jueves, 19 de julio de 2007

UN VIAJE A LA RAÍZ



Llevaba casi veinte minutos frente a la hoja en blanco que me miraba como una araña peluda bocarriba, como una ventana al vacío donde podía pintar una historia que existía desde siempre. Dura tarea la de escribir. La mente flota sobre la música de Bach sin encontrar asideros a una historia que necesita ser contada. Comienzo a teclear sin descanso. Algo saldrá, sin duda, un ejercicio de redacción al menos, y eso es útil, probar que no he perdido la capacidad de fabular.
De pronto, por entre las brumas de la mente aparece Katrina, la yegua noble del abuelo. Un animal hermoso. Le brillaban los ojos cuando la traían debajo de la guásima del patio para ensillarle el carretón. Habría viaje, sin duda, a la tienda o al río, a veces al carnaval, que era el peor paseo, porque volvían muy tarde, con mucha gente arriba, todo el mundo gritando, alegres, y ella también, pero se cansaba más.
El paseo a la tienda del pueblo no era malo, podía caminar despacio porque el abuelo no le apuraba el paso, en el fondo era un viejo manso, como ella, sin apuros. Le gustaba cruzarse con otros viajeros por el camino para oír con qué respeto saludaban al abuelo los demás hombres: “Niño, como anda usted”, “¿Cómo anda la familia, Niño?” “¿Cómo va esa salud?” “¿Qué le parece, Niño, el aguacerito de ayer para el maíz?”, y el viejo a todo contestaba “bien ¿y usted?” o "¡Ahí, regular, ¿y tú?", y saludaba en agradecimiento, con el eterno sombrero de yarey amoldado como un tricornio inglés.
Después, mientras el abuelo hacía la cola del pan o los mandados, ella esperaba amarrada al poste de la corriente, con la rienda larga para que pudiera rapiñar las yerbitas que crecían tiernas después de la llovizna. Antes llovía mucho por acá. Ahora no se recuerda ni el olor de la lluvia, de la tierra mojada, ese olor único que me hacía tan feliz. Esperaba hasta que el viejo saliera cargado de bolsos, aquellos bolsos de saco de yute del central, que la abuela hacía bien fuertes para que no se rompieran tan pronto. Y los ponía en el piso de tablas del carretón. Luego subía con su santa paciencia y se acomodaba en el tablón de algarroba que servía de banco. Y salían otra vez por el camino a casa donde esperaba el nieto para preguntarle “qué me trajiste, abuelo”, y enseñarle el juego de damas que no duraría hasta el próximo viaje a la tienda, o una lata de leche condensada que era el dulce preferido del muchacho. Después le quitaban el carretón y los avíos, y le daban un baño antes de soltarla en el potrero con las vacas, las ovejas y los otros caballos.
De todos los paseos, el del río le gustaba más. Era el mejor día de fiesta para la familia. Colocaban encima del carretón unos calderos con tamales, congris y viandas, y en un saco el puerco que asarían para el almuerzo. Casi siempre iban los primos en el carretón del tío Pepe, y su caballo alazán; y hasta los abuelos se embullaban de vez en cuando. Entonces el abuelo ensillaba a Bembón, el caballo negro resabioso que sólo a él respetaba, y cuando los soltaban en el potrero cerca del río, siempre andaba detrás de ella para montarla. Pero a Katrina le gustaba oír la risa de los niños, su chapoleteo en el río, y el barullo que armaban cuando se iban a repartir los anoncillos o los mangos. A la hora del almuerzo, cuando ya se había asado el puerco, los llamaban y les servían en unos platos recortados de yagua verde que aumentaban el olor y el sabor del alimento. Todo era tan natural. Hoy apenas si quedan palmas en estos montes, y no hay quien siembre otras, por lo que es seguro que un día no habrá ninguna, entonces el monte se verá muy triste, será solo un montón de matojos y bejucos.

La vida no cambia, cambia la gente que se despreocupa del mundo y deja todo como está sin pensar que no siempre las cosas estuvieron ahí, alguien en algún momento tuvo que sembrar o al menos dejar crecer esas palmas, esos mangos, esos anoncillos que los niños comían a la orilla del río. Pero no, creemos que el mundo se reproducirá solo, que los paisajes nunca dejarán de estar donde están porque no pueden moverse, peor, pueden cambiar sin irse y nunca ser los mismos, y eso es más triste que si se hubieran ido porque al menos nos quedaría la esperanza de que podrían volver.

Yo habría querido pensar así hace tiempo, cuando también cazaba pajaritos y cortaba palos en el monte sin pensar que un día me sentiría culpable de una tristeza colectiva, la de no encontrar, por más que busco, aquellos lugares donde un día paseé en el carretón con mi familia, camino de aquel río que hoy es solo un charco estancado de aguas sucias, desde las que el abuelo me sonríe con sus aires cortados por el asma que nunca lo dejó, para que yo no olvide lo que soy de verdad, y no me acuerde de ello sólo cuando tengo delante una hoja en blanco que me mira como una araña peluda bocarriba.


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La Habana, 20 de marzo de 2005

PILLE


Allá viene, de lado, como todos los días por el camino polvoriento, con la cabeza gacha y azotándose el flanco con el brazo derecho, mientras en el otro agarra sobre el hombro un viejo saco de guardar cualquier cosa. Hundido los restos de sombrero hasta las cejas y el cabo de tabaco de un lado a otro de la boca en un movimiento ya inconsciente. Viene así, como cada día desde hace treinta años, rumiando dios sabe qué rencores contra los que le quitaron el amor.

Pille no nació rico, pero arriesgó el pellejo en la revolución para que no hubiera más pobres. Entonces creyó poder recuperar a la familia, pero no, tuvo que conformarse con saber que los niños estaban bien y ella aún lo quería, a pesar de que su nombre seguía prohibido como antes en la nueva casa que levantaron sus padres del otro lado del mar, en una tierra extraña y sin amigos. Eso no lo soportó. Había aprendido a tender emboscadas, a batirse con sus quince hombres contra una compañía del ejército; a bajar vestido de guajiro hasta los pueblos en busca de alimentos o informaciones; a desafiar la muerte cara a cara durante tantos meses, y todo lo venció, menos la impresión de no encontrarlos al terminar la guerra que había hecho también por ellos.

Así comenzó todo, como un alejamiento melancólico, como un estancamiento en la memoria. Y se apartó del mundo poco a poco. Por gusto los consejos, los amigos, los médicos; en vano tratamientos y remedios, él no quería vivir, pero tuvo el valor de no matarse. Se quedó consigo mismo en aquella tragedia personal que los padres quisieron disimular cambiándose de pueblo. Fue entonces que llegó aquí, y así lo conocimos todos, eterno caminante que rehace una y otra vez las marchas de la Sierra para que no lo adivine el enemigo que ahora lleva consigo sin lograr distraerlo ni matarlo.

De vez en vez se colaba algo de claridad en su hermetismo, entonces conversaba de cualquier tema, pedía un cigarro o pagaba cinco centavos a los muchachos para que le sacaran las canas mientras dormía la siesta en su catre. Fue siempre como un amigo grande para los niños que éramos entonces, no le teníamos miedo a su locura, no fue contra nosotros. Nadie supo jamás de su violencia, sólo aquellos soldados que cayeron en sus emboscadas cuando la guerra. Luego se han conocido muchos detalles de su vida, pero nadie ha querido contar la verdadera historia. Ha faltado valor.

Los del pueblo ya no pueden cambiar, sólo ven a este lunático hediondo que viene por el camino polvoriento cada día con su insondable saco al hombro, caminando de lado, con la cabeza gacha y azotándose el flanco con el brazo derecho.

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La Habana, 22 de marzo de 2005

jueves, 12 de julio de 2007

MARTÍ VIVO Y ACTUANTE

Ha concluido hace unas horas en La Habana, el XXXIII Seminario Nacional Juvenil de Estudios Martianos. Desde el 8 de octubre del 2006 hasta este día un total de 18 000 ponencias, pinturas, esculturas, danzas, obras de teatro, canciones y obras audio visuales fueron presentadas y debatidas en los niveles de base, municipio, provincia y nación.

Más de 118 000 niños, adolescentes, jóvenes y adultos se vieron involucrados en estos seminarios como ponentes, jurados, asesores, organizadores, etc. Maestros, bibliotecarios, auxiliares pedagógicas, padres, abuelos y familiares y amigos contribuyeron a que esta fiesta del saber, la cultura y el amor fuera posible. A ellos nuestro agradecimiento y felicitaciones.

Se cumplen ya 35 años desde el surgimiento de estos eventos en enero de 1972. Entonces la necesidad de rescatar el verdadero pensamiento de José Martí y divulgarlo entre el pueblo y darlo a conocer al mundo, fue la premisa de aquel alumbramiento.

Grandes batallas de ideas libraron nuestros jóvenes martianos desde los Seminarios contra los que pretendieron tergiversar las ideas del Apóstol para emplearlas contra la Revolución. Luego fueron las luchas en el plano filosófico, para intentar oponer el ideario martiano al pensamiento marxista, basándose en descontextualizaciones y amputaciones vergonzosas del textos martianos sobre Marx y las ideas socialistas.

Ahora pasaron los corifeos de la anti-Cuba a un plano más vergonzozo aún: atacar para intentar destruir la memoria de nuestro hombre mayor, aquel a quien Gabriela Mistral llamó "el hombre más puro de la raza" y "nuestro supremo varón literario". Ni siquiera los dos asesinos más grandes del período republicano osaron atacar la figura de Martí. Antes la ensalzaron y en su nombre pretendían legitimar las barbaridades que contra el pueblo cometían para satisfacer intereses mezquinos y privados.

Sin embargo, los cubanos de la isla han crecido bastante en términos culturales, y los que por una u otra razón emigraron solo de la tierra y no del alma cubana, les han salido al paso a estos nuevos y viejos "alquilones". José Martí resume en su vida y en su obra las más altas aspiraciones del género humano, basadas en la felicidad de todos los hombres de la tierra y en el goce pleno de sus facultades, extendiendo los límites de su derecho y de su bienestar hasta allí donde comienza el derecho y el bienestar de otro hombre.

Han divulgado a los cuatro vientos gracias a las "bondades" de los que pretenden ahogar en sangre, sufrimiento y hambre al pueblo donde nacieron, que las nuevas generaciones de cubanos rechazamos estudiar al Maestro. Nunca se vio blasfemia mayor. Porque muchos de los mismos que esto dicen, aprendieron a cantar cada mañana en la escuela que les fue regalada, frente a su imagen al pie de la bandera, el Himno de Bayamo, ese que dice que "la patria os contempla orgullosa", que "morir por la patria es vivir".

Pero no hay peor ciego que el que no quiere ver. Nosotros seguiremos reuniendo cada año, como desde hace 35, a decenas de miles de niños, adolescentes y jóvenes para hablar y aprender, para beber en la fuente de espiritualidad inagotable que es su vida, los antídotos imprescindibles que impedirán mañana que seamos Iscariotes de esta Cuba infinita que ama y sueña con un mundo de paz para todos los hombres de la tierra, y trabaja cada día para hacerlo posible mientras a la humanidad le quede tiempo.

