sábado, 18 de agosto de 2007

ALGUNAS IDEAS EN TORNO A JOSÉ MARTÍ Y EL SOCIALISMO

Vuelve a salir a la palestra pública el debate respecto a José Martí y sus ideas sobre el socialismo. Ya en los años que sucedieron a la declaración del carácter socialista de la Revolución, con énfasis marcado en los inmediatos posteriores a la caída del llamado socialismo real, a inicios de los 90, tuvimos en periódicos y revistas cubanas y extranjeras un gran debate sobre el tema.

Los enemigos de la Revolución Cubana, luego de perder la pelea en sus intentos por enfrentar el pensamiento martiano al proceso iniciado en enero de 1959, después del triunfo de la guerra revolucionaria contra el asesino Fulgencio Batista y su amo yanqui, acudiendo a descontextualizaciones, tergiversaciones y falsificaciones que se estrellaron contra la realidad profundamente martiana de la isla, pasó a una segunda etapa. La emprendieron entonces contra el socialismo y el marxismo, esgrimiendo un presunto rechazo martiano a esa doctrina. Por esa época dos textos del Apóstol, descontextualizados por supuesto, sirvieron de frágil apoyo a aquellos ataques: La futura esclavitud, título que le da Herber Spencer a un libro suyo sobre un tipo de socialismo que se aspiraba implantar en Inglaterra, y los apuntes que publica Martí a raíz de la muerte de Carlos Marx, en 1883.

Para no entrar en un análisis detallado del texto en cuestión, me refiero al primero de los dos que he citado, más propio para un ensayo que para un artículo, me limito por lo tanto a plantear la manera martiana de analizar un asunto. Todo el que ha estudiado al Maestro sabe que solía comenzar comentando de manera general el tema que quería tratar. Sin afirmarlo ni rebatirlo (de ahí que se hayan dado por suyas muchas opiniones con las que finalmente estuvo en desacuerdo). Luego empleando la mayéutica socrática, la duda metódica, iba desglosando las partes, yendo a la raíz de cada aspecto (porque “hombre es eso, el que va a la raíz, lo otro es rebaño”-dice él) hasta que arribaba, junto con el lector, en una suerte de parto de la razón a las conclusiones finales. Con lo que, se comprenderá, su posición final respecto al asunto tratado es lo que concluye y queda revoloteando en la conciencia de sus lectores.

Desde esta perspectiva veamos brevemente su análisis del texto de Spencer, y lo que sobre el autor, nos dice el Maestro puesto que nunca analizó una obra (ni literaria, ni plástica ni filosófica) sin relacionarla estrechamente con su creador. Después de poner en manos del lector varias opiniones de Spencer (a quien por cierto admiró) respecto a los peligros que acarrearía para Inglaterra aquel tipo de socialismo, y comentar algunas de ellas, Martí lo emplaza al final del artículo de esta manera, cuya parte fundamental subrayo:

Y en todo este estudio apunta Herbert Spencer las consecuencias posibles de la acumulación de funciones en el Estado, que vendrían a dar en esa dolorosa y menguada esclavitud; pero no señala con igual energía, al echar en cara a los páuperos su abandono e ignominia, los modos naturales de equilibrar la riqueza pública dividida con tal inhumanidad en Inglaterra, que ha de mantener naturalmente en ira, desconsuelo y desesperación a seres humanos que se roen los puños de hambre en las mismas calles por donde pasean hoscos y erguidos otros seres humanos que con las rentas de un año de sus propiedades pueden cubrir a toda Inglaterra de guineas.

Y termina lapidario:

Nosotros diríamos a la política: ¡Yerra, pero consuela! Que el que consuela, nunca yerra.

Es decir, para él, que había echado su suerte “con los pobres de la tierra”, era aún preferible aquel socialismo con imperfecciones, que el estado de cosas que prevalecían en aquella sociedad en ese momento.

Respecto al segundo texto martiano al que me referí, sus apuntes sobre el Prometeo de Tréveris, diré que han sido bochornosamente edulcorados en la mayoría de las veces a pesar de su brevedad, citados a medias, fuera del contexto general de la idea. Pondré una vez más en manos de los lectores esos párrafos que encierran una crítica del Maestro al fundador del marxismo y al mismo tiempo están cargados de admiración por él. Escribe Martí en 1883:

Ved esta gran sala, Karl Marx ha muerto. Como se puso del lado de los débiles, merece honor. Pero no hace bien el que señala el daño, y arde en ansias generosas de ponerle remedio, sino el que enseña remedio blando al daño. Espanta la tarea de echar a los hombres sobre los hombres. Indigna el forzoso abestiamiento de unos hombres en provecho de otros. Mas se ha de hallar salida a la indignación, de modo que la bestia cese, sin que se desborde, y espante. Ved esta sala: la preside, rodeado de hojas verdes, el retrato de aquel reformador ardiente, reunidor de hombres de diversos pueblos, y organizador incansable y pujante. La Internacional fue su obra: vienen a honrarlo hombres de todas las naciones. La multitud, que es de bravos braceros, cuya vista enternece y conforta, enseña más músculos que alhajas, y más caras honradas que paños sedosos. El trabajo embellece. Remoza ver a un labriego, a un herrador, o a un marinero. De manejar las fuerzas de la naturaleza, les viene ser hermosos como ellas.

New York va siendo a modo de vorágine: cuanto en el mundo hierve, en ella cae. Acá sonríen al que huye; allá, le hacen huir. De esta bondad le ha venido a este pueblo esta fuerza. Karl Marx estudió los modos de asentar al mundo sobre nuevas bases, y despertó a los dormidos, y les enseñó el modo de echar a tierra los puntales rotos. Pero anduvo de prisa, y un tanto en la sombra, sin ver que no nacen viables, ni de seno de pueblo en la historia, ni de seno de mujer en el hogar, los hijos que no han tenido gestación natural y laboriosa. Aquí están buenos amigos de Karl Marx, que no fue sólo movedor titánico de las cóleras de los trabajadores europeos, sino veedor profundo en la razón de las miserias humanas, y en los destinos de los hombres, y hombre comido del ansia de hacer bien. El veía en todo lo que en sí propio llevaba: rebeldía, camino a lo alto, lucha.

Hay que decir, en honor a la verdad, que Martí se estaba refiriendo a una manera extremista de interpretar el marxismo, el anarquismo, puesta en práctica en los Estados Unidos de la época por las fuertes olas de emigrados europeos, cosa que el propio Engels, en ese mismo tiempo, criticaba también desde Europa; pero a pesar de esto no excluye de su afán de justicia el ideal socialista, evidenciado en la existencia de socialistas entre los fundadores del Partido Revolucionario Cubano, el partido creado por él en 1892 para dirigir la Guerra Necesaria que estallaría en 1895, y organizar la república cordial, el mayor aporte del pensamiento político de Cuba, mucho antes de que Lenin hablara del partido de nuevo tipo. Ese partido, que surge en el pensamiento político martiano como fruto de su vasta cultura, su experiencia y conocimiento de las repúblicas de América, Europa y los Estados Unidos, y acicateado por el peligro de que fracasado el autonomismo surgiera, por los oportunistas de adentro y las ambiciones del imperio, el partido anexionista que se encubaba y era el temor mayor del Maestro.[1] Ese partido revolucionario, digo, debía caracterizarse según Martí, por la amplitud de sus ideas, donde cupieran todos los patriotas que querían la independencia de Cuba, y que fuera respetado por el pueblo no por el número de sus miembros sino por la altura moral y la entrega de sus militantes. Ahí están Carlos Baliño (fundador junto a Julio Antonio Mella del primer Partido Comunista de Cuba, en 1925), Diego Vicente Tejera (fundador del primer Partido Socialista cubano, en 1899, luego de que Tomás Estrada Palma disolviera para facilitarle el camino a sus amigos yanquis el partido de Martí) y el propio Fermín Valdés Domínguez, a quien escribiría desde Nueva York en 1894:

Una cosa te tengo que celebrar mucho, y es el cariño con que tratas; y tu respeto de hombre, a los cubanos que por ahí buscan sinceramente, con este nombre o aquél, un poco más de orden cordial, y de equilibrio indispensable, en la administración de las cosas de este mundo. Por lo noble se ha de juzgar una aspiración: y no por esta o aquella verruga que le ponga la pasión humana. Dos peligros tiene la idea socialista-como tantas otras:--el de las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas:--y el de la soberbia y rabia disimulada de los ambiciosos, que para ir levantándose en el mundo empiezan por fingirse, para tener hombros en que alzarse, frenéticos defensores de los desamparados.

Unos van, de pedigüeños de la reina,--como fue Marat,-cuando el libro que le dedicó con pasta verde-a lisonja sangrienta, con su huevo de justicia, de Marat. Otros pasan de energúmenos a chambelanes, como aquellos de que cuenta Chateaubriand en sus “Memorias”. Pero en nuestro pueblo no es tanto el riesgo, como en sociedades más iracundas, y de menos claridad natural: explicar será nuestro trabajo, y liso y hondo, como tú lo sabrás hacer: el caso es no comprometer la excelsa justicia por los modos equivocados o excesivos de pedirla. Y siempre con la justicia, tú y yo, porque los errores de su forma no autorizan a las almas de buena cuna a desertar de su defensa. Muy bueno, pues, lo del 1º. de Mayo. Ya aguardo tu relato, ansioso.


Los peligros de las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas a que se refiere Martí, los revela cuando explica que al no disponer los trabajadores norteamericanos de una cultura adecuada y del dominio de los idiomas originales donde se escribían aquellas doctrinas, el alemán y el ruso fundamentalmente, tenían que conformarse con leer las malas traducciones y las interpretaciones que de ellas se hacían.

Mucho se ha especulado sobre si el Apóstol conoció o no la doctrina marxista. Yo, sin poder afirmarlo categóricamente, atendiendo a las circunstancias, la época y el entorno martiano, tengo mi propia tesis. Uno de los primeros norteamericanos que le tendió la mano a Martí a su llegada a Nueva York, el 3 de enero de 1880, para establecerse definitivamente hasta el momento de regresar a Cuba, con una estancia de seis meses en Venezuela entre enero y julio de 1881, fue Charles A. Dana, editor del periódico The New York Sun. La amistad de Dana con el cubano es conocida, al punto de que uno de los testimonios más sentidos escritos al momento de conocerse en los Estados Unidos la muerte del Apóstol en los campos de Dos Ríos, el 19 de mayo de 1895, es precisamente el de Charles Dana. Pues bien, Dana era el editor que Marx y Engels tenían en Nueva York, por lo tanto no es descabellado suponer que a través de él entró Martí en contacto con la obra de los creadores de la teoría científica del proletariado. Cómo si no, podría Martí referirse a Carlos Marx con conceptos tan claros y precisos sobre lo esencial de su esfuerzo científico, él, que se respetaba tanto y que no hablaba de lo que no tenía cabal conocimiento; él, que afirmaba que entre los deberes fundamentales del periodista estaba conocer “desde la nube hasta el microbio” para poder orientar y contribuir con las educación de la sociedad.

Como ya se está haciendo largo este artículo, prefiero, para no abusar de la bondad de los editores y la paciencia de los lectores, dejar para otra ocasión algunos aspectos que han quedado fuera de este análisis o que han sido apenas apuntados. Pero como ha causado sensación la publicación del texto martiano titulado La futura esclavitud y se le ha relacionado con el socialismo cubano de hoy, quisiera en bien de la honestidad de estos debates que involucran al Héroe Nacional de Cuba y guía espiritual de nuestro pueblo, publicar próximamente algunos textos suyos relacionados con la explotación capitalista y específicamente con los Estados Unidos, país que conoció a fondo, luego de vivir en él la tercera parte de su vida (entre enero de 1880 y enero de 1895) y que según criterio de expertos norteamericanos lo califican como uno de los más agudos estudiosos de esa sociedad en el siglo XIX.

En lo que toca a los errores del socialismo cubano de hoy, que no llegó en las esteras de los tanques del mil veces glorioso Ejército Rojo, sino que lo hicieron nuestros padres frente a todos los peligros y los escepticismos, considero que eso es algo que debemos discutir los que desandamos cada día los caminos de esta Isla Infinita en la que han encontrado apoyo espiritual todos los hombres y las mujeres de buena voluntad que lo han necesitado. Cada persona se considera en el derecho de decir y criticarle a su madre o a su hermana, en el marco familiar, lo que considere necesario, pero estoy seguro de que nadie honrado permitiría que vinieran a hablarle de ellas de otra parte y mucho menos se prestaría a andar de plañidero por el mundo quejándose de la propia familia. La queja, decía Martí, es la prostitución del carácter: “como la queja deshonra, yo no me quejo”, dejó escrito en sus versos.

