo permanecer en la isla sometida y disfrutar de determinadas ventajas a cambio de una obediencia y una sumisión más amargas que las desventuras del destierro, renunciaron al bienestar propio y al de su familia para cargar como una culpa hacia el exilio la dignidad y el honor de los caídos, de los muertos ilustres que se pusieron de abono de su pueblo. Salva de la deshonra a los cubanos buenos que por una razón justificada no pudieron emprender igual camino, y necesitaban más valor para soportar en silencio la mancilla y la burla constante, que el que habían necesitado para enfrentarlos cara a cara en los rudos combates de la víspera. “No hablo yo—dice—de aquellos mártires escasos que por cumplir melancólicos deberes, sacrificaron vehementes aficiones”[7]; pero fustiga y clava como en una picota a “los que vivieron de brazo con los elementos españoles, y les sirvieron en sus oficinas, y escribieron en sus periódicos, y se alistaron en sus filas, y engastaron en la luctuosa cinta de hule los colores a cuya sombra se disparaban en aquel instante las balas que echaban por tierra a Ignacio Agramonte y a Carlos Manuel de Céspedes.”[8]
Entre la emigración gustaba Martí de reunirse con los veteranos de la guerra y escucharles los relatos de la epopeya gloriosa; seguía la huella no sólo a los héroes, sino también a los que habían peleado cerca de ellos, para hacerse una mejor idea de aquellos hombres mayúsculos y a la vez descubrir y proclamar la grandeza silenciosa de tanto héroe ignorado.
Leía constantemente las publicaciones que sobre tales hechos encontraba o les eran enviadas por sus compañeros. De la reverencia con que acogía estos escritos nos da fe su prólogo al libro Los Poetas de la Guerra, en que pinta la escena conmovedora donde “una noche de poca luz, después del día útil, en el rincón de un portal viejo de las cercanías de Nueva York, recordaba un general cubano, rodeado de ávidos oyentes, los versos de la guerra”[9], y la sugerencia espontánea de no dejar perderse en el olvido aquel tesoro de nuestra infancia libertaria, y luego la publicación pronta de “los versos que Serafín Sánchez, el recitador de aquella noche, aprendió de los labios de los poetas, en los días en que los hombres firmaban las redondillas con su sangre.”[10] Este sublime respeto al sacrificio lo lleva a significar que la poesía de estos héroes no estaba en lo que escribían, sino en lo que hacían; que acaso rimaban mal, pero morían bien, y deja para todos los tiempos una aseveración que aún hoy nos electriza: “...la poesía de la guerra no se ha de buscar en lo que en ella se escribió: la poesía escrita es grado inferior de la virtud que la promueve; y cuando se escribe con la espada en la historia, no hay tiempo, ni voluntad, para escribir con la pluma en el papel. El hombre es superior a la palabra.”[11]
El afán de Martí por ir siempre a la raíz de las cosas lo lleva a crearse un método original para analizar los asuntos de la patria, sean cuales fueren, desde el análisis de la poesía de Heredia o José Joaquín Palma, hasta las valoraciones respecto a la conducta de los próceres tanto cubanos como de otras latitudes. Esta manera de interpretar la historia, de analizarla no solamente con el frío instrumental de la academia, sino sobre todo con el corazón --siempre que la pasión no turbe el juicio--, con el respeto que merece todo el que supo un día ponerse de cimiento de un tiempo nuevo, hubiera ahorrado a los pueblos que coexisten en los albores del siglo XXI descalabros inmensos que han debido pagar luego muy caro, algunos al costo de su propia existencia como naciones libres.