JOSÉ MARTÍ: LA CULTURA Y LA REVOLUCIÓN HUMANA



Es imposible en los tiempos que corren hacer un análisis del papel que ha tenido la cultura en el proceso revolucionario cubano a lo largo de los últimos dos siglos, sin hablar de la influencia de acontecimientos acaecidos allende nuestras costas. Pocos hechos tienen lugar de manera aislada, siempre habrá un vínculo, un soplo, un reflejo que los una a otros sucesos humanos anteriores, posteriores o coetáneos. Por lo tanto hablaré desde Cuba sobre algunos temas de cuya solución depende en gran medida la supervivencia de la especie humana.
Desde esta perspectiva, los cubanos hemos aprendido que, además del exaltado patriotismo del padre Félix Varela y del sabio don José de la Luz, venimos también—por sólo citar algunos ejemplos—del afán visionario de Simón Rodríguez, aquel que, a más de moldeador del Libertador, le sobró voluntad para no humillarse ni rendirse en su auto asignada tarea de iluminar con el conocimiento y la cultura el porvenir de nuestros pueblos, y sus últimos días los dedicó a fabricar velas porque era ya—según dijo—la única manera que le quedaba para darle luces a la América. De allá venimos, del sueño colombéico de Francisco de Miranda, y del poeta sublime que también fue Simón Bolívar cuando en su delirio sobre el Chimborazo trazó la visión tremenda de su propia obra y del destino de nuestra patria grande. El fue, es y será inspiración fecunda no sólo de los bravos que empuñaron las armas para labrar el tronco de nuestra libertad, sino también de otros, no menos bravos, que dejaron al correr de sus plumas plasmadas en el papel, y al correr de su sangre plasmadas en la tierra, las memorias sagradas que convocaron nuevos brazos para las batallas posteriores, y siguen prestas a servir en la labor constante y necesaria de “echar a los hombres del envilecimiento a la dignidad”.
De José María Heredia venimos, el conspirador que cantó al Niágara para cantarle al mundo, y siguiendo a Bolívar se lo encontró el destierro, la nostalgia y la muerte. De la mano de Heredia en las tertulias de su maestro Mendive, entró José Martí al mundo americano, y se quedó a vivir en él para siempre. De Martí nos viene la vocación de universalidad en la cultura que condiciona en última instancia el internacionalismo y la solidaridad en lo político y en lo social. Sin conciencia clara de la “identidad universal del hombre” no es posible aspirar al ente solidario, altruista y generoso que necesita el mundo. Sólo el convencimiento de que en verdad “Patria es Humanidad”, puede hacer la maravilla de que hombres nacidos en la brevedad de una época y en la finitud de un paisaje, hayan decidido morir en los más diversos puntos de la geografía mundial. Ellos han escrito, sin saberlo acaso, el mejor poema que pueda escribirse, porque la poesía más difícil es la que está en los actos y en los hechos. Yo no creo ni podría creer en el poeta que es capaz de conmoverse ante un paisaje o una puesta de sol, y sin embargo puede permanecer impasible ente la miseria y el dolor humanos. Así podrá serse fabricador de versos, pero no poeta. Los versos--decía Martí—no se han de hacer para decir que se está contento o se está triste, sino para ser útil al mundo; que la poesía escrita es grado inferior de la virtud que la promueve, porque el hombre siempre será superior a la palabra.
Por supuesto, es esa conciencia universal, que sólo puede dar el conocimiento instintivo o instructivo de “la idea del bien”, la que moviliza lo mejor de lo humano hacia tales acciones. Sin conciencia y vocación humana puede serse conquistador o mercenario, pero jamás un hombre, mucho menos un revolucionario, que es, como lo calificara el Che, “el escalón más alto de la especie humana”. Sin cultura humanista puede haber masacre y exterminio, pero jamás lucha por la liberación humana. La visión clara de la felicidad del hombre como principio y fin de todo empeño, fue la que llevó a José Martí a pregonar “la guerra sin odio” contra el dominio colonial de España, jamás contra el español como individuo, ni contra España como nación y cultura. En nuestras guerras no se mataba por odio a España sino por amor a Cuba. No hemos sido los cubanos, en lo fundamental, soldados por vocación sino por necesidad. El iniciador de nuestras gestas independentistas, al que llamamos el Padre de la Patria, Carlos Manuel de Céspedes, era abogado, poeta, autor de una de nuestras canciones antológicas; amante de la música; un hombre de la cultura.
Poetas fueron en su mayoría, y hombres de la cultura, quienes en los años de la república neocolonizada por la intervención norteamericana en nuestra última guerra contra España, en 1898, promovieron las ideas de José Martí, reconocido ya como el Apóstol de la independencia de Cuba. Ellos fundaron, bajo la guía de Julio Antonio Mella, la federación de estudiantes Universitarios, la Liga Antiimperialista, el Partido Comunista de Cuba, y la Universidad Popular José Martí, para que el pueblo tuviera “luces”, que como dijo Bolívar, junto a la moral, eran las primeras necesidades de nuestros pueblos, y lo serán siempre si queremos ser verdaderamente libres, y no víctimas de corruptos y ambiciosos.
Fue la vocación y la convicción de universalidad la que condujo al Comandante Che Guevara a estar dispuesto a dar su sangre y su vida por la libertad de cualquier pueblo del mundo, lo cual demostró con su participación en la Revolución Cubana, donde se forjó, la campaña en el Congo y su posterior hazaña de Bolivia, donde se sembró para siempre en la tierra y en la historia. Ha sido la claridad meridiana, la absoluta certeza de que el hombre es uno en todas partes y como tal merece vivir libre, feliz y dignamente, la que ha conducido a Fidel a colaborar en la felicidad de otros pueblos. La cultura y la educación forjadas por la Revolución en estos años desde 1959, siguiendo la tradición humanista que condujo hasta ella, ha preparado a las generaciones de cubanos que han llevado el mensaje solidario y humano de Cuba a los más insospechados parajes. Las misiones médica y educativa han sido fundamentales en la concreción de esa cultura acumulada.
Curar a un enfermo es salvar una vida. Enseñar a leer a un analfabeto es salvar a un ser humano; es levantar al animal que habla a la altura de lo humano. Instruirlo en el conocimiento esencial para entender el mundo en que vive y manejar las fuerzas que lo rigen, es completar en el ser humano al hombre consciente de su propia existencia. El conocimiento es el verdadero poder, el que sabe más, vale más, pero sólo si al conocimiento de la mente une la bondad del corazón. El saber que se asocia a la maldad es una aberración y deberá ser combatido en todas partes. “La inteligencia—decía José Martí—no es la facultad de imponerse, es el deber de ser útil”; y si “ser culto es el único modo de ser libre”, “ser bueno es el único modo de ser dichoso”. El pueblo chino atesora en proverbios una sabiduría ancestral, de ella tomo aquel que dice que la inteligencia camina más aprisa, pero el corazón llega más lejos. A lo racional ha de anteponérsele siempre lo razonable, porque si bien todo lo razonable es racional, no todo lo racional es razonable. Hay cosas que pueden hacerse desde el punto de vista de la razón, pero no deben hacerse desde el punto de vista de la ética. La bomba atómica se podía construir, desde la ciencia, pero no debió construirse, desde la ética.
La masificación de la educación y la instrucción, junto al afán de que el pueblo alcance una verdadera cultura general integral, es el único camino para alcanzar un mundo mejor. Si partimos del hecho real de que ese mundo mejor que es posible, sin dudas, no lo encontraremos a la vuelta de la esquina porque no existe, lo que existe es la posibilidad latente, necesaria y hoy obligatoria de construirlo con nuestras propias manos, entonces estaremos de acuerdo en que semejante reto no lo podremos vencer con la enorme masa analfabeta e inculta que hoy padece el mundo. Ellos no son la rémora sino el acicate, la posibilidad de sumar a este empeño la fuerza descomunal de las mayorías. El lastre son las exclusiones, los pesimismos, la filantropía y la inercia. Filantropía no es humanismo, no es con limosnas ni con las cacareadas “obras de caridad” como se alcanzará un mundo mejor, sino con solidaridad. No es dando lo que nos sobra, sino compartiendo lo que tenemos; no es combatiendo, eliminando o marginando al pobre, sino eliminando la pobreza. No será ignorando a las mayorías desposeídas desde una posición elitista, sino yendo hasta ellas a instruirlas, a levantarlas al conocimiento verdadero de la dignidad humana. Creo que como en los tiempos de Martí, la cruzada se ha de emprender ahora para revelar al hombre su propia naturaleza, para que sienta la dicha de ser criatura amable y cosa viviente en el magno universo.
Bolívar dijo que un pueblo ignorante es un instrumento ciego de su propia destrucción, demás está decir entonces que un pueblo instruido es el instrumento más eficiente de la construcción de su propia felicidad. Como vemos, el camino ha sido señalado desde hace doscientos años para los hijos de América, aunque ya Sócrates había dicho que el conocimiento es la virtud y que sólo si se sabe se puede divisar el bien. No hace falta por lo tanto empeñarnos en crear caminos nuevos, sino extraer de “la maleza ideológica de siglos” las señales del verdadero camino humano. Ese camino no será nunca hacia la oscuridad sino hacia la luz. Durante siglos los poderosos se han empeñado en ocultar las sendas verdaderas del ascenso humano, y siguiendo sus instintos egoístas se han erigido en guías hacia el exterminio de la especie. A pesar de que todas las épocas han contado con esos hombres luz que han sido asesinados, encarcelados o desaparecidos, hoy nos encontramos al borde de la catástrofe. Es necesario retomar el camino de la luz que es el de la felicidad de los hombres. Sólo la solidaridad y el humanismo nos llevarán de vuelta al sitio donde extraviamos el rumbo, cegados o poseídos por los cantos de sirenas.
En la búsqueda de ese camino creo obligatorio distinguir entre lo que es la verdadera cultura de nuestros pueblos, y como tal, patrimonio de toda la humanidad, y aquella seudo cultura fabricada por los poderosos como medio de dominación utilizando resortes culturales, porque no hay otra manera de llegar a los hombres sino a través de la cultura. Sabemos cuantas sutilezas se emplean para hipnotizar o idiotizar a las masas humanas empleando esos mecanismos creados por la cultura, sin embargo hay desfiguraciones demasiado burdas como para no ser reconocidas a simple vista. Rambo y Batman nada tienen que ver con lo mejor de la cultura norteamericana, por poner el ejemplo en el propio terreno de los manipuladores, sin embargo es lo que se promueve como símbolo del poder de una raza que no podía ser más híbrida producto de su propio desarrollo histórico. Se ha secuestrado la cultura original de los pueblos, incluyendo al norteamericano, y se ha sustituido por una grotesca caricatura que no refleja a pueblo alguno, antes por el contrario, ha sido hecha para ser reflejada por todos los pueblos en la búsqueda de una absurda homogenización fatídica que desnaturaliza las identidades dentro de la infinita diversidad de pueblos y culturas. Homogenización que nos reduce a simples marionetas: vestimos, pensamos, vivimos como nos dicen que debemos hacerlo, y por desgracia nuestra son más los que gustosa o indolentemente imitan que los que se resisten a ser colonizados culturales. Nuestro libre albedrío ha quedado reducido a la posibilidad de elegir de qué manera y por qué vía queremos consumir la mediocridad que se nos ofrece forrada de lentejuelas o como las mismas cuentas de vidrio de hace quinientos años.
El saber acumulado por la especie humana es suficiente para salvarse del exterminio, pero es preciso vincular este conocimiento a la ética y al sentimiento de bondad, de lo contrario seguiremos involucionando hasta quedar reducidos a animales parlantes, aunque creo que ni para eso tenemos tiempo ya. Recordemos siempre aquella advertencia de José Martí que cito en extenso: “Los hombres necesitan quien les mueva a menudo la compasión en el pecho, y las lágrimas en los ojos, y les haga el supremos bien de sentirse generosos: que por maravillosa compensación de la naturaleza aquel que se da, crece; y el que se repliega en sí, y vive de pequeños goces, y teme partirlos con los demás, y sólo piensa avariciosamente en beneficiar sus apetitos, se va trocando de hombre en soledad, y lleva en el pecho todas las canas del invierno, y llega a ser por dentro, y a parecer por fuera,--insecto.”
Construyamos pues, con paciencia y valor, hombres verdaderos, en el escaso tiempo que nos queda; y mantengamos los insectos en el límite indispensable al equilibrio de la naturaleza.



(Intervención en el encuentro de jóvenes intelectuales, efectuado en Caracas en el marco del 16 Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes)

martes, 3 de julio de 2007

La utilidad de la virtud: Ignacio Agramonte en José Martí.

Muchos y de muy diversos modos fueron los influjos que recibió José Martí de los Hombres del 68. Adolescente aún, en la casa del maestro Mendive, observaba como éste “seguía, de codos en el piano, la marcha de Céspedes en el mapa de Cuba”[1]; recitaba en el patio, al pie de los plátanos, junto a los otros muchachos del colegio San Pablo, el soneto del “Señor Mendive” a Lersundi; o veía, en aquellas noches de la calle del Prado, cómo en el propio cuarto de Mendive se ocultaba de la policía española que lo perseguía, el patriota camagüeyano José de Armas y Céspedes. En este clima, su mente y su corazón se hallaban prestos a recibir como tierra fértil la semilla del patriotismo que germinaría en él con fuerza incontenible. Temprano y de cerca sintió Martí los influjos del Camagüey legendario, y especialmente de aquel que habría de convertirse con el tiempo, por la fuerza y la nobleza de su carácter, en la mayor leyenda: Ignacio Agramonte.

El maestro Cintio Vitier ha dicho que “en cuanto a Ignacio Agramonte, Martí lo ve como el prototipo de la eticidad épica cubana y tuvo por él, entre los hombres de acción, preferencia comparable a la que sintió por Luz entre los hombres de pensamiento.”[2]

El respeto tributado por Martí a los padres fundadores fue constante; es ostensible en sus escritos, en las referencias que hace a ellos de manera pública o en la intimidad de una correspondencia epistolar. Estudió en el destierro y con toda la profundidad que le permitieron las fuentes de que pudo disponer, los caracteres más sobresalientes de la Guerra Grande, porque creía que “las glorias no se deben enterrar sino sacar a la luz”[3], como le dice en su primera carta al general Máximo Gómez, escrita presumiblemente en 1878, y donde le pide información para un libro que estaba escribiendo sobre la guerra de Cuba; “Seré cronista, ya que no puedo ser soldado”[4],--dice, y como tal necesitaba saber de primera mano los cargos que podían hacérsele y las razones que podían esgrimirse en defensa de Céspedes. Y en esta carta, a renglón seguido, aparece ya su interés por el Bayardo Camagüeyano, al confesar que sobre todo, necesitaba saber “qué fue una carta que Ignacio Agramonte envió a Céspedes sobre renuncia de mando y mantenimiento de pensión.”[5]

Del libro en cuestión no se tiene más noticia que la referencia que hace en la carta a Manuel Mercado desde Guatemala, el 6 de julio de 1878, donde cuenta la triste decisión que se había visto obligado a tomar de volver a Cuba, --concertada ya la paz del Zanjón--, por los ruegos de su esposa y para que naciera en ella su hijo, y la pena que le embargaba al ver burlada su absoluta creencia de que era imposible la extinción de la guerra en Cuba, y el hecho de que esto ocurriera precisamente “¡Ahora que tenía casi terminada—escribe--, con el amor y ardor que V. me sabe, la historia de los primeros años de nuestra Revolución!—Había revelado a nuestros héroes, escrito con fuego sus campañas, intentado eternizar nuestros martirios. Con minucioso afán, había procurado enaltecer a los muertos y enseñar algo a los vivos. Ningún detalle me había parecido nimio. Todo lo hacía yo resplandecer con rayos de grandeza:--de su eterna grandeza.--¡Y esta obra noble y filial de un espíritu libre, irá ahora clavada como un crimen en el fondo de un baúl!—Mucho he de padecer en una tierra donde no puede entrar semejante libro.”[6]

Se supone que este texto se encontraba entre la papelería que Martí ordenó quemar cuando fue apresado en La Habana en septiembre de 1879 y conducido a su segundo destierro. Aunque nos hubiera gustado disfrutar de aquellas narraciones escritas por la pluma fogosa de Martí y acrisoladas por su acendrado patriotismo, debemos concluir que no todo se perdió con la desaparición del libro, pues es evidente que la preparación del mismo le facilitó a su autor la realización de un estudio minucioso de la atmósfera en que se desenvolvió la campaña de la década heroica; las corrientes de pensamiento que se movían en ella, las flojedades de ánimo, intrigas, celos y diferencias que al cabo dieron al traste con la revolución.