Agradecemos siempre las muestras de solidaridad de los amigos, y hemos sabido respetar a los que no pensando como nosotros se han mostrado respetuosos hacia nuestra patria y hacia nuestra historia. Los cubanos hemos aprendido a vivir en los extremos, no andamos por el mundo buscando problemas gratuitamente, hemos ido sin pedir nada a cambio a dondequiera que nos han necesitado como constructores, como maestros, como médicos o como combatientes para destruir regímenes de oprobio como el apartheid en África, y en nuestras playas hemos recibido y recibiremos siempre a los libertadores y a los invasores: a cada uno como corresponde.


[1] En carta al general Máximo Gómez, del 20 de julio de 1882, diez años antes de fundar el PRC, dice Martí: “¡A quien se vuelve Cuba, en el instante definitivo, y ya cercano, de que pierda todas las nuevas esperanzas que el término de la guerra, las promesas de España, y la política de los liberales le han hecho concebir? Se vuelve a todos los que le hablan de una solución fuera de España. Pero si no está en pie, elocuente y erguido, moderado, profundo, un partido revolucionario que inspire, por la cohesión y modestia de sus hombres, y la sensatez de sus propósitos, una confianza suficiente para acallar el anhelo del país --¿a quién ha de volverse, sino a los hombres del partido anexionista que surgirán entonces? ¿Cómo evitar que se vayan tras ellos todos los aficionados a una libertad cómoda, que creen que con esa solución salvan a la par su fortuna y su conciencia? Ese es el riesgo grave. Por eso es llegada la hora de ponemos en pie.”

jueves, 16 de agosto de 2007

LA EXPULSIÓN DE RIGOBERTA MENCHÚ NO ES UN HECHO DEL MARTES SINO DE CINCO SIGLOS DE EXCLUSIÓN INDÍGENA EN AMÉRICA

Hoy publican los medios el “lamentable error” cometido por el personal de seguridad del hotel Coral Beach, de Cancún, al expulsar por la fuerza a la Premio Nobel de la Paz y candidata presidencial guatemalteca Rigoberta Menchú, de la sala de recepción de este hotel de cinco estrellas.

La también líder indígena asistía como invitada especial del presidente mexicano, Felipe Calderón, a la asamblea de la Asociación Nacional de Agua Potable y Saneamiento, inaugurada por el propio mandatario en el Centro de Convenciones de esa ciudad balneario.

Dicen los medios que la seguridad del hotel “la confundió con una vendedora ambulante” por llevar la vestimenta que la caracteriza, típica de su cultura Maya, una de las tres grandes civilizaciones que florecían en América a la llegada de los europeos.

El hecho no puede verse con la candidez de un “lamentable error”, sino como una práctica discriminatoria habitual en nuestros países americanos, para hablar solo de esta parte del mundo. El suceso no es nuevo. Desde hace quinientos años los habitantes originales de estos pueblos han sido condenados a la desatención y la miseria. Esa “raza original, fiera y artística “de la que habló José Martí, no ha sentido sobre su vida cotidiana los efectos de los cambios políticos que se han sucedido desde el proceso independentista iniciado en 1810 por nuestros libertadores. Para ellos la discriminación de la colonia no era peor que la discriminación de la república, y el avance criminal de la modernidad ha endurecido su existencia.

La “confusión” con Rigoberta no es sino el sempiterno sentimiento de rechazo a ese ser natural, tan común en nuestras calles americanas, que vestido de Maya o de Wayuu, de Aymara o Quechua, desanda estos tiempos echándonos en cara cada día con su sola presencia, nuestra culpa mayúscula por su sufrimiento. Ver un crimen en silencio es cometerlo, no protestar por estas discriminaciones abominables es hacerse cómplice de los discriminadores.

En 1891, José Martí hablaba de los efectos nefastos que traería para esta repúblicas de indios, el desprecio al indio. “del mismo golpe que paralizó al indio, se paralizó América. Y hasta que no se haga andar al indio, no comenzará a andar bien la América”, profetizaba el Maestro cubano desde Nueva York, en su artículo Nuestra América.

Los tiempos que corren apuntan hacia la reivindicación indígena, la protección de sus culturas, no como una obra de caridad sino como una necesidad espiritual de nuestros pueblos, y también como un acto de elemental justicia. El ascenso del líder cocalero boliviano Evo Morales a la presidencia de su país marcó un nuevo hito en la lucha ininterrumpida por el respeto a la cultura indígena, que no ha sido nunca una lucha exclusiva de esos pueblos. Muchas personas honradas se han solidarizado siempre con esa causa y le han dedicado sus vidas. Intelectuales desde José Martí hasta José Carlos Mariátegui y su socialismo indoamericano, han puesto su pluma al servicio del derecho indígena.

Sin embargo las sociedades egoístas diseñadas para que el hombre no sea amigo del hombre sino un competidor, para que no sea un ciudadano sino un consumidor, han sembrado hondo a través de la práctica social cotidiana la discriminación y el rechazo a lo indígena como algo inferior, arcaico, seres destinados a vivir en la última categoría hasta su extinción definitiva en el tiempo.

La expulsión de la líder indígena puede no ser un acto político, pero su trascendencia es aún mayor porque es un acto cultural, que pone al descubierto sin cortapisas ni eufemismos el daño psicológico que a nuestros ciudadanos han causado tantos años de discriminación asumida como algo natural. Pensemos con mente positiva y asumamos que tal vez los hombres de la seguridad del hotel Coral Beach no sean malos ciudadanos, acaso para ellos al expulsar a una “indígena vendedora ambulante” estaban realizando un acto legítimo, no solo al proteger la propiedad a ellos confiada, sino –y esto es lo peor—al mantener alejada “en el lugar que le corresponde” a esta mujer indígena.

El hecho, que no es nuevo ni exclusivo de México, es una alerta a la ciudadanía americana y a los defensores de la democracia, esa para la que todos los seres humanos tenemos los mismos derechos. No se puede llamar demócrata, de izquierda o revolucionario en estos tiempos, quien no sienta también en su mejilla el golpe que recibe cada día en cualquier parte la mejilla indígena, y se levante para condenarlo.

miércoles, 15 de agosto de 2007

EL ALMA DEL ALBA: REDESCUBRIR A NUESTRA AMÉRICA

He escuchado en varias ocasiones al presidente Chávez hablar de la Alternativa Martiana para la América, el ALMA, relacionándola con la Alternativa Bolivariana para la América, el ALBA. Chávez ha dicho que pudiera ser cualquiera de las dos, y es cierto, puesto que Bolívar y Martí no son más que la expresión condensada y genial de la identidad de este “pequeño género humano”, como nos llamó el primero, o de esta “raza original, fiera y artística”, como nos llamó el segundo. Sin embargo pienso que deben ser las dos.

En varias ocasiones se ha propuesto en foros internacionales, en festivales de la juventud y otros eventos, la creación del Movimiento Juvenil Nuestra América. No sería una organización más, sino un “movimiento” encaminado a divulgar lo mejor de la historia americana, la cultura de nuestros pueblos, la vida y la obra de nuestros próceres y pensadores. Esa podría ser una vía. Todas las organizaciones que hoy apoyan el despertar de nuestra América deberían entender y asumir como una prioridad la creación de alternativas que permitan cumplir este objetivo.

Se trata de que en cada uno de nuestros países un grupo de personas, maestros, profesores, investigadores o promotores en general, se dediquen a organizar con el pueblo charlas, concursos, seminarios, conferencias, simposios, sobre aspectos y figuras esenciales de cada rincón de nuestras regiones. Que se publiquen textos. Que se revisen los planes de estudio. Que se junten los vecinos cada cierto tiempo en los barrios a hablar sobre la historia más cercana, porque la patria es también “aquella porción de la humanidad que vemos más de cerca y en que nos tocó nacer”, según dijo Martí.

Hablando de nuestra América, el Apóstol escribía desde los Estados Unidos en 1891: “Los pueblos que no se conocen han de darse prisa para conocerse, como quienes van a pelear juntos.” Es imprescindible conocernos.

Felizmente el ALBA ha comenzado a ser una realidad. Los tratados de colaboración suscritos por Cuba y Venezuela, a los que se han adherido luego Bolivia y Nicaragua, le van dando cuerpo a la propuesta integracionista soñada por el Precursor Francisco de Miranda y anhelada por el Libertador y el Apóstol. Surgen cada día nuevos acuerdos, especialmente en los ámbitos económico y social, como el recién aprobado sobre la seguridad energética. Es sabido que todo ha de hacerse un paso a la vez. Sin embargo creo que no anda al mismo ritmo un aspecto que me parece fundamental en este proceso: el aspecto ideológico.

Esta palabra suele despertar sospechas de inmediato a los asustadizos. Por eso me apresuro a adelantar que no me refiero a confeccionar un grupo de “manuales” para establecer cuáles deben ser las ideas que todos tenemos que defender y cuáles no. El manualismo ha dejado recuerdos tristes y consecuencias desastrosas. No hablo precisamente de “ideologías” sino de “ideas”. No es a un “modelo ideológico” sino a ese manantial infinito y riquísimo de ideas casi olvidadas unas, tergiversadas otras y ocultadas intencionadamente la mayoría, y por lo tanto muy nuevas, muy actuales. Me refiero al “conocimiento y reconocimiento mutuo” de aquellos pueblos que estamos llamados por la historia, la cultura en todos sus aspectos, y el más elemental sentido común, a integrarnos como una gran nación.

No puede ser verdad la integración si no hay una conciencia mayoritaria sobre cuáles son las cosas que nos acercan y cuáles las que podrían dividirnos, cuáles las causas comunes de nuestras desgracias, cuáles los posibles amigos y los sempiternos enemigos que nunca querrán mirarnos como a semejantes. La integración basada solamente en la actividad económica no es la verdadera integración. Al menos no es a la que aspiraron los padres fundadores del espíritu integracionista de nuestros pueblos.

La “integración” de la vieja y decadente Europa es un ejemplo elocuente. Luego de tantos siglos de guerras de todo tipo entre sus diversos pueblos, ha terminado “uniéndose” para poder escapar al desmadre creciente y turbulento del hijo bastardo y ambicioso que ella misma engendró: los Estados Unidos de Norteamérica. Pero las fisuras, grietas y derrumbes de esa cacareada “integración” son cada vez más visibles, puesto que han prevalecido en ella más las conveniencias que los sentimientos, y al cabo el bartardillo continúa zarandeándolas o las emplea de arria para acarrear sus culpas.

La unidad de nuestra Madre América se salvará de esos errores, no cabe duda. La buena fe en lo que se hace es ostensible aún para quien no quiera verlo. Pero falta una materia aglutinadora esencial: el conocimiento de la historia de nuestros pueblos. Solo así será completa y segura la integración latinoamericana y caribeña. Porque no puede defenderse lo que no se conoce. Porque no se puede estar dispuesto a darlo todo por algo que no sabemos cuánto costó en siglos de sufrimientos, lágrimas y sangre hasta llegar aquí. No podemos unirnos si no nos conocemos. La gente no suele unirse a extraños. Siempre media un proceso más o menos breve de reconocimiento mutuo y luego, si nos parece bueno, echamos a andar juntos. Los hombres y los pueblos han demostrado siempre un sentido especial para intuir la compañía adecuada, pero no es suficiente. La ingenuidad y la improvisación no son ya la característica de estos tiempos.

Aún conscientes de esta realidad, y deseosos de transformarla, tenemos un gran obstáculo que vencer: la historia de nuestros pueblos ha sido secuestrada durante quinientos años. Los oportunistas han plagiado o silenciado a los cronistas verdaderos y a los investigadores honestos para tergiversarlos. La historia que conocemos ha sido escrita a la medida de nuestros dueños, y hemos sido privados de nuestra principal, tal vez la única, herencia: el orgullo de ser americanos de nuestra América. La historia que han enseñado nuestras escuelas, salvo honrosas excepciones, ha sido la que escribieron los que expulsaron a Bolívar, los que asesinaron al Gran Mariscal Sucre, los que vilipendiaron a Simón Rodríguez y difamaron a José Martí.