El análisis que hace Martí de las figuras de Céspedes y Agramonte en su artículo publicado en El Avisador Cubano, el 10 de octubre de 1888, veinte años después del Grito de La Demajagua[12], es un modelo de análisis histórico objetivo y honroso, para los estudiados y para el estudioso, que no se deja influir por pasioncillas gusanosas, ni pueriles dictámenes librescos, sino que visto todo en conjunto, el brillo de la virtud que los anima y que de ellos emana, es inmensamente superior a las sombras que pudo echar sobre sus actos su propia condición humana. Por ello acota brevemente dos elementos que pudieran pasar desapercibidos: de Céspedes dice que “no fue más grande cuando proclamó a su patria libre, sino cuando reunió a sus siervos, y los llamó a sus brazos como hermanos”[13], y de Agramonte, que “jamás fue tan grande, ni aun cuando profanaron su cadáver sus enemigos, como cuando al oír la censura que hacían del gobierno lento sus oficiales, deseosos de verlo rey por el poder como lo era por la virtud, se puso en pie, alarmado y soberbio, con estatura que no se le había visto hasta entonces, y dijo estas palabras: “¡Nunca permitiré que se murmure en mi presencia del Presidente de la República!””[14]
El mismo día en que aparece este artículo, Martí pronuncia un discurso en honor al 10 de octubre en el Masonic Temple de Nueva York, en el que hace referencia a Ignacio Agramonte. Entre los patriotas que se encontraban presentes estaba Amalia Simoni, la esposa de Agramonte, quien cuatro días después le envía una carta a Martí felicitándolo “por su inspirado discurso tan oportuno, como patriótico y bello.”[15] Por la dignidad con que ha sabido seguir siendo fiel a las ideas y a la memoria del esposo, el respeto que Martí siente por El Mayor se trasmite igualmente a Amalia, como se observa en este escrito publicado en Patria el 25 de junio de 1892: “por la dignidad y fortaleza de su vida; por su inteligencia rara y su modestia y gran cultura; por el cariño ternísimo y conmovedor con que acompaña y guía en el mundo a sus dos hijos, los hijos del héroe,--respeta Patria y admira a la señora Amalia Simoni, a la viuda de Ignacio Agramonte.”[16] Amalia a su vez, admiró en Martí las virtudes que lo identificaban con Agramonte, y como amiga sincera le ofrece su casa.
Martí, que pensaba que las montañas culminan en picos, y los pueblos en hombres, reconoció en el carácter de Agramonte el del Camagüey, y en parte eso explica, unido al conocimiento de la valía de otros hijos ilustres y de las tradiciones de lucha de esta provincia, la confianza que siempre tuvo en el patriotismo camagüeyano, aún en un período tan incierto como el que precedió al inicio de la Guerra Necesaria, cuando la ruina de la pasada contienda –que en esta región fue más inclemente que en otra alguna de la isla—había sido superada por la laboriosidad de los principeños, y se dejaba atrás el fantasma de la miseria, amén del arraigo que estas mismas condiciones propiciaron al elemento autonomista.
A fondo debió Martí conocer al hombre, cuando al calificarlo como un “diamante con alma de beso” logró sintetizar su carácter de manera que 115 años después nadie ha podido aun superar. O cuando describiendo las virtudes de aquel que fue “un ángel para defender, y un niño para acariciar”[17], le celebra que haya enseñado a leer a su amigo mulato Ramón Agüero con la punta del cuchillo en las hojas de los árboles; o la forma de tratar a sus hombres de manera que parecía que curaba como médico cuando censuraba como general; o el hecho sublime de que se valiera de su renombre “para servir con él al prestigio de la ley, cuando era el único que, acaso con beneplácito popular, pudo siempre desafiarla.”[18]
Sin embargo, la voluntad y disposición al sacrificio de El Mayor, fueron lo que más le atrajeron, y lo llevan a expresar con vehemencia que “se le quiere, como a cosa de las entrañas, se mira su recuerdo, se le hace hueco en nuestro asiento, se le abre, para que por él se entre, nuestro corazón, se le arropa con el corazón ensangrentado”; lo dice además, porque él es un ejemplo de que los cubanos nunca hemos ido a la guerra por afición, sino obligados por nuestro innato afán de libertad; que hemos preferido siempre la paz, y por asegurarla nos hemos lanzado a la lucha sin cuartel contra quienes han intentado arrebatárnosla conculcando los derechos que constituyen nuestra atmósfera natural, porque no puede haber paz sin libertad. Y aquel hombre que organizó la mejor caballería del Ejército Libertador sin más cienciia militar que el genio y el amor a su tierra, es el que en el silencio y la tranquilidad de su “Idilio” le dice a la noble esposa: “¡Jamás, Amalia, jamás seré militar cuando acabe la guerra! Hoy es grandeza, y mañana será crimen.”[19] Esos hombres tremendos que en la hora sublime en que la patria los llamó a defenderla, dejaron a un lado de la mesa la pluma que escribía el soneto y empuñaron el arma para ir al combate--para muchos el último combate--, esos, son nuestros padres.