La evidencia mayor de esta afirmación la tenemos en el análisis detallado de la situación cubana que realiza Martí, recién llegado a Nueva York, en su Lectura en Steck Hall, el 24 de enero de 1880, ante los emigrados cubanos. En aquella ocasión, Martí realiza el desmontaje de los acontecimientos más relevantes de los diez años de lucha; las causas y condiciones del debilitamiento de la revolución; levanta con su palabra al lugar de honor donde todos han de verlos, a los que pudiendo permanecer en la isla sometida y disfrutar de determinadas ventajas a cambio de una obediencia y una sumisión más amargas que las desventuras del destierro, renunciaron al bienestar propio y al de su familia para cargar como una culpa hacia el exilio la dignidad y el honor de los caídos, de los muertos ilustres que se pusieron de abono de su pueblo. Salva de la deshonra a los cubanos buenos que por una razón justificada no pudieron emprender igual camino, y necesitaban más valor para soportar en silencio la mancilla y la burla constante, que el que habían necesitado para enfrentarlos cara a cara en los rudos combates de la víspera. “No hablo yo—dice—de aquellos mártires escasos que por cumplir melancólicos deberes, sacrificaron vehementes aficiones”[7]; pero fustiga y clava como en una picota a “los que vivieron de brazo con los elementos españoles, y les sirvieron en sus oficinas, y escribieron en sus periódicos, y se alistaron en sus filas, y engastaron en la luctuosa cinta de hule los colores a cuya sombra se disparaban en aquel instante las balas que echaban por tierra a Ignacio Agramonte y a Carlos Manuel de Céspedes.”[8]

Entre la emigración gustaba Martí de reunirse con los veteranos de la guerra y escucharles los relatos de la epopeya gloriosa; seguía la huella no sólo a los héroes, sino también a los que habían peleado cerca de ellos, para hacerse una mejor idea de aquellos hombres mayúsculos y a la vez descubrir y proclamar la grandeza silenciosa de tanto héroe ignorado.

Leía constantemente las publicaciones que sobre tales hechos encontraba o les eran enviadas por sus compañeros. De la reverencia con que acogía estos escritos nos da fe su prólogo al libro Los Poetas de la Guerra, en que pinta la escena conmovedora donde “una noche de poca luz, después del día útil, en el rincón de un portal viejo de las cercanías de Nueva York, recordaba un general cubano, rodeado de ávidos oyentes, los versos de la guerra”[9], y la sugerencia espontánea de no dejar perderse en el olvido aquel tesoro de nuestra infancia libertaria, y luego la publicación pronta de “los versos que Serafín Sánchez, el recitador de aquella noche, aprendió de los labios de los poetas, en los días en que los hombres firmaban las redondillas con su sangre.”[10] Este sublime respeto al sacrificio lo lleva a significar que la poesía de estos héroes no estaba en lo que escribían, sino en lo que hacían; que acaso rimaban mal, pero morían bien, y deja para todos los tiempos una aseveración que aún hoy nos electriza: “...la poesía de la guerra no se ha de buscar en lo que en ella se escribió: la poesía escrita es grado inferior de la virtud que la promueve; y cuando se escribe con la espada en la historia, no hay tiempo, ni voluntad, para escribir con la pluma en el papel. El hombre es superior a la palabra.”[11]

El afán de Martí por ir siempre a la raíz de las cosas lo lleva a crearse un método original para analizar los asuntos de la patria, sean cuales fueren, desde el análisis de la poesía de Heredia o José Joaquín Palma, hasta las valoraciones respecto a la conducta de los próceres tanto cubanos como de otras latitudes. Esta manera de interpretar la historia, de analizarla no solamente con el frío instrumental de la academia, sino sobre todo con el corazón --siempre que la pasión no turbe el juicio--, con el respeto que merece todo el que supo un día ponerse de cimiento de un tiempo nuevo, hubiera ahorrado a los pueblos que coexisten en los albores del siglo XXI descalabros inmensos que han debido pagar luego muy caro, algunos al costo de su propia existencia como naciones libres.

El análisis que hace Martí de las figuras de Céspedes y Agramonte en su artículo publicado en El Avisador Cubano, el 10 de octubre de 1888, veinte años después del Grito de La Demajagua[12], es un modelo de análisis histórico objetivo y honroso, para los estudiados y para el estudioso, que no se deja influir por pasioncillas gusanosas, ni pueriles dictámenes librescos, sino que visto todo en conjunto, el brillo de la virtud que los anima y que de ellos emana, es inmensamente superior a las sombras que pudo echar sobre sus actos su propia condición humana. Por ello acota brevemente dos elementos que pudieran pasar desapercibidos: de Céspedes dice que “no fue más grande cuando proclamó a su patria libre, sino cuando reunió a sus siervos, y los llamó a sus brazos como hermanos”[13], y de Agramonte, que “jamás fue tan grande, ni aun cuando profanaron su cadáver sus enemigos, como cuando al oír la censura que hacían del gobierno lento sus oficiales, deseosos de verlo rey por el poder como lo era por la virtud, se puso en pie, alarmado y soberbio, con estatura que no se le había visto hasta entonces, y dijo estas palabras: “¡Nunca permitiré que se murmure en mi presencia del Presidente de la República!””[14]

El mismo día en que aparece este artículo, Martí pronuncia un discurso en honor al 10 de octubre en el Masonic Temple de Nueva York, en el que hace referencia a Ignacio Agramonte. Entre los patriotas que se encontraban presentes estaba Amalia Simoni, la esposa de Agramonte, quien cuatro días después le envía una carta a Martí felicitándolo “por su inspirado discurso tan oportuno, como patriótico y bello.”[15] Por la dignidad con que ha sabido seguir siendo fiel a las ideas y a la memoria del esposo, el respeto que Martí siente por El Mayor se trasmite igualmente a Amalia, como se observa en este escrito publicado en Patria el 25 de junio de 1892: “por la dignidad y fortaleza de su vida; por su inteligencia rara y su modestia y gran cultura; por el cariño ternísimo y conmovedor con que acompaña y guía en el mundo a sus dos hijos, los hijos del héroe,--respeta Patria y admira a la señora Amalia Simoni, a la viuda de Ignacio Agramonte.”[16] Amalia a su vez, admiró en Martí las virtudes que lo identificaban con Agramonte, y como amiga sincera le ofrece su casa.

Martí, que pensaba que las montañas culminan en picos, y los pueblos en hombres, reconoció en el carácter de Agramonte el del Camagüey, y en parte eso explica, unido al conocimiento de la valía de otros hijos ilustres y de las tradiciones de lucha de esta provincia, la confianza que siempre tuvo en el patriotismo camagüeyano, aún en un período tan incierto como el que precedió al inicio de la Guerra Necesaria, cuando la ruina de la pasada contienda –que en esta región fue más inclemente que en otra alguna de la isla—había sido superada por la laboriosidad de los principeños, y se dejaba atrás el fantasma de la miseria, amén del arraigo que estas mismas condiciones propiciaron al elemento autonomista.

A fondo debió Martí conocer al hombre, cuando al calificarlo como un “diamante con alma de beso” logró sintetizar su carácter de manera que 115 años después nadie ha podido aun superar. O cuando describiendo las virtudes de aquel que fue “un ángel para defender, y un niño para acariciar”[17], le celebra que haya enseñado a leer a su amigo mulato Ramón Agüero con la punta del cuchillo en las hojas de los árboles; o la forma de tratar a sus hombres de manera que parecía que curaba como médico cuando censuraba como general; o el hecho sublime de que se valiera de su renombre “para servir con él al prestigio de la ley, cuando era el único que, acaso con beneplácito popular, pudo siempre desafiarla.”[18]

Sin embargo, la voluntad y disposición al sacrificio de El Mayor, fueron lo que más le atrajeron, y lo llevan a expresar con vehemencia que “se le quiere, como a cosa de las entrañas, se mira su recuerdo, se le hace hueco en nuestro asiento, se le abre, para que por él se entre, nuestro corazón, se le arropa con el corazón ensangrentado”; lo dice además, porque él es un ejemplo de que los cubanos nunca hemos ido a la guerra por afición, sino obligados por nuestro innato afán de libertad; que hemos preferido siempre la paz, y por asegurarla nos hemos lanzado a la lucha sin cuartel contra quienes han intentado arrebatárnosla conculcando los derechos que constituyen nuestra atmósfera natural, porque no puede haber paz sin libertad. Y aquel hombre que organizó la mejor caballería del Ejército Libertador sin más cienciia militar que el genio y el amor a su tierra, es el que en el silencio y la tranquilidad de su “Idilio” le dice a la noble esposa: “¡Jamás, Amalia, jamás seré militar cuando acabe la guerra! Hoy es grandeza, y mañana será crimen.”[19] Esos hombres tremendos que en la hora sublime en que la patria los llamó a defenderla, dejaron a un lado de la mesa la pluma que escribía el soneto y empuñaron el arma para ir al combate--para muchos el último combate--, esos, son nuestros padres.

Es necesario conocer esa herencia para comprender la descabellada aventura que significaría para cualquiera que lo intentara, agredir a nuestro país. Amamos la paz, la necesitamos para continuar con nuestros maravillosos programas sociales y culturales, en los que nos inspira el sacrificio de hombres como Agramonte; pero si el egoísmo y el odio que pretenden imponerle al mundo una tiranía nazi-fascista, nos obligaran a defender nuestro sagrado suelo, lo haríamos con honor, inspirados también en el ejemplo que nos legó aquel héroe.

Una idea de cuanto admiró Martí la gallardía de Ignacio Agramonte, y hasta donde calaron en él las virtudes de aquel joven guerrero, culto y romántico, símbolo de lo que debía ser la nueva horneada que habría de acompañarle a culminar la faena por aquel iniciada, es su actitud reverente ante los dos pequeños frascos que les fueron mostrados por una cubana buena que vivía también en el exilio: Había guardada en uno de ellos tierra de los potreros de Jimaguayú, donde cayera El Mayor, y en el otro, un mechón de cabello cortado al héroe poco antes de que fuera incinerado su cadáver por los militares españoles--, se puso en pie Martí, transfigurado, como si el General estuviera parado frente a él, y sosteniendo apretadas en sus manos aquellas urnas sagradas --como quien ante una fosa que no se ha cerrado todavía hace un solemne juramento,--quedó en silencio, mientras se le llenaban de lágrimas los ojos.

Esos son, Cuba, tus verdaderos hijos; hoy están con nosotros, y allí estarán mañana en la trinchera, latiendo en cada corazón, si fuera necesario defenderte.

[1] José Martí, Obras Escogidas en Tres tomos, Editora Política, La Habana, 1979, t. II, p. 553
[2] Cintio Vitier, Ese Sol del Mundo Moral, Ediciones unión, La Habana, 2002, p. 53
[3] Ídem, t. I, p. 119
[4] Íbidem.
[5] Íbidem.
[6] Ídem, p. 123
[7] Ídem, t. I, P. 154
[8] Íbidem.
[9] Ídem, t. III, p. 315
[10] Íbidem.
[11] Ídem, p. 321
[12] Aunque el propio Martí, siguiendo las costumbres de su tiempo, alude en reiteradas ocasiones al Grito de Yara, y este hecho continuaría repitiéndose en lo sucesivo hasta hoy como el inicio de la Guerra de Independencia, es justo reconocer—como han insistido varios prominentes historiadores cubanos—que el grito de independencia que dio inicio a la revolución tuvo lugar en el ingenio La Demajagua, en la madrugada del 10 de octubre de 1868.
[13] Ídem, t. II, p. 320
[14] Ídem, p. 324
[15] Fondos del Museo Provincial Ignacio Agramonte, de Camagüey, citados por Luis Álvarez Álvarez y Gustavo Sed Nieves en su libro El Camagüey en Martí, Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello y Editorial José Martí, 1997, p. 309
[16] José Martí, Obras Completas, t. 5, p. 378
[17] Ídem, p. 322
[18] Íbidem.
[19] O. E., Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1992, t. II, p. 237

lunes, 2 de julio de 2007

JOSÉ MARTÍ ANTE LA EXPANSIÓN NORTEAMERICANA

La obra de José Martí ante las apetencias expansionistas del entonces naciente imperialismo norteamericano es vastísima y ocupa múltiples aristas.

Mucho se ha hablado de tres de los momentos cumbres, pudiéramos decir, de esta oposición martiana a la rapacidad del Norte: a saber, la Conferencia Internacional Americana, más conocida como el Congreso de Washington, celebrada entre diciembre de 1889 y enero de 1890; y la Conferencia Monetaria Internacional, que tuvo lugar en 1891. El tercer momento a que hacemos referencia es la carta que dirigió el Apóstol a su amigo mexicano Manuel Mercado, considerada su Testamento Político, el 18 de mayo de 1895, un día antes de su caída en combate en los campos de Dos Ríos.