Para las masas juveniles americanas que hoy deben asumir con alegría la reconstrucción, al fin, de nuestra patria grande, Simón Bolívar es dos cosas a lo sumo: el título de Libertador y una estatua ecuestre en el centro de Caracas. Su pensamiento político, filosófico, social y su visión profundamente humana de los pueblos no se conocen.

Para esos mismos jóvenes José Martí es cuando más “un poeta”, “El Apóstol” o “el Héroe Nacional de Cuba”. Así, parcelados y disminuidos en su esencial sentido, los han enseñado para que se crea que los conocemos. Gracias a Fidel el pensamiento revolucionario de Martí se ha conocido; gracias a Chávez se están acercando cada vez más los jóvenes de nuestra América al pensamiento de Bolívar.

En la edad difícil de la adolescencia, cuando el espíritu humano se predispone ya a las utopías, los sueños, las grandes empresas, y se buscan paradigmas, nuestros hijos han tenido delante durante demasiado tiempo los íconos de Hollywood. No deberíamos sorprendernos entonces de que en nuestras librerías y bibliotecas los jóvenes busquen, compren, soliciten los afiches de Batman, Superman o Harry Poter, y dejen olvidados en sus estantes los libros y las imágenes de San Martín, O´Higgins, Morazán, Tiradentes, Hostos, Juárez, Sandino, Mariátegui y tantos otros que le dejaron la hermosa herencia de un ideal noble, superior, digno de dedicarle todas las fuerzas y el ímpetu de esa edad sublime.

Triste el hombre que no tenga en la plenitud de sus fuerzas una idea justa y elevada que defender. Podrá no ser un hombre pobre, pero será sin duda un pobre hombre.

Las ideas que dieron origen a este afán libertario e integracionista nacieron en aquellas tertulias en las que casi de forma permanente se debatía la política del mundo. No en balde el varón de Humbolt se sorprendió de la universalidad de nuestros pensadores. Sin embargo en estos pueblos de conversadores el arte de conversar se ha perdido. El chisme ha sustituido a la conversación, y el enriquecimiento espiritual que esas reuniones de ideas suelen producir en los que tienen la dicha de promoverlas y participar, ha quedado diluido entre el hastío y la maledicencia.

En la época de los teléfonos celulares, la Internet y los satélites, a pesar de la tan cacareada globalización (o tal vez por causa de ella) los seres humanos estamos más incomunicados que nunca y nos morimos solos en medio de las muchedumbres.

Un ser humano que no ha recibido en los tiempos de educarse, que preceden a los de salir a verse de frente con el mundo, los elementos necesarios para ponerse a la altura de su tiempo, es como un árbol que se coloca a ras del suelo, sin raíces, sin referencias, sin sentido de la orientación. El menor vientecillo lo echará a tierra, o los instintos naturales con que nace, sin los frenos morales imprescindibles, lo corroerán a poco de nacer y lo reducirán a la infamia y la desesperación.

El ALMA del ALBA nos exige entonces la necesidad urgente de crear mecanismos y acciones concretas que propicien el conocimiento, por todos nuestros pueblos, de aquellos referentes culturales, históricos, políticos y filosóficos imprescindibles, que nos harán sentirnos más cercanos y fundamentarán lo que se viene repitiendo desde hace tanto: que tenemos una lengua, una religión y una cultura común. Es excelente la idea de la creación de la biblioteca y la videoteca del ALBA. La preservación de esa diversidad cultural es esencial para que la integración no sea, como en otras partes, un choque. Pero para preservar y defender las diferencias primero hay que conocerlas.

Abundan en los nuevos gobernantes americanos que siguen a Bolívar y a Martí el patriotismo, el valor y la inteligencia necesarios para apoyar también estas empresas, pero es necesario que pongamos todas las manos en la obra que a todos nos pertenece, para que sea completa y duradera la integración de América. Todos sabemos que no se va a producir por generación espontánea, sino que tenemos que construirla con nuestras propias manos. No hay que tener miedo a hacer por temor a equivocarnos, ya Simón Rodríguez nos absolvió de ante manos cuando aseveró que “inventamos o erramos”.

Por lo pronto, podríamos repetir aquella jubilosa descripción martiana del despertar de nuestra patria grande, hecha en 1891: “En pie, con los ojos alegres de los trabajadores, se saludan, de un pueblo a otro, los hombres nuevos americanos. Surgen los estadistas naturales del estudio directo de la Naturaleza. Leen para aplicar, pero no para copiar. Los economistas estudian la dificultad en sus orígenes. Los oradores empiezan a ser sobrios. Los dramaturgos traen los caracteres nativos a la escena. Las academias discuten temas viables. La poesía se corta la melena zorrillesca y cuelga del árbol glorioso el chaleco colorado. La prosa, centelleante y cernida, va cargada de idea. Los gobernadores, en las repúblicas de indios, aprenden indio.” 1






1 José Martí, Obras Completas, t 6, p. 21

jueves, 19 de julio de 2007

UN VIAJE A LA RAÍZ



Llevaba casi veinte minutos frente a la hoja en blanco que me miraba como una araña peluda bocarriba, como una ventana al vacío donde podía pintar una historia que existía desde siempre. Dura tarea la de escribir. La mente flota sobre la música de Bach sin encontrar asideros a una historia que necesita ser contada. Comienzo a teclear sin descanso. Algo saldrá, sin duda, un ejercicio de redacción al menos, y eso es útil, probar que no he perdido la capacidad de fabular.
De pronto, por entre las brumas de la mente aparece Katrina, la yegua noble del abuelo. Un animal hermoso. Le brillaban los ojos cuando la traían debajo de la guásima del patio para ensillarle el carretón. Habría viaje, sin duda, a la tienda o al río, a veces al carnaval, que era el peor paseo, porque volvían muy tarde, con mucha gente arriba, todo el mundo gritando, alegres, y ella también, pero se cansaba más.
El paseo a la tienda del pueblo no era malo, podía caminar despacio porque el abuelo no le apuraba el paso, en el fondo era un viejo manso, como ella, sin apuros. Le gustaba cruzarse con otros viajeros por el camino para oír con qué respeto saludaban al abuelo los demás hombres: “Niño, como anda usted”, “¿Cómo anda la familia, Niño?” “¿Cómo va esa salud?” “¿Qué le parece, Niño, el aguacerito de ayer para el maíz?”, y el viejo a todo contestaba “bien ¿y usted?” o "¡Ahí, regular, ¿y tú?", y saludaba en agradecimiento, con el eterno sombrero de yarey amoldado como un tricornio inglés.
Después, mientras el abuelo hacía la cola del pan o los mandados, ella esperaba amarrada al poste de la corriente, con la rienda larga para que pudiera rapiñar las yerbitas que crecían tiernas después de la llovizna. Antes llovía mucho por acá. Ahora no se recuerda ni el olor de la lluvia, de la tierra mojada, ese olor único que me hacía tan feliz. Esperaba hasta que el viejo saliera cargado de bolsos, aquellos bolsos de saco de yute del central, que la abuela hacía bien fuertes para que no se rompieran tan pronto. Y los ponía en el piso de tablas del carretón. Luego subía con su santa paciencia y se acomodaba en el tablón de algarroba que servía de banco. Y salían otra vez por el camino a casa donde esperaba el nieto para preguntarle “qué me trajiste, abuelo”, y enseñarle el juego de damas que no duraría hasta el próximo viaje a la tienda, o una lata de leche condensada que era el dulce preferido del muchacho. Después le quitaban el carretón y los avíos, y le daban un baño antes de soltarla en el potrero con las vacas, las ovejas y los otros caballos.
De todos los paseos, el del río le gustaba más. Era el mejor día de fiesta para la familia. Colocaban encima del carretón unos calderos con tamales, congris y viandas, y en un saco el puerco que asarían para el almuerzo. Casi siempre iban los primos en el carretón del tío Pepe, y su caballo alazán; y hasta los abuelos se embullaban de vez en cuando. Entonces el abuelo ensillaba a Bembón, el caballo negro resabioso que sólo a él respetaba, y cuando los soltaban en el potrero cerca del río, siempre andaba detrás de ella para montarla. Pero a Katrina le gustaba oír la risa de los niños, su chapoleteo en el río, y el barullo que armaban cuando se iban a repartir los anoncillos o los mangos. A la hora del almuerzo, cuando ya se había asado el puerco, los llamaban y les servían en unos platos recortados de yagua verde que aumentaban el olor y el sabor del alimento. Todo era tan natural. Hoy apenas si quedan palmas en estos montes, y no hay quien siembre otras, por lo que es seguro que un día no habrá ninguna, entonces el monte se verá muy triste, será solo un montón de matojos y bejucos.

La vida no cambia, cambia la gente que se despreocupa del mundo y deja todo como está sin pensar que no siempre las cosas estuvieron ahí, alguien en algún momento tuvo que sembrar o al menos dejar crecer esas palmas, esos mangos, esos anoncillos que los niños comían a la orilla del río. Pero no, creemos que el mundo se reproducirá solo, que los paisajes nunca dejarán de estar donde están porque no pueden moverse, peor, pueden cambiar sin irse y nunca ser los mismos, y eso es más triste que si se hubieran ido porque al menos nos quedaría la esperanza de que podrían volver.

Yo habría querido pensar así hace tiempo, cuando también cazaba pajaritos y cortaba palos en el monte sin pensar que un día me sentiría culpable de una tristeza colectiva, la de no encontrar, por más que busco, aquellos lugares donde un día paseé en el carretón con mi familia, camino de aquel río que hoy es solo un charco estancado de aguas sucias, desde las que el abuelo me sonríe con sus aires cortados por el asma que nunca lo dejó, para que yo no olvide lo que soy de verdad, y no me acuerde de ello sólo cuando tengo delante una hoja en blanco que me mira como una araña peluda bocarriba.


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La Habana, 20 de marzo de 2005

PILLE


Allá viene, de lado, como todos los días por el camino polvoriento, con la cabeza gacha y azotándose el flanco con el brazo derecho, mientras en el otro agarra sobre el hombro un viejo saco de guardar cualquier cosa. Hundido los restos de sombrero hasta las cejas y el cabo de tabaco de un lado a otro de la boca en un movimiento ya inconsciente. Viene así, como cada día desde hace treinta años, rumiando dios sabe qué rencores contra los que le quitaron el amor.

Pille no nació rico, pero arriesgó el pellejo en la revolución para que no hubiera más pobres. Entonces creyó poder recuperar a la familia, pero no, tuvo que conformarse con saber que los niños estaban bien y ella aún lo quería, a pesar de que su nombre seguía prohibido como antes en la nueva casa que levantaron sus padres del otro lado del mar, en una tierra extraña y sin amigos. Eso no lo soportó. Había aprendido a tender emboscadas, a batirse con sus quince hombres contra una compañía del ejército; a bajar vestido de guajiro hasta los pueblos en busca de alimentos o informaciones; a desafiar la muerte cara a cara durante tantos meses, y todo lo venció, menos la impresión de no encontrarlos al terminar la guerra que había hecho también por ellos.

Así comenzó todo, como un alejamiento melancólico, como un estancamiento en la memoria. Y se apartó del mundo poco a poco. Por gusto los consejos, los amigos, los médicos; en vano tratamientos y remedios, él no quería vivir, pero tuvo el valor de no matarse. Se quedó consigo mismo en aquella tragedia personal que los padres quisieron disimular cambiándose de pueblo. Fue entonces que llegó aquí, y así lo conocimos todos, eterno caminante que rehace una y otra vez las marchas de la Sierra para que no lo adivine el enemigo que ahora lleva consigo sin lograr distraerlo ni matarlo.

De vez en vez se colaba algo de claridad en su hermetismo, entonces conversaba de cualquier tema, pedía un cigarro o pagaba cinco centavos a los muchachos para que le sacaran las canas mientras dormía la siesta en su catre. Fue siempre como un amigo grande para los niños que éramos entonces, no le teníamos miedo a su locura, no fue contra nosotros. Nadie supo jamás de su violencia, sólo aquellos soldados que cayeron en sus emboscadas cuando la guerra. Luego se han conocido muchos detalles de su vida, pero nadie ha querido contar la verdadera historia. Ha faltado valor.