Es necesario conocer esa herencia para comprender la descabellada aventura que significaría para cualquiera que lo intentara, agredir a nuestro país. Amamos la paz, la necesitamos para continuar con nuestros maravillosos programas sociales y culturales, en los que nos inspira el sacrificio de hombres como Agramonte; pero si el egoísmo y el odio que pretenden imponerle al mundo una tiranía nazi-fascista, nos obligaran a defender nuestro sagrado suelo, lo haríamos con honor, inspirados también en el ejemplo que nos legó aquel héroe.
Una idea de cuanto admiró Martí la gallardía de Ignacio Agramonte, y hasta donde calaron en él las virtudes de aquel joven guerrero, culto y romántico, símbolo de lo que debía ser la nueva horneada que habría de acompañarle a culminar la faena por aquel iniciada, es su actitud reverente ante los dos pequeños frascos que les fueron mostrados por una cubana buena que vivía también en el exilio: Había guardada en uno de ellos tierra de los potreros de Jimaguayú, donde cayera El Mayor, y en el otro, un mechón de cabello cortado al héroe poco antes de que fuera incinerado su cadáver por los militares españoles--, se puso en pie Martí, transfigurado, como si el General estuviera parado frente a él, y sosteniendo apretadas en sus manos aquellas urnas sagradas --como quien ante una fosa que no se ha cerrado todavía hace un solemne juramento,--quedó en silencio, mientras se le llenaban de lágrimas los ojos.
Esos son, Cuba, tus verdaderos hijos; hoy están con nosotros, y allí estarán mañana en la trinchera, latiendo en cada corazón, si fuera necesario defenderte.
[1] José Martí, Obras Escogidas en Tres tomos, Editora Política, La Habana, 1979, t. II, p. 553
[2] Cintio Vitier, Ese Sol del Mundo Moral, Ediciones unión, La Habana, 2002, p. 53
[3] Ídem, t. I, p. 119
[4] Íbidem.
[5] Íbidem.
[6] Ídem, p. 123
[7] Ídem, t. I, P. 154
[8] Íbidem.
[9] Ídem, t. III, p. 315
[10] Íbidem.
[11] Ídem, p. 321
[12] Aunque el propio Martí, siguiendo las costumbres de su tiempo, alude en reiteradas ocasiones al Grito de Yara, y este hecho continuaría repitiéndose en lo sucesivo hasta hoy como el inicio de la Guerra de Independencia, es justo reconocer—como han insistido varios prominentes historiadores cubanos—que el grito de independencia que dio inicio a la revolución tuvo lugar en el ingenio La Demajagua, en la madrugada del 10 de octubre de 1868.
[13] Ídem, t. II, p. 320
[14] Ídem, p. 324
[15] Fondos del Museo Provincial Ignacio Agramonte, de Camagüey, citados por Luis Álvarez Álvarez y Gustavo Sed Nieves en su libro El Camagüey en Martí, Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello y Editorial José Martí, 1997, p. 309
[16] José Martí, Obras Completas, t. 5, p. 378
[17] Ídem, p. 322
[18] Íbidem.
[19] O. E., Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1992, t. II, p. 237