Sin embargo, cuando nos adentramos en el universo martiano, nos llama poderosamente la atención ver cómo desde los más diversos frentes y utilizando tanto los medios directos, como el periodismo en la época de las Conferencias señaladas, hasta los más sutiles, como La Edad de Oro, Martí desarrolla una intensa y extensa campaña antimperialista –no antinorteamericana—y en la que podemos definir al menos tres vertientes principales:

* El afán porque en los países de lo que él llamó Nuestra América se conocieran, junto a las virtudes que debíamos aprovechar de los Estados Unidos, los horrores morales y las ambiciones voraces que persistían en aquella sociedad y de los que debíamos cuidarnos; las oscuridades que reinaban detrás de las lujosas vitrinas donde, ya entonces, se nos pretendía vender un modelo de vida.

* La necesidad de que en los Estados Unidos se conocieran, no sólo las riquezas naturales, sino –y sobre todo—la historia heroica, las virtudes, los sentimientos, la capacidad de los que habitamos al sur del Río Grande. Veía Martí en esto un factor de primer orden para frenar las ansias expansionistas ganando el respeto del vecino ambicioso al que el desconocimiento de nuestras realidades, dolores y esperanzas lo llevaba a experimentar menosprecio en lugar de la admiración, y lo hacía creernos presa fácil.

* El esfuerzo titánico, continuo y constante por elevar el nivel cultural de los habitantes de nuestros pueblos, a través de una instrucción adecuada a las características de estos países y tomando lo mejor de la cultura universal. La preocupación porque el hijo de Hispanoamérica se sintiera orgulloso de su origen y no se subestimara con relación al anglosajón; y la utilidad de dar a conocer unas a otras las naciones de Nuestra América, porque los que van a pelear juntos deben darse prisa en conocerse, y sólo este conocimiento haría posible la unidad Latinoamericana, baluarte mayor contra el expansionismo imperialista.

Resultan significativas sus tempranas premoniciones respecto al destino de aquella gran nación. Así, en el Cuaderno de Apuntes número 1, escrito durante su primer destierro y cuando apenas tenía 18 años, encontramos este profundo examen sobre las diferencias culturales entre la América Hispana y la América Anglosajona:

“Los norteamericanos posponen a la utilidad el sentimiento.—Nosotros posponemos al sentimiento la utilidad.
Y si hay esta diferencia de organización, de vida, de ser, si ellos vendían mientras nosotros llorábamos, si nosotros reemplazamos su cabeza fría y calculadora por nuestra cabeza imaginativa, y su corazón de algodón y de buques por un corazón tan especial, tan sensible, tan nuevo que sólo puede llamarse corazón cubano, ¿cómo queréis que nosotros nos legislemos por las mismas leyes con que ellos se legislan?
Imitemos. ¡No!—Copiemos. ¡No!—Es bueno, nos dicen. Es americano, decimos.—Creemos porque tenemos necesidad de creer. Nuestra vida no se asemeja a la suya, ni debiera en muchos puntos asemejarse. La sensibilidad entre nosotros es muy vehemente. La inteligencia es menos positiva, las costumbres son más puras, ¿cómo con leyes iguales vamos a regir dos pueblos diferentes?
Las leyes americanas han dado al Norte alto grado de prosperidad, y lo han elevado también al más alto grado de corrupción. Lo han metalificado para hacerlo próspero. ¡Maldita sea la prosperidad a tanta costa![1]

Más adelante, en otro de estos apuntes señala:

“Nunca fue Roma más ilustrada que cuando la mató su vileza.—Nunca estaba Francia más civilizada que cuando entregó cobardemente su libertad.—No se me oculta que va acercándose más a Dios la civilización americana.—Pero yo preveo que morirá sin llegar a él, porque comienza a debilitarse en su principio.—No es Mesalina, como Roma. No es sierva de sus vicios como Francia;--pero tiene algo de romana, y esto la conducirá a morir aún como francesa.”[2]

Estas proféticas palabras nos llevan a pensar que desde los días de alumno del Colegio San Pablo y las tertulias en casa de su maestro Rafael María de Mendive, donde participaban numerosos revolucionarios para analizar la situación del país y del mundo, el joven Martí mostró interés por el desarrollo de la poderosa nación del norte y por su historia. Recordemos que en esta época, junto a otros condiscípulos y a su maestro, llevó al brazo, durante una semana y a pesar del gobierno colonial de España, la banda negra que significaba el luto por el asesinato del leñador bueno, del Presidente Abraham Lincoln.

Una etapa fundamental dentro del proceso de maduración del pensamiento político, revolucionario y antimperialista de José Martí fue durante su estancia en México. El conocer la realidad mexicana de cerca, a través de los círculos intelectuales donde lo introdujo su amigo Manuel Mercado, muy vinculado al gobierno del Presidente Sebastián Lerdo de Tejada, contribuyó a que el cubano comprobara en la práctica la voracidad de la nación del Norte.

Los conflictos que constantemente se sucedían en la frontera entre México y los Estados Unidos, azuzados en su mayoría por los periódicos norteamericanos al servicio de grandes intereses económicos, fueron analizados por Martí, quien a través de sus boletines alertaba del peligro latente y proponía los modos de contrarrestarlo. Al respecto escribiría razones como estas:

“La prensa norteamericana se ocupa incesantemente de los acontecimientos de la frontera: unos periódicos excitan a sus compatriotas contra México: otros, los más escasos, acusan al gobierno de proteger los sucesos de las tierras fronterizas para crear reclamaciones graves con motivo de ellos.
Los que halagan las pasiones pueden más que los que las contienen: el número de los periódicos que excita es mucho mayor que el de los que ven con calma la cuestión.
No se contentan los diarios americanos con comentar hostilmente los hechos, abultados como en la prensa del país vecino es costumbre y especulación: ya piden represalias, ya hay quien haya propuesto la invasión y anexión del territorio.”[3]

Es sorprendente cómo Martí es capaz de desentrañar las sutiles maniobras de los políticos para lograr sus fines, cuestión esta que no era sólo válida para su tiempo, sino que está muy vigente en la actual política norteamericana, recordemos el discurso oficial a raíz de los atentados terroristas del 11 de septiembre del 2001, donde se invocaba, en nombre del patriotismo, la guerra contra Afganistán. Evidenciando la manipulación a la que era sometido el pueblo estadounidense, Martí señala en este mismo escrito:

“la suspicacia es un enemigo terrible, porque no se ve la mano con que ataca: en los Estados Unidos, el pueblo es el dueño, por eso se excita y se conmueve al pueblo: se halagan sus pasiones, para aprovecharse de la situación política que crean sus pasiones excitadas.
...
“¿Se puede pensar sin dolor que un país que nos tiende la mano desde sus puertos, y nos dice que quiere estrechar sus relaciones con nosotros, con la otra mano azuce la guerra en nuestras fronteras, y diariamente inserte en sus periódicos noticias sordas y repetidas que han de alzar a su pueblo contra el pueblo amigo? ¿No es locura imaginar que un pueblo demócrata piense en conquistar y en invadir?
...
“Debe evitarse lo que luego no se podría reprimir: obre la diplomacia contra la diplomacia: así no se encienden rencores: así no se alimentan deseos extraños: así se salva de un peligro probable a la nación.”[4]

En otro de sus Boletines, por esta misma época de litigios fronterizos entre la patria de Juárez y la tierra de Walker, Martí profundiza aún más en sus razones en cuanto al peligro real que representaban las ambiciones de los gobernantes del Norte:

“Vienen acumulándose sucesos, vienen dándose opiniones, vienen presentándose dictámenes en la misma Cámara de Representantes de los Estados Unidos, que están creando en la vecina república una atmósfera que nos es perjudicial, por cuanto quiere llevarse a la opinión pública, norma allí del gobierno, el convencimiento de que es justo, necesario y útil la invasión de una parte del territorio mexicano.”[5]

Y véanse estas conclusiones:

“La cuestión de México, como la cuestión de Cuba, depende en gran parte en los Estados Unidos de la imponente voluntad de un número no pequeño ni despreciable de afortunados agiotistas, que son los dueños naturales de un país en que todo se sacrifica al logro de una riqueza material.”[6]

Hay un pasaje más dentro de estos escritos de Martí, que nos demuestra la utilidad que los días charros aportaron a la evolución política de su pensamiento. Es el siguiente:

“La prensa norteamericana pretende hacernos daño: conviértase al inglés la prensa de México, y vayamos a decir la verdad en su mismo país, para que la opinión vacile y estudie, y no sin detenido examen, se pronuncie en contra nuestra.
Esto urge: hay en los Estados Unidos Mexicanos sobrado patriotas, sobrados inteligentes para hacer esta obra precisa, con toda la prontitud, y el vigor y la actividad que para impedir un mal ya adelantado son ahora de todo punto necesarias.
El mal principia a hacerse: se comienza a creer allí que una invasión a México es justa; se explota el sentimiento de honor patrio, y se aprovecha la exquisita sensibilidad mercantil del pueblo americano: se lleva ya a la Cámara este mal pensamiento, y se lleva engañándola, precisamente en el raciocinio capital en que descansa el dictamen cuya aprobación se pretende. Es fuerza acudir al remedio, con la misma energía, con la misma rapidez, con el mismo ardor con que se hace en la república vecina la propaganda contraria.”[7]
Años después, al destaparse el conflicto del Cayo con los emigrados cubanos, Martí comentaría en una carta la necesidad de dirigirse inmediatamente allá, a decirles a los patronos gringos, en su inglés, las razones que pudieran frenar tal villanía.

No cabe duda de que es en México donde Martí comienza a formarse una visión más objetiva de la realidad latinoamericana. Allí madura, podríamos decir, su sentimiento latinoamericanista. Al marcharse de aquel país hermano, luego del derrocamiento de Lerdo de Tejada y el triunfo del General Porfirio Díaz, el joven cubano dejará para la historia, en breves apuntes, el desgarramiento interior que le produce su partida y el conocimiento de los peligros que amenazan a esta parte de América:

“¡Oh México querido! ¡Oh México adorado, ve los peligros que te cercan! ¡Oye el clamor de un hijo tuyo que no nació de ti! Por el Norte un vecino avieso se cuaja: por el Sur &.&. Tú te ordenarás; tú entenderás; tú te guiarás; yo habré muerto, oh México, por defenderte y amarte, pero si tus manos flaqueasen, y no fueras digno de tu deber continental, yo lloraría, debajo de la tierra, con lágrimas que serían luego vetas de hierro para lanzas,--como un hijo clavado a su ataúd que ve que un gusano le come a la madre las entrañas.”[8]

De México parte Martí hacia Guatemala, donde desarrolla una intensa labor propagandística en función de dar a conocer en ella lo que de bueno y útil se producía en el mundo, principalmente en las demás repúblicas de América, y al mismo tiempo resaltar –él que venía precedido por la fama de orador y literato—las virtudes de esta tierra que debían ser motivo de orgullo para sus hijos. Con este objetivo prepara el proyecto de una Revista Guatemalteca que nunca verá la luz por su pronta salida de aquel país causada por las discrepancias con los procederes del Presidente Justo Rufino Barrios.

No obstante, en su libro Guatemala, Martí expone ideas que demuestran las intenciones vindicadoras de que hemos hablado:

“Estudiaré a la falda de la eminencia histórica del Carmen, en medio de las ruinas de la Antigua, a la ribera de la laguna Amatitlán, las causas de nuestro estado mísero, los medios de renacer y de asombrar. Derribaré el cacaxte de los indios, el huacal ominoso, y pondré en sus manos el arado, y en su seno dormido la conciencia.”[9]

Muestra su intención de hacer conocer en México “cuánto es bella y notable, y fraternal y próspera, la tierra guatemalteca, donde el trabajo es hábito, naturaleza la virtud, tradición el cariño, azul el cielo, fértil la tierra, hermosa la mujer, y bueno el hombre.
Amar y agradecer.

“Allá, en horas perdidas, buscan los curiosos, periódicos de Sur y Centroamérica, por saber quién manda y quién dejó de mandar, y no se sabe en la una República lo que hay de fértil, de aprovechable y de grandioso en la otra.”[10]

La causa de este desconocimiento –obstáculo mayor para la realización del gran sueño de Bolívar—la sitúa en la génesis misma del sistema colonial de España. En tal sentido abunda con reflexiones precisas:

“Pero ¿qué haremos, indiferentes, hostiles, desunidos? ¿Qué haremos para dar todos más color a las alas dormidas del insecto? ¡Por primera vez me parece buena una cadena para atar dentro de un cerco mismo a todos los pueblos de mi América!
Pizarro conquistó al Perú cuando Atahualpa guerreaba con Huáscar; Cortés venció a Cauhtémoc porque Xicontencatl lo ayudó en la empresa; entró Alvarado en Guatemala porque los quichés rodeaban a los zutujiles. Puesto que la desunión fue nuestra muerte ¿qué vulgar entendimiento, ni corazón mezquino ha menester que se le diga que de la unión depende nuestra vida? Idea que todos repiten, para la que no se buscan soluciones prácticas.”[11]

Una de las barreras más sólidas que Martí trata de oponerle al peligro de la civilización anglosajona está en la gran campaña cultural que pretende lanzar sobre los pueblos hispanoamericanos. Ésta se percibe en sus diversos proyectos editoriales, la mayoría truncos, como esta Revista Guatemalteca o distintos periódicos que nunca llegaron a materializarse; otros como La Revista Venezolana y La Edad de Oro, fue inevitable suspenderlos ante determinados condicionamientos de tipo éticos con los que Martí no comulgaba. De todos estos proyectos, sólo el periódico Patria se mantuvo el tiempo necesario para ver morir a su creador y dedicarle un postrer homenaje.