Los del pueblo ya no pueden cambiar, sólo ven a este lunático hediondo que viene por el camino polvoriento cada día con su insondable saco al hombro, caminando de lado, con la cabeza gacha y azotándose el flanco con el brazo derecho.

***
La Habana, 22 de marzo de 2005

jueves, 12 de julio de 2007

MARTÍ VIVO Y ACTUANTE

Ha concluido hace unas horas en La Habana, el XXXIII Seminario Nacional Juvenil de Estudios Martianos. Desde el 8 de octubre del 2006 hasta este día un total de 18 000 ponencias, pinturas, esculturas, danzas, obras de teatro, canciones y obras audio visuales fueron presentadas y debatidas en los niveles de base, municipio, provincia y nación.

Más de 118 000 niños, adolescentes, jóvenes y adultos se vieron involucrados en estos seminarios como ponentes, jurados, asesores, organizadores, etc. Maestros, bibliotecarios, auxiliares pedagógicas, padres, abuelos y familiares y amigos contribuyeron a que esta fiesta del saber, la cultura y el amor fuera posible. A ellos nuestro agradecimiento y felicitaciones.

Se cumplen ya 35 años desde el surgimiento de estos eventos en enero de 1972. Entonces la necesidad de rescatar el verdadero pensamiento de José Martí y divulgarlo entre el pueblo y darlo a conocer al mundo, fue la premisa de aquel alumbramiento.

Grandes batallas de ideas libraron nuestros jóvenes martianos desde los Seminarios contra los que pretendieron tergiversar las ideas del Apóstol para emplearlas contra la Revolución. Luego fueron las luchas en el plano filosófico, para intentar oponer el ideario martiano al pensamiento marxista, basándose en descontextualizaciones y amputaciones vergonzosas del textos martianos sobre Marx y las ideas socialistas.

Ahora pasaron los corifeos de la anti-Cuba a un plano más vergonzozo aún: atacar para intentar destruir la memoria de nuestro hombre mayor, aquel a quien Gabriela Mistral llamó "el hombre más puro de la raza" y "nuestro supremo varón literario". Ni siquiera los dos asesinos más grandes del período republicano osaron atacar la figura de Martí. Antes la ensalzaron y en su nombre pretendían legitimar las barbaridades que contra el pueblo cometían para satisfacer intereses mezquinos y privados.

Sin embargo, los cubanos de la isla han crecido bastante en términos culturales, y los que por una u otra razón emigraron solo de la tierra y no del alma cubana, les han salido al paso a estos nuevos y viejos "alquilones". José Martí resume en su vida y en su obra las más altas aspiraciones del género humano, basadas en la felicidad de todos los hombres de la tierra y en el goce pleno de sus facultades, extendiendo los límites de su derecho y de su bienestar hasta allí donde comienza el derecho y el bienestar de otro hombre.

Han divulgado a los cuatro vientos gracias a las "bondades" de los que pretenden ahogar en sangre, sufrimiento y hambre al pueblo donde nacieron, que las nuevas generaciones de cubanos rechazamos estudiar al Maestro. Nunca se vio blasfemia mayor. Porque muchos de los mismos que esto dicen, aprendieron a cantar cada mañana en la escuela que les fue regalada, frente a su imagen al pie de la bandera, el Himno de Bayamo, ese que dice que "la patria os contempla orgullosa", que "morir por la patria es vivir".

Pero no hay peor ciego que el que no quiere ver. Nosotros seguiremos reuniendo cada año, como desde hace 35, a decenas de miles de niños, adolescentes y jóvenes para hablar y aprender, para beber en la fuente de espiritualidad inagotable que es su vida, los antídotos imprescindibles que impedirán mañana que seamos Iscariotes de esta Cuba infinita que ama y sueña con un mundo de paz para todos los hombres de la tierra, y trabaja cada día para hacerlo posible mientras a la humanidad le quede tiempo.

JOSÉ MARTÍ: LA CULTURA Y LA REVOLUCIÓN HUMANA



Es imposible en los tiempos que corren hacer un análisis del papel que ha tenido la cultura en el proceso revolucionario cubano a lo largo de los últimos dos siglos, sin hablar de la influencia de acontecimientos acaecidos allende nuestras costas. Pocos hechos tienen lugar de manera aislada, siempre habrá un vínculo, un soplo, un reflejo que los una a otros sucesos humanos anteriores, posteriores o coetáneos. Por lo tanto hablaré desde Cuba sobre algunos temas de cuya solución depende en gran medida la supervivencia de la especie humana.
Desde esta perspectiva, los cubanos hemos aprendido que, además del exaltado patriotismo del padre Félix Varela y del sabio don José de la Luz, venimos también—por sólo citar algunos ejemplos—del afán visionario de Simón Rodríguez, aquel que, a más de moldeador del Libertador, le sobró voluntad para no humillarse ni rendirse en su auto asignada tarea de iluminar con el conocimiento y la cultura el porvenir de nuestros pueblos, y sus últimos días los dedicó a fabricar velas porque era ya—según dijo—la única manera que le quedaba para darle luces a la América. De allá venimos, del sueño colombéico de Francisco de Miranda, y del poeta sublime que también fue Simón Bolívar cuando en su delirio sobre el Chimborazo trazó la visión tremenda de su propia obra y del destino de nuestra patria grande. El fue, es y será inspiración fecunda no sólo de los bravos que empuñaron las armas para labrar el tronco de nuestra libertad, sino también de otros, no menos bravos, que dejaron al correr de sus plumas plasmadas en el papel, y al correr de su sangre plasmadas en la tierra, las memorias sagradas que convocaron nuevos brazos para las batallas posteriores, y siguen prestas a servir en la labor constante y necesaria de “echar a los hombres del envilecimiento a la dignidad”.
De José María Heredia venimos, el conspirador que cantó al Niágara para cantarle al mundo, y siguiendo a Bolívar se lo encontró el destierro, la nostalgia y la muerte. De la mano de Heredia en las tertulias de su maestro Mendive, entró José Martí al mundo americano, y se quedó a vivir en él para siempre. De Martí nos viene la vocación de universalidad en la cultura que condiciona en última instancia el internacionalismo y la solidaridad en lo político y en lo social. Sin conciencia clara de la “identidad universal del hombre” no es posible aspirar al ente solidario, altruista y generoso que necesita el mundo. Sólo el convencimiento de que en verdad “Patria es Humanidad”, puede hacer la maravilla de que hombres nacidos en la brevedad de una época y en la finitud de un paisaje, hayan decidido morir en los más diversos puntos de la geografía mundial. Ellos han escrito, sin saberlo acaso, el mejor poema que pueda escribirse, porque la poesía más difícil es la que está en los actos y en los hechos. Yo no creo ni podría creer en el poeta que es capaz de conmoverse ante un paisaje o una puesta de sol, y sin embargo puede permanecer impasible ente la miseria y el dolor humanos. Así podrá serse fabricador de versos, pero no poeta. Los versos--decía Martí—no se han de hacer para decir que se está contento o se está triste, sino para ser útil al mundo; que la poesía escrita es grado inferior de la virtud que la promueve, porque el hombre siempre será superior a la palabra.
Por supuesto, es esa conciencia universal, que sólo puede dar el conocimiento instintivo o instructivo de “la idea del bien”, la que moviliza lo mejor de lo humano hacia tales acciones. Sin conciencia y vocación humana puede serse conquistador o mercenario, pero jamás un hombre, mucho menos un revolucionario, que es, como lo calificara el Che, “el escalón más alto de la especie humana”. Sin cultura humanista puede haber masacre y exterminio, pero jamás lucha por la liberación humana. La visión clara de la felicidad del hombre como principio y fin de todo empeño, fue la que llevó a José Martí a pregonar “la guerra sin odio” contra el dominio colonial de España, jamás contra el español como individuo, ni contra España como nación y cultura. En nuestras guerras no se mataba por odio a España sino por amor a Cuba. No hemos sido los cubanos, en lo fundamental, soldados por vocación sino por necesidad. El iniciador de nuestras gestas independentistas, al que llamamos el Padre de la Patria, Carlos Manuel de Céspedes, era abogado, poeta, autor de una de nuestras canciones antológicas; amante de la música; un hombre de la cultura.
Poetas fueron en su mayoría, y hombres de la cultura, quienes en los años de la república neocolonizada por la intervención norteamericana en nuestra última guerra contra España, en 1898, promovieron las ideas de José Martí, reconocido ya como el Apóstol de la independencia de Cuba. Ellos fundaron, bajo la guía de Julio Antonio Mella, la federación de estudiantes Universitarios, la Liga Antiimperialista, el Partido Comunista de Cuba, y la Universidad Popular José Martí, para que el pueblo tuviera “luces”, que como dijo Bolívar, junto a la moral, eran las primeras necesidades de nuestros pueblos, y lo serán siempre si queremos ser verdaderamente libres, y no víctimas de corruptos y ambiciosos.
Fue la vocación y la convicción de universalidad la que condujo al Comandante Che Guevara a estar dispuesto a dar su sangre y su vida por la libertad de cualquier pueblo del mundo, lo cual demostró con su participación en la Revolución Cubana, donde se forjó, la campaña en el Congo y su posterior hazaña de Bolivia, donde se sembró para siempre en la tierra y en la historia. Ha sido la claridad meridiana, la absoluta certeza de que el hombre es uno en todas partes y como tal merece vivir libre, feliz y dignamente, la que ha conducido a Fidel a colaborar en la felicidad de otros pueblos. La cultura y la educación forjadas por la Revolución en estos años desde 1959, siguiendo la tradición humanista que condujo hasta ella, ha preparado a las generaciones de cubanos que han llevado el mensaje solidario y humano de Cuba a los más insospechados parajes. Las misiones médica y educativa han sido fundamentales en la concreción de esa cultura acumulada.
Curar a un enfermo es salvar una vida. Enseñar a leer a un analfabeto es salvar a un ser humano; es levantar al animal que habla a la altura de lo humano. Instruirlo en el conocimiento esencial para entender el mundo en que vive y manejar las fuerzas que lo rigen, es completar en el ser humano al hombre consciente de su propia existencia. El conocimiento es el verdadero poder, el que sabe más, vale más, pero sólo si al conocimiento de la mente une la bondad del corazón. El saber que se asocia a la maldad es una aberración y deberá ser combatido en todas partes. “La inteligencia—decía José Martí—no es la facultad de imponerse, es el deber de ser útil”; y si “ser culto es el único modo de ser libre”, “ser bueno es el único modo de ser dichoso”. El pueblo chino atesora en proverbios una sabiduría ancestral, de ella tomo aquel que dice que la inteligencia camina más aprisa, pero el corazón llega más lejos. A lo racional ha de anteponérsele siempre lo razonable, porque si bien todo lo razonable es racional, no todo lo racional es razonable. Hay cosas que pueden hacerse desde el punto de vista de la razón, pero no deben hacerse desde el punto de vista de la ética. La bomba atómica se podía construir, desde la ciencia, pero no debió construirse, desde la ética.
La masificación de la educación y la instrucción, junto al afán de que el pueblo alcance una verdadera cultura general integral, es el único camino para alcanzar un mundo mejor. Si partimos del hecho real de que ese mundo mejor que es posible, sin dudas, no lo encontraremos a la vuelta de la esquina porque no existe, lo que existe es la posibilidad latente, necesaria y hoy obligatoria de construirlo con nuestras propias manos, entonces estaremos de acuerdo en que semejante reto no lo podremos vencer con la enorme masa analfabeta e inculta que hoy padece el mundo. Ellos no son la rémora sino el acicate, la posibilidad de sumar a este empeño la fuerza descomunal de las mayorías. El lastre son las exclusiones, los pesimismos, la filantropía y la inercia. Filantropía no es humanismo, no es con limosnas ni con las cacareadas “obras de caridad” como se alcanzará un mundo mejor, sino con solidaridad. No es dando lo que nos sobra, sino compartiendo lo que tenemos; no es combatiendo, eliminando o marginando al pobre, sino eliminando la pobreza. No será ignorando a las mayorías desposeídas desde una posición elitista, sino yendo hasta ellas a instruirlas, a levantarlas al conocimiento verdadero de la dignidad humana. Creo que como en los tiempos de Martí, la cruzada se ha de emprender ahora para revelar al hombre su propia naturaleza, para que sienta la dicha de ser criatura amable y cosa viviente en el magno universo.
Bolívar dijo que un pueblo ignorante es un instrumento ciego de su propia destrucción, demás está decir entonces que un pueblo instruido es el instrumento más eficiente de la construcción de su propia felicidad. Como vemos, el camino ha sido señalado desde hace doscientos años para los hijos de América, aunque ya Sócrates había dicho que el conocimiento es la virtud y que sólo si se sabe se puede divisar el bien. No hace falta por lo tanto empeñarnos en crear caminos nuevos, sino extraer de “la maleza ideológica de siglos” las señales del verdadero camino humano. Ese camino no será nunca hacia la oscuridad sino hacia la luz. Durante siglos los poderosos se han empeñado en ocultar las sendas verdaderas del ascenso humano, y siguiendo sus instintos egoístas se han erigido en guías hacia el exterminio de la especie. A pesar de que todas las épocas han contado con esos hombres luz que han sido asesinados, encarcelados o desaparecidos, hoy nos encontramos al borde de la catástrofe. Es necesario retomar el camino de la luz que es el de la felicidad de los hombres. Sólo la solidaridad y el humanismo nos llevarán de vuelta al sitio donde extraviamos el rumbo, cegados o poseídos por los cantos de sirenas.
En la búsqueda de ese camino creo obligatorio distinguir entre lo que es la verdadera cultura de nuestros pueblos, y como tal, patrimonio de toda la humanidad, y aquella seudo cultura fabricada por los poderosos como medio de dominación utilizando resortes culturales, porque no hay otra manera de llegar a los hombres sino a través de la cultura. Sabemos cuantas sutilezas se emplean para hipnotizar o idiotizar a las masas humanas empleando esos mecanismos creados por la cultura, sin embargo hay desfiguraciones demasiado burdas como para no ser reconocidas a simple vista. Rambo y Batman nada tienen que ver con lo mejor de la cultura norteamericana, por poner el ejemplo en el propio terreno de los manipuladores, sin embargo es lo que se promueve como símbolo del poder de una raza que no podía ser más híbrida producto de su propio desarrollo histórico. Se ha secuestrado la cultura original de los pueblos, incluyendo al norteamericano, y se ha sustituido por una grotesca caricatura que no refleja a pueblo alguno, antes por el contrario, ha sido hecha para ser reflejada por todos los pueblos en la búsqueda de una absurda homogenización fatídica que desnaturaliza las identidades dentro de la infinita diversidad de pueblos y culturas. Homogenización que nos reduce a simples marionetas: vestimos, pensamos, vivimos como nos dicen que debemos hacerlo, y por desgracia nuestra son más los que gustosa o indolentemente imitan que los que se resisten a ser colonizados culturales. Nuestro libre albedrío ha quedado reducido a la posibilidad de elegir de qué manera y por qué vía queremos consumir la mediocridad que se nos ofrece forrada de lentejuelas o como las mismas cuentas de vidrio de hace quinientos años.
El saber acumulado por la especie humana es suficiente para salvarse del exterminio, pero es preciso vincular este conocimiento a la ética y al sentimiento de bondad, de lo contrario seguiremos involucionando hasta quedar reducidos a animales parlantes, aunque creo que ni para eso tenemos tiempo ya. Recordemos siempre aquella advertencia de José Martí que cito en extenso: “Los hombres necesitan quien les mueva a menudo la compasión en el pecho, y las lágrimas en los ojos, y les haga el supremos bien de sentirse generosos: que por maravillosa compensación de la naturaleza aquel que se da, crece; y el que se repliega en sí, y vive de pequeños goces, y teme partirlos con los demás, y sólo piensa avariciosamente en beneficiar sus apetitos, se va trocando de hombre en soledad, y lleva en el pecho todas las canas del invierno, y llega a ser por dentro, y a parecer por fuera,--insecto.”
Construyamos pues, con paciencia y valor, hombres verdaderos, en el escaso tiempo que nos queda; y mantengamos los insectos en el límite indispensable al equilibrio de la naturaleza.



