jueves, 19 de julio de 2007

PILLE


Allá viene, de lado, como todos los días por el camino polvoriento, con la cabeza gacha y azotándose el flanco con el brazo derecho, mientras en el otro agarra sobre el hombro un viejo saco de guardar cualquier cosa. Hundido los restos de sombrero hasta las cejas y el cabo de tabaco de un lado a otro de la boca en un movimiento ya inconsciente. Viene así, como cada día desde hace treinta años, rumiando dios sabe qué rencores contra los que le quitaron el amor.

Pille no nació rico, pero arriesgó el pellejo en la revolución para que no hubiera más pobres. Entonces creyó poder recuperar a la familia, pero no, tuvo que conformarse con saber que los niños estaban bien y ella aún lo quería, a pesar de que su nombre seguía prohibido como antes en la nueva casa que levantaron sus padres del otro lado del mar, en una tierra extraña y sin amigos. Eso no lo soportó. Había aprendido a tender emboscadas, a batirse con sus quince hombres contra una compañía del ejército; a bajar vestido de guajiro hasta los pueblos en busca de alimentos o informaciones; a desafiar la muerte cara a cara durante tantos meses, y todo lo venció, menos la impresión de no encontrarlos al terminar la guerra que había hecho también por ellos.

Así comenzó todo, como un alejamiento melancólico, como un estancamiento en la memoria. Y se apartó del mundo poco a poco. Por gusto los consejos, los amigos, los médicos; en vano tratamientos y remedios, él no quería vivir, pero tuvo el valor de no matarse. Se quedó consigo mismo en aquella tragedia personal que los padres quisieron disimular cambiándose de pueblo. Fue entonces que llegó aquí, y así lo conocimos todos, eterno caminante que rehace una y otra vez las marchas de la Sierra para que no lo adivine el enemigo que ahora lleva consigo sin lograr distraerlo ni matarlo.

De vez en vez se colaba algo de claridad en su hermetismo, entonces conversaba de cualquier tema, pedía un cigarro o pagaba cinco centavos a los muchachos para que le sacaran las canas mientras dormía la siesta en su catre. Fue siempre como un amigo grande para los niños que éramos entonces, no le teníamos miedo a su locura, no fue contra nosotros. Nadie supo jamás de su violencia, sólo aquellos soldados que cayeron en sus emboscadas cuando la guerra. Luego se han conocido muchos detalles de su vida, pero nadie ha querido contar la verdadera historia. Ha faltado valor.

Los del pueblo ya no pueden cambiar, sólo ven a este lunático hediondo que viene por el camino polvoriento cada día con su insondable saco al hombro, caminando de lado, con la cabeza gacha y azotándose el flanco con el brazo derecho.

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La Habana, 22 de marzo de 2005