Todos coincidimos en que el período más fecundo en la labor antiexpansionista martiana se enmarca en los 15 años que vivió en las entrañas del monstruo, desde el 3 de enero de 1880 –con una breve estancia de 6 meses en Venezuela en 1881—hasta 1895, que sale de Nueva York para venir a ocupar su lugar en la Guerra Necesaria que había hecho estallar el 24 de febrero de ese propio año y de la que no regresaría más.

En los escritos norteamericanos del Apóstol, encontramos un hecho evidente: nunca niega Martí las virtudes de la gran república del Norte, al contrario, es el primero en reconocerlas, obsérvese si no sus Impresiones de Américas, escritas bajo el seudónimo de Un Español muy fresco; sin embargo, el desarrollo alcanzado por este país no llega a deslumbrarlo al punto de no reconocer sus males, los que yacían muy hondo, en el subsuelo –como decía él.

Las Escenas de Nueva York, su correspondencia con diversos diarios hispanoamericanos como La Nación, de Buenos Aires, o La Opinión Nacional, de Caracas, o los discursos patrióticos que pronunció en su campaña de preparación del Partido Revolucionario Cubano y la Guerra Necesaria, revelan un estudio minucioso de las esencias de aquel país, de las fuerzas que en él se movían y los factores que lo componían. Con estos estudios se confirman atisbos como este:

“Los pueblos inmorales tienen todavía una salvación: el arte. El arte es la forma de lo divino, la revelación de lo extraordinario; la venganza que el hombre tomó al cielo por haberlo hecho hombre, arrebatándole los sonidos de su arpa, desentrañando con luz de oro el seno de colores de sus nubes. El ritmo de la poesía, el eco de la música, el éxtasis beatífico que produce en el ánimo la contemplación de un cuadro bello, la suave melancolía que se adueña del espíritu después de esos contactos sobrehumanos, son vestimientos místicos, y apacibles augurios de un tiempo que será todo claridad. ¡Ay, que esta luz de siglos le ha sido negada al pueblo de la América del Norte! El tamaño es la única grandeza de esta tierra. ¡Qué mucho, si nunca mayor nube de ambiciones cayó sobre mayor extensión de tierra virgen! Se acabarán las fuentes, se secarán los ríos, se cerrarán los mercados, ¿qué quedará después al mundo de esta colosal grandeza pasajera?..”[12]

En 1891 verá la luz su ensayo mayor: Nuestra América. En él Martí hace un análisis de las causas y factores que intervienen en el atraso en que se encuentran nuestros pueblos. Revela los elementos que los frenan, los que los hacen vulnerables y los que los amenazan:

“Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea, y con tal que él quede de alcalde, o le mortifiquen al rival que le quitó la novia, o le crezcan en la alcancía los ahorros ya da por bueno el orden universal, sin saber de los gigantes que llevan siete leguas en las botas, y le pueden poner la bota encima, ni de la pelea de los cometas en el cielo, que van por el aire dormidos engullendo mundos. Lo que quede de aldea en América ha de despertar.”[13]

Y otro de los temas en los que ha venido haciendo énfasis desde años atrás:

“El gobierno ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser el del país. La forma del gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país. El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país.
Por eso el libro importado ha sido vencido en América por el hombre natural. Los hombres naturales han vencido a los letrados artificiales. El mestizo autóctono ha vencido al criollo exótico. No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza.”[14]

Sin remilgos ya, Martí deja sentado cuál es el peligro mayor de los pueblos americanos:

“De todos sus peligros se va salvando América. Sobre algunas repúblicas, está durmiendo el pulpo. Otras, por la ley del equilibrio, se echan a pie a la mar, a recobrar, con prisa loca y sublime, los siglos perdidos. Otras, olvidando que Juárez paseaba en un coche de mulas, ponen coche de viento, y de cochero a una bomba de jabón: el lujo venenoso, enemigo de la libertad, pudre al hombre liviano, y abre la puerta al extranjero. Otras acendran, con el espíritu épico de la independencia amenazada, el carácter viril. Otras crían, en la guerra rapaz contra el vecino, la soldadesca que puede devorarlas. Pero otro peligro corre, acaso, nuestra América, que no le viene de sí, sino de la diferencia de orígenes, métodos e intereses entre los dos factores continentales, y es la hora próxima en que se le acerque, demandando relaciones íntimas, un pueblo emprendedor y pujante que la desconoce y la desdeña. Y como los pueblos viriles, que se han hecho de sí propios, con la escopeta y la ley, aman, y sólo aman, a los pueblos viriles;--como la hora del desenfreno y la ambición, de que acaso se libre, por el predominio de lo más puro de su sangre, la América del Norte, o en que pudieran lanzarla sus masas vengativas y sórdidas, la tradición de conquista y el interés de un caudillo hábil, no está tan cercana aún a los ojos del más espantadizo, que no dé tiempo a la prueba de altivez, continua y discreta, con que se la pudiera encarar y desviarla;--como su decoro de república pone a la América del Norte, ante los pueblos atentos del Universo, un freno que no le ha de quitar la provocación pueril o la arrogancia ostentosa, o la discordia parricida de nuestra América,--el deber urgente de nuestra América es enseñarse como es, una en alma e intento, vencedora veloz de un pasado sofocante, manchada sólo con la sangre de abono que arranca a las manos la pelea con las ruinas,--y la de las venas que nos dejaron picadas nuestros dueños. El desdén del vecino formidable que no la conoce es el peligro mayor de nuestra América; y urge, porque el día de la visita está próximo, que el vecino la conozca, la conozca pronto, para que no la desdeñe. Por ignorancia llegaría, tal vez, a poner en ella la codicia. Por el respeto, luego que la conociese, sacaría de ella las manos.”[15]

Dentro del hondo análisis que se realiza, Martí continuamente resalta los valores de nuestros pueblos. En dos momentos, dentro del mismo ensayo, escribe casi textualmente lo mismo,--¿podría acusársele de descuido, a él que dominaba la lengua como un clásico? ¡No! La intensión evidente es resaltar la valía de nuestras tierras:

“¿Ni en qué patria puede tener un hombre más orgullo que en nuestras repúblicas dolorosas de América, levantadas entre las masas mudas de indios, al ruido de la pelea del libro con el cirial, sobre los brazos sangrientos de un centenar de apóstoles?”

Más adelante escribiría:

“La universidad europea ha de ceder a la universidad americana. La historia de América, de los incas a acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria. Los políticos nacionales han de reemplazar a los políticos exóticos. Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas. Y calle el pedante vencido; que no hay patria en que pueda tener el hombre más orgullo que en nuestras dolorosas repúblicas americanas.”[16]

Al producirse la publicación del artículo ¿Queremos a Cuba? en el diario The Manufacturer, de Filadelfia, Martí riposta de forma contundente dando a conocer las virtudes del pueblo cubano, ante el ataque directo e irrespetuoso que nos hace el articulista:

“...porque nuestros mestizos y nuestros jóvenes de ciudad son generalmente de cuerpo delicado, locuaces y corteses, ocultando bajo el guante que pule el verso, la mano que derriba al enemigo, ¿se nos ha de llamar como The Manufacturer nos llama, un pueblo “afeminado”? Esos jóvenes de ciudad y mestizos de poco cuerpo supieron levantarse un día contra un gobierno cruel, pagar su pasaje al sitio de la guerra con el producto de su reloj y de sus dijes, vivir de su trabajo mientras retenía sus buques el país de los libres en el interés de los enemigos de la libertad, obedecer como soldados, dormir en el fango, comer raíces, pelear diez años sin paga, vencer al enemigo con una rama de árbol, morir—estos hombres de diez y ocho años, estos herederos de casas poderosas, estos jovenzuelos de color de aceituna—de una muerte de la que nadie debe hablar sino con la cabeza descubierta; murieron esos otros hombres nuestros que saben, de un golpe de machete, hacer volar una cabeza o de una vuelta de la mano, arrodillar a un toro. Estos cubanos “afeminados” tuvieron una vez valor bastante para llevar al brazo una semana, cara a cara de un gobierno despótico, el luto de Lincoln.”[17]

Y para concluir su respuesta escribe:
“Y es la verdad triste que nuestros esfuerzos se habrían, en toda probabilidad, renovado con éxito, a no haber sido, en algunos de nosotros, por la esperanza poco viril de los anexionistas, de obtener la libertad sin pagarla a su precio, y por el temor justo de otros, de que nuestros muertos, nuestras memorias sagradas, nuestras ruinas empapadas en sangre, no vinieran a ser más que el abono del suelo para el crecimiento de una planta extranjera, o la ocasión de una burla para The Manufacturer de Filadelfia.”[18]

En Patria, Martí crea una sección que se llama Apuntes sobre los Estados Unidos, en ella quería dar a conocer la verdad sobre ese país y la necesidad de que nuestros pueblos tuvieran en cuenta estos elementos, y revelar “las dos verdades útiles a nuestra América:--el carácter crudo, desigual y decadente de los Estados Unidos,--y la existencia en ellos continua, de todas las violencias, discordias, inmoralidades y desórdenes de que se culpa a los pueblos hispanoamericanos.”[19]

En esta sección escribe:

“Lo que ha de observar el hombre honrado, es precisamente, que no sólo no han podido fundirse, en tres siglos de vida común, o uno de ocupación política, los elementos de origen y tendencia diversos con que se crearon los Estados Unidos, sino que la comunidad forzosa exacerba y acentúa sus diferencias primarias, y convierte la federación innatural en un estado, áspero, de violenta conquista. Es de gente menor, y de la envidia incapaz y roedora, el picar puntos a la grandeza patente y negarla en redondo, por uno u otro lunar, o empinársele de agorero, como quien quita una mota al sol. Pero no augura, sino certifica, el que observa cómo en los Estados Unidos, en vez de apretarse las causas de unión, se aflojan; en vez de resolverse los problemas de la humanidad, se reproducen; en vez de amalgamarse en la política nacional las localidades, las dividen y enconan; en vez de robustecerse la democracia y salvarse del odio y miseria de las monarquías, se corrompe y aminora la democracia, y renacen, amenazantes, el odio y la miseria. Y no cumple con su deber quien lo calla, sino quien lo dice. Ni con el deber de hombre cumple, de conocer la verdad y esparcirla; ni con el deber de buen americano, que sólo ve seguras la gloria y paz del continente en el desarrollo franco y libre de sus distintas entidades naturales; ni con su deber de hijo de nuestra América, para que por ignorancia, o deslumbramiento o impaciencia no caigan los pueblos de casta española, al consejo de la toga remilgada y el interés asustadizo, en la servidumbre inmoral y enervante de una civilización dañada y ajena. Es preciso que se sepa en nuestra América la verdad de los Estados Unidos.
Lo malo se ha de aborrecer, aunque sea nuestro;--y aun cuando no lo sea. Lo bueno no se ha de desamar sólo porque no sea nuestro.”[20]

También el antillanismo martiano está signado por la necesidad de frenar el empuje que ejercen los Estados Unidos sobre los pueblos libres de la América Hispana, oponiéndoles unas Antillas libres e integradas a la gran patria común.

Al cumplirse el Tercer Año del Partido Revolucionario Cubano, Martí hace explícita esta intención:

“en el fiel de América están las Antillas, que serían, si esclavas, mero pontón de la guerra de una república imperial contra el mundo celoso y superior que se prepara ya a negarle el poder,--mero fortín de la Roma americana;--y si libres—y dignas de serlo por el orden de la libertad equitativa y trabajadora—serían en el continente la garantía del equilibrio, la de la independencia para la América española aún amenazada y la del honor para la gran república del Norte, que en el desarrollo de su territorio –por desdicha, feudal ya, y repartido en secciones hostiles—hallará más segura grandeza que en la innoble conquista de sus vecinos menores, y en la pelea inhumana que con la posesión de ellas abriría contra las potencias del orbe por el predominio del mundo.”[21]

Y en carta a Federico Henríquez y Carvajal, expresa:

“Para mí, ya es hora. Pero aún puedo servir a este único corazón de nuestras repúblicas. Las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra América, y el honor ya dudoso y lastimado de la América inglesa, y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio del mundo.”[22]

El 18 de mayo de 1895, un día antes de caer en combate en los campos de Cuba Libre, Martí expresa la estrategia mayor de su lucha en carta al amigo mexicano Manuel Mercado:
“Mi hermano queridísimo: Ya puedo escribir, ya puedo decirle con qué ternura y agradecimiento y respeto lo quiero, y a esa casa que es mía y mi orgullo y obligación; ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber—puesto que lo entiendo y tengo ánimos con qué realizarlo—de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso. En silencio ha tenido que ser y como indirectamente, porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas, y de proclamarse en lo que son levantarían dificultades demasiado recias para alcanzar sobre ellas el fin. Las mismas obligaciones menores y públicas de los pueblos—como ese de Vd. y mío,--más vitalmente interesados en impedir que en Cuba se abra, por la anexión de los imperialistas de allá y los españoles, el camino, que se ha de cegar, y con nuestra sangre estamos cegando, de la anexión de los pueblos de nuestra América, al Norte revuelto y brutal que los desprecia,--les habían impedido la adhesión ostensible y ayuda patente a este sacrificio, que se hace en bien inmediato de ellos. Viví en el monstruo, y le conozco las entrañas:--y mi honda es la de David.”[23]

Todo lo dicho es sólo un acercamiento al tema que se ha tratado, pero el mensaje queda claro para la nuevas generaciones hispanoamericanas: “Las manos que han surgido de una tierra virgen no han debido ser hechas para aplaudir las postrimerías de una tierra cansada y moribunda.”