(Intervención en el encuentro de jóvenes intelectuales, efectuado en Caracas en el marco del 16 Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes)

martes, 3 de julio de 2007

La utilidad de la virtud: Ignacio Agramonte en José Martí.

Muchos y de muy diversos modos fueron los influjos que recibió José Martí de los Hombres del 68. Adolescente aún, en la casa del maestro Mendive, observaba como éste “seguía, de codos en el piano, la marcha de Céspedes en el mapa de Cuba”[1]; recitaba en el patio, al pie de los plátanos, junto a los otros muchachos del colegio San Pablo, el soneto del “Señor Mendive” a Lersundi; o veía, en aquellas noches de la calle del Prado, cómo en el propio cuarto de Mendive se ocultaba de la policía española que lo perseguía, el patriota camagüeyano José de Armas y Céspedes. En este clima, su mente y su corazón se hallaban prestos a recibir como tierra fértil la semilla del patriotismo que germinaría en él con fuerza incontenible. Temprano y de cerca sintió Martí los influjos del Camagüey legendario, y especialmente de aquel que habría de convertirse con el tiempo, por la fuerza y la nobleza de su carácter, en la mayor leyenda: Ignacio Agramonte.

El maestro Cintio Vitier ha dicho que “en cuanto a Ignacio Agramonte, Martí lo ve como el prototipo de la eticidad épica cubana y tuvo por él, entre los hombres de acción, preferencia comparable a la que sintió por Luz entre los hombres de pensamiento.”[2]

El respeto tributado por Martí a los padres fundadores fue constante; es ostensible en sus escritos, en las referencias que hace a ellos de manera pública o en la intimidad de una correspondencia epistolar. Estudió en el destierro y con toda la profundidad que le permitieron las fuentes de que pudo disponer, los caracteres más sobresalientes de la Guerra Grande, porque creía que “las glorias no se deben enterrar sino sacar a la luz”[3], como le dice en su primera carta al general Máximo Gómez, escrita presumiblemente en 1878, y donde le pide información para un libro que estaba escribiendo sobre la guerra de Cuba; “Seré cronista, ya que no puedo ser soldado”[4],--dice, y como tal necesitaba saber de primera mano los cargos que podían hacérsele y las razones que podían esgrimirse en defensa de Céspedes. Y en esta carta, a renglón seguido, aparece ya su interés por el Bayardo Camagüeyano, al confesar que sobre todo, necesitaba saber “qué fue una carta que Ignacio Agramonte envió a Céspedes sobre renuncia de mando y mantenimiento de pensión.”[5]

Del libro en cuestión no se tiene más noticia que la referencia que hace en la carta a Manuel Mercado desde Guatemala, el 6 de julio de 1878, donde cuenta la triste decisión que se había visto obligado a tomar de volver a Cuba, --concertada ya la paz del Zanjón--, por los ruegos de su esposa y para que naciera en ella su hijo, y la pena que le embargaba al ver burlada su absoluta creencia de que era imposible la extinción de la guerra en Cuba, y el hecho de que esto ocurriera precisamente “¡Ahora que tenía casi terminada—escribe--, con el amor y ardor que V. me sabe, la historia de los primeros años de nuestra Revolución!—Había revelado a nuestros héroes, escrito con fuego sus campañas, intentado eternizar nuestros martirios. Con minucioso afán, había procurado enaltecer a los muertos y enseñar algo a los vivos. Ningún detalle me había parecido nimio. Todo lo hacía yo resplandecer con rayos de grandeza:--de su eterna grandeza.--¡Y esta obra noble y filial de un espíritu libre, irá ahora clavada como un crimen en el fondo de un baúl!—Mucho he de padecer en una tierra donde no puede entrar semejante libro.”[6]

Se supone que este texto se encontraba entre la papelería que Martí ordenó quemar cuando fue apresado en La Habana en septiembre de 1879 y conducido a su segundo destierro. Aunque nos hubiera gustado disfrutar de aquellas narraciones escritas por la pluma fogosa de Martí y acrisoladas por su acendrado patriotismo, debemos concluir que no todo se perdió con la desaparición del libro, pues es evidente que la preparación del mismo le facilitó a su autor la realización de un estudio minucioso de la atmósfera en que se desenvolvió la campaña de la década heroica; las corrientes de pensamiento que se movían en ella, las flojedades de ánimo, intrigas, celos y diferencias que al cabo dieron al traste con la revolución.

La evidencia mayor de esta afirmación la tenemos en el análisis detallado de la situación cubana que realiza Martí, recién llegado a Nueva York, en su Lectura en Steck Hall, el 24 de enero de 1880, ante los emigrados cubanos. En aquella ocasión, Martí realiza el desmontaje de los acontecimientos más relevantes de los diez años de lucha; las causas y condiciones del debilitamiento de la revolución; levanta con su palabra al lugar de honor donde todos han de verlos, a los que pudiendo permanecer en la isla sometida y disfrutar de determinadas ventajas a cambio de una obediencia y una sumisión más amargas que las desventuras del destierro, renunciaron al bienestar propio y al de su familia para cargar como una culpa hacia el exilio la dignidad y el honor de los caídos, de los muertos ilustres que se pusieron de abono de su pueblo. Salva de la deshonra a los cubanos buenos que por una razón justificada no pudieron emprender igual camino, y necesitaban más valor para soportar en silencio la mancilla y la burla constante, que el que habían necesitado para enfrentarlos cara a cara en los rudos combates de la víspera. “No hablo yo—dice—de aquellos mártires escasos que por cumplir melancólicos deberes, sacrificaron vehementes aficiones”[7]; pero fustiga y clava como en una picota a “los que vivieron de brazo con los elementos españoles, y les sirvieron en sus oficinas, y escribieron en sus periódicos, y se alistaron en sus filas, y engastaron en la luctuosa cinta de hule los colores a cuya sombra se disparaban en aquel instante las balas que echaban por tierra a Ignacio Agramonte y a Carlos Manuel de Céspedes.”[8]

Entre la emigración gustaba Martí de reunirse con los veteranos de la guerra y escucharles los relatos de la epopeya gloriosa; seguía la huella no sólo a los héroes, sino también a los que habían peleado cerca de ellos, para hacerse una mejor idea de aquellos hombres mayúsculos y a la vez descubrir y proclamar la grandeza silenciosa de tanto héroe ignorado.

Leía constantemente las publicaciones que sobre tales hechos encontraba o les eran enviadas por sus compañeros. De la reverencia con que acogía estos escritos nos da fe su prólogo al libro Los Poetas de la Guerra, en que pinta la escena conmovedora donde “una noche de poca luz, después del día útil, en el rincón de un portal viejo de las cercanías de Nueva York, recordaba un general cubano, rodeado de ávidos oyentes, los versos de la guerra”[9], y la sugerencia espontánea de no dejar perderse en el olvido aquel tesoro de nuestra infancia libertaria, y luego la publicación pronta de “los versos que Serafín Sánchez, el recitador de aquella noche, aprendió de los labios de los poetas, en los días en que los hombres firmaban las redondillas con su sangre.”[10] Este sublime respeto al sacrificio lo lleva a significar que la poesía de estos héroes no estaba en lo que escribían, sino en lo que hacían; que acaso rimaban mal, pero morían bien, y deja para todos los tiempos una aseveración que aún hoy nos electriza: “...la poesía de la guerra no se ha de buscar en lo que en ella se escribió: la poesía escrita es grado inferior de la virtud que la promueve; y cuando se escribe con la espada en la historia, no hay tiempo, ni voluntad, para escribir con la pluma en el papel. El hombre es superior a la palabra.”[11]

El afán de Martí por ir siempre a la raíz de las cosas lo lleva a crearse un método original para analizar los asuntos de la patria, sean cuales fueren, desde el análisis de la poesía de Heredia o José Joaquín Palma, hasta las valoraciones respecto a la conducta de los próceres tanto cubanos como de otras latitudes. Esta manera de interpretar la historia, de analizarla no solamente con el frío instrumental de la academia, sino sobre todo con el corazón --siempre que la pasión no turbe el juicio--, con el respeto que merece todo el que supo un día ponerse de cimiento de un tiempo nuevo, hubiera ahorrado a los pueblos que coexisten en los albores del siglo XXI descalabros inmensos que han debido pagar luego muy caro, algunos al costo de su propia existencia como naciones libres.

El análisis que hace Martí de las figuras de Céspedes y Agramonte en su artículo publicado en El Avisador Cubano, el 10 de octubre de 1888, veinte años después del Grito de La Demajagua[12], es un modelo de análisis histórico objetivo y honroso, para los estudiados y para el estudioso, que no se deja influir por pasioncillas gusanosas, ni pueriles dictámenes librescos, sino que visto todo en conjunto, el brillo de la virtud que los anima y que de ellos emana, es inmensamente superior a las sombras que pudo echar sobre sus actos su propia condición humana. Por ello acota brevemente dos elementos que pudieran pasar desapercibidos: de Céspedes dice que “no fue más grande cuando proclamó a su patria libre, sino cuando reunió a sus siervos, y los llamó a sus brazos como hermanos”[13], y de Agramonte, que “jamás fue tan grande, ni aun cuando profanaron su cadáver sus enemigos, como cuando al oír la censura que hacían del gobierno lento sus oficiales, deseosos de verlo rey por el poder como lo era por la virtud, se puso en pie, alarmado y soberbio, con estatura que no se le había visto hasta entonces, y dijo estas palabras: “¡Nunca permitiré que se murmure en mi presencia del Presidente de la República!””[14]

El mismo día en que aparece este artículo, Martí pronuncia un discurso en honor al 10 de octubre en el Masonic Temple de Nueva York, en el que hace referencia a Ignacio Agramonte. Entre los patriotas que se encontraban presentes estaba Amalia Simoni, la esposa de Agramonte, quien cuatro días después le envía una carta a Martí felicitándolo “por su inspirado discurso tan oportuno, como patriótico y bello.”[15] Por la dignidad con que ha sabido seguir siendo fiel a las ideas y a la memoria del esposo, el respeto que Martí siente por El Mayor se trasmite igualmente a Amalia, como se observa en este escrito publicado en Patria el 25 de junio de 1892: “por la dignidad y fortaleza de su vida; por su inteligencia rara y su modestia y gran cultura; por el cariño ternísimo y conmovedor con que acompaña y guía en el mundo a sus dos hijos, los hijos del héroe,--respeta Patria y admira a la señora Amalia Simoni, a la viuda de Ignacio Agramonte.”[16] Amalia a su vez, admiró en Martí las virtudes que lo identificaban con Agramonte, y como amiga sincera le ofrece su casa.

Martí, que pensaba que las montañas culminan en picos, y los pueblos en hombres, reconoció en el carácter de Agramonte el del Camagüey, y en parte eso explica, unido al conocimiento de la valía de otros hijos ilustres y de las tradiciones de lucha de esta provincia, la confianza que siempre tuvo en el patriotismo camagüeyano, aún en un período tan incierto como el que precedió al inicio de la Guerra Necesaria, cuando la ruina de la pasada contienda –que en esta región fue más inclemente que en otra alguna de la isla—había sido superada por la laboriosidad de los principeños, y se dejaba atrás el fantasma de la miseria, amén del arraigo que estas mismas condiciones propiciaron al elemento autonomista.

A fondo debió Martí conocer al hombre, cuando al calificarlo como un “diamante con alma de beso” logró sintetizar su carácter de manera que 115 años después nadie ha podido aun superar. O cuando describiendo las virtudes de aquel que fue “un ángel para defender, y un niño para acariciar”[17], le celebra que haya enseñado a leer a su amigo mulato Ramón Agüero con la punta del cuchillo en las hojas de los árboles; o la forma de tratar a sus hombres de manera que parecía que curaba como médico cuando censuraba como general; o el hecho sublime de que se valiera de su renombre “para servir con él al prestigio de la ley, cuando era el único que, acaso con beneplácito popular, pudo siempre desafiarla.”[18]

Sin embargo, la voluntad y disposición al sacrificio de El Mayor, fueron lo que más le atrajeron, y lo llevan a expresar con vehemencia que “se le quiere, como a cosa de las entrañas, se mira su recuerdo, se le hace hueco en nuestro asiento, se le abre, para que por él se entre, nuestro corazón, se le arropa con el corazón ensangrentado”; lo dice además, porque él es un ejemplo de que los cubanos nunca hemos ido a la guerra por afición, sino obligados por nuestro innato afán de libertad; que hemos preferido siempre la paz, y por asegurarla nos hemos lanzado a la lucha sin cuartel contra quienes han intentado arrebatárnosla conculcando los derechos que constituyen nuestra atmósfera natural, porque no puede haber paz sin libertad. Y aquel hombre que organizó la mejor caballería del Ejército Libertador sin más cienciia militar que el genio y el amor a su tierra, es el que en el silencio y la tranquilidad de su “Idilio” le dice a la noble esposa: “¡Jamás, Amalia, jamás seré militar cuando acabe la guerra! Hoy es grandeza, y mañana será crimen.”[19] Esos hombres tremendos que en la hora sublime en que la patria los llamó a defenderla, dejaron a un lado de la mesa la pluma que escribía el soneto y empuñaron el arma para ir al combate--para muchos el último combate--, esos, son nuestros padres.

Es necesario conocer esa herencia para comprender la descabellada aventura que significaría para cualquiera que lo intentara, agredir a nuestro país. Amamos la paz, la necesitamos para continuar con nuestros maravillosos programas sociales y culturales, en los que nos inspira el sacrificio de hombres como Agramonte; pero si el egoísmo y el odio que pretenden imponerle al mundo una tiranía nazi-fascista, nos obligaran a defender nuestro sagrado suelo, lo haríamos con honor, inspirados también en el ejemplo que nos legó aquel héroe.

Una idea de cuanto admiró Martí la gallardía de Ignacio Agramonte, y hasta donde calaron en él las virtudes de aquel joven guerrero, culto y romántico, símbolo de lo que debía ser la nueva horneada que habría de acompañarle a culminar la faena por aquel iniciada, es su actitud reverente ante los dos pequeños frascos que les fueron mostrados por una cubana buena que vivía también en el exilio: Había guardada en uno de ellos tierra de los potreros de Jimaguayú, donde cayera El Mayor, y en el otro, un mechón de cabello cortado al héroe poco antes de que fuera incinerado su cadáver por los militares españoles--, se puso en pie Martí, transfigurado, como si el General estuviera parado frente a él, y sosteniendo apretadas en sus manos aquellas urnas sagradas --como quien ante una fosa que no se ha cerrado todavía hace un solemne juramento,--quedó en silencio, mientras se le llenaban de lágrimas los ojos.

Esos son, Cuba, tus verdaderos hijos; hoy están con nosotros, y allí estarán mañana en la trinchera, latiendo en cada corazón, si fuera necesario defenderte.

[1] José Martí, Obras Escogidas en Tres tomos, Editora Política, La Habana, 1979, t. II, p. 553
[2] Cintio Vitier, Ese Sol del Mundo Moral, Ediciones unión, La Habana, 2002, p. 53
[3] Ídem, t. I, p. 119
[4] Íbidem.
[5] Íbidem.
[6] Ídem, p. 123
[7] Ídem, t. I, P. 154
[8] Íbidem.
[9] Ídem, t. III, p. 315
[10] Íbidem.
[11] Ídem, p. 321
[12] Aunque el propio Martí, siguiendo las costumbres de su tiempo, alude en reiteradas ocasiones al Grito de Yara, y este hecho continuaría repitiéndose en lo sucesivo hasta hoy como el inicio de la Guerra de Independencia, es justo reconocer—como han insistido varios prominentes historiadores cubanos—que el grito de independencia que dio inicio a la revolución tuvo lugar en el ingenio La Demajagua, en la madrugada del 10 de octubre de 1868.
[13] Ídem, t. II, p. 320
[14] Ídem, p. 324
[15] Fondos del Museo Provincial Ignacio Agramonte, de Camagüey, citados por Luis Álvarez Álvarez y Gustavo Sed Nieves en su libro El Camagüey en Martí, Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello y Editorial José Martí, 1997, p. 309
[16] José Martí, Obras Completas, t. 5, p. 378
[17] Ídem, p. 322
[18] Íbidem.
[19] O. E., Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1992, t. II, p. 237

lunes, 2 de julio de 2007

JOSÉ MARTÍ ANTE LA EXPANSIÓN NORTEAMERICANA

La obra de José Martí ante las apetencias expansionistas del entonces naciente imperialismo norteamericano es vastísima y ocupa múltiples aristas.

Mucho se ha hablado de tres de los momentos cumbres, pudiéramos decir, de esta oposición martiana a la rapacidad del Norte: a saber, la Conferencia Internacional Americana, más conocida como el Congreso de Washington, celebrada entre diciembre de 1889 y enero de 1890; y la Conferencia Monetaria Internacional, que tuvo lugar en 1891. El tercer momento a que hacemos referencia es la carta que dirigió el Apóstol a su amigo mexicano Manuel Mercado, considerada su Testamento Político, el 18 de mayo de 1895, un día antes de su caída en combate en los campos de Dos Ríos.

Sin embargo, cuando nos adentramos en el universo martiano, nos llama poderosamente la atención ver cómo desde los más diversos frentes y utilizando tanto los medios directos, como el periodismo en la época de las Conferencias señaladas, hasta los más sutiles, como La Edad de Oro, Martí desarrolla una intensa y extensa campaña antimperialista –no antinorteamericana—y en la que podemos definir al menos tres vertientes principales:

* El afán porque en los países de lo que él llamó Nuestra América se conocieran, junto a las virtudes que debíamos aprovechar de los Estados Unidos, los horrores morales y las ambiciones voraces que persistían en aquella sociedad y de los que debíamos cuidarnos; las oscuridades que reinaban detrás de las lujosas vitrinas donde, ya entonces, se nos pretendía vender un modelo de vida.

* La necesidad de que en los Estados Unidos se conocieran, no sólo las riquezas naturales, sino –y sobre todo—la historia heroica, las virtudes, los sentimientos, la capacidad de los que habitamos al sur del Río Grande. Veía Martí en esto un factor de primer orden para frenar las ansias expansionistas ganando el respeto del vecino ambicioso al que el desconocimiento de nuestras realidades, dolores y esperanzas lo llevaba a experimentar menosprecio en lugar de la admiración, y lo hacía creernos presa fácil.

* El esfuerzo titánico, continuo y constante por elevar el nivel cultural de los habitantes de nuestros pueblos, a través de una instrucción adecuada a las características de estos países y tomando lo mejor de la cultura universal. La preocupación porque el hijo de Hispanoamérica se sintiera orgulloso de su origen y no se subestimara con relación al anglosajón; y la utilidad de dar a conocer unas a otras las naciones de Nuestra América, porque los que van a pelear juntos deben darse prisa en conocerse, y sólo este conocimiento haría posible la unidad Latinoamericana, baluarte mayor contra el expansionismo imperialista.

Resultan significativas sus tempranas premoniciones respecto al destino de aquella gran nación. Así, en el Cuaderno de Apuntes número 1, escrito durante su primer destierro y cuando apenas tenía 18 años, encontramos este profundo examen sobre las diferencias culturales entre la América Hispana y la América Anglosajona:

“Los norteamericanos posponen a la utilidad el sentimiento.—Nosotros posponemos al sentimiento la utilidad.
Y si hay esta diferencia de organización, de vida, de ser, si ellos vendían mientras nosotros llorábamos, si nosotros reemplazamos su cabeza fría y calculadora por nuestra cabeza imaginativa, y su corazón de algodón y de buques por un corazón tan especial, tan sensible, tan nuevo que sólo puede llamarse corazón cubano, ¿cómo queréis que nosotros nos legislemos por las mismas leyes con que ellos se legislan?
Imitemos. ¡No!—Copiemos. ¡No!—Es bueno, nos dicen. Es americano, decimos.—Creemos porque tenemos necesidad de creer. Nuestra vida no se asemeja a la suya, ni debiera en muchos puntos asemejarse. La sensibilidad entre nosotros es muy vehemente. La inteligencia es menos positiva, las costumbres son más puras, ¿cómo con leyes iguales vamos a regir dos pueblos diferentes?
Las leyes americanas han dado al Norte alto grado de prosperidad, y lo han elevado también al más alto grado de corrupción. Lo han metalificado para hacerlo próspero. ¡Maldita sea la prosperidad a tanta costa![1]

Más adelante, en otro de estos apuntes señala:

“Nunca fue Roma más ilustrada que cuando la mató su vileza.—Nunca estaba Francia más civilizada que cuando entregó cobardemente su libertad.—No se me oculta que va acercándose más a Dios la civilización americana.—Pero yo preveo que morirá sin llegar a él, porque comienza a debilitarse en su principio.—No es Mesalina, como Roma. No es sierva de sus vicios como Francia;--pero tiene algo de romana, y esto la conducirá a morir aún como francesa.”[2]

Estas proféticas palabras nos llevan a pensar que desde los días de alumno del Colegio San Pablo y las tertulias en casa de su maestro Rafael María de Mendive, donde participaban numerosos revolucionarios para analizar la situación del país y del mundo, el joven Martí mostró interés por el desarrollo de la poderosa nación del norte y por su historia. Recordemos que en esta época, junto a otros condiscípulos y a su maestro, llevó al brazo, durante una semana y a pesar del gobierno colonial de España, la banda negra que significaba el luto por el asesinato del leñador bueno, del Presidente Abraham Lincoln.