[1] José Martí, Obras Completas, tomo 21, pág., 15-16
[2] Íbidem, T.21, p. 42.
[3] José Martí, Obras Escogidas en tres tomos, tomo 1, páginas 79-81.
[4] Íbidem.
[5] Íbidem, T.1, p.93-97.
[6] Ïbidem.
[7] Íbidem.
[8] José Martí, O.C., t.19, p.22.
[9] Ídem. t.7, p.113-158
[10] Íbidem.
[11] Íbidem.
[12] Idem.t.19, p.17.
[13] Ídem. t.6, p.15-23
[14] Íbidem.
[15] Íbidem.
[16] Íbidem.
[17] Ídem. t.1,p.236-261
[18] Íbídem.
[19] Ídem. t.28,p.290-294
[20] Ibídem.
[21] Ídem. t.3,p.142.
[22] Ídem. t.4,p.110-112
[23] Ídem. t.20,p.161-164.

viernes, 29 de junio de 2007

Por qué luchamos

El próximo 13 de agosto se cumplirán 50 años del vil asesinato de dos valiosos jóvenes cubanos: Luis y Sergio Saíz Montes de Oca, conocidos en Cuba como "Los hermanos Saíz", y cuyo nombre lleva la Asociación que agrupa a los jóvenes artistas e intelectuales de la isla. Luis tenía 18 años y Sergio 17 en el momento en que fueron asesinados por la tiranía sangrienta de Fulgencio Batista. Pero su pensamiento político había madurado mucho en medio del estado de calamidad y muerte en que vivía el país.

Hoy les presento un documento considerado su testamento político, pues fue redactado en mayo de 1957, apenas tres meses antes de su muerte. Se llama:

Por qué luchamos



Ningún momento mejor para dejar fijado muy claro el pensamiento que nos lleva a la lucha, que este, cuando la hora de llevar a hechos las palabras suenan cerca.
No luchamos sin un porqué, o por el mero afán de aventura o como escape de ímpetus juveniles. Tenemos conciencia plena de la razón motriz y consideramos que son motivos inevitables los que nos señalan como único medio de vivir dignamente la vía revolucionaria, demostrando con esta que nada se puede esperar de politiqueros ambiciosos e inescrupulosos. ¡Además tenemos la firme creencia del cometido generacional nuestro, ya que el destino nos obliga a cumplir –cueste lo que cueste- la gran revolución que Cuba espera desde hace siglos!
Bien lo dijo José Martí –guía de nuestra lucha- al definir a Cuba «como un país hambriento de justicia verdadera», porque esta tierra nuestra espera una gran cura de costumbres, una inmensa labor de sanidad pública, donde pueda decirse hombre «honrado» sin que suene falsa la frase, y donde la dignidad humana no sea puro mito, sin existencia verdadera. Hambre de justicia hay en este pueblo que tiene trunca su gran revolución desde el 19 de mayo de 1895, pues cuando en Dos Ríos la tierra se mojó con sangre de mártir del Apóstol, junto con ella quedó la revolución justa, necesaria, grande, que él preconizaba y que los llamados seguidores, traicionaron, sin que quepa excepción alguna. Y no es exageración. Veamos si no; qué se hizo del pensamiento racial de Martí («No hay raza, sino hombres»; «dígase hombre y ya se dicen todos los derechos»; «Negro, hermano negro»), quien dejó muy claro su intención de barrer con toda línea de división o cualquier signo de discriminación si todos sabemos que el problema racial es una llaga viva en Cuba, y los gobernantes refugiados en los aristocráticos «yachts Clubs» les cierran todas las oportunidades para el progreso; si todos vemos como son los llamados líderes los que primero vetan al negro en cualquier intento de mejoramiento y únicamente le reservan trabajos de mala paga, escaso futuro y condiciones denigrantes. La Revolución Cubana, pronta a estallar arrolladoramente, no podrá permitir esos males, y ha de barrer con todos los odiadotes de oficio, con los aristócratas de pacotilla que vedan el mar al hombre negro, con los comerciantes que no les dan trabajo, con todos los que discriminan en la tierra de Maceo a los hombres oscuros. La lucha contra la desigualdad (no meras leyes, frías y burladas) será objetivo básico de la Revolución y tiene que lograr eliminar para siempre tanto pujo de pureza racial, yanta demagogia con el problema negro y lograr la verdadera unión, ya que sólo podrá haber distinciones en la Cuba Revolucionaria entre cubanos dignos y cubanos indignos y repetimos con fiera convicción las frases de José Martí: «Peca contra la humanidad el que fomente y propague la oposición y el odio a las razas.»
El problema de la educación en un pueblo libre es otro aspecto que preocupa a la juventud revolucionaria de hoy en día, ya que se hace necesario una gran limpieza de métodos anticuados y conceptos arcaicos sobre lo que es y debe ser la educación en un pueblo sin amos.
Creemos que solamente en una Escuela Pública Cubana, debidamente dotada en muebles, edificios y maestros idóneos es donde debe prepararse a la niñez en los primeros momentos y en la raíz democrática del aula ir formando futuros ciudadanos que no llevan ideas exclusivistas ni discriminatorias. Por eso la Educación será función y cometido únicamente del Estado, y no de castas o grupos religiosos de clase alguna, ya que estos colegios religiosos son factores disolventes dentro de la nacionalidad y tienden con sus puertas exclusivas y las interpretaciones sectarias de las ciencias y de la historia, creando mentes reaccionarias que nunca han conocido más que los lugares exclusivistas y las ideas retrógradas. Escuela Estatal como única forma de cultura libre en una República Socialista. Por supuesto que esto lleva consigo la estructuración de un plan educativo para que se formen escuelas de acuerdo con los últimos sistemas pedagógicos modernos, donde los deportes tengan lugar para crear el cuerpo sano en la mente sana, de que hablaban los romanos; así como edificios con todos los medios modernos de educación donde todo el material sea abundante, donde el alumno tenga las mejores condiciones para su educación y con maestros capacitados y bien remunerados que hagan de su profesión un verdadero magisterio de lucha.
La función vital que tiene la enseñanza no podemos desconocerla ya que es en la formación de niños donde se empieza a incubar el futuro ciudadano y en los métodos actuales de libertinaje, desorganización y miseria, la enseñanza no puede formar mentes aptas para que continúen la labor que la Nación espera de nosotros y de las futuras generaciones. Luego, Escuela Cubana del Estado para la educación de los futuros miembros del Estado.
Además la intensificación de la lucha contra la incultura y el analfabetismo irá trayendo como consecuencia ver hecho realidad aquel pensamiento martiano: «Saber leer es saber andar. Saber escribir es saber ascender.» «Pies, brazos, alas, todo esto ponen al hombre los primeros humildísimos libros de la Escuela.» Y como es Cuba, un país agrícola ha de tener función primordial la educación de campesinos duchos en todos los progresos técnicos para la labranza (por supuesto en una tierra sin latifundios ni dueños explotadores, en una tierra colectiva y estatal), así como la creación de escuelas técnicas, industriales y como hondo sentido realista del medio, para ir formando, no retóricos y leguleyos, sino hombres de provecho, útiles y cultos, para la Patria. Pues la Revolución Cubana socialista y justiciera, cree firmemente que faltan hombres dignos y cultos y solamente la Escuela digna y cubana, puede formarlos (Ojo – Universidades).
El pensamiento agrario nuestro es bien claro. Entendemos que la Revolución actual ha de movilizar primordialmente el sistema agrario de Cuba, que tiene el moho de 400 años atrás; ya que es necesario, imprescindible digamos, llevar a cabo la justa reforma agraria que dé la tierra al campesino y que con la creación de granjas agrícolas colectivas se repartan las riquezas de las cosechas entre los que la hicieron y así se eliminan los ladrones y geófagos que roban el sudor a otros. La Reforma Agraria ha de ser el renglón primero de la Revolución Cubana. Decía Martí: «La tierra es la gran madre de la fortuna. Salvarla es ir directamente a ella», y por eso tenemos que salvarla de los señores feudales modernos que explotan al hombre de campo año tras año; y salvarla para todos y para el Estado, que luchará por la diversificación agrícola, pues el aferramiento al monocultivo nos lleva al comprador único, quien es con este resorte económico culpable de gran parte de los males nuestros en la política de hombres fuertes. Al tener un suelo cultivado con toda clase de productos agrícolas eliminamos la compra a otros países y con la fertilidad de Cuba se podrían exportar y añadir nuevos renglones al comercio internacional que hay de ser con todos los países, ya que estar sometidos a un solo comprador y vendedor es sencillamente esclavitud. Además la creación de una Marina Mercante para llevar nuestros productos y comerciar con todo el mundo, es otro paso necesario, ya que así nos liberamos de los barcos mercantes extranjeros que con los fletes prohibitivos a veces, encarecen los productos en detrimento del pueblo consumidor, y las vías de comunicación recorrerán toda Cuba para llevar hasta el más alejado rincón la voz del progreso ya que sirva asimismo para llevar los productos del suelo a mercados mejores y de provecho.
El problema militar es imprescindible que tenga una solución justa y que sirva para evitar los ejércitos mercenarios al mando de caudillos y no seguros y fieles sostenes de la República. Consideramos que la creación del Servicio Militar Obligatorio, donde cada joven al llegar a los 18 años tenga que servir sus años en las Fuerzas Armadas y luego reintegrarse a la vida civil, y no se haga del Ejército una profesión, será un paso primordial, ya que además de evitar los soldados inútiles y ociosos en los cuarteles, haciendo de eso una forma de vida, habrá la seguridad de que todo ciudadano sabe empuñar un rifle y está dispuesto a tomarlo cuando peligre la nación, ya sea por los traidores del interior o por alguna potencia extranjera. Además se reducirá en lo más mínimo el cuerpo de oficiales permanentes y serán todos graduados de Academias, donde se enseñe el respeto a la Nación y a las instituciones democráticas, y los miles de soldados que como bien dice Germán Arciniegas: «hoy ocupan sus propios países» serán eliminados, ya que esos brazos se necesitan en las labores del progreso y en un país pacífico y amante de la civilización, sin deseos belicosos, están de más. Sabemos que no todos los militares tienen culpa en este régimen que abochorna a todos. Sabemos que el soldado humilde vive cansado y lleno de dolor, pues es humano y es cubano, ante esta situación de odio que, por culpa de unos ambiciosos, se vive hoy en Cuba. Lo sabemos y esos no serán molestados por la Revolución. Sólo los asesinos, los que roban, los que manchan el uniforme que la República les da para que la protejan, esos, tendrán que cumplir sus condenas de justicia popular, para que se acaben en ellos los futuros dictadores, ya que la albor del hombre de armas es bien distinta a la que algunos realizan hoy, saqueando, asesinando e hiriendo en las más hondas fibras humanas a los ciudadano de Cuba.
«No se sabe de ningún edificio construido sobre bayonetas»: dice Martí, espíritu civilista a toda prueba, y es verdad que no tenemos odios cobardes para el militar por este solo hecho, lo podemos decir y podemos llamar hermanos a los que no han sabido mancharse, y a los que se han rebelado contra la barbarie.
La extensión territorial de neutro país no ha sido debidamente utilizada y sin existir crisis de super población (como en Puerto Rico, por ejemplo) vemos como años tras años miles de cubanos emigran al norte porque en Cuba ya no se puede vivir.
Pero no es por falta de espacio, es porque no hay trabajo y tienen que ir a países extraños en busca del pan que en su tierra no pueden encontrar. Esa emigración de brazos útiles hay que acabarla. Porque no se puede decir grande un País que tenga un millón de desocupados y donde solo varios meses al año se tenga trabajo. Con la diversificación agrícola, en las fuentes industriales de minería, de marina mercante, etc., ese problema será resuelto. Y habrá entonces trabajo para todos en una Nación que no puede seguir siendo gobernada por minorías que disfrutan de todos los bienes y riquezas. La Revolución creará fuentes de trabajo para que todos los cubanos puedan vivir y laborar en su patria sin necesidad de probar los aires del exilio.
La caña no sólo da azúcar y eso lo saben los señores hacendados, pero no quieren crear fuentes de productos derivados, como celulosas, papel, etc., que se obtiene de la caña: No quieren crear trabajo porque el trabajo elimina el hambre y ellos viven del hambre popular.
Iremos lentamente a la industrialización, pero creando primeramente en el campo condiciones de vida dignas y agotando todos los productos que puedan obtenerse de la agricultura, que hará dar fuentes de trabajo, que es pan y libertad.
El trabajo, sin depender de los politiqueros (para cuando triunfe la revolución estarán en las cárceles, por ladrones de esperanza popular y de otras cosas materiales) y solamente tendrán que vivir honradamente, condición esta que es importantísima, ya que frente a la podredumbre moral existente en el sistema caduco actual tiene que lucharse con la más pulcra honradez; en todos los aspectos, desde la Administración Pública (aquí principalmente y con rigor absoluto) hasta las más insignificantes relaciones entre humanos.
La honradez en los hombres que la implanten ha de ser condición sin la cual nada puede llevarse a cabo: Ha de ser la Revolución de los honrados. Y como dijera Martí, en la frase que se ha manchado tantas veces en bocas de los grandes inmorales: «la honradez ha de ponerse de moda; y fuera de moda la deshonestidad.»
La Revolución por su contenido martiano y socialista es enemiga de toda clase de yugo a los valores éticos del individuo y condena cualquier tipo de régimen político donde no se respete el derecho a pensar con libertad. Por eso no se puede aceptar ningún tipo de imperialismo, palabra que desde los más remotos tiempos es sinónimo de opresión de hombres por hombres y condena tanto al que se cubre bajo las formas de un capitalismo draconiano explotador como ocurre en los Estados Unidos de Norte América, como a los falsos “paraísos del trabajador”, como en la Rusia soviética, no comunista, que es otra cosa muy distinta.
Por eso, su posición internacional tiene que ser netamente antiimperialista; ya vengan del Tío Sam o del “Padrecito de Moscú”. Además, no encajan en nuestra idiosincrasia de pueblo distinta, producto de otros fenómenos, otras culturas y otras razas, los sistemas que sirven en los Estados Unidos de Norteamérica o en Rusia. La América nuestra, del Río Bravo a la Patagonia, tiene otro origen, pues el elemento español al unirse con las razas autóctonas y los negros africanos han formado una raza cósmica, distinta, con rasgos propios, con sabor de llano venezolano, monte criollo, hembra azteca y canto lucumí.
¡Y qué distinta es nuestra idiosincrasia de pueblo joven a los europeos centrales, llenos de otros rumbos, de otras razas y de otras culturas! Los Estados Unidos de Norteamérica son el producto netamente nórdico, sajón, teutón, eslavo, etc., y no español; y aunque Estados Unidos es un pueblo mezcla de razas, son razas diferentes a las que nos dieron su carne, diferente en cultura, tradiciones y modos de pensar.
Como pueblos amantes de la raza, no podemos soportar yugos imperialistas de ninguna clase o etiqueta, llámese ésta Rusia o Estados Unidos de Norteamérica. Tenemos rasgos distintos y destinos diferentes, y solo nos interesa vivir en la ruta del progreso, sin intentos imperialistas y luchando por llevar a cabo en nuestro pueblo la revolución que responda a nuestra verdadera raíz y formación, sin que pueda compararse con el momento histórico de ningún pueblo extraño en idiosincrasia y tradiciones. No queremos ser ni dominados ni dominadores, solo amantes de la paz y del progreso y de la efectiva cordialidad internacional propia de los pueblos civilizados no imperialistas.
Los cuáqueros decían: «ni Rey sobre mí, ni siervo bajo mí»; y eso aspiramos con la Revolución Socialista de Cuba, a vivir sin amos y sin siervos ya que el adjetivo mayor que puede adjudicarse a un hombre es el de «hombre libre».
Ahora bien, la América, que Haya de la Torre llamó «Indo América», la que tiene igual origen y por consiguiente idéntica formación, no ha encontrado aún su destino y a veces lo quieren desconocer, sirviendo de comparsa al vecino yanqui, que como amigo es querido, pero de amo no, o, perdiéndose en luchas estériles entre hermanos, va creando odios inútiles que luego dificulten su gran labor de amor, necesaria a la de unión que tienen en el futuro, porque si es igual el origen y la formación idéntica, lo que tiene que ser el destino.
América lucha sola. Sola vencerá, dijo Martí, reafirmando una vez más su hondo credo americanista, no logrado aún. Y en esa lucha que unirá en iguales fines e idéntica meta a todos los pueblos dolorosos que se desesperan del Río Bravo al Sur, la Revolución Cubana tendrá un lugar prominente, ya que al ir eliminándose definitivamente los tiranos nacionales (lacayos de extraños y déspotas de propios) se va avanzando hacia la unión americana que al fundir riquezas, hombres y recursos saldrá de la condición miserable en que vive, como factoría, país semi-desarrollado y campo fácil para la opresión y presa codiciada de toda clase de imperialismo económico (europeo y americano).
Las dispersas Republicas americanas unidas en haz fortísimo, con conciencia de destino común, es una labor que debemos emprender tan pronto liberemos a Cuba de la tiranía. Y esto ha de empezar con la intervención decidida en los pueblos que padecen dictaduras cobardes y que hoy, desgraciadamente, son bastantes. La República Dominicana con sus 20 años de Trujillismo ramplón y asesino; Venezuela y su «chanchito» Pérez Jiménez, que es un escarnio en la tierra de Bolívar y Andrés Eloy Blanco; Colombia, paraíso de escapularios y militarotes, bajo el mando del «Pacificador» Rojas Pinilla; Nicaragua, dolida patria del inmenso líder Sandino, que ya es algo así como una «Monarquía Somocista»; Paraguay, poco alejada de los tiempos lúgubres de Francia con el espadón Stroessner; Argentina, convulsa y quizás demasiado propicia a caer bajo el «Che-Dictador Perón», tan mala calaña tiene este Perón como cualquier otro espécimen de bestia con espada de la América, aunque algún otro «oposicionista cubano» (hay que ponerlo entre comillas, pues es risible), lo quiera negar; Guatemala, con el empleado del State-Department, Mr. Castillo Armas; Honduras y El Salvador, nido de militarotes y escasas ambas de efectiva libertad. En fin, donde quiera que la libertad no exista y los humildes padezcan condiciones denigrantes de opresión y miseria, allí ha de producirse la Revolución Socialista que precederá a la gran unión americana (idea de Bolívar, Martí, Juárez, Haya de la Torre) fuerte valladar frente a todo género de imperialismo y opresión.
Por supuesto que América no puede seguir soportando los puñales europeos que aún tiene en su vientre. Las Guayanas, Belice, Las Bahamas, Jamaica, Trinidad y las demás colonias europeas serán eliminadas al incorporarlas al seno americano como pueblos libres, ya que sería irónico hablar de libertad soportando dominaciones coloniales de otros pueblos extraños. América para los americanos ha de ser lema y bandera.
Las explotaciones mineras, tan grandes reservas como tiene Cuba, se regirán bajo la condición previa de que el subsuelo pertenece al Estado y éste únicamente hace concesiones para su aprovechamiento, y así como en Méjico se nacionalizó el petróleo, Cuba tendrá que nacionalizar toda su minería y al incrementarla dejar bien aclarado que el subsuelo pertenecerá siempre al Estado y por consiguiente al pueblo.
Los servicios públicos, hoy consorcios extranjeros y absentistas, será una de las primeras nacionalizaciones de la Revolución, ya que debido a la función netamente de interés social y la honda importancia que tienen hoy en día los servicios públicos no pueden permanecer en manos de los explotadores extranjeros, y deberán pasar al Estado quien delegará en los obreros su administración y funcionamiento. Los teléfonos, compañías de gas, electricidad, agua y hielo, serán nacionalizadas y puestas en las manos de la Revolución, que podrá pagar en bonos a largo plazo los daños a los accionistas (a un precio razonable y acorde con los tiempos) o sencillamente pasarán al estado por necesidad social. Aunque este último sistema traería como consecuencia serios problemas diplomáticos y acaso se podría intentar repetir la «Operación Guatemala»; si la Revolución está bien adentrada al pueblo, como lo estará, puede lograrse los fines sin más contratiempos; pasada de moda como está ya, la política convincente de los «marines». Asimismo como la propiedad tendrá una función social se crearán viviendas campesinas higiénicas que eliminarán completamente los bohíos misérrimos y los barrios obreros (para obreros de verdad) se alzarán en toda Cuba, elevando el standard de vida de los proletarios y que, al no ser un regalo ya que pagarán al Estado las casas con módicas mensualidades, irán poco a poco creándose pueblos higiénicos y modernos donde los hombres vivan acorde con los tiempos civilizados.
La Sanidad Pública es otra de las razones primigenias que nos llevan a la lucha. Nos duele ver tanta enfermedad, tantos niños parasitados y la más de las veces sin posible cura, cuando el hambre de un lado, la falta de recursos –otro eficaz aliado- y la ausencia de una medicina socialista de otro, minan el organismo de los ciudadanos de Cuba.