Una etapa fundamental dentro del proceso de maduración del pensamiento político, revolucionario y antimperialista de José Martí fue durante su estancia en México. El conocer la realidad mexicana de cerca, a través de los círculos intelectuales donde lo introdujo su amigo Manuel Mercado, muy vinculado al gobierno del Presidente Sebastián Lerdo de Tejada, contribuyó a que el cubano comprobara en la práctica la voracidad de la nación del Norte.

Los conflictos que constantemente se sucedían en la frontera entre México y los Estados Unidos, azuzados en su mayoría por los periódicos norteamericanos al servicio de grandes intereses económicos, fueron analizados por Martí, quien a través de sus boletines alertaba del peligro latente y proponía los modos de contrarrestarlo. Al respecto escribiría razones como estas:

“La prensa norteamericana se ocupa incesantemente de los acontecimientos de la frontera: unos periódicos excitan a sus compatriotas contra México: otros, los más escasos, acusan al gobierno de proteger los sucesos de las tierras fronterizas para crear reclamaciones graves con motivo de ellos.
Los que halagan las pasiones pueden más que los que las contienen: el número de los periódicos que excita es mucho mayor que el de los que ven con calma la cuestión.
No se contentan los diarios americanos con comentar hostilmente los hechos, abultados como en la prensa del país vecino es costumbre y especulación: ya piden represalias, ya hay quien haya propuesto la invasión y anexión del territorio.”[3]

Es sorprendente cómo Martí es capaz de desentrañar las sutiles maniobras de los políticos para lograr sus fines, cuestión esta que no era sólo válida para su tiempo, sino que está muy vigente en la actual política norteamericana, recordemos el discurso oficial a raíz de los atentados terroristas del 11 de septiembre del 2001, donde se invocaba, en nombre del patriotismo, la guerra contra Afganistán. Evidenciando la manipulación a la que era sometido el pueblo estadounidense, Martí señala en este mismo escrito:

“la suspicacia es un enemigo terrible, porque no se ve la mano con que ataca: en los Estados Unidos, el pueblo es el dueño, por eso se excita y se conmueve al pueblo: se halagan sus pasiones, para aprovecharse de la situación política que crean sus pasiones excitadas.
...
“¿Se puede pensar sin dolor que un país que nos tiende la mano desde sus puertos, y nos dice que quiere estrechar sus relaciones con nosotros, con la otra mano azuce la guerra en nuestras fronteras, y diariamente inserte en sus periódicos noticias sordas y repetidas que han de alzar a su pueblo contra el pueblo amigo? ¿No es locura imaginar que un pueblo demócrata piense en conquistar y en invadir?
...
“Debe evitarse lo que luego no se podría reprimir: obre la diplomacia contra la diplomacia: así no se encienden rencores: así no se alimentan deseos extraños: así se salva de un peligro probable a la nación.”[4]

En otro de sus Boletines, por esta misma época de litigios fronterizos entre la patria de Juárez y la tierra de Walker, Martí profundiza aún más en sus razones en cuanto al peligro real que representaban las ambiciones de los gobernantes del Norte:

“Vienen acumulándose sucesos, vienen dándose opiniones, vienen presentándose dictámenes en la misma Cámara de Representantes de los Estados Unidos, que están creando en la vecina república una atmósfera que nos es perjudicial, por cuanto quiere llevarse a la opinión pública, norma allí del gobierno, el convencimiento de que es justo, necesario y útil la invasión de una parte del territorio mexicano.”[5]

Y véanse estas conclusiones:

“La cuestión de México, como la cuestión de Cuba, depende en gran parte en los Estados Unidos de la imponente voluntad de un número no pequeño ni despreciable de afortunados agiotistas, que son los dueños naturales de un país en que todo se sacrifica al logro de una riqueza material.”[6]

Hay un pasaje más dentro de estos escritos de Martí, que nos demuestra la utilidad que los días charros aportaron a la evolución política de su pensamiento. Es el siguiente:

“La prensa norteamericana pretende hacernos daño: conviértase al inglés la prensa de México, y vayamos a decir la verdad en su mismo país, para que la opinión vacile y estudie, y no sin detenido examen, se pronuncie en contra nuestra.
Esto urge: hay en los Estados Unidos Mexicanos sobrado patriotas, sobrados inteligentes para hacer esta obra precisa, con toda la prontitud, y el vigor y la actividad que para impedir un mal ya adelantado son ahora de todo punto necesarias.
El mal principia a hacerse: se comienza a creer allí que una invasión a México es justa; se explota el sentimiento de honor patrio, y se aprovecha la exquisita sensibilidad mercantil del pueblo americano: se lleva ya a la Cámara este mal pensamiento, y se lleva engañándola, precisamente en el raciocinio capital en que descansa el dictamen cuya aprobación se pretende. Es fuerza acudir al remedio, con la misma energía, con la misma rapidez, con el mismo ardor con que se hace en la república vecina la propaganda contraria.”[7]
Años después, al destaparse el conflicto del Cayo con los emigrados cubanos, Martí comentaría en una carta la necesidad de dirigirse inmediatamente allá, a decirles a los patronos gringos, en su inglés, las razones que pudieran frenar tal villanía.

No cabe duda de que es en México donde Martí comienza a formarse una visión más objetiva de la realidad latinoamericana. Allí madura, podríamos decir, su sentimiento latinoamericanista. Al marcharse de aquel país hermano, luego del derrocamiento de Lerdo de Tejada y el triunfo del General Porfirio Díaz, el joven cubano dejará para la historia, en breves apuntes, el desgarramiento interior que le produce su partida y el conocimiento de los peligros que amenazan a esta parte de América:

“¡Oh México querido! ¡Oh México adorado, ve los peligros que te cercan! ¡Oye el clamor de un hijo tuyo que no nació de ti! Por el Norte un vecino avieso se cuaja: por el Sur &.&. Tú te ordenarás; tú entenderás; tú te guiarás; yo habré muerto, oh México, por defenderte y amarte, pero si tus manos flaqueasen, y no fueras digno de tu deber continental, yo lloraría, debajo de la tierra, con lágrimas que serían luego vetas de hierro para lanzas,--como un hijo clavado a su ataúd que ve que un gusano le come a la madre las entrañas.”[8]

De México parte Martí hacia Guatemala, donde desarrolla una intensa labor propagandística en función de dar a conocer en ella lo que de bueno y útil se producía en el mundo, principalmente en las demás repúblicas de América, y al mismo tiempo resaltar –él que venía precedido por la fama de orador y literato—las virtudes de esta tierra que debían ser motivo de orgullo para sus hijos. Con este objetivo prepara el proyecto de una Revista Guatemalteca que nunca verá la luz por su pronta salida de aquel país causada por las discrepancias con los procederes del Presidente Justo Rufino Barrios.

No obstante, en su libro Guatemala, Martí expone ideas que demuestran las intenciones vindicadoras de que hemos hablado:

“Estudiaré a la falda de la eminencia histórica del Carmen, en medio de las ruinas de la Antigua, a la ribera de la laguna Amatitlán, las causas de nuestro estado mísero, los medios de renacer y de asombrar. Derribaré el cacaxte de los indios, el huacal ominoso, y pondré en sus manos el arado, y en su seno dormido la conciencia.”[9]

Muestra su intención de hacer conocer en México “cuánto es bella y notable, y fraternal y próspera, la tierra guatemalteca, donde el trabajo es hábito, naturaleza la virtud, tradición el cariño, azul el cielo, fértil la tierra, hermosa la mujer, y bueno el hombre.
Amar y agradecer.

“Allá, en horas perdidas, buscan los curiosos, periódicos de Sur y Centroamérica, por saber quién manda y quién dejó de mandar, y no se sabe en la una República lo que hay de fértil, de aprovechable y de grandioso en la otra.”[10]

La causa de este desconocimiento –obstáculo mayor para la realización del gran sueño de Bolívar—la sitúa en la génesis misma del sistema colonial de España. En tal sentido abunda con reflexiones precisas:

“Pero ¿qué haremos, indiferentes, hostiles, desunidos? ¿Qué haremos para dar todos más color a las alas dormidas del insecto? ¡Por primera vez me parece buena una cadena para atar dentro de un cerco mismo a todos los pueblos de mi América!
Pizarro conquistó al Perú cuando Atahualpa guerreaba con Huáscar; Cortés venció a Cauhtémoc porque Xicontencatl lo ayudó en la empresa; entró Alvarado en Guatemala porque los quichés rodeaban a los zutujiles. Puesto que la desunión fue nuestra muerte ¿qué vulgar entendimiento, ni corazón mezquino ha menester que se le diga que de la unión depende nuestra vida? Idea que todos repiten, para la que no se buscan soluciones prácticas.”[11]

Una de las barreras más sólidas que Martí trata de oponerle al peligro de la civilización anglosajona está en la gran campaña cultural que pretende lanzar sobre los pueblos hispanoamericanos. Ésta se percibe en sus diversos proyectos editoriales, la mayoría truncos, como esta Revista Guatemalteca o distintos periódicos que nunca llegaron a materializarse; otros como La Revista Venezolana y La Edad de Oro, fue inevitable suspenderlos ante determinados condicionamientos de tipo éticos con los que Martí no comulgaba. De todos estos proyectos, sólo el periódico Patria se mantuvo el tiempo necesario para ver morir a su creador y dedicarle un postrer homenaje.

Todos coincidimos en que el período más fecundo en la labor antiexpansionista martiana se enmarca en los 15 años que vivió en las entrañas del monstruo, desde el 3 de enero de 1880 –con una breve estancia de 6 meses en Venezuela en 1881—hasta 1895, que sale de Nueva York para venir a ocupar su lugar en la Guerra Necesaria que había hecho estallar el 24 de febrero de ese propio año y de la que no regresaría más.

En los escritos norteamericanos del Apóstol, encontramos un hecho evidente: nunca niega Martí las virtudes de la gran república del Norte, al contrario, es el primero en reconocerlas, obsérvese si no sus Impresiones de Américas, escritas bajo el seudónimo de Un Español muy fresco; sin embargo, el desarrollo alcanzado por este país no llega a deslumbrarlo al punto de no reconocer sus males, los que yacían muy hondo, en el subsuelo –como decía él.

Las Escenas de Nueva York, su correspondencia con diversos diarios hispanoamericanos como La Nación, de Buenos Aires, o La Opinión Nacional, de Caracas, o los discursos patrióticos que pronunció en su campaña de preparación del Partido Revolucionario Cubano y la Guerra Necesaria, revelan un estudio minucioso de las esencias de aquel país, de las fuerzas que en él se movían y los factores que lo componían. Con estos estudios se confirman atisbos como este:

“Los pueblos inmorales tienen todavía una salvación: el arte. El arte es la forma de lo divino, la revelación de lo extraordinario; la venganza que el hombre tomó al cielo por haberlo hecho hombre, arrebatándole los sonidos de su arpa, desentrañando con luz de oro el seno de colores de sus nubes. El ritmo de la poesía, el eco de la música, el éxtasis beatífico que produce en el ánimo la contemplación de un cuadro bello, la suave melancolía que se adueña del espíritu después de esos contactos sobrehumanos, son vestimientos místicos, y apacibles augurios de un tiempo que será todo claridad. ¡Ay, que esta luz de siglos le ha sido negada al pueblo de la América del Norte! El tamaño es la única grandeza de esta tierra. ¡Qué mucho, si nunca mayor nube de ambiciones cayó sobre mayor extensión de tierra virgen! Se acabarán las fuentes, se secarán los ríos, se cerrarán los mercados, ¿qué quedará después al mundo de esta colosal grandeza pasajera?..”[12]

En 1891 verá la luz su ensayo mayor: Nuestra América. En él Martí hace un análisis de las causas y factores que intervienen en el atraso en que se encuentran nuestros pueblos. Revela los elementos que los frenan, los que los hacen vulnerables y los que los amenazan:

“Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea, y con tal que él quede de alcalde, o le mortifiquen al rival que le quitó la novia, o le crezcan en la alcancía los ahorros ya da por bueno el orden universal, sin saber de los gigantes que llevan siete leguas en las botas, y le pueden poner la bota encima, ni de la pelea de los cometas en el cielo, que van por el aire dormidos engullendo mundos. Lo que quede de aldea en América ha de despertar.”[13]

Y otro de los temas en los que ha venido haciendo énfasis desde años atrás:

“El gobierno ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser el del país. La forma del gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país. El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país.
Por eso el libro importado ha sido vencido en América por el hombre natural. Los hombres naturales han vencido a los letrados artificiales. El mestizo autóctono ha vencido al criollo exótico. No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza.”[14]

Sin remilgos ya, Martí deja sentado cuál es el peligro mayor de los pueblos americanos:

“De todos sus peligros se va salvando América. Sobre algunas repúblicas, está durmiendo el pulpo. Otras, por la ley del equilibrio, se echan a pie a la mar, a recobrar, con prisa loca y sublime, los siglos perdidos. Otras, olvidando que Juárez paseaba en un coche de mulas, ponen coche de viento, y de cochero a una bomba de jabón: el lujo venenoso, enemigo de la libertad, pudre al hombre liviano, y abre la puerta al extranjero. Otras acendran, con el espíritu épico de la independencia amenazada, el carácter viril. Otras crían, en la guerra rapaz contra el vecino, la soldadesca que puede devorarlas. Pero otro peligro corre, acaso, nuestra América, que no le viene de sí, sino de la diferencia de orígenes, métodos e intereses entre los dos factores continentales, y es la hora próxima en que se le acerque, demandando relaciones íntimas, un pueblo emprendedor y pujante que la desconoce y la desdeña. Y como los pueblos viriles, que se han hecho de sí propios, con la escopeta y la ley, aman, y sólo aman, a los pueblos viriles;--como la hora del desenfreno y la ambición, de que acaso se libre, por el predominio de lo más puro de su sangre, la América del Norte, o en que pudieran lanzarla sus masas vengativas y sórdidas, la tradición de conquista y el interés de un caudillo hábil, no está tan cercana aún a los ojos del más espantadizo, que no dé tiempo a la prueba de altivez, continua y discreta, con que se la pudiera encarar y desviarla;--como su decoro de república pone a la América del Norte, ante los pueblos atentos del Universo, un freno que no le ha de quitar la provocación pueril o la arrogancia ostentosa, o la discordia parricida de nuestra América,--el deber urgente de nuestra América es enseñarse como es, una en alma e intento, vencedora veloz de un pasado sofocante, manchada sólo con la sangre de abono que arranca a las manos la pelea con las ruinas,--y la de las venas que nos dejaron picadas nuestros dueños. El desdén del vecino formidable que no la conoce es el peligro mayor de nuestra América; y urge, porque el día de la visita está próximo, que el vecino la conozca, la conozca pronto, para que no la desdeñe. Por ignorancia llegaría, tal vez, a poner en ella la codicia. Por el respeto, luego que la conociese, sacaría de ella las manos.”[15]

Dentro del hondo análisis que se realiza, Martí continuamente resalta los valores de nuestros pueblos. En dos momentos, dentro del mismo ensayo, escribe casi textualmente lo mismo,--¿podría acusársele de descuido, a él que dominaba la lengua como un clásico? ¡No! La intensión evidente es resaltar la valía de nuestras tierras:

“¿Ni en qué patria puede tener un hombre más orgullo que en nuestras repúblicas dolorosas de América, levantadas entre las masas mudas de indios, al ruido de la pelea del libro con el cirial, sobre los brazos sangrientos de un centenar de apóstoles?”

Más adelante escribiría:

“La universidad europea ha de ceder a la universidad americana. La historia de América, de los incas a acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria. Los políticos nacionales han de reemplazar a los políticos exóticos. Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas. Y calle el pedante vencido; que no hay patria en que pueda tener el hombre más orgullo que en nuestras dolorosas repúblicas americanas.”[16]

Al producirse la publicación del artículo ¿Queremos a Cuba? en el diario The Manufacturer, de Filadelfia, Martí riposta de forma contundente dando a conocer las virtudes del pueblo cubano, ante el ataque directo e irrespetuoso que nos hace el articulista:

“...porque nuestros mestizos y nuestros jóvenes de ciudad son generalmente de cuerpo delicado, locuaces y corteses, ocultando bajo el guante que pule el verso, la mano que derriba al enemigo, ¿se nos ha de llamar como The Manufacturer nos llama, un pueblo “afeminado”? Esos jóvenes de ciudad y mestizos de poco cuerpo supieron levantarse un día contra un gobierno cruel, pagar su pasaje al sitio de la guerra con el producto de su reloj y de sus dijes, vivir de su trabajo mientras retenía sus buques el país de los libres en el interés de los enemigos de la libertad, obedecer como soldados, dormir en el fango, comer raíces, pelear diez años sin paga, vencer al enemigo con una rama de árbol, morir—estos hombres de diez y ocho años, estos herederos de casas poderosas, estos jovenzuelos de color de aceituna—de una muerte de la que nadie debe hablar sino con la cabeza descubierta; murieron esos otros hombres nuestros que saben, de un golpe de machete, hacer volar una cabeza o de una vuelta de la mano, arrodillar a un toro. Estos cubanos “afeminados” tuvieron una vez valor bastante para llevar al brazo una semana, cara a cara de un gobierno despótico, el luto de Lincoln.”[17]

Y para concluir su respuesta escribe:
“Y es la verdad triste que nuestros esfuerzos se habrían, en toda probabilidad, renovado con éxito, a no haber sido, en algunos de nosotros, por la esperanza poco viril de los anexionistas, de obtener la libertad sin pagarla a su precio, y por el temor justo de otros, de que nuestros muertos, nuestras memorias sagradas, nuestras ruinas empapadas en sangre, no vinieran a ser más que el abono del suelo para el crecimiento de una planta extranjera, o la ocasión de una burla para The Manufacturer de Filadelfia.”[18]

En Patria, Martí crea una sección que se llama Apuntes sobre los Estados Unidos, en ella quería dar a conocer la verdad sobre ese país y la necesidad de que nuestros pueblos tuvieran en cuenta estos elementos, y revelar “las dos verdades útiles a nuestra América:--el carácter crudo, desigual y decadente de los Estados Unidos,--y la existencia en ellos continua, de todas las violencias, discordias, inmoralidades y desórdenes de que se culpa a los pueblos hispanoamericanos.”[19]

En esta sección escribe:

“Lo que ha de observar el hombre honrado, es precisamente, que no sólo no han podido fundirse, en tres siglos de vida común, o uno de ocupación política, los elementos de origen y tendencia diversos con que se crearon los Estados Unidos, sino que la comunidad forzosa exacerba y acentúa sus diferencias primarias, y convierte la federación innatural en un estado, áspero, de violenta conquista. Es de gente menor, y de la envidia incapaz y roedora, el picar puntos a la grandeza patente y negarla en redondo, por uno u otro lunar, o empinársele de agorero, como quien quita una mota al sol. Pero no augura, sino certifica, el que observa cómo en los Estados Unidos, en vez de apretarse las causas de unión, se aflojan; en vez de resolverse los problemas de la humanidad, se reproducen; en vez de amalgamarse en la política nacional las localidades, las dividen y enconan; en vez de robustecerse la democracia y salvarse del odio y miseria de las monarquías, se corrompe y aminora la democracia, y renacen, amenazantes, el odio y la miseria. Y no cumple con su deber quien lo calla, sino quien lo dice. Ni con el deber de hombre cumple, de conocer la verdad y esparcirla; ni con el deber de buen americano, que sólo ve seguras la gloria y paz del continente en el desarrollo franco y libre de sus distintas entidades naturales; ni con su deber de hijo de nuestra América, para que por ignorancia, o deslumbramiento o impaciencia no caigan los pueblos de casta española, al consejo de la toga remilgada y el interés asustadizo, en la servidumbre inmoral y enervante de una civilización dañada y ajena. Es preciso que se sepa en nuestra América la verdad de los Estados Unidos.
Lo malo se ha de aborrecer, aunque sea nuestro;--y aun cuando no lo sea. Lo bueno no se ha de desamar sólo porque no sea nuestro.”[20]

También el antillanismo martiano está signado por la necesidad de frenar el empuje que ejercen los Estados Unidos sobre los pueblos libres de la América Hispana, oponiéndoles unas Antillas libres e integradas a la gran patria común.

Al cumplirse el Tercer Año del Partido Revolucionario Cubano, Martí hace explícita esta intención:

“en el fiel de América están las Antillas, que serían, si esclavas, mero pontón de la guerra de una república imperial contra el mundo celoso y superior que se prepara ya a negarle el poder,--mero fortín de la Roma americana;--y si libres—y dignas de serlo por el orden de la libertad equitativa y trabajadora—serían en el continente la garantía del equilibrio, la de la independencia para la América española aún amenazada y la del honor para la gran república del Norte, que en el desarrollo de su territorio –por desdicha, feudal ya, y repartido en secciones hostiles—hallará más segura grandeza que en la innoble conquista de sus vecinos menores, y en la pelea inhumana que con la posesión de ellas abriría contra las potencias del orbe por el predominio del mundo.”[21]

Y en carta a Federico Henríquez y Carvajal, expresa:

“Para mí, ya es hora. Pero aún puedo servir a este único corazón de nuestras repúblicas. Las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra América, y el honor ya dudoso y lastimado de la América inglesa, y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio del mundo.”[22]

El 18 de mayo de 1895, un día antes de caer en combate en los campos de Cuba Libre, Martí expresa la estrategia mayor de su lucha en carta al amigo mexicano Manuel Mercado:
“Mi hermano queridísimo: Ya puedo escribir, ya puedo decirle con qué ternura y agradecimiento y respeto lo quiero, y a esa casa que es mía y mi orgullo y obligación; ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber—puesto que lo entiendo y tengo ánimos con qué realizarlo—de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso. En silencio ha tenido que ser y como indirectamente, porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas, y de proclamarse en lo que son levantarían dificultades demasiado recias para alcanzar sobre ellas el fin. Las mismas obligaciones menores y públicas de los pueblos—como ese de Vd. y mío,--más vitalmente interesados en impedir que en Cuba se abra, por la anexión de los imperialistas de allá y los españoles, el camino, que se ha de cegar, y con nuestra sangre estamos cegando, de la anexión de los pueblos de nuestra América, al Norte revuelto y brutal que los desprecia,--les habían impedido la adhesión ostensible y ayuda patente a este sacrificio, que se hace en bien inmediato de ellos. Viví en el monstruo, y le conozco las entrañas:--y mi honda es la de David.”[23]

Todo lo dicho es sólo un acercamiento al tema que se ha tratado, pero el mensaje queda claro para la nuevas generaciones hispanoamericanas: “Las manos que han surgido de una tierra virgen no han debido ser hechas para aplaudir las postrimerías de una tierra cansada y moribunda.”



[1] José Martí, Obras Completas, tomo 21, pág., 15-16
[2] Íbidem, T.21, p. 42.
[3] José Martí, Obras Escogidas en tres tomos, tomo 1, páginas 79-81.
[4] Íbidem.
[5] Íbidem, T.1, p.93-97.
[6] Ïbidem.
[7] Íbidem.
[8] José Martí, O.C., t.19, p.22.
[9] Ídem. t.7, p.113-158
[10] Íbidem.
[11] Íbidem.
[12] Idem.t.19, p.17.
[13] Ídem. t.6, p.15-23
[14] Íbidem.
[15] Íbidem.
[16] Íbidem.
[17] Ídem. t.1,p.236-261
[18] Íbídem.
[19] Ídem. t.28,p.290-294
[20] Ibídem.
[21] Ídem. t.3,p.142.
[22] Ídem. t.4,p.110-112
[23] Ídem. t.20,p.161-164.