Hospitales dotados con los últimos instrumentos, bien provistos de medicina y personal idóneo; hospitales donde con la sola condición de ciudadanos se ingresen a los enfermos, sin que sea necesario el apoyo de un personaje influyente, y donde se atienda a los enfermos escasos de recursos hasta lograr su curación efectiva, esa tiene que ser labor de la Revolución, ya que un pueblo donde el índice de los enfermos sea tan asombroso como en Cuba bien poco puede avanzar, ya que en los cuerpos enfermos no puede haber afán de luchas sociales.
La medicina debe ser socializada. Entendiéndose por ello que la creación de numerosos hospitales modernos, todo ciudadano tiene derecho a recibir servicios de los más afamados médicos hasta los más humildes, por el solo hecho de pertenecer a una nación libre y socialista. Eso es, que no ocurran más los casos de enfermos que carecen de médicos porque no tienen medios para pagarlos y entonces o mueren o recurren a curanderos y farsantes, presas de la mayor desesperación. Cada hombre tiene derecho a que el Estado le garantice y proteja la salud, y para ello luchamos y moriremos si es necesario. Así como es necesaria la labor de Sanidad moral y social, para eliminar elementos corrompidos e inmorales, también la sanidad pública, la lucha contra las enfermedades sociales o venéreas, contra todo germen que mine el organismo humano y lo tenga débil para vivir en una sociedad, es función y razón de este movimiento nacional que ansía para Cuba, un futuro amplio y libre donde todos los hombres sean respetados, donde las ideas puedan exponerse con absoluta sinceridad, donde el «derecho al pan y el derecho al canto» sea patrimonio de todos y obligación del Estado.
La Revolución no puede pasar por alto la vergüenza actual que representa el juego y todo el vicio organizado, donde se nutren tantos señores del régimen dictatorial y asesinos de hoy.
«El juego, decía José Martí, es la forma inculta de la esperanza»; y es, podemos añadir humildemente, la lacra más propicia a minar voluntades, a destruir hombres, a formar harapos humanos incapaces de obrar como seres dignos, ya que son esclavos del vicio; por eso lo mantienen, lo propagan y lo agrandan, estos regímenes oprobiosos como el cubano, ya que de ese modo se va minando la conciencia humana, y además se enriquecen los dichosos detentadores del poder, sin pensar que la condición humana se envilece y relaja, y la virtud se pierde cuando el vicio del juego domina, y en el lugar de ciudadanos conscientes del deber para con su tierra, se vuelven esclavos sumisos del azar, de los casinos y por ende de todo lo que representa la opresión, esclavitud y cadenas de esta Cuba dolida de hoy. El régimen dictatorial necesita el juego, confiado como está en su política cobarde de vilezas; el régimen necesita que el vicio domine a muchos hombres para que así, en vez de luchar con altura y dignidad se conviertan en lacayos y seres sin principios; el régimen dictatorial crea, ayuda y vive del juego, porque de ahí han surgido numerosas fortunas (yates, casas de apartamentos, autos, fincas, «queridas en los repartos» y de ahí se nutre el más abyecto de los cuerpos represivos: los confidentes; y por eso hoy Cuba es un inmenso garito, donde el manto verde de la tierra cultivado con el trabajo honrado, se ha trocado en tapete verde que es campo de tahúres, viciosos y jugadores incautos y, por eso mismo, estafado una y mil veces; la Revolución no puede consentir ese estado de cosas cuando la hora del sol llegue, y con la furia que nos da el amor al trabajo honrado y a la vida sin vicios, tendremos que arrasar de un todo con el juego, pero no solamente en los grupos humildes, sino que hay que partir desde los grandes «clubs» donde explotadores y reaccionarios juegan impunemente, a los casinos lujosos y aristócratas para que así podamos hacer ver al pueblo (que juega hastiado y como «una forma de esperanza») la necesidad que tiene de acabar con el juego, ya que este es y ha sido siempre un eslabón denigrante de las cadenas opresoras.
Del tráfico cobarde y traidor que hay hoy en drogas, es necesario hablar, ya que es tan repulsivo como el juego, o en realidad más. La Revolución tiene que acabar con los traficantes y explotadores radicalmente, ya que a estos envenenadores de hombre no puede dárseles cuartel ni tener compasión. La justicia popular del rifle digno es el castigo merecido, ya que estos explotadores van pervirtiendo voluntades y hombres que Cuba necesita sanos y enteros. Para los viciosos se habrán de crear centros especializados donde se combata el vicio y se domine, y de ese modo salvar cientos de jóvenes cubanos para la gran obra en que estamos empeñados.
La Revolución, si no quiere traicionar a sus muertos y manchar su memoria tiene que erradicar sin tregua el juego, el tráfico de drogas y toda forma de vicio, que mine y atente contra la moral y la seguridad del Estado. La llamada «Lotería Nacional» (antro de ratas, prebendas y de «botelleros») tiene que ser eliminada totalmente, pues aunque se diga que realiza labor social es más el vicio que causa y el mal que produce al propagar el juego. El estado con una administración honesta y dirigida por hombres íntegros no necesita de la ayuda corrompida que representa la lotería, para realizar una función de ayuda social. Para eso han de bastarse los presupuestos nacionales. Además, el espectáculo bochornoso de los billeteros, no puede permitirse, y estos hombres, si quieren trabajar, la Revolución les dará trabajo en cualquiera de las obras que anteriormente hemos esbozado, lo que no permitirá es que continúen como agentes activos del vicio.
La burocracia se formará de acuerdo con las aptitudes técnicas y con los conocimientos del individuo, terminando de ese modo la injerencia politiquera de los caciques y «señorones» en las labores estatales y así se evita que el empleado crea deber fidelidad y respeto al político y no a la República. Con la inmovilidad de todos los empleados, sin excepción alguna, y con un buen sistema de ascenso en reconocimiento de méritos, y años de servicios, y por supuesto, con sueldos decorosos, que permitan vivir con independencia, se podrá extirpar la actual influencia del régimen de turno y de sus personeros en las cosas que son vitales para el Estado.
Los Ministerios de Agricultura, Trabajo y Educación, que al igual que los demás no cumplen en modo alguno con los deberes tan importantes que deben representar en una nación socialista, han de ser los que con mayor esmero y eficacia funcionen; ya que la Agricultura, la educación y las relaciones que surgen al calor del trabajo son cuestiones vitales en la Cuba nueva.
También el Servicio Exterior, hoy malamente pagado y reducto para escritores venales, pseudo-intelectuales con cerviz doblegada y nido de egoísmo, ha de ser organizado como el medio idóneo para estrechar las relaciones con otros pueblos y desde el auge comercial hasta los intercambios culturales toda función útil a la República en el exterior ha de encontrar en los miembros de la diplomacia cubana tenaces defensores y seguros representantes de un pueblo libre; ya convencidos como estamos de la función importantísima que tienen las relaciones amistosas entre los pueblos de todo el mundo.
Cuba es un país que a pesar de tener cosas utilizables en toda su extensión, vive de espaldas al mar, desconociendo una de las mayores fuentes de riqueza y trabajo existentes. La industria pesquera en manos cubanas, ha de ser preocupación de la Revolución triunfante, ya que así se podrá dar trabajo a cientos de hombres y se va creando la diversificación industrial que necesitamos para romper los yugos económicos. La Bandera cubana en barcos mercantes ha de pasearse orgullosa en todos los mares, como una prueba de la pujanza de un pueblo que busca su destino.
No podemos seguir divorciados del mar, ya que otros pueblos como el nuestro obtienen grandes riquezas de la pesca y no le vuelven las espaldas, sino que lanzan barcos y más barcos en afán de progreso y para aprovechar las interminables riquezas que da el mar, cuyos productos envasados crean industrias de conservas (bonito, langostas, sardinas, calamares) y con sus residuos orgánicos se crean abonos minerales, productos médicos, etc.
Además de la Marina Mercante que lleve nuestras mercancías a todo el mundo, la Revolución lucha por una gran flota pesquera que obtenga del mar, pan y trabajo para muchos.
Cuando trazamos brevemente el ideal educacional de la Revolución dejamos para tópico aparte y con mayor amplitud el problema de las Universidades, ya que son éstas los máximos centros de cultura y el último eslabón que tiene el Estado para asegurarse de la buena fructificación en el ciudadano del ideal revolucionario. Las Universidades no podrán ser fábricas de títulos, ya que atendiendo al hondo historial de rebeldía, que tiene el alumnado universitario de Cuba hacer de los templos máximos de la cultura cuerpos fríos y aislados, ajenos a toda palpitación social y con sabor a pueblo sería traicionar los huesos sagrados de todos los héroes universitarios, desde los ocho estudiantes de 1871, hasta los más recientes como José A. Echeverría, Fructuoso Rodríguez, José Westbrook, Rubén Batista, y sin olvidar las figuras limpias de Julio Antonio Mella, de Gabriel Barceló, Rubén Martínez Villena, Tony Guiteras, Pablo de la Torriente Brau y toda la hornada valiosa que ha cobijado las ideas revolucionarias en el Alma Mater.
Por esto estamos opuestos a la creación de Universidades que sean viva negación de todo un espíritu de lucha y de una tradición gloriosa de rebeldía; no puede la Revolución Cubana permitir que determinado grupo religioso o secta, sea cual fuere, forme universidades exclusivistas y sectarias, representantes de una clase determinada y factores de desintegración nacional al convertir sus aulas en talleres de títulos, de donde saldrán profesionales y no ciudadanos dignos, ya que han vivido siempre alejados, y casi siempre como factores reacios, al progreso socialista de la Nación. Actualmente, cuando la Colina Universitaria vive uno de sus momentos más difíciles, y como dice el Himno Universitario: «en sus muros se refugia el fantasma de la libertad», ciertas Universidades, religiosas unas y falsamente laicas otras, permanecen sordas al llamado revolucionario que recorre toda Cuba, y enquistadas en una cobarde neutralidad como si fuese el problema cubano pugna de grupos y no de lucha de pueblo oprimido contra opresores asesinos, dando así un ejemplo servil de esclavitud y poca altura. La Revolución creará Universidades Cubanas, como complemento a la Escuela Primaria y a los Centros Secundarios Cubanos, y tendrá muy en cuenta la formación de facultades técnicas donde puedan estudiarse carreras que formen técnicos expertos para la gran obra de reconstrucción que Cuba necesita.
No queremos universidades que pertenezcan a capillas ni a clases exclusivas, queremos centros de cultura y de conciencia donde se incremente el saber y donde se realcen los más puros valores éticos del individuo formando una fuerte conciencia de ciudadanía, y ayudando de ese modo a la Revolución socialista que ha de salvar, nuestra patria para un destino mejor. Cada provincia tendrá su Universidad, formada por Facultades que respondan a las necesidades de cada región y debidamente dotadas y con una profesorado idóneo y digno, serán fuertes centros de formación ciudadana, además de impartir cultura a todos los hombres dispuestos a recibirla. Decía José Martí – siempre su voz como guía, ya que es la labor revolucionaria de su vida la que inspira y sirve de bandera a nuestra generación- que «La Universidad europea o extranjera ha de ceder a la Universidad americana», ya que ha de ser con los fermentos propios de una nación, con sus caracteres y sus defectos, con los que es posible para contar para después gobernar esa Nación y llevarla hacia el progreso; por eso no pueden educarse los jóvenes cubanos en universidades extranjeras donde no se siente la inminencia de la tragedia propia y donde no se luche momento a momento por remedios que pongan fin a la agonía de los pueblos americanos.
Hoy, como lo fue ayer y lo será mañana, ser universitario es tener contraído un doble compromiso: con Cuba y con la Universidad, con Cuba que es y será siempre lo primero en el pensamiento de nuestra generación, y en la Universidad – luz más alta en la noche- por su historia de rebeldía y su actual afán de combate y todo el que ultraje a una, ultraja a la otra; quien sea traidor a la Colina, lo es también para Cuba. Y quien abandone temeroso a la Colina y su cruzada moral y revolucionaria, abandona a Cuba y a la Revolución de los humildes, de los sin pan y sin techo, que ya está marcha.
La prensa, por no variar en el abismo de inmoralidad, doblez y podredumbre que agobia a Cuba, no cumple con su deber. Y será labor de la Revolución, formar una prensa que sea vehículo de penetración en el pueblo y de propaganda efectiva para la función revolucionaria, ya que consideramos una ofensa a los que sufren el estado actual de meras empresas mercantiles que son los periódicos, la radio y la televisión, en lugar de ser centinelas, vigías siempre alertas, martillos para señalar errores y exigir justicia. El Cuarto Poder no habrá de ser órgano servil en manos de los intereses mercantiles de unos cuantos señores; no podrá seguir alejado del calor popular, convirtiéndose en portavoz de las causas más reaccionarias e injustas, eco de la alta sociedad (¡podredumbre y vicio de exploradores!), la burguesía rica, los elementos clericales, y de toda la caterva de seres reaccionarios y enemigos del pueblo que existen; y contra los cuales luchamos, aunque sabemos que lucha ha de ser larga y tenaz.
La prensa revolucionaria ha de ser trinchera decidida de las causas populares, órgano de denuncia contra todos sus explotadores, eco de la calle, del bohío y del taller, testigo siempre en alto para castigar a los traidores y a los enemigos del pueblo. Ni más empresa mercantil, ni más falsa neutralidad, ni más órgano de explotadores, la prensa tiene que cumplir su cometido de poder orientador y vigía insobornable. Al acabar con los hombres venales hemos de extirpar a los periodistas vendibles, a los mercaderes de la pluma que son deshonra para el sagrado ejercicio que es orientar y encauzar la ciudadanía por medio de la Prensa. No queremos más periódicos donde los «saraos» y bacanales de los privilegiados tengan primacía al dolor de tierra adentro, al hambre obrera, al clamor de justicia que se rompe en la calle.
¡Prensa Revolucionaria para la Cuba Nueva!
Contra los culpables del abismo en que ha caído Cuba, contra toda esa caterva de políticos ambiciosos, de mercaderes de los deseos ciudadanos, farsantes hoy, ayer y siempre; contra los asaltantes del Tesoro Nacional, los corruptores de la Administración Pública, donde nada prospera sino es a base del soborno, del negocio sucio y de la más denigrante bajeza moral; contra los explotadores de toda clase, enemigos eternos del pueblo, lucha la juventud revolucionaria; porque hay mucha sangre caliente sobre la tierra y muchas lágrimas de madres por el hijo inmolado o son demasiados los hombres y mujeres que sufren y padecen en el exilio digno y pobre (no el de aire acondicionado, drogas y fiestas); y los que llevan oscura vida en la clandestinidad, perseguidos y acorralados por las fuerzas represivas; y porque hay hombres rifle en mano y otros los tenemos muy cerca del corazón, esperando el instante preciso para cumplir el deber contraído con Cuba y nuestra conciencia.
Por todo eso, y por la raíz netamente honesta y renovadora de la Revolución, no podemos permitir, los que lo han dado ya todo y los que estamos alegres en el cambio provechoso, que los políticos traidores sigan medrando a costa del pueblo explotado, y que sean ellos los que nuevamente defrauden las esperanzas de esta Nación cansada de apóstatas. No podrán estos traidores –los que nos engañaron ayer, los que hoy denigran y vejan, o los que esperan como lobos hambrientos el momento de la rapiña- seguir su carrera cobarde y entreguista en una Cuba revolucionaria, pues el mismo rifle que destrozó la dictadura ha de apartar como cosa podrida a toda la jauría de aprovechados politiqueros, que esperan como rameras en la sombra.
¡No queremos más «muñidores electorales», ni sargentos políticos, ni asambleas compradas, ni carnets robados, ni falsas promesas en boca de los traidores eternos! El rifle y la cárcel será el premio a sus mentiras, a sus robos, a sus pillajes, a sus estafas. Pues no se está derramando sangre joven y rebelde para que los fósiles de la política ramplona, para que los mercaderes y doctores sin escrúpulos, recojan una cosecha abonada con la más pura ofrenda que hace la generación actual. La Revolución o acaba con todos los vicios corrompidos de la politiquería al uso, colonial, arcaica y bajuna, o la Revolución habrá sido inútil, habrá sido una farsa sangrienta.
Entendemos como política, la ciencia o el arte –pues puede ser ambas cosas- de hacer felices a los pueblos, de realizar justicia social al hambriento, al escarnecido y al explotado.
Creemos firmemente que sólo cuando se plasmen los intereses populares, de los humildes, de los menesterosos, se habrá cumplido en buena forma con la conciencia. No queremos ni más hombres explotados, ni más hombres explotadores. Sólo un régimen de genuina justicia social, donde se recuerde a José Martí con la frente alta, satisfechos de no ser infieles; donde se diga justicia, y no nos salgan a la cara sonrojos hipócritas; donde el hombre libre pueda vivir como ser humano, como gente civilizada en aras del progreso.
Las Revoluciones, se ha dicho con razón, son las parteras de la Historia, ya que únicamente se obtiene algo positivo cuando se ataca con firmeza y pronto. Por esto toda una generación consciente ha escogido ese camino, en un afán desesperado para salvar nuestra nacionalidad del fango en que la han sumido otros hombres y distintas generaciones.
Sabemos que no es obra de días lo que planteamos, pues la magnitud, la grandeza de la misma, llevará años de brega firme y resuelta, para realizar gran parte de lo que ansiamos; los sabemos, pero por eso ni vacilamos, ni nos tendemos en tierra con la esperanza muerta y la decisión perdida. Estamos empeñados en una lucha a muerte contra todo lo malo, lo indigno, reprobable y lacrado; es la fuerza pujante de una nueva era, distinta radicalmente, métodos, hombres, ideas y metas; es el sol que rompe, con los rayos de vida, sobre la noche de un mundo liquidado. Por eso no tememos. Llevamos la tenaz fe de quienes se dan sin menguas, en la confianza de la obra justa, y del deber irrenunciable. Tenemos la fuerza inmensa de los ideales más indestructibles, de la sed grande de justicia social verdadera.
Lo que hemos expuesto en estas breves líneas, hechas entre el fragor de una lucha vecina, con la intranquilidad de vernos pronto cumpliendo con nuestra conciencia y nuestros ideales, quieren humildemente plasmar parte –lo más inmediato- de la ideología generacional. Es el «por qué» de la lucha, la razón de nuestras fatigas y la meta única de nuestra existencia.
No tenemos más que nuestras vidas avaladas con la honradez de un pensamiento justo y de una obra inmensa a realizar y como ofrenda de devoción y desprendimiento hemos depositado en los brazos de la Revolución cubana –justa, grande, renovadora, honrada, socialista- sin más esperanza que ver algún día cumplidos estos sueños que hoy en plena juventud y calor de la lucha, llevamos a estas cuartillas.
La lucha que nos espera; la obra que tenemos por delante, y el recuerdo imborrable de los hermanos caídos, abrazados a este mismo ideal que sentimos, no permitirá que quede trunco o incumplido. Y la obra revolucionaria será algún día orgullo de todos, pues hoy es dolor de todos, pensamiento, razón y motivo de todos los hombres dignos y honestos de Cuba.


Mayo de 1957
Luis Saíz Montes de